Ayotzinapa, más de 43 razones para tomar partido

Texto: Kiko J. Sánchez//  Fotografías: Miguel Tovar/

Hoy, que se cumplen 2 años de la Masacre de Iguala (México), hablamos  con Paula Mónaco Felipe, periodista, cordobesa de nacimiento y chilanga de adopción, militante de H.I.J.OS. y autora del libro “Ayotzinapa: Horas Eternas“. Una obra periodística comprometida, que narra lo sucedido aquellas dos noches y la larga lucha de los supervivientes y los familiares de los normalistas de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala.

Había algo en el Caso Ayotzinapa que atraía especialmente a Paula Mónaco Felipe. Quizá lo supo al poco de llegar a Iguala para cubrir los hechos como reportera de El Telégrafo de Ecuador. Tal vez lo corroboró cuando comenzó a guardar notas, voces e historias que se perdían en la inmediatez del diario. Y, seguramente, se convenció al ver su propia vida reflejada en la de un bebé de apenas unos meses: la misma historia, en un mismo continente, pero en otro país y casi 40 años después.

La noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre de 2014 cambiaron para siempre México. Sucedió en Iguala de la Independencia, una gran ciudad al norte del estado de Guerrero, cuna de la bandera mexicana y de la ruptura con la metrópoli española. Dos noches de cacería enloquecida que dejó al menos 25 heridos, 6 muertos y 43 desaparecidos. Las víctimas mortales fueron 3 personas que por azar estaban en el lugar equivocado y 3 estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa. Uno de ellos, Julio César Mondragón, fue torturado y ejecutado; su cadáver, con el rostro desollado y las cuencas de los ojos vacías, fue abandonado a escasos metros del lugar de la masacre para que todos lo vieran. Como una advertencia.

A partir de aquí todo son apriorismos, dudas, especulaciones y sombras. El móvil y los responsables –organizadores y ejecutores– se ocultan tras un entramado en el que se entrelazan los poderes del estado, los medios de comunicación, los partidos y responsables políticos, el ejército y los distintos cuerpos de policía con organizaciones armadas, narcotraficantes, grandes multinacionales, sicarios… En un doble juego en el que la verdad exigida parece enfrentarse con las ansias de pervivencia de un régimen que no se sabe para quién trabaja. Dos años después, la única certeza es que 43 estudiantes, que soñaban con ser maestros, continúan desaparecidos.

MEXICO CITY, MEXICO - MARCH 26: Relatives of the 43 missing students of Ayotzinapa teaching college, march during a global action demanding justice in the case of 43 kidnaped students by local police officers since September 26, 2014 in southern state of Guerrero. (Photo by Miguel Tovar/LatinContent/Getty Images)
MEXICO CITY, MEXICO – MARCH 26. Fuente: Miguel Tovar

-¿Cómo son Iguala y Guerrero?

– Iguala es una ciudad en medio de una montaña muy verde, frondosa, un lugar muy caluroso. Es una ciudad con mucha historia en México, se llama Iguala de la Independencia porque es donde flameó por primera vez la bandera, donde se creó. Y también es una ciudad donde el problema del crimen organizado comenzó hace unos años a acechar, al punto de que nadie en ese lugar ahora se puede sentir tranquilo. Es una ciudad que nos permite asomarnos a la realidad de muchas otras ciudades de México, en las que no podemos saber dónde está el límite entre funcionarios, gobernantes y delincuencia. Donde se funden esos límites y no es sencillo identificar quién es la ley y quién es el que tuerce la ley. Personas de uniforme forman parte de cárteles, y otras personas, que no han sido elegidas por el pueblo y son parte de cárteles, deciden la aplicación de la Ley.

Es una ciudad difícil para estar ahora. En Iguala hay muchos halcones –como se les conoce aquí–: en cualquier lugar que uno se pare aparecen personas a pie o en motocitas que te observan, o por teléfono, frente a ti, reportan lo que estás haciendo o lo que creen que estás haciendo. Es una ciudad difícil como periodista para trabajar, pero más difícil para quienes viven ahí. En todas las entrevistas que hice encontré las mismas palabras, bastante desesperantes, que ya oí en tantos lugares de México: que es un lugar en el que ahora puedes estar parada en la calle, y pueden pasar y matarte.

-¿Qué tiene de especial este caso para ser tan simbólico en un país con tantos episodios de violencia?

-Hay elementos que se repiten, o son similares a otros casos, como los ataques y la desaparición por parte de agentes del Estado, la acción del crimen organizado o la violencia con armas. Ha habido desapariciones masivas en San Fernando de Tamaulipas, en Coahuila… En el Norte del país hay muchos casos parecidos. Pero sí, la desaparición de estos jóvenes fue como una especie de gota que derramó el vaso. Lo numérico importa, y también quiénes son los desaparecidos aquí: estudiantes de una escuela con una trayectoria política muy fuerte, muy rebeldes. Luego está el hecho de que el caso permitió ver enseguida que había un entramado muy complejo detrás.

-¿Cómo son estas escuelas rurales y sus alumnos?

-Las escuelas normales rurales son uno de los resultados palpables de la Revolución Mexicana y uno de los pocos que sobreviven hasta hoy. En un comienzo eran 32, pero ahora solo quedan 16 y, según denuncian los normalistas, el estado sigue con la intención de cerrarlas como hizo gradualmente en los últimos años. La Revolución creó estas escuelas para dar acceso a la educación a los hijos de campesinos y para que estos regresaran a sus comunidades a educar. Fue un intento de ampliar el nivel educativo del país y acercar la educación a sectores que no tenían acceso. Son internados en los que la educación es gratuita y además proveen de un techo, materiales y tres comidas aseguradas al día. Suena a poco, pero para muchas personas son el salto a una vida mejor. En los hogares de muchachos desaparecidos que yo he visitado las casas tienen paredes de adobe, pisos de tierra y un solo ambiente que funciona como comedor y cuarto de toda la familia. Aquí, los jóvenes pasan a tener una vida más cómoda.

Entrada a la Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa
Entrada a la Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa

Pero sobre todo las normales son transformadoras del cambio. Porque no solo educan a los hijos de campesinos, inmigrantes o albañiles, sino que abren la posibilidad de que en ellas vean que tienen derechos y empiecen a pensar como sujetos de derecho. Y entonces también empiezan a cuestionar al estado; por darles pocos recursos, por intentar cerrar las rurales, y se suman a otras luchas políticas. Además se adhieren a la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México que abraza abiertamente el ideal socialista. Entonces son jóvenes que de un estrato de miseria pasan a cuestionar, criticar y enfrentar al Estado. Se atreven a salir y a hacer manifestaciones, a no dejarse reprimir o agachar la cabeza… Y eso perturba, molesta, molesta mucho a la clase política mexicana.

Historias que se repiten

Siete meses antes de los sucesos de Iguala, la revista Time llevaba al presidente Enrique Peña Nieto a su portada. La imagen transmitía sobriedad, fortaleza y limpieza; el titular “Salvando México” venía a coronar la campaña internacional de apoyo a sus políticas. En noviembre de ese mismo 2014, en el medio de una nueva manifestación masiva en el DF, unos jóvenes pintaron en la explanada del Zócalo la frase “¡Fue el estado!”. Esa consigna estalló de boca en boca hasta dejar al descubierto la realidad que se ocultaba tras los grandes titulares.

Por entonces, la masacre de Iguala ya había cruzado las fronteras de México y las peticiones de verdad y justicia daban la vuelta al globo. Paula Mónaco Felipe llegó a Iguala como corresponsal de El Telégrafo de Ecuador y en poco tiempo entendió que su implicación en el caso sería mayor. La hija de uno de los 43 desaparecidos fue clave.

¿Por qué fue tan importante para ti conocer a Melany Caballero?

-Melany es una de las hijas de los chicos desaparecidos, y fue muy fuerte el día que la conocí. Era como el 20 de diciembre de 2014, estaba yo en la Normal Rural, porque, por decisión propia y también de H.I.J.O.S, decidimos acompañarlos en Navidad y Año Nuevo; algo que hemos hecho los dos años, pues sabemos que son fechas difíciles. En esos días, que la escuela se iba vaciando y se iba reduciendo un poquito la lucha y el apoyo, conocí a esa bebé en una situación casi como de azar: vi a una chiquita jovencita con una bebé en la mano que intentaba ver entre la ropa que habían llevado para regalarles. La muchacha quería ver qué había pero no podía porque tenía la bebé, y entonces le dije si se la sostenía, y nos presentamos.

Ella dijo: ‘soy Rocío, la esposa de Israel Caballero Sánchez, uno de los desaparecidos, la niña se llama Melany y es la hija de Israel’. Fue muy fuerte para mí ese momento en que me la entregó y, al cargarla y estar con la niña, darme cuenta de que ella tenía –cuando desaparecieron a su papá, 3 meses antes– prácticamente la misma edad que yo tenía cuando desaparecieron a los míos. Fue una situación muy fuerte esa de verme reflejada en ella. Ver las historias conectadas y ver también que estas historias se repiten. Si el caso Ayotzinapa desde el primer momento me tocó, al ser un tema que conozco en profundidad, mucho más al toparme con una nena con una vida muy cercana a mí y a mi propia historia.

Paula Mónaco Felipe nació en la Argentina de 1977, en los inicios de la Dictadura Militar. Sus padres, Esther Felipe y Luis Mónaco, psicóloga y periodista y militantes revolucionarios, fueron secuestrados por el III cuerpo del Ejército, bajo el mando del general Luciano Benjamín Menéndez. Sucedió en Villa María (Córdoba) el 11 de enero de 1978, y hasta hoy permanecen desaparecidos. Cuando en 1994 se fundó en Córdoba la agrupación regional de Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (HIJOS) ella fue la más joven y una de las más activas de sus miembros, según recuerdan sus compañeros. Su trabajo periodístico, como su vida, está marcado desde el inicio por el compromiso con la causa de los desaparecidos y la defensa y denuncia de las violaciones de los Derechos humanos.

-¿Te sientes cómoda con el adjetivo de periodismo militante?

-Sí. A mí no me entra ninguna urticaria, ni miedo ni pena de asumir ese concepto del periodismo militante. Pero claro, también es periodismo militante el de la derecha. Aunque es muy distinto trabajar en función de una empresa, que es lo que es un medio, que trabajar en función de ejes en la vida. Yo creo que lo que nosotros como periodistas debemos trabajar es que nuestros ejes sean la rigurosidad periodística y la honestidad humana. Más que la objetividad y el supuesto distanciamiento de una idea o de la otra. Nadie deja de ser militante de algo, yo elijo ser militante de la rigurosidad periodística y de la honestidad como persona.

-¿Cómo marca a tu periodismo ser hija de desaparecidos?

-La postura de mis padres ante la vida, que los dos hayan sido militantes, que hayan pertenecido a organizaciones que en su momento servían para cambiar el mundo y que fuera un lugar mejor, es un motivo de orgullo. Yo no me arrepiento de que mis padres hayan sido integrantes de organizaciones armadas, ni de que hayan sido también periodista y psicóloga trabajando en distintos ámbitos para tratar de conseguir el mismo objetivo. Creo que hay que dejar claro esto, porque integraron una organización armada porque en ese momento era una vía, no solo en Argentina sino en toda Latinoamérica, para tratar de alejar al fascismo y la derecha del poder. Pero también mi papá trabajó en la prensa durante muchos años documentando y denunciando diversas situaciones, y mi mamá trabajó en hospitales públicos creando la atención psicológica en hospitales, como el de Villa María, en los que no existía porque no se creía que los pobres tuvieran necesidad de atención psicológica. Trabajaban por el empoderamiento de las mujeres y otras cuestiones que yo comparto y entiendo como elecciones en la vida. Yo, en este momento, vivo en un mundo diferente y lo que yo elijo es, desde donde sé y donde siento que me expreso mejor, que es en el periodismo, tratar de aportar a documentar cosas que ocurren, tratar de aportar dando voz a las víctimas, a los más desfavorecidos, a los movimientos sociales, etc. Y tal vez sí, mi elección tiene que ver con quiénes eran mis papás, pero también con las cosas que yo creo justas y necesarias en la vida: vivir en un lugar más justo, que sea justo para todos. Yo trato de aportar a eso. Siento que la palabra es una herramienta muy buena para construir verdad, memoria y justicia, que son más que una consigna y rectores que se enfrentan a una dictadura como la de Argentina; pueden ser las consignas y rectores de una sociedad más sana.

MEXICO CITY, MEXICO - NOVEMBER 08: People protest outside the Mexican Attorney General's office during a spontaneous demonstration after Mexico's government announced on friday that evidence suggests that 43 missing students were murdered and their charred remains tipped in a rubbish dump and a river in Guerrero, Mexico, on November 08, 2014 in Mexico City, Mexico. (Photo by Miguel Tovar/LatinContent/Getty Images)
MEXICO CITY, MEXICO – NOVEMBER 08. Fuente: Miguel Tovar

 

-Lo sucedido en Iguala vuelve a hacer visible que las desapariciones forzadas no son cosa del pasado.

-El caso Ayotzinapa, pero también otros miles que han pasado en estos años en México, nos muestran la terrible realidad de que lo que nos ocurrió a todo un país, a todo un continente, décadas atrás sigue ocurriendo. Pasa, y lo peor de todo es que pasa cada vez más. La diferencia, tal vez, es que no hay razones políticas de fondo; en la mayoría de los casos al menos. Pero en muchos de estos casos sí se trata de desapariciones forzadas, porque interfieren agentes del estado. Y pienso yo que esto, lejos de ser mejor, es peor, porque estamos ante la privatización de la desaparición forzada. Ante tal nivel de impunidad, de atrocidad, se hace posible que otras personas civiles puedan desaparecer a civiles sin prácticamente costo alguno porque la justicia no existe en estos casos. Eso nos muestra una cara muy cruel de estos tiempos que estamos viviendo. No solo que se permita que las personas sigan desaparecidas por décadas, que se permita la impunidad como ley, que sean los ciudadanos los que opten por matarse y desaparecerse entre sí, sin temor alguno de la justicia, porque la justicia no existe o se ve demasiado lejana.

-¿Qué crees que se persigue con la desaparición de una persona?

-No sabría decirlo. Sí hay un aspecto fundamental, que es que la desaparición forzada hace que, al no estar presente el cuerpo, la prueba desaparezca. Así se termina de cerrar el círculo de esta metodología tan perversa que pretende generar confusión. Esa confusión tan perversa de no saber si esas personas existen o no existen, si a lo mejor se fueron o se las llevaron para otro lado o a lo mejor abandonaron a sus seres queridos. Es una estrategia que apuesta a la confusión, al olvido, al terror social… El desaparecer el cuerpo también tiene que ver con algo tan práctico como que la prueba del asesinato desaparece. Aunque, en los últimos años, y creo que hay que prestar atención a ello, más allá de desaparecer los cuerpos se dan fenómenos como el desmembramiento de los cuerpos, la tortura en vida antes del asesinato, o incluso lesiones infringidas a los propios cadáveres. Creo que esto habla de cosas que son mucho más profundas y están más arraigadas de los que creemos en nuestra sociedad, nuestra sociedad está mucho más podrida de lo que creemos.

-Se habla de 30.000 desaparecidos en México desde 2006, ¿se ha acostumbrado México a la barbarie?

-No sé si los mexicanos se han acostumbrado o si hay una normalización de la violencia. Hace algunos años la información de estos hechos ocupaba las portadas de los periódicos y ahora, si es que existe, queda en lugares muy secundarios. Antes, a todos nos preocupaban y nos sacudían de repente noticias muy desgarradoras, y ahora te encuentras a poca gente realmente agobiada o sintiéndose triste por esta situación. No sé, no me atrevería a decir que nos acostumbramos porque sería muy terrible, pero sí que hay niveles de violencia que se normalizó, y eso es muy peligroso. Es muy peligroso acostumbrarse a contar muertos, a que parezca normal que a los detenidos se les torture en el país, que parezca normal que aparezcan cuerpos tirados por ahí, que en ciudades como Acapulco en el primer trimestre de este año haya al menos tres ejecuciones por día. Es muy peligroso que la violencia crezca y se vaya moviendo, que parezca normal que asesinen o desaparezcan a la gente, que parezca normal que haya cementerios clandestinos. Creo que es muy peligroso, y por eso yo no me resigno y trato de contarlo, de investigarlo, de decirlo, de tratar de ponerlo en el debate.

CHILPANCINGO, MEXICO - OCTOBER 08. Fuente: Miguel Tovar
CHILPANCINGO, MEXICO – OCTOBER 08. Fuente: Miguel Tovar
Un entramado muy complejo detrás”

Hablé con Paula Mónaco Felipe en mayo de este año. Tres días después del Segundo Informe del GIEI (Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes) y con la enésima detención del responsable de la desaparición de los 43 en la portada de los diarios digitales. Aquella madrugada había caído el Churros, Luis Ramírez Arriaga, presunto jefe de Guerreros Unidos, grupo criminal que, según los indicios más fiables, fue decisivo en lo sucedido en Iguala y que tenía evidentes lazos con José Luis Abarca, alcalde de Iguala, y su esposa María de los Ángeles Pineda.

-Desde la llamada Verdad histórica cada poco tiempo parece que hay un nuevo detenido o una nueva versión de lo sucedido aquella noche, y luego se cae.

-Es muy fuerte la operación de medios del gobierno mexicano desde hace un año y medio. Cada vez que crece algún reclamo hacia ellos, como ocurre en este momento, sueltan alguna declaración o detienen a alguien que declara algo que fortalece la versión oficial. Afuera genera mucha confusión y la gente piensa que está avanzando el caso. Pero no: son todas operaciones mediáticas.

-¿Se han dejado utilizar los medios de comunicación en México?

-El manejo de medios ha sido muy fuerte. Desde el primer día la situación se reportó como un enfrentamiento, sin constatar que eran ataques. En estos últimos meses el estado ha apostado a filtrar información a algunos medios elegidos, con el objetivo claro de abonar a la confusión y fortalecer la versión oficial de los hechos. Es un manejo mediático muy interesante de analizar porque muestra las relaciones de complicidad entre medios y poder, muestra cómo se construye un relato sobre un hecho histórico, un relato que no necesariamente se condice con la realidad, y cómo se va haciendo una estrategia casi de ajedrez en la que se van moviendo las piezas. Por ejemplo, cada 26, cuando se iba a cumplir un mes del caso Ayotzinapa, o se anunciaba una investigación, el estado soltaba, primero directamente y luego filtrando, información para el manejo de la situación. Y es interesante ver cómo algunos medios se prestaron y formaron parte de esta estrategia y cómo otros trataron de hacer una lectura más política de la situación y vieron que les estaban tratando de utilizar. Creo que Ayotzinapa, por distintas razones, es un espejo del México de hoy y es también una forma de sacar una instantánea que nos permite analizar los distintos factores que hay presentes en este momento en el país: el crimen organizado, la corrupción con las autoridades, el lugar de los medios, la acción o la inacción de la sociedad, el lugar que se da a las víctimas, la normalización de la violencia. Muchas situaciones que vivimos y sufrimos hoy en México.

MEXICO CITY, MEXICO - MAY 26: A riot Police past walk next to a painted wall who reads in spanish "Ayotzinapa, It was the state" during a rally to ask Mexican authorities to continue the search for the 43 kidnapped students by local police officers since September 26, 2014 in southern state of Guerrero on May 26, 2015 in Mexico City, Mexico. Relatives of the missing students have called the Global Day of Action for Ayotzinapa's students to demand their safe return. (Photo by Miguel Tovar/LatinContent/Getty Images)
MEXICO CITY, MEXICO – MAY 26. Fuente: Miguel Tovar

Entonces ¿cómo se va descubriendo la verdad de lo sucedido en Iguala?

-A la hora de acercarnos a la verdad ha habido dos actores muy importantes: la investigación del Grupo Internacional de Expertos Independientes (GIEI), algo inédito en democracia, pues algo parecido solo se había enviado a países en tiempo de dictaduras. Una comisión de 5 expertos y 7 asistentes que terminó haciendo un trabajo casi de fiscalía y que molestó al punto que el estado no quiso renovarles la estancia aquí. Ellos son los que aportaron la primera versión completa sobre los hechos. Todo lo otro lo hemos sabido gracias a investigaciones periodísticas. Distintos periodistas que hemos estado trabajando allí, tanto en el reporte en periódicos, radios y televisiones como en la edición de libros. Hay cerca de 22 libros editados sobre el caso de Ayotzinapa, y eso, aunque haya distintas versiones en ellos, aporta a la construcción de un relato. En mi caso trabaje únicamente con entrevistas a sobrevivientes y familiares de las víctimas. Yo trate de aportar un contrarrelato oficial, mi libro va por ese lado. Otras libros reproducen parte del expediente, otros dan solo voz a la GIEI o al Gobierno… Ha sido la colaboración de diversas voces y la valentía de los familiares y sobrevivientes de seguir denunciando lo que permite tener lo que tenemos hasta ahora. Un relato no acabado, con muchas lagunas de información, pero, sin embargo, con la certeza muy clara de que estamos ante un ataque perpetrado por fuerzas del Estado. Es decir, ante un estado criminal y ante delitos de lesa humanidad, como es la desaparición forzada.

-Un estado que parece que no ha hecho nada para la resolución del caso…

-El Estado todo el tiempo ha dicho que el caso sigue abierto y que tiene a todo su aparato trabajando en esto, ahora de la declaración a los hechos la situación es que han pasado casi 600 días, que los muchachos siguen sin aparecer, que solo hay 2 fragmentos óseos que no consta dónde fueron recogidos y que pareciera que la voluntad política no es de encontrar la verdad sino de apostar al desgaste del paso del tiempo.

-¿Han presionado o intentado complicar el trabajo de los investigadores?

-Claro. El caso más concreto es el de la Investigación que realizó el GIEI. Pocos días antes de retirarse, ellos sintetizaron lo que habían ido denunciando durante los 14 meses que estuvieron aquí: que se les pusieron muchos obstáculos, desde retrasos burocráticos hasta no permitirles nunca entrevistar a ningún integrante del 27 batallón de infantería con sede en Iguala. Los militares parecen ser el eslabón intocable en México. Tampoco ha habido demasiadas facilidades al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, el más reconocido y experimentado en esta materia en el mundo. Ejemplo de esto es que el día 28 de octubre de 2014, cuando la Agencia de Investigación Criminal recoge las muestras óseas, que después sabremos que se corresponden con Alexander Mora Venancio, no se les permitió el acceso. No solo no se le avisó de que iban a estar realizando operaciones en esa zona donde tomaron la muestra, sino que incluso al tratar de ir hacia allá fueron interceptados en el camino y no se les permitió llegar a donde se estaban tomando las pruebas físicas. Entonces sí, creo que ha habido obstáculos, muchos, del inmenso brazo del estado, de inmensa complejidad. Obstáculos que son los que explican por qué la investigación no avanza y porque muchos de los datos que aparecen en el expediente no eran de acceso público y no se habrían conocido si no lo hubieran hecho públicos los expertos de la Comisión Interamericana. Porque el estado los conocía pero nunca los transmitió.

-¿Cómo ha sido la actuación de las instituciones con las víctimas y sus familias?

-Hay un doble juego, al menos por lo que yo he visto en mi investigación, hacia las familias de las víctimas. Hay una atención por parte del estado muy mediatizada, en el momento en el que les reciben se monta un show tremendo y, por otro lado, hay amenazas e intentos de sobornos que obviamente no son abiertos, ni son públicos, pero han sido frecuentes y constantes desde que esto ocurrió. Por ejemplo, van a sus hogares a ofrecerle a supervivientes que no declaren o declaren en contra de sus compañeros a cambio de una casa o pagarles la universidad; intentos de sobornos a madres de jóvenes asesinados, a las que les dicen que les van a dar para comprar una casa para que se queden tranquilas; intentos de amedrentamiento a la mujer de una de las víctimas, llegando a la puerta de su casa muchas veces a darle un cheque que se vio prácticamente obligada a recibir o a decirle aquí estamos, sabemos dónde vives. Hubo amenazas a jóvenes supervivientes que incluso han tenido que abandonar el país para resguardar su seguridad. Son amenazas e intentos de sobornos que no son abiertos, pero que hacen personas que se presentan y dicen venir de parte del gobierno. Lo que es seguro es que, frente a esa situación, las autoridades no han reaccionado para defender a las víctimas. El GIE me decía en una entrevista hace poco que temían cómo iba a seguir la situación de las víctimas porque la atención por parte de los funcionarios no es la adecuada, no se preocupan por lo que tienen delante, que es una víctima de delitos de lesa humanidad.

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-¿Y esas amenazas o presiones las has llegado a sentir tú?

-Yo personalmente no he sentido ninguna amenaza ni ningún amedrentamiento, o al menos no he sido consciente de ello. Pero sí, otras personas que estaban cubriendo el Caso Ayotzinapa o haciendo acompañamiento de las víctimas lo han sentido. Lo cierto es que el periodismo aquí en México vive un momento muy difícil. Tenemos cerca de 100 compañeros asesinados, desde el año 2000 a esta parte, 20 de ellos en lo que va de gobierno de Enrique Peña Nieto, tenemos una agresión a periodistas cada 26 horas y esa es una situación que a todos nos hace sentir vulnerables. Todo el tiempo. No solo porque las autoridades no nos respaldan, sino porque cerca del 60% de esas agresiones provienen de autoridades.

-¿Crees que al final habrá justicia, qué esperas?

-Ojalá que haya voluntad política, que es lo único que permite destrabar a la justicia. En Argentina, durante décadas, trabajamos y pusimos el cuerpo las asociaciones de derechos humanos y otras personas solidarias, y eso fue generando un sedimento, pero hasta que el estado no tomó la decisión política de impulsar la justicia relacionada con la violación de DDHH durante la dictadura no se reactivaron las cosas. Vivimos en una sociedad en la que no hay división de poderes, está muy claro que esos poderes funcionan de acuerdo a relaciones entre ellos mismos, y espero que en México la justicia se voltee en favor de las víctimas, de la verdad, de los intereses de toda la sociedad y no solo de proteger a quienes pueden estar detrás de este caso, los que actuaron durante los ataques y quienes frenaron las investigaciones hasta hoy. Espero que haya justicia, un día no tan lejano, y que los muchachos aparezcan, porque lo peor y lo que más inmoviliza de la desaparición forzada es la angustia de no tener ninguna noticia. La verdad, sea cual sea, es lo único que cura a un doliente, y la justicia es lo único que cura a una sociedad.

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Me encantaría que en mi DNI pusiera que nací en Utopía. Pero caí en el continente equivocado y además ese país aún no existe. Quizá por eso me interesan las pequeñas victorias de los que siempre pierden y las historias más curiosas que suceden en el planeta. Aquí trataré de contarlas, para que otros las conozcan y por el hecho egoísta de descubrirlas. A veces también dibujo personajes deformes y tristes que pretenden ser graciosos.

Twitter Blanca Uson


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