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“Podría haber sido yo”

¿Dónde es eso?

 

En Adamuz.

 

¿Dónde?

 

Por Andalucía. 

 

¡Ah!

Victoria Cazcarro (@vcazcarro_)

No culpo a la anciana, yo tampoco hubiera sabido ubicarlo en un mapa hasta hace poco. Hablaba con una mujer de su edad con la que estaba sentada en una mesa del bar, mientras daban vueltas a sus cafés con las cucharillas. Poco después de que hiciera la pregunta, el rótulo volvió a aparecer en la televisión: “Accidente ferroviario en Adamuz”. Las amigas charlaban distraídas, pero, en ocasiones, desviaban la mirada hacia las imágenes de la tele: dos trenes descarrilados, uno con varios vagones destrozados. No las miraban durante demasiado tiempo; con el barullo del bar no se escuchaba el programa y su amiga pronto volvía a recuperar su atención.

Los días siguientes las imágenes de la tragedia coparon los informativos de las televisiones: se hablaba de dar explicaciones, de tomar responsabilidades y del estado de la red ferroviaria. Estos temas se volvieron carnaza en las mesas de debate televisivos, que contaron con voces expertas y testimonios mientras pinchaban imágenes de recurso de los trenes en bucle. Y así, el pueblo de Adamuz se sumó a la lista de pueblos conocidos por sus tragedias como Lorca o Paiporta. Los testimonios de quienes vivieron la tragedia en primera persona tienen mayor impacto en nosotros porque tienen mayor carga emocional.

Accidente ferroviario en Adamuz | Fuente: El Huffington Post
Accidente ferroviario en Adamuz | Fuente: El Huffington Post

Pero, ¿por qué hay sucesos que nos impactan más que otros? ¿Por qué una niña asesinada en España nos remueve más que una niña asesinada en el Congo? ¿Por qué el accidente de un tren en un pueblo andaluz que no sabíamos situar en el mapa nos emociona más que una catástrofe con el doble de víctimas ocurrida a miles de kilómetros? ¿Cuál es la fórmula para que un suceso impacte en la memoria colectiva? Si analizamos las tragedias de la historia reciente, podemos trazar una respuesta.

Más cercano, más relevante

Acudamos pues a las hemerotecas de los medios. Los sucesos han estado muy vinculados al periodismo desde sus inicios. Bill Kovach y Tom Rosenstiel, los dos teóricos que establecieron los criterios fundamentales que determinan qué información es lo suficientemente relevante para ser noticia. Entre ellos, los teóricos argumentaron que la cercanía era uno de estos criterios porque lo que ocurre en el entorno inmediato del lector tiene un valor noticioso mayor que algo que sucede fuera de él.

Pero la cuestión de la cercanía no es meramente geográfica; las fronteras entre países no solo son líneas abstractas. Imaginemos a una persona que vive en Huesca, a las faldas del Pirineo. A unos 250 km de Huesca, en Francia, se ubica Caussade. En Caussade ha sucedido algo terrible: han muerto ahogadas 400 personas por la rotura de una presa y el pueblo ha quedado arrasado. Por otro lado, encontramos el pequeño pueblo extremeño de Alconchel, que está a 750 km de Huesca. Y en Alconchel ha sucedido lo mismo que en Caussade. En este caso, probablemente esta persona sienta más cercano el accidente de Alconchel —pese a estar geográficamente más lejos— y le cause mayor impacto a nivel emocional.

Catástrofe de Ribedelago, pueblo de Zamora arrasado por la rotura de una presa | Fuente: El Norte de Castilla
Catástrofe de Ribedelago, pueblo de Zamora arrasado por la rotura de una presa | Fuente: El Norte de Castilla

Esta peculiaridad ya la contemplaron Kovach y Rosenstiel, aunque no consiguen concretar del todo esta segunda dimensión de la cercanía. La denominaron “cercanía temática o de interés”, y establecieron un paraguas más amplio para dar cabida a noticias relevantes por otras razones. Más allá de la distancia física, los autores reconocen que existe una proximidad emocional, cultural e identitaria. Una noticia puede ser geográficamente lejana pero temáticamente cercana si toca valores, creencias o experiencias compartidas por la audiencia. Se refleja en la cobertura de la actualidad latinoamericana en Europa: en comparación con el resto de los países europeos, España tiene una mayor cobertura por unas raíces culturales compartidas, junto con el idioma.

Una lengua común une a la gente. La psicolingüística lleva décadas demostrando que el idioma en el que nos comunicamos influye en nuestra reacción al mensaje transmitido. Un estudio de la revista Frontiers in Behavioral Neuroscience demuestra esta idea: concluyeron que las personas bilingües procesan ambos idiomas con igual rapidez, pero el cerebro registra las emociones con mayor intensidad en la lengua materna. Midieron la conductancia eléctrica de la piel —un indicador fisiológico de activación emocional— y comprobaron que las palabras tabú o las expresiones cariñosas generan respuestas corporales más intensas en la lengua materna. Por tanto, los sentimientos de tristeza, ansiedad y duelo expresados por los testimonios de los sucesos emocionarán más a una persona que haya crecido con el mismo idioma.

“Toda la vida por delante”

Es curioso que, de vez en cuando, los factores de la fórmula se alteran, pero el resultado es similar. Si hablamos de un suceso en el que la mayoría de los fallecidos son menores el suceso se torna más trágico todavía, aunque sea lejos. Es el caso del incendio de un bar de Suiza en una fiesta de Año Nuevo, donde fallecieron 40 jóvenes, la mitad de ellos menores. ¿Porque la edad a la que mueren importa? “Tenía toda la vida por delante”, se suele decir. Si el fallecido es mayor, se dicen otras coletillas como “Que en paz descanse” o “Es el ciclo de la vida”.

Incendio del bar en Suiza | Fuente: Yahoo Noticias
Incendio del bar en Suiza | Fuente: Yahoo Noticias

Es un sentimiento de injusticia: hay un desajuste respecto a las normas sobre cuándo “toca” morir. Una muerte de una persona joven genera más conmoción y sensación de injusticia que la muerte de una persona anciana. En la cultura occidental actual, se presupone que las personas mayores ya han completado su vida, por eso, su muerte es más socialmente aceptada. Es una idea perpetuada por el sistema para reducir la vida de una persona a sus logros productivos. El enfoque de los fallecimientos en los informativos refleja esta mentalidad, en el caso de los jóvenes se enmarca como una tragedia mientras que, si se trata de un anciano, hacen un repaso de su vida profesional.

Nuestro cerebro como cinta métrica 

Los sentimientos que nos despiertan estas noticias son genuinos, ¿o no? Esta indignación y sensibilidad no nace altruísticamente: no conocían a la persona, ni siquiera estaba en su círculo. El fallecido es, a todos los efectos, un desconocido, excepto porque sabemos las circunstancias de su muerte. Pocas personas se apiadaron de los multimillonarios que bajaron con un submarino en un intento de ver los restos del Titanic, pero un tren lo cogen miles de personas todos los días. Piensas en ellos y luego piensas en ti; y, como si tu mente fuera una regla, empiezas a tomar distancia de manera casi inmediata. Lo hacemos con todos los aspectos de la vida que se conocen de esa persona.

Cuando la víctima tiene un perfil similar al nuestro, misma edad, actividades, mismo tipo de ocio o de movilidad, incluso si tienen el mismo aspecto, la muerte cuestiona directamente nuestra biografía posible: rompe la ilusión de control y de “normalidad segura” sobre la que se sostiene la vida cotidiana. “Podría haber sido yo” es el pensamiento que a mucha gente se nos pasa por la cabeza —consciente o no—, pero pocos decimos en voz alta.  La muerte —y especialmente la muerte súbita— amenaza esa estabilidad. 

A esta idea, Kovach y Rosenstiel le dieron una dimensión más antológica. Desde la función original del periodismo: la noticia nació para alertar a la comunidad de los peligros que la afectan. Un accidente de tren en tu país no es solo una tragedia: es información útil sobre un riesgo que tú también has corrido sin saberlo hasta ahora. Usas esa infraestructura, conoces ese tramo de vía, has pasado por esa estación. La tragedia cercana activa algo primitivo, casi anterior al razonamiento: la necesidad de saber si estás en peligro.

¿Cuántos trenes circulan cada día en España? ¿Cuántos trenes coge una persona de media al año? ¿Cuántas personas cogen un tren cada día? ¿Cuáles son las probabilidades de haber muerto en Adamuz? Seguramente, bajas; es más probable morirse de cáncer o de un infarto. Con el trajín del día a día, olvidamos que un día será el último. Y puede que sepamos que ese dia se acerca, o puede que nos pille de improvisto. Pero preferimos pensar que no nos va a tocar a nosotros, hasta que de vez en cuando, sucede algo que nos lo recuerda.

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