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El espejo roto de la cultura digital

Inés Díaz // @cerezaines

El primer recuerdo sobre la piratería que algunos compartiréis fue ese anuncio que salía en los DVDs que se vendían junto a los periódicos en entregas de fin de semana. Un anuncio antipiratería que comparaba esta acción con fumar al lado de una embarazada en un ascensor, con atropellar a una pareja con un bebé, con rayar un coche y con patear cubos de basura. Formaba parte de la campaña “Si eres legal, eres legal”, y sin duda es curioso cómo ha marcado la infancia de una generación que, según los estudios, han resultado los principales responsables de esta práctica.
Si eres legal, eres legal 

Fuimos una generación que ya se crio con tarjetas con más de cien juegos para la Nintendo, y que, más allá de eso, ha ido integrando en su crecimiento el uso de internet, su funcionamiento y esos vacíos legales, éticos y morales. Con el paso del tiempo, los cambios de legislación y la aparición de nuevos modelos de consumo, la piratería se ha convertido en un recurso más o menos utilizado en función de la moral individual de cada uno.

Un acto que, a priori, muchos tachan de robo es un indicador que va más allá. Es un síntoma de los cambios culturales de la era digital: un reflejo de las desigualdades, de la fragmentación digital y de una cultura del consumo que ha perdido de vista el acceso universal a los bienes culturales que parecía garantizar en un primer momento la llegada de internet. El reciente cierre de APKs ilegales de Spotify, que circulaban hasta hace unos días para obtener gratis los servicios “premium” de la aplicación de música, ha vuelto a abrir este debate. ¿Es posible transformar estas grietas en una oportunidad para reinventar la forma de consumir los bienes culturales?

El diagnóstico de la enfermedad

Más allá de descargar contenido cultural de forma ilegal, la piratería parece venir asociada en el imaginario colectivo a una serie de valores como el libre acceso a la cultura, el boicot al modelo consumista, cierta búsqueda de “sabotear” a las grandes empresas, más que una guerra contra los creadores de contenido. Sin embargo, aunque posiblemente esta filosofía esté detrás de la creación de los sitios web que la promueven, no es la de los propios usuarios. Estos se mueven por un sentido de practicidad, que suelen pagar algunos servicios, pero que no llegan a cubrir todas sus necesidades. El estudio de Cordcutting afirma que el 80% de los que recurren a este tipo de sitios web también pagan por dos o más servicios de streaming, por lo que, en la mayoría de casos, la piratería es un complemento, no un reemplazo.

Este sentido práctico parece colisionar con los valores promovidos desde las políticas europeas y los organismos oficiales. En 2025, se sigue manteniendo una narrativa parecida a la que seguían los anuncios de hace 20 años. El pasado 29 de enero tuvo lugar un encuentro en la Academia de Cine con Harrie Temmink, miembro de la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea. Basándose en el informe anual de propiedad intelectual de EUIPO, se discutió por qué en España había un 10% más de predisposición a piratear que en otros países europeos. Pero, ¿Cómo se contabiliza esta piratería en un país, en un continente? ¿Cómo se diagnostica?

A nivel nacional, el Observatorio de la Piratería y de Hábitos de Consumo es el informe de referencia, aunque el último data de 2023. En él se hace un buen recordatorio de la parte más perjudicial que conlleva el pirateo, de las estafas implícitas, del dinero que puedes perder, de los millones que puede ganar una página “ilícita” a costa del usuario. Pero hay dos problemas. El primero se repite en varios de los informes consultados, y es que da cierta sensación de estar obsoleto: sorprende que hace tan solo dos años se considerase más importante Dailymotion que TikTok como portal de difusión. Pasa lo mismo al leer el último informe EUIPO, en el que aparece el torrenting como un método todavía vigente de pirateo, y que el dispositivo desde el que más se piratea son los teléfonos móviles.

El segundo problema tiene que ver con esa relación entre piratería y pérdidas para el sector cultural, o directamente, sus efectos colaterales en el empleo de un país. Sobre este tema, Matthew Greenberg desarrolló en PIT Journal que “Los dos errores más comunes en estudios como este son lo que se conoce como el efecto ‘multiplicador’ y la suposición de que cada pirata habría sido, en su defecto, un cliente de pago”. Él mismo explica cómo un economista que utiliza el efecto multiplicador al estimar cuánto contribuye un DVD a la economía podría asumir erróneamente que el estudio cinematográfico recibe todos los ingresos del DVD y, al mismo tiempo, sumar los ingresos obtenidos por otras empresas en la cadena. Así, calcularía que un DVD de 10 dólares es de 10 + 7 + 2, es decir, 19 dólares. En este caso, el valor del DVD se exagera casi al doble de su valor real y se supone que el estudio cinematográfico ha ganado un 1000% más de lo que realmente obtuvo.

Tecla de descargar películas
Tecla de descargar películas

En cuanto a suponer que cada pirata ha supuesto perder un cliente de pago, se cae en una falacia que más allá de inexacta es errónea. En 2007 salió a la luz Can piracy lead to higher prices in the music and motion picture industries? donde se dedica un apartado a estudiar cómo afectó el cierre de Megaupload, una plataforma de películas pirata, a la industria. Resulta que los ingresos de taquilla de muchas películas de “gama media” se vieron afectados por la ausencia de piratería, y solo las películas más grandes se beneficiaron, lo que reafirmó que uno de los principales factores motivadores de los piratas es el deseo de “ver películas raras y nuevas”. Después de tener la oportunidad de ver algo que de otro modo no habrían visto, pueden recomendar y difundir la película entre potenciales espectadores de pago.

 Los valores europeos y el tratamiento de la piratería

La piratería no aparece porque sí, es un indicador. Hay un problema en el modo de consumo de la cultura, sobre todo en su nueva faceta online. El acceso a la cultura se ha convertido en una experiencia fragmentada. En un mercado saturado de plataformas –Netflix, Disney+, HBO Max, Amazon Prime…– el usuario se ve obligado a suscribirse a múltiples servicios para armar el rompecabezas cultural completo.

Esta brecha global se manifiesta con cada descarga ilegal. El acceso a contenidos culturales en las economías más desestabilizadas se ve limitado sistemáticamente, con precios que no concuerdan con la realidad local. ¿Cómo justificar que la cultura se convierta en un lujo reservado solo para quienes puedan pagar un número ingente de suscripciones a distintas multinacionales?

En el ámbito musical, la situación adquiere una dimensión igual de importante. El artista independiente se enfrenta a un modelo en el que su obra se valora en milésimas, apostando por alternativas como conciertos o merchandising para generar ingresos. Incluso cuando se contabilizan las visitas como un indicador de éxito, estas se pueden obtener igual desde un modelo gratuito. De hecho, muchos artistas comienzan a apostar por aplicaciones más allá de YouTube y Spotify como Soundcloud. ¿A quién le estamos pagando la mensualidad de estas aplicaciones? ¿Los artistas son los beneficiarios o son el producto?

La música se encuentra en una encrucijada. El streaming, que parecía ser una oportunidad para democratizar el acceso, ha terminado por consolidar un modelo en el que la exposición masiva convive con ingresos miserables para el creador. Así, la piratería se erige como un arma de doble filo: por un lado, actúa como trampolín que impulsa a artistas emergentes; por otro, socava el sustento económico de aquellos que luchan por sobrevivir en un mercado cada vez más implacable. Casi recuerda a esas empresas que buscan artistas jóvenes para pagarles con visibilidad su trabajo.

La proliferación de plataformas ha convertido el panorama digital en un mosaico de experiencias que no se terminan de complementar. Netflix, en sus inicios, logró centralizar y simplificar el acceso a la cultura. Representó una manera de reducir la necesidad de recurrir a la ilegalidad (estudio sobre piratería y acceso, Cordcutting). Pero, actualmente, por mucho que pagues Netflix, tu amigo te puede recomendar una serie de HBO. Por mucho que alquiles un pack que incluya HBO, Netflix y Prime Video, en TikTok se puede recomendar una película que esté en Filmin. Y si te suscribieses también a Filmin, el día que te apeteciese ver la película favorita de tu sobrino seguramente tuvieses que recurrir a Disney+. Un completo uróboros.

En el universo de los videojuegos, la piratería es casi un ritual de resistencia. Gabe Newell, el creador de la plataforma de venta de videojuegos Steam, ha afirmado que “la piratería es un problema de servicio, no de precios”. Pero, ¿dónde trazamos la línea? ¿Dónde pasamos de vernos como el rey de los piratas a vernos como el protagonista de esos anuncios de los 2000?

Desde luego, hay productos que, incluso dentro de un ambiente que suele tolerar la piratería, se siente ilegal piratear. Sobre todo juegos indie, títulos como Cuphead, que han obligado a sus creadores a tomar riesgos extremos: en este caso, incluso rehipotecar sus casas para ampliar el juego. Por el contrario, dentro de algunas compañías, como Ubisoft, se generan contradicciones como el uso de sistemas DRM “anti piratería”: la ironía se hace palpable cuando este sistema consume tanta potencia que la versión pirateada de un juego funciona mejor que la legal, evidenciando un sistema de consumo que ignora las verdaderas necesidades de su audiencia.

Ilustración de un Ebook pirata
Ilustración de un Ebook pirata

La digitalización tampoco ha dejado intacto el mundo literario. Y es que siempre ha habido que pagar por los libros, pero ¿cuánto? ¿En qué momento una edición de bolsillo no baja de los 20 euros? En el momento en el que cuesta lo mismo que una compra pequeña en el supermercado, hay que prestar atención a los innumerables lectores que pueden quedar al margen. La piratería literaria supone una forma de migración cultural, de buscar el producto de manera clandestina para burlar una economía que parece querer monopolizar el saber.

La promesa de una distribución unificada y accesible se ve empañada por la proliferación de servicios que dividen la experiencia, da igual a dónde se mire. Ver una serie emblemática puede ser una odisea en la que el usuario debe elegir entre múltiples suscripciones o recurrir a descargas ilegales, convirtiendo la piratería en un acto de rebelión contra un sistema que, en su afán de lucrar, despoja al espectador de la sencillez y coherencia en el acceso a la cultura.

La generación Z y el futuro de la piratería

La generación Z, compuesta por jóvenes nacidos entre mediados de los años 90 y principios de los 2010, está liderando una nueva ola de piratería. Los hombres de 18 a 26 años son los más propensos a recurrir a la piratería, y el 80% de los que piratean también pagan por dos o más servicios de streaming. Esto sugiere que la piratería no es tanto un reemplazo de las opciones legales como un complemento.

A diferencia de generaciones anteriores, la generación Z no ve la piratería como un acto moralmente reprobable, sino como una forma de acceder a contenido que de otra manera estaría fuera de su alcance. Además, esta generación está más familiarizada con la tecnología, lo que les permite acceder a contenido pirata de manera más eficiente.

Sin embargo, la generación Z también está impulsando cambios en la industria. Su preferencia por el contenido online y su disposición a pagar por servicios de streaming de alta calidad están obligando a las empresas a adaptarse. Plataformas como Netflix y Spotify han logrado reducir la piratería al ofrecer un servicio conveniente y accesible, pero aún queda mucho por hacer para satisfacer las demandas de esta generación.

La piratería es el espejo roto de una cultura encerrada en fórmulas obsoletas y excluyentes. Cada descarga ilegal y cada suscripción fragmentada invitan a repensar lo que significa tener cultura en la era digital. La verdadera revolución no se medirá en bloqueos y multas, sino en la capacidad de reinventar un sistema en el que cada usuario, sin importar su origen o poder adquisitivo, tenga acceso a la riqueza cultural que define nuestra identidad.

La tarea es urgente: derribar los muros que separan y construir puentes que unan. La solución reside en la innovación, en la colaboración entre Estado, empresas y sociedad, y en una ética digital renovada que sitúe al usuario en el centro. La lucha por un acceso universal a la cultura es, en última instancia, una lucha por la justicia social.

Este llamado a repensar y reinventar nuestro modelo cultural invita a transformar la rabia de la exclusión en la semilla de una revolución que no criminalice al usuario, sino que valore y democratice el acceso a la cultura. La piratería, en su complejidad y contradicción, es la señal de que el sistema actual está roto y que el cambio no es imposible.

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