Una estúpida opinión
Carmen Jiménez-García / @carmen.ji//
Como algún que otro miércoles, encendí RTVE para ver la sesión de control al Gobierno y me preparé un café antes de atragantarme con él. No tardé demasiado en comprender que la palabra “control” quizá fuera la primera ficción del día. Las preguntas estaban registradas y se conocían de antemano; las respuestas, por supuesto, también llegaron preparadas. Lo que dentro del hemiciclo se disfrazaba de tensión era ya rutina y normalidad. Desde la casa de una ciudadana más, cada intervención parecía un tirachinas cargado con el “y tú más” o el “y tú también”. Unos preguntaban sin esperar una respuesta. Otros respondían sin intención de contestar. Alrededor, las bancadas reían, protestaban y aplaudían a sus líderes con la fidelidad automática de quien ya conoce su papel. Cuando terminó la sesión, quedaron la taza vacía, la pantalla en silencio y una desagradable sensación de tiempo perdido. Entonces abrí el bloc de notas y empecé una de esas estúpidas opiniones de columna que llegan a mi felpudo cada fin de semana. Tal vez porque hasta para denunciar el ruido parece necesario gritar otro poquito más.
Quizá llevamos demasiado tiempo confundiendo el ruido con la conversación. No creo que falten opiniones, nos falta voluntad de someterlas a la realidad. Hemos convertido la política en una disputa de identidades, el periodismo en un catálogo de versiones y la ciudadanía en un público que elige su relato favorito antes de conocer los hechos. Cada cual escucha desde su trinchera y después nos sorprendemos ante la polarización, la desinformación o la imposibilidad de mantener una conversación sin terminar repartidos entre vencedores y enemigos. Nos han enseñado a elegir bando con tanta eficacia que hemos dejado de preguntarnos qué pensamos, qué exigimos y qué estamos dispuestos a perdonar en una democracia cuya calidad parecemos cada vez menos dispuestos a defender.
El espectáculo continúa, aunque el escenario empiece a caerse. Mientras unos agitan los brazos y otros responden con los errores de hace una década, la corrupción se abre paso entre los escaños con la tranquilidad de quien sabe que siempre habrá una bancada preparada para justificarla, independientemente de su color. Los casos cambian de siglas, pero cada uno llega acompañado de tertulias, consignas y acusaciones cruzadas hasta que la gravedad de los hechos queda enterrada bajo otra competición de miserias. Lo más inquietante no es solo que existan políticos corruptos. Es que la sociedad y su manera de pensar —o de posicionarse— terminen tan corrompidas como la propia vida parlamentaria. Hemos empezado a perdonar lo que condenaríamos sin matices si llevara otras siglas y a llamar persecución a aquello que ayer llamábamos justicia, aunque no sepamos si algún día existió. Al final, la historia se repite, no cambian los hechos. Cambia nuestra disposición a mirarlos porque quien no conoce su historia —o no la quiere conocer—, evidentemente, está condenado a repetirla.
El periodismo debía ayudarnos a clarificar y comprender la realidad. Ahora, para averiguar qué ha sucedido, conviene leer —al menos— tres noticias distintas y confiar en que sus contradicciones dejen escapar algún hecho por el camino. El artículo 20 de la Constitución protege el derecho a recibir información veraz, pero no explica qué hacer cuando cada medio entrega una verdad con distinto titular, diferente culpable y su propio catálogo de silencios. Tampoco el ciudadano parece dispuesto a reclamar demasiado. Nos afiliamos a periódicos, radios y tertulianos como quien hereda el equipo de fútbol al que apoyar. Entramos para que nos den la razón y salimos satisfechos cuando lo consiguen. El sesgo de confirmación hace el resto: rechazamos aquello que amenaza nuestras convicciones y abrazamos cualquier argumento que permita conservarlas intactas. Entonces aparece la opinología, esa disciplina sin método en la que cualquiera puede sentenciar sobre cualquier asunto sin el inconveniente previo de conocerlo. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para informarnos y quizá nunca habíamos encontrado tantas excusas para no hacerlo.
¿En qué momento votar a un partido empezó a significar estar de acuerdo con todo lo que dice? Elegimos entre proyectos incompletos que no sabemos si se cumplirán, prioridades distintas y candidatos que quizá solo nos convencen más —o nos decepcionan menos—que los demás. Eso no debería impedirnos reconocer una buena propuesta en el adversario ni criticar una mala decisión de los nuestros. Tampoco debería resultar extraordinario que dos partidos enfrentados coincidieran en una cuestión concreta y votaran juntos, porque el diálogo y la diversidad de opiniones no debilitan la democracia: deberían ser precisamente su materia prima. Sin embargo, cada vez parece más fácil hacer apología de unas siglas que defender unos valores propios. Y quizá convendría preguntarnos si todavía elegimos nuestras ideas o si hace tiempo que permitimos que nuestro partido las elija.
Vamos deprisa. Tan deprisa que ya no parece necesario conocer la historia para explicarla, leer una noticia para comentarla ni escuchar al contrario para comprenderle. Basta con encontrar una voz que confirme la nuestra y repetirla con suficiente seguridad. Mientras tanto, olvidamos que, en lo práctico, casi todos queremos lo mismo, aunque hayamos escogido caminos distintos y nos empeñemos en pensar que solo el nuestro merece llegar. El sábado, cuando el periódico vuelva a caer sobre el felpudo, encontraré nuevas certezas, nuevos culpables y unas cuantas opiniones de columna dispuestas a explicarme el mundo. Esta será otra de ellas. Otra estúpida opinión de columna más, pese a todos mis esfuerzos por escribir exactamente lo contrario.

