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Sueños de eternidad

Últimamente me encuentro con gente que quiere perpetuar sus casas, sus objetos y sus elementos cotidianos con arreglos desorbitados y carísimos porque les aseguran que quedarán como nuevos y durarán treinta años en perfecto estado. A mí, con 77 años, cuando me hacen esa propuesta sobre alguna reparación, solo se me ocurre mirarme al espejo y decir: “¿Treinta años? ¡¿Cómo?!”.

@cualquiera48//

Creo que algunas personas de mi quinta, o de una parecida, piensan que vivirán esos treinta años para disfrutar de ese arreglo, por otro lado, carísimo y, seguramente, innecesario. No caen en la cuenta de que, como mucho, les dejarán a sus descendientes un tejado maravilloso, a prueba de nevadas, o un alicatado de cocina perenne, casi para la eternidad. Tejado y alicatado que quizá ni siquiera disfruten, porque los herederos apuesten por vender las propiedades recibidas. Como ocurre tan a menudo.

Puede que creamos que así nos protegemos de nuestra propia extinción.

Todo esto lo cuento porque en mi edificio llevamos soportando una derrama exagerada desde hace más de un año y, al parecer, el arreglo de la cubierta llegará en perfectas condiciones hasta tres generaciones más. También en mi pueblo se han propuesto que los servicios comunes sean para “siempre” y, claro, eso se traduce en otra derrama cuantiosa.

Me temo que voy a ser la vecina insolidaria que apueste por un arreglito para un par de años y ya se irá viendo. No sé si va a ser necesario instalar espejos en los portales, bien visibles, para que nos devuelvan una imagen más ajustada a la realidad. ¡Qué deseo de perpetuidad trasladamos a las cosas que nos rodean, cuando lo mejor sería detenernos a disfrutar de lo que sí funciona —que no es poco, incluido nuestro cuerpo— y dejar que cada generación tenga su afán y su cometido!

No vamos a vivir más por dejarles todo hecho, ni ellos van a apreciar los esfuerzos de unos antepasados a los que, probablemente, habrán olvidado.

Me está saliendo una crónica un tanto melancólica, cuando lo que yo quiero transmitir es una reflexión práctica: No hace falta hipotecar el presente para una posteridad que sabrá tomar sus propias decisiones.

Menos derramas y más sonrisas disfrutonas. Conmigo, que no cuenten: tengo espejo.


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