Agricultores y transgénicos: dos caras de una misma semilla

Elena Jaso y Lucía Hernández //

Los transgénicos han dividido a los agricultores entre los que ven en ellos el progreso y los que los consideran un retraso. Unido a ello, la inmovilización por parte del Estado español tampoco contribuye a extraer una conclusión definitiva en torno a esta innovación agrícola.

Los agricultores tocan la tierra, pero también la sienten. Su labor rezuma ecos cartesianos: el esfuerzo del día a día se supedita a la duda eterna, la que emana cuando no se tienen garantizados los frutos. Sin apenas más medios que sus conocimientos y un carácter infatigable que se traduce en la rudeza de sus manos, deben sobreponerse a fuerzas contra las que es difícil luchar, como las lluvias o las malezas. Para intentar superar las dificultades –que comprenden desde una plaga hasta la enfermedad de los cultivos- la robótica y la biotecnología han llevado la modernidad a este oficio tradicional que comienza en el Neolítico y llega hasta nuestros días. Producto de estas innovaciones son las semillas transgénicas, creadoras de una gran controversia entre los agricultores, quienes -más allá de la incertidumbre que genera este invento- son los que, indudablemente, mejor conocen la tierra.

Juan carlos simón

Parte de este colectivo es Juan Carlos Simón, un jubilado residente de Tauste -municipio zaragozano de las Cinco Villas- que ha consagrado gran parte de su trayectoria profesional al estudio de estos avances.  Tras perder varias cosechas, Simón decidió realizar diversas pruebas con semillas de maíz propias no híbridas, que habían sido contaminadas por organismos modificados genéticamente (OGM). El resultado de estos exámenes fue concluyente: las considerables mutaciones genéticas -distinguibles a simple vista- que padecieron las muestras pusieron sobre aviso al aragonés, que no fue el único en percatarse de los posibles perjuicios de los OGM; también el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) se comprometió a estudiarlos, sin embargo, sostiene Simón que “El Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español paralizaron estas investigaciones”.

No obstante, la falta de apoyo nunca ha frenado al taustano. Treinta y cinco han sido las denuncias que este jornalero ha interpuesto al Estado español durante todos estos años por la contaminación de sus campos, provocada por las semillas transgénicas de su alrededor. Sin embargo, Simón se ha topado siempre con el mismo vacío legal: la única alternativa que ofrece el legislativo es denunciar al propietario del terreno.

Sin ayuda de las instituciones, los agricultores se encuentran en una compleja tesitura. Evitar la contaminación de los cultivos de maíz convencional o ecológico es muy complicado si estos campos están rodeados de propiedades con maíz transgénico. La polinización se produce a través de los insectos o por el mismo viento: cuando el polen de ambas plantas se cruza, el contagio es inevitable. En el momento en que un solo grano de maíz convencional es infectado ya no puede venderse como maíz ecológico, lo que se deriva en  un coste de oportunidad elevado, es decir, en un importante impacto económico para el agricultor. En Aragón solo existen seis cooperativas que trabajan con cultivos isogénicos -no transgénicos-, entre las que destaca la Cooperativa Joaquín Costa, situada en Binéfar (Huesca). En cambio, abundan aquellas que cultivan transgénicos, como la Cooperativa Agraria San Miguel, que se complementan con otras empresas –también cultivadoras de transgénicos- como la Sociedad agraria de transformación, donde trabaja Antonio Pueyo, un joven habitante de Tauste, como el propio Simón.

A diferencia de su paisano, Pueyo se posiciona claramente a favor de los transgénicos, aunque reconoce algunos aspectos nocivos de la mutación genética en la planta: “Puede haber malformaciones y bultos. Pero no son muy habituales. Es parte del proceso”. Pueyo pertenece a esa nueva generación que aboga por la innovación de la agricultura, un sector al que las grandes empresas han sabido hincarle el diente.

plantas de maíz convencional contaminada. Transgénicos
Planta de maíz convencional contaminada.

El poder de las multinacionales

Simón ha actuado sin descanso para sacar a la luz los errores que cometen las compañías en la venta de pesticidas y en la patente de las semillas transgénicas, lo que no le ha granjeado muy buenas amistades: “A mí hasta me han amenazado”.

– ¿Quién le ha intimidado?

– Monsanto, que aunque no lo parezca tiene un cuerpo de “policía” específico muy peligroso.

– ¿Unos matones?

– Efectivamente. Amenazan con denunciarte, con hacerte perder los cultivos. Si se lo proponen, pueden hacerte la vida imposible. Vienen a llamarte a la puerta.

– ¿Y no tiene miedo?

– No, a estas alturas no. Yo creo que a mí me dan por perdido. Con bloquearme los medios de comunicación vale.

La relación de Simón con las cadenas televisivas está rota. Muchas lo han llamado y pocas han publicado sus testimonios. Y cuando lo han hecho “han tergiversado mis palabras, siempre bajo el control de estas empresas inmensas”.

Hace 20 años, cuando estas empresas (Monsanto, Pioneer o Bayer) quisieron comercializar sus semillas transgénicas en España, -afirma Simón-, “vendieron” a los agricultores que una de las ventajas que ofrecen estas frente a las semillas convencionales es la resistencia que muestran a la temida plaga del gusano taladro. Asimismo, que contengan lignina, una sustancia natural que aporta al fruto dureza y resistencia, provoca que no se doble el tallo. Y aunque esta característica pueda resultar beneficiosa para los agricultores, considera Simón que es dañina para los animales, que pueden llegar a ahogarse por la consistencia de la materia. En esto último discrepa Pueyo, quien argumenta “que un animal necesita mucho más que un pienso duro para ahogarse”.

En 2015, por primera vez, la OMS- Organización Mundial de la Salud- informó sobre el efecto cancerígeno del glifosato, pesticida insertado en los organismos alterados genéticamente, incluidos el maíz MON-810 y la soja transgénica, cultivos con los que se elaboran los piensos para las granjas porcinas. Simón asevera que comer la carne de los animales que han consumido estos piensos puede acelerar o crear ciertas enfermedades: “No sabemos lo que comemos; en 35 años explotará esta bomba genética. Para formar un transgénico se mete una bacteria en otra bacteria apoyada en un virus, y esto dicen los protocolos institucionales que no es peligroso.  Yo, que conozco a la perfección las granjas, recomiendo no comer carne, especialmente de cerdo. Sé que el jamón está muy bueno pero hay que intentar no comerlo”. Además, en la alimentación el descontrol es absoluto: “Ni siquiera en las etiquetas las empresas están obligadas a indicar si los productos contienen elementos transgénicos”.

Pueyo, por el contrario, ve el vaso medio lleno: “El mundo de las plantas es muy diverso. No todas son igual de nutritivas, algunas carecen de los nutrientes fundamentales para el ser humano o los incluyen pero en dosis escasas. Sin embargo, manipulando su información genética logras la perfección alimenticia de muchas ellas, es decir, añades sustancias de las que antes carecías y que las hacen muy nutritivas. Ahora estamos hablando del maíz transgénico, pero hay muchos elementos que se manipulan genéticamente y que han mejorado nuestra cotidianeidad. Me refiero  a algunos alimentos e incluso a algunas medicinas”.

Pero el debate de las posibles secuelas en la salud de los ciudadanos no es el único fuego cruzado que provoca el cultivo de transgénicos. La agricultura es la actividad económica que mayor porcentaje concentra del PIB aragonés, por lo que la extensión en los terrenos y la rentabilidad de este tipo de cultivos también son motivo de discusión permanente.

planta de máiz convencional contaminada (1). Transgénicos
Planta de maíz convencional contaminada.

España es el país de la Unión Europea líder en el cultivo de transgénicos

Tras la última reforma en la legislación, que se produjo en marzo de 2015, los Estados miembros tienen la potestad de decidir si prohíben o no el cultivo de OMG, y puntualiza: “los Estados miembros en los que se cultiven OMG adoptarán medidas adecuadas en las zonas fronterizas de su territorio con el fin de evitar una posible contaminación transfronteriza a los Estados miembros vecinos en los que esté prohibido el cultivo de esos OMG”.

Tras la resolución de esta Directiva marcada desde Bruselas, once fueron los países que decidieron prohibir el cultivo de plantas transgénicas en sus suelos (Francia, Hungría, Polonia, Lituania, Austria, Grecia, Croacia, Letonia, Holanda, Reino Unido y Bélgica).

Al contrario que estos países, España no ha prohibido la plantación de semillas transgénicas; precisamente es el país con la mayor superficie de cultivos transgénicos de toda Europa. Asimismo, en cuanto a las regiones españolas, Aragón es el epicentro de transgénicos de España y de Europa.

Según los datos que registra el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, en España en este último año encontramos más de 129.000 mil hectáreas de superficies con plantaciones de maíz MON-810, la única variante transgénica aprobada y cultivada por los agricultores para el consumo animal.

Guerra de cifras

Los datos oficiales aportados por MAGRAMA -el Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente- aseguran que en la campaña de 2015 se registró que Aragón cuenta con 42.612 hectáreas de maíz MON-810, lo que suponía un 70 % de la producción total en la región de dicho cultivo.

En el año 2015 estalló la polémica en las organizaciones ecologistas por los datos que se estaban publicando por parte del Ministerio español relativos a la superficie de cultivos transgénicos. Casi 22.000 hectáreas, esa era la diferencia entre las estimaciones del Ministerio de Agricultura sobre el cultivo de maíz en Aragón -cifradas en 54.041 hectáreas- y los datos aportados por la Consejería aragonesa.

Simón achaca estas variaciones tan pronunciadas a la fuente de la que el ejecutivo nacional recoge los datos: “Se basan en los números que proporciona la empresa de semillas -que atiende únicamente a la cantidad de semillas MON-810 comercializadas en la región-, en vez de en la declaración de la PAC de los agricultores”. La Política Agrícola Común (PAC) -uno de los elementos esenciales del sistema institucional de la Unión Europea (UE)- gestiona las subvenciones que se otorgan a los agricultores y ganaderos de los países miembros que integran la UE.  

El Gobierno de Aragón publicó en septiembre de 2016 un informe donde demostraba que, por primera vez desde su introducción a comienzos de este siglo, había descendido el porcentaje de plantaciones de semillas transgénicas a un 43%.

Este es otro punto en el que Pueyo y Simón divergen. Mientras el primero garantiza que el 70% del cultivo de maíz en Tauste es transgénico, el segundo mantiene que ese 70% engloba el cultivo de maíz isogénico. Este baile de números está presente asimismo en la localidad zaragozana de Quinto, donde, según Santiago Hurtado, gerente de la Cooperativa Agraria Santa Ana, el 80 % del maíz cultivado en el pueblo es transgénico y el 20% restante isogénico “porque la normativa de la PAC lo ordena”, algo que Simón rechaza categóricamente: “no hay una ley en la PAC que obligue al agricultor a cultivar maíz convencional, sino que son las propias empresas multinacionales las que aconsejan a los agricultores que cerquen sus campos de cultivos transgénicos con plantas convencionales para actuar contra la fuerte resistencia de algunos gusanos”.

En lo que respecta a la rentabilidad, Simón enumera tres ventajas del maíz isogénico frente al transgénico: “En primer lugar, la semilla es más barata, además la cooperativa se encarga de recoger la siembra con camiones y el agricultor no tiene que poner su remolque y cosechadora; a veces las cooperativas están bastante alejadas de los campos, por lo que supone un ahorro importante. Por último, el agricultor cobra mes a mes, a diferencia de quienes cultivan transgénicos, que tienen que esperar a finalizar la campaña para cobrar por sus cosechas”.

En su último informe, el taustano calcula que el agricultor puede ganar 300 euros más por hectárea si sus cultivos son de maíz convencional.

Tabla comparativa maíztransgénico y convencional. Juan Carlos Simón (1)

Pero en este asunto, donde unos ven molinos otros ven gigantes. Así como Simón defiende que el maíz isogénico es más rentable, Pueyo apoya lo opuesto: “La rentabilidad del cultivo transgénico es mayor porque se reducen los costes en el mismo control de la cosecha, pero sobre todo te ahorras el gasto de los plaguicidas, porque la semilla transgénica está inmunizada; ya contiene pesticida en su información genética. Y si tienes que echar algún herbicida para proteger otras semillas, al maíz no le afecta. Además, evitas que las plantas enfermen, lo que conduce a aumentar la productividad y que crezcan más sanas.”

(In)tolerancia a las plagas e insecticidas

La maleza del campo no es el único causante de pérdidas masivas de cultivo cada año; también están las enfermedades virales, contra las que la biogenética –sostiene Pueyo- está luchando a través de la creación de nuevas plantas transgénicas resistentes: “Hay muchos virus. Los más famosos son los virus mosaico, que son muy peligrosos y extremadamente contagiosos”. Capaces de echar a perder cultivos enteros, los virus mosaico alteran la forma y el color de la planta, lo que facilita su localización. Su amenaza radica en que todavía no se han encontrado una cura ni un remedio capaz de erradicar la cepa, que infecta habitualmente las semillas del tabaco y del tomate.

Asimismo, Pueyo aprovecha para desaprobar el argumento de agricultores como el propio Simón que vituperan la semilla transgénica “porque solo sirve para combatir el gusano taladro, una plaga que –dicen- lleva seis años sin aparecer”. Lo que los críticos ignoran –añade Pueyo- es que “hay otras muchas plagas que se han superado gracias a los transgénicos, como la de la araña roja y el mosquito”.

No obstante, esta presencia de herbicidas en la información genética de las plantas, tan importante para Pueyo, es denostada por Simón “porque crea resistencia en las plantas transgénicas, que con los años perderán esa inmunidad a la plaga del taladro”. En un momento dado, el veterano agricultor puntualiza: “¡ojo! Que estoy hablando de las semillas MON-810, que sucedieron a las BT-176, causantes de muchos problemas y cuyo cultivo se instaló sin permiso, comprando a unos directores generales de Agricultura”.

– ¿En qué año?

– En el 2000. Nos las metieron de mala manera. Yo sólo sabía que era bueno para el gusano, no nos dijeron nada más. No teníamos ni idea de lo que era, y ahora hay muchos agricultores que no saben lo que es. De hecho, en España se están poniendo transgénicos sin aprobación.

– ¿Y no hace nada la Unión Europea?

– Si el estado no dice nada… tú como particular tienes las manos atadas, ¿qué vas a hacer? ¿Ponerte a hacer análisis genéticos? Te dicen que no vale, porque no está hecho con no sé qué. Entonces tú vas gastándote el dinero como un gilipollas [sic] para que luego le den la vuelta a lo que tú has descubierto. Yo ya estoy cansado. No tengo tanto dinero como Trump para estar haciendo tonterías. Para enfrentarme al Estado.

 

Inmovilización por parte del Gobierno de España

Un Estado que hace oídos sordos a las denuncias de una parte del sector agrícola. Sobre esto tiene mucho que decir Javier Sánchez, exsecretario general de UAGA (Unión de Agricultores y Ganaderos de Aragón), quien lo reduce todo a la compra de voluntades: “Las multinacionales tienen la capacidad de poner ministros, como Cristina Garmendia, ministra de Ciencia e Innovación durante la segunda legislatura de Zapatero, o de colocar secretarios de Estado”.

– ¿Y cuáles son los beneficios para estas empresas?

– Estamos hablando de negocios que se mueven en bolsa, además de que tienen patentada su semilla y, por tanto, cobran royalties. La tendencia actual se dirige hacia cultivos donde no puedes utilizar tu propia semilla. Ellos se colocan en el mercado en una posición dominante a la hora de la compra de semillas. Las cooperativas, agotadas, dejaron de pelear, porque no tienen naves para separar el maíz transgénico del convencional. Ahora están promoviendo la producción de isoglucosa porque quieren que el maíz que se utiliza para su producto no sea transgénico. Eso está procurando un seguimiento de un mercado que mal convive con el transgénico pero que intenta no estar contaminado.

 

Como Simón –con quien comparte amistad- opina que se manipulan los datos concernientes a la superficie ocupada por el maíz transgénico: “Si fuera tan beneficioso, en 20 años, todos los cultivos serían transgénicos; y todavía, en 2016, las superficies de cultivos transgénicos no llegan ni a la mitad, aunque digan que hay más extensiones de las que realmente hay”. “Los agricultores no somos tontos”, proclama.

 Pero ¿por qué los agricultores cultivan maíz transgénico, si sus beneficios, presuntamente, son tan escasos? Sánchez lo tiene claro: “Es la campaña de los comerciales de plantas y semillas, son las meriendas y cenas con los agricultores regalando semillas. Les han convencido y al final ponen de los dos. No quieren estar fuera del lenguaje dominante, o ponerse fuera de marca”.

 Este pensamiento contrasta con el de Pueyo quien piensa que los agricultores cultivan maíz transgénico “simple y llanamente” porque lo consideran “más rentable”. Procedente de una estirpe de agricultores, ni él, ni su padre, ni sus tíos, ni sus primos han sido agasajados o chantajeados “jamás” por parte de las multinacionales para animarles a comprar su semilla.

 Llegados a este punto, ¿cuáles son, en conclusión, las bondades del maíz transgénico? Simón y Sánchez se inclinan por los mismos derroteros: “a largo plazo, ninguna”. Tampoco hay “ninguna” razón para prohibirlos desde el punto de vista de Pueyo: “de momento, nadie ha demostrado que sean perjudiciales. Además, la economía agrícola del país sube. Se disminuyen los ataques de insectos y plagas a la planta y se protege el efecto invernadero. Se impide la contaminación de las aguas subterráneas y la erosión del suelo”. En adición, “modifican genéticamente a las plantas para que puedan desarrollarse en todos los sitios”. De este modo, plantas que antes no sobrevivían en un determinado lugar porque su información microbiana no se lo permitía crecen ahora en cualquier tipo de ambiente. Por último, preservan “la humedad del suelo” y, al contrario de lo que “advierten algunos críticos”, no desplazan ninguna variedad tradicional como “el trigo espelta”, una gramínea que existe desde su descubrimiento en Irán hace 7000 años y que, considerada como el origen de todas las variedades de trigo actuales, atesora numerosas cualidades nutricionales.

A diferencia de este cereal, del que los expertos en su integridad destacan sus beneficios, la semilla transgénica continúa dividiendo a defensores y detractores, a la espera de que las instituciones y los organismos internacionales se pongan de acuerdo. Entretanto, todos los agricultores, aunque enfrentados por asuntos como este, seguirán teniendo algo en común: el sentir de la tierra.

 

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