120 pulsaciones por minuto: el ritmo al que bombea un corazón por última vez

Diego Lobera Teresa//

Aviso: puede contener spoilers

Robin Campillo cuenta en su última película120 pulsaciones por minuto, su propia experiencia como activista en Act Up París, una combativa asociación que luchó contra el sida a finales de los 80 y principios de los 90. La historia la encarnan un grupo de jóvenes franceses que luchan, se enamoran, viven y mueren por esta enfermedad. La película coral consiguió el Gran Premio del Jurado en el pasado Festival de Cannes y triunfó en la última edición de los Premios César, los Óscar del cine francés. Recibió los galardones a mejor película, mejor actor secundario (Antoine Reinartz) y actor revelación (Nahuel Pérez) y mejor guion original, montaje y música.  

Una mujer que ha perdido a su hijo enfermo de sida recibe en su casa el mismo día de su muerte a otra mujer que le abraza y consuela, madre de un hijo con la misma dolencia. Vivo. Todavía. ¿Quién consuela a quién? Sin decirlo se acompañan en el sentimiento. Los chicos eran amigos. Ellas no habían coincidido antes en un mismo espacio pero al mirarse ya saben lo que la otra siente. Una respira aliviada y la otra alienta aterrorizada.

Los chicos del film 120 pulsaciones por minuto eran compañeros en la asociación activista Act Up París, una congregación de personas de todos los sexos, edades, orientaciones y razas, unidos por un mismo miedo, el sida, y un mismo objetivo: vencerlo. Estos activistas luchan en una guerra abierta contra las farmacéuticas y los laboratorios, contra el Gobierno de Mitterrand y su parsimonia política y contra la mirada hacia otro lado de todos los demás. Gladiadores que combaten en una batalla interna contra una enfermedad para muchos desconocida —y por todos temida— y que lidian contra un cruel estigma social. Los dos eran enfermos de sida.

Algunos de los protagonistas son solo portadores. Otros de los miembros de la asociación apoyan la causa, se dedican a intentar entenderla y a buscar soluciones porque tienen seres queridos que padecen la enfermedad. Amor ciego al compañero que sufre, sufrió o sufrirá. Y algunos solo están enfermos. “Solo”. Todos ellos controlan los términos médicos, científicos y técnicos que se acumulan en la historia, pues los han asumido e incorporado a sus rutinas diarias. Conceptos que pueden llegar a escapársele al espectador.

La historia se estructura por asambleas narradas casi a modo de documental. Son eventos en los que los miembros de la asociación se reúnen para debatir los conflictos más destacados de cada semana. A las mismas se va sumando gente, igual que se va perdiendo. Organizan manifestaciones cada cierto tiempo y rinden homenaje a los miembros que fallecen. Preparan acciones de concienciación en colegios y carrozas para las fiestas del Orgullo Gay y otros muchos eventos. Entre estas acciones, destaca un ataque a un laboratorio de la capital francesa, una de las escenas más estremecedoras. Los jóvenes asaltan las oficinas de este con pancartas que acusan de asesinos a los científicos y directivos, por no darle la importancia que se merece a la investigación del sida. Interrumpen sus labores, los increpan con agresividad y gritan por los pasillos sus lemas más duros. Las fuerzas de seguridad los intentan retener pero no impiden que estos hagan oír su mensaje. Como colofón, lanzan contra cristales y mesas globos llenos de agua turbia roja, semejando sangre infectada, que llenan la pantalla de un violento rojo escarlata.

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Las reuniones aportan a la película ritmo y tensión, tan pronto como se lo quitan, porque en alguna ocasión puede resultar un esquema algo repetitivo. Con todo, el espectador siente la urgencia, el agobio y la necesidad de alcanzar una solución al conflicto, lo que supondría un cambio en las acciones del Gobierno y de las farmacéuticas. “El sida nos está matando”, reivindican con uno de sus lemas.

Campillo, director argentino de la cinta, infunde al relato su mirada más personal con una historia vertebral de amor y deseo. En ella, Sean, el protagonista enfermo, demuestra sus ganas de seguir viviendo después de conocer y enamorarse contra todo pronóstico de Nathan. Este, libre de infección, se encarga por amor de cuidar al primero hasta que no queda más remedio. Nathan utiliza toda la energía que a Sean le falta para protegerlo de todo peligro. Y aprovecha el positivismo que este no guarda, para mostrarle esperanza y hacer agradables los momentos más complicados. Una historia de amor que supone el éxtasis del respeto, la empatía y la gratitud.

El sexo tiene un significado esencial en la historia. En muchas ocasiones es explícito, sin prisas y sin complacencias. A veces enérgico, a veces elegante y otras casi abrupto. El sexo sin protección supone el contagio pero la confianza de los personajes no los priva del placer más sensato. La conexión entre ellos emana seguridad y tranquilidad, descubriendo que un enfermo de sida puede hacer el amor con un no enfermo de sida sin ningún riesgo y con las precauciones necesarias.

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De forma paralela pero no determinante, emerge la diversión, la fiesta. La exaltación de la amistad. Así como la enemistad y las desavenencias del grupo supuestamente unido, que terminan por desaparecer cuando todos se unen para despedir y recordar con aparente alegría la vida de un fiel compañero.

Determinante es el dolor, que se manifiesta con toda su crudeza. El inevitable avance de la enfermedad que poco a poco, pero más rápido de lo que uno se puede llegar a imaginar, se convierte en una verdadera tortura física. En los últimos veinte minutos, el actor Nahuel Pérez (Sean Dalmazo) desarrolla todo su virtuosismo actoral para dejarnos boquiabiertos y compungidos. Se proclama justo merecedor del César a Mejor Actor Revelación con su mirada desconsolada y amedrentada, en una película que muestra el transcurrir de una vida difícil al ritmo de un corazón que se para cuando más rápido latía. Una película que llega directa a la conciencia.

 

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