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Volviendo a Barcelona

Texto: Alicia Hidalgo García//

Íbamos en nuestro Renault Scenic, cegado en lágrimas. La lluvia había cubierto los cristales con cortinas de agua contra las que mi padre luchaba dándole a la palanca que hace girar el parabrisas. No ganaba la batalla, pero le daba tregua para afrontar la carretera. Algo interrumpía el estruendo del diluvio y la canción de la radio, estaba sollozando. Mis padres, acostumbrados al silencio absoluto en la parte trasera del coche, con la única excepción de un “¿Cuánto falta?”, giraban sus cabezas sorprendidos. Arropada en mi sillín lloraba desconsolada. 

“Alicia, cariño, ¿estás llorando de verdad?” me preguntaba mi madre. 

“¿Tienes miedo de la lluvia?, ¿te duele algo?, ¿no te encuentras bien?”

Me abrumaba tanta pregunta. Pero no sabía explicar qué es lo que me pasaba: a mis 4 años nadie me había enseñado lo que me estaba ocurriendo. Era algo nuevo, simplemente estaba recordando con emoción los dos últimos días.

Era la Cincomarzada de 2008, también el cumpleaños de mi padre. Mi familia había tenido la idea de aprovechar la ocasión y hacer un viaje. El destino era Barcelona, ciudad cercana para ellos, en todos los sentidos. Era el lugar donde habían vivido mis padres cuando se casaron, también dónde tuvieron a mi hermano, y volver solo suponía un par de horas en coche. Estaban acostumbrados al catalán, pero yo nunca les había escuchado hablarlo. No eran “catalanes de verdad”, decían ellos, porque los abuelos eran del pueblo de Extremadura, y se sentían más de allí. Tampoco se les puede culpar por ello, eran los hijos de los sureños que migraron al norte, los que fueron a crecer a un lugar mejor, porque “peor, imposible», comentaban. “No eran los que construyeron la ciudad, eran los que fueron a aprovecharse de ella”, según los oriundos de Barcelona. Mis padres se sentían distintos, eran distintos, pero amaban la ciudad a pesar de sentirse menos en ella. 

Yo no conocía nada de Barcelona, ni yo ni mi prima hermana, que era mi compañera de viajes. Nos adentrabamos juntas en la nueva aventura del fin de semana, un finde que fue increíble. Una noche y dos días que parecieron mágicos. 

Despertaba en el caos del Zoo de Barcelona. Aquí me daba cuenta de lo lejos que estaba de casa. Me encantan los animales, mis padres lo saben, esta parada era obligatoria. Todo lo que mis ojos recorrían eran caminos de tierra y plantas de plástico, a los lados vallas de madera que guardaban criaturas que solo había visto dibujadas en las películas de Disney. Animales salvajes a mi alcance. A algunos los podían tocar, alimentar, conocerlos de cerca. Mi euforia estaba mezclada con la repugnancia que me provocaba el hedor del lugar, un olor intenso a estiércol. Me sentía como un carnívoro que caza después de mucho tiempo con hambre. Para comer tocaba un bocata improvisado por mi madre en la habitación del hotel, uno de tortilla francesa con jamón york. Tal vez la peste del lugar me estaba empezando a afectar también al gusto, pero este tenía un sabor único. Antes de marchar pasamos por la tienda de recuerdos, donde compré unos delfines de plástico, no había de esos en el zoo, pero me parecían el juguete ideal para cuando me bañara. 

Foto del zoo de Barcelona
Zoo de Barcelona Fuente: Zoo de Barcelona

Por la noche iríamos a cenar a la terraza de un restaurante al lado de la “Fuente Mágica”. El espectáculo de agua, música y luces la hacía parecer mágica de verdad. Me quedé hipnotizada durante aquellos 15 minutos que se me hicieron breves. Le pedí a mi madre que volviéramos al día siguiente para verla de nuevo. 

Me levanté y desayuné viendo la tele en el hotel. Echaban “La Casa de Mickey Mouse” en catalán, no entendía mucho, pero me entretenía igual. Hoy iríamos al Museo de la Ciencia, ya que mi tío Juan es un apasionado y está graduado en Física. El lugar estaba lleno de gente, como en el zoo. En vez de bestias enjauladas, ahora eran experimentos en vitrinas, todo era más difícil de entender, pero mi padre y tío procuraban resolver todas mis dudas. Aprendí cómo la visión afecta a nuestro olfato, al mostrarme diferentes imágenes con la misma fragancia, el mismo aroma parece distinto si ves un pastel o una rata. Eso me dejó alucinada. Antes de irnos, igual que hice el día anterior, me llevé de recuerdo un “slinky”, ese muelle de colores que se estira que hipnotiza a los niños. Regresamos para cenar otra vez bajo las luces de la “Fuente Mágica” al pie de la montaña de Montjuïc.

Foto del museo de ciencias
Museo de Ciencias de Barcelona Fuente: Museo de Ciencias Naturales de Barcelona

La experiencia ya se ha acabado, y por mucho que quiera no puedo repetirla. Me habían dicho “no” a muchos caprichos, pero este “no” no lo podía recriminar siquiera, simplemente no se podía. Respondiendo a mis padres solo me sale decir: “Es que me lo he pasado tan bien, y no se va a repetir…”

Mis padres se reían, les hacía gracia, tal vez les daba ternura o tal vez se mofaban de mí. Tal vez ambas, tampoco sabía la diferencia.

“Alicia no te preocupes, que aunque se haya acabado este viaje podemos volver siempre”. 

Me consolaban con una sonrisa de satisfacción, saben que su calculado plan de hacerme amar la ciudad de sus vidas había salido bien. Ahora ya tenían una excusa más para regresar, y ya no como los forasteros que se instalaron en la ciudad, si no como los “paisanos”, esos que dan la bienvenida a los nuevos. Los que conocen el nombre de las calles, las salidas del metro, los lugares más bonitos, los menos bonitos, los caminos que te llevan al zoo o al museo. Ellos no me veían como una catalana más, pero me acercaban a la ciudad sin prejuicios, conscientes que la ciudad no les pertenecía solo por haber vívido allí. La querían compartir con los forasteros, con las generaciones nuevas, como les hubiera gustado que lo hicieran con ellos.

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