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Qué miedo la incertidumbre

Ana Obiol @anaobi4 //

“¿Qué voy a hacer con mi vida?”, repito una y otra vez en mi cabeza. Dentro de dos semanas acabo la universidad y seré periodista. Las amigas que he hecho en la carrera tienen trabajo, la mayoría con un sueldo inhumano, pero están contentas porque, al fin y al cabo, “trabajan de lo suyo”. Yo trabajo en una unidad de la universidad en la que, en teoría, también ejerzo mi profesión: hago de todo. No percibo el salario mínimo interprofesional, ni siquiera el mínimo vital. En las bases de mi trabajo consta: “aquellas becas que tengan asignada la dedicación máxima establecida […] serán incompatibles con cualquier actividad retribuida o ayuda económica que implique la obligación de cumplir un horario o tiempo de dedicación”. No puedo hacer nada más. Vivo fuera de mi casa, en un piso compartido; mis padres tienen que ayudarme sí o sí. 

“¡Me faltan dos semanas para acabar!”, me consuelo a mí misma, cuando en realidad me lo tomo como una amenaza. Lo digo entre sonrisas, lo celebro cada vez que lo recuerdo y todos se alegran por mí. Pero no lo llevo bien. Hace seis años que trabajo en un bar cada verano. Cobro bien, me puedo permitir los caprichos que quiero. El verano de 2024 fue mi último año en este negocio, o eso dije. Me imaginaba que iba a estar en un plató de televisión o en una redacción. Que iba a cobrar un sueldo digno con el que poder vivir fuera y lejos de la casa de mis padres. Pero las cosas no van así. Este próximo verano vuelvo al bar porque, ante la incertidumbre, prefiero volver a mi sitio seguro. En él trabajan mis mejores amigos, todos tienen coche, casa y esas cosas…

No son pocas las veces que he oído hablar del fenómeno de la titulitis. Dicen darle más importancia al que tiene una carrera, cuando en realidad no es así. He pasado mucho rato mirando en LinkedIn e InfoJobs. La universidad también me ha insistido mucho en hacer prácticas en este sitio, en el otro… En todos piden experiencia de, al menos, un año, y si no piden experiencia esconden ocho horas de jornada laboral —sin pagar, claro— bajo el lema de “¡Realiza las prácticas de tu vida aquí!”. Hace 3 años Eurostat sacó un informe: “El 25% de los trabajadores españoles menores de 35 años no está desarrollando su carrera profesional en el mismo ámbito al que dedicaron sus estudios”. 

Recuerdo el día en el que en las listas de los llamamientos de la universidad aparecía mi nombre. Mis ojos brillaban de la ilusión. Una niña de dieciocho años no se podía creer que hubiera entrado, por fin, en la carrera de sus sueños. Qué ilusión me hacía empezar a escribir mis primeros titulares, usar mi primera cámara de vídeo profesional, pisar un plató de televisión… ¿Y ahora? ¿Para qué? ¿Merecerá la pena todo este esfuerzo? Estoy inundada de dudas. Me da miedo el futuro. 

Mientras siento que estoy en una sala de espera infinita, voy a mi bola. De vez en cuando escribo algún artículo y colaboro en alguna revista. Soy optimista. Quizá mañana la oportunidad de mi vida llame a la puerta de mi casa. En mi familia siempre he escuchado: “Estudia lo que te gusta, no lo que te haga ganar dinero”. Lo pienso cuando me da por comparar mi vida con la de los demás. Soy joven. Las cosas están difíciles. Todavía me quedan muchos años para empezar a pagar una hipoteca o tener mi propio coche. Mis padres me tranquilizan: “Hija, siempre vas a tener un plato caliente sobre la mesa”.

No soy la misma que cuando empecé la universidad. Creo ser más consciente del mundo. Tengo muchas ganas de contar historias, pero de momento solo puedo contar la mía. No creo que esta etapa sea un fracaso, tampoco pienso que me haya equivocado de carrera. Prefiero pensar que esto es un prólogo de lo que vendrá. Ya he empezado a vivir “mi vida”. Mi abuela ya tiene mi foto de la orla. Para ella ya soy la mejor periodista del mundo. Últimamente siento que debo elegir entre ejercer mi profesión o sobrevivir. No quiero que trabajar “de lo mío” signifique vivir de manera indigna. No pido mucho.

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