La postal como pregunta: Patricia Almarcegui presenta Treinta mil dromedarios
Un dromedario en la playa mallorquina del Arenal, dos turistas suecas sobre su lomo y más de 30.000 postales circulando por el mundo. De esa imagen improbable nace Treinta mil dromedarios, el nuevo libro de Patricia Almarcegui publicado por Hurtado & Ortega. En su presentación en la librería Cálamo, la autora conversó con Jorge Sanz Barajas sobre la construcción visual de la isla, el desarrollismo, el deseo turístico y la necesidad de mirar más allá del encuadre de una postal.
Carmen Jiménez-García// @carmen.ji
Cálamo tenía esa intimidad de librería cuando deja de ser tienda y se convierte en un lugar para pensar en voz alta. La presentación de Treinta mil dromedarios tuvo pronto un ambiente cálido, atento, casi de sobremesa, donde la conversación con la autora pudo avanzar sin perder densidad. La hora pasó con la rapidez de las cosas que interesan, entre el humor, el archivo y la certeza de que aquella postal del dromedario guardaba mucho más que una rareza turística. Así, la postal dejó de ser una curiosidad y empezó a funcionar como lo que era: una puerta de entrada a la Mallorca fabricada por el turismo, el deseo y las imágenes.
Jorge Sanz Barajas condujo la charla con una energía contagiosa y una lectura muy trabajada del libro que estaba visible en la precisión de cada pregunta. Señaló la delicadeza de la prosa de Almarcegui, su precisión sintáctica y esa forma de medir el ritmo de la frase hasta convertir una investigación en experiencia literaria. A partir de ahí, la presentación dejó de avanzar como una entrevista. Empezó a hacerlo como una forma compartida de pensamiento y de lectura crítica. Cada intervención abría una zona del libro y permitía pasar de la rareza del dromedario a las imágenes, el turismo y la construcción de un imaginario.

Al otro lado de la conversación, Almarcegui respondió con una energía espléndida, literaria y divulgativa. Su forma de hablar tenía algo de quien cuenta una historia y, al mismo tiempo, piensa sus consecuencias. Partía de una imagen, seguía un dato, volvía al archivo y de pronto aparecía una lectura más profunda sobre el turismo, el deseo o la memoria. Esa naturalidad hizo que los temas más complejos llegaran sin solemnidad, con humor y con una cercanía que mantuvo al público dentro de la conversación.
La imagen que abrió el libro
En Almarcegui, la escritura parece nacer de una forma muy concreta de atención. Mira una imagen, detecta una anomalía y se queda ahí hasta que el detalle empieza a hablar. Durante la charla explicó que el libro apareció casi por accidente, cuando participaba en un proyecto de Casa Planas sobre turistificación. Aquella fotografía del dromedario en la playa del Arenal abrió una grieta inesperada. Lo que parecía material para un artículo fue ganando espacio, preguntas y memoria hasta convertirse en libro.
Esa forma de observar se trasladó después al modo de construir la obra. Almarcegui habló de un trabajo “absolutamente artístico”, casi “de taller físico”, donde los materiales se colocan, se mueven y encuentran su lugar antes de escribir. De ahí nace la estructura de Treinta mil dromedarios: capítulos breves, títulos tomados de frases reales y una voluntad clara de hacer pensar. El archivo aporta documentos, fechas y rastros; la imaginación erige escenas, sigue a Mohamed y convierte la investigación en una narración atravesada por humor, extrañeza y amargura.
La historia de Treinta mil dromedarios nació en Casa Planas, en medio de un archivo dedicado a la memoria visual de Mallorca. Almarcegui participaba en un proyecto sobre turistificación cuando vio una fotografía que abría demasiadas preguntas: un dromedario, dos turistas en bikini y la playa del Arenal como escenario. La autora lo contó en Cálamo con la sorpresa todavía viva de quien encuentra algo que no buscaba. “Es un dromedario y son dos suecas en la playa del Arenal de Palma”. Bastaba esa frase para entender que el libro ya estaba empezando a escribirse.
La investigación empezó a crecer cuando la autora descubrió que aquella imagen no había quedado encerrada en el archivo. De una fotografía parecida se imprimieron 31.133 postales entre 1968 y 1971, destinadas a una parte de aquel turismo alemán e inglés que llegaba a Baleares. La cifra convierte al dromedario en algo más que un animal fuera de sitio. Lo transforma en una imagen repetida, comprada, enviada y recordada; una pequeña ficción turística capaz de modificar la manera de mirar o admirar Mallorca.
Mohamed, más allá de la postal
En ese punto, Mohamed dejó de ser la figura exótica de una postal para convertirse en un personaje real con recorrido, memoria y una vida posible que la literatura podía rodear. Almarcegui habló de las crónicas imaginadas que abren algunos capítulos y confesó que lo que más le había divertido era imaginarse “cómo pudo ser Mohamed”. Luego, añadió, con esa mezcla de humor y entusiasmo que desprendía, que se lo había pasado muy bien investigando y escribiendo esta historia. Esa diversión, sin embargo, convivía con algo más arduo. En torno al dromedario siguen apareciendo memorias de infancia, visitas de domingo y relatos dispersos y la aventura de dos jóvenes mallorquines que, por aburrimiento invernal, decidieron recorrer la isla con Mohamed. “Están saliendo muchas historias de estos tres dromedarios”, dijo la autora, y la frase convertía a Mohamed en algo más que un vestigio pintoresco.
La potencia de Mohamed estaba también en el camino inverso que abría. Llegaba a Mallorca como atracción turística, como obelisco de Oriente colocado en la playa, mientras otros cuerpos viajaban hacia África por obligación militar. La escena de la abuela que pidió subir a su nieto al dromedario “para que se vaya acostumbrando a la mili” condensaba esa mezcla de gracia y desgarro. Había algo absurdo en la imagen, pero también una verdad histórica difícil de digerir. El animal servía para vender ocio y al mismo tiempo recordaba una geografía atravesada por miedo, colonialidad y servicio. En ese cruce, Mohamed se convertía en metáfora. También su nombre importaba: nombrarlo así era otra forma de reducir Oriente a una imagen reconocible, superficial, disponible para el turismo y la imaginación de la época.

Un paraíso retocado
El dromedario no llegó solo. Con él entraba una idea entera de Oriente, deseo y disponibilidad. Almarcegui explicó que, en ese imaginario, “Oriente sigue siendo el lugar donde todos los deseos pueden ser satisfechos”, y destacó cómo las Baleares acabaron funcionando como una especie de “Oriente doméstico”. En las postales, esa operación también pasaba por el cuerpo femenino. Las payesas se fueron transformando en “bellezas mallorquinas”, y Palma aparecía nombrada como “una odalisca”. La imagen turística vendía paisaje y, sin querer queriendo, un imaginario irreal que se llevaban los turistas de souvenir.
Ese imaginario encontró en Casa Planas una capitalización perfecta. Almarcegui recordó que Josep Planas reunió una memoria fotográfica de la isla “concebida exactamente y fotografiada para ser rentabilizada”. La fotografía turística no se limitaba a conservar una época; participaba en su fabricación. Cada postal hacía circular una versión de la isla, cada encuadre dejaba fuera una parte del territorio, cada imagen repetida ayudaba a convertir Mallorca en un producto. El desarrollismo levantó hoteles en la playa del Arenal, pero también produjo postales que componían una Mallorca preparada para ser consumida antes de ser vivida.
La prueba más visible estaba en los retoques. Almarcegui habló de postales con anotaciones que pedían “el bañador de la mujer que sea rojo”, “el mar más azul” y edificios “que contrasten más”. Mallorca debía aparecer más intensa que real, más luminosa que habitable, más perfecta que verdadera. El retoque —con el Photoshop de la época— pretendía ajustar el mundo hasta hacerlo atractivo y, sobre todo, vendible. Entonces, mirar la postal exige atender a lo que muestra y a lo que oculta, al brillo del mar y a todo lo que el objetivo no enfocaba.
La postal como pregunta
El cierre del acto fue rápido. La conversación entre Sanz Barajas y Almarcegui ya había recorrido lo esencial, desde la postal hasta el archivo, desde Mohamed hasta la turistificación. Aun así, una pregunta sobre la familia Planas permitió que la autora explicara su posición ante el material: “juego todo el rato de estar al borde”. El libro incomoda, pero no aplasta; critica, pero no simplifica. Después, llegaron las firmas, los libros abiertos y esa cercanía final que siempre se respira en Cálamo.
Quizá la potencia de Treinta mil dromedarios esté en su desproporción. Un libro pequeño, una postal turística, un dromedario fuera de sitio y de pronto una isla entera empieza a caminar y buscar. Mohamed sirve para hablar de Oriente, del turismo, de la imaginación colonial, del deseo y de aquello que las imágenes prometen cuando quieren vendernos un paraíso. La conversación dejó una pregunta incómoda: qué vemos cuando miramos una postal y qué aceptamos dejar fuera para seguir creyendo en ella.
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