Bailando la vida

David Docón Seco//

Mi abuela paterna no deja a nadie indiferente, ni su actitud arrolladora ni su peculiar nombre: Rosalina. Recuerdo la vez que ella acudió a las fiestas de julio de mi pueblo, Utrillas. Era un jueves por la tarde en la plaza del Ayuntamiento y había el típico pase de tarde antes de cenar. De normal, suele actuar una orquesta para que las personas mayores puedan bailar un pasodoble o un vals. Pero ese año no había dinero para eso, así que no había orquesta. 

Nos tuvimos que conformar con un dj local que, a pesar de toda su buena intención, no daba para más que servir de acompañamiento mientras te tomabas una cerveza. Yo estaba junto a mis amigos, mientras mi abuela se encontraba cerca de la barra junto a mis padres y a mis tías. En un momento que nos dispersamos me acerqué a pedir algo de beber. En el camino me topé con mi abuela y ahí empezó el show.

Después de sus halagos característicos, ¡Qué niño más guapo, qué alto eres!”, me exigió bailar con ella. Tragándome mi timidez, acepté, porque quién va a decir que no a su abuela. En un santiamén me encontraba bailando un pasodoble al ritmo de una canción de las Spice Girls, mientras mi prima mayor lo inmortalizaba con su móvil y los demás se partían de risa. Mi vergüenza afloraba.

Me zarandeaba de un lado a otro sin importar mucho qué tema estuviera sonando. Aunque el dj estuviera poniendo un reggaetón o la última de Shakira, yo no me escapaba del un dos tres cuatro del pasodoble.  Luego, me dediqué a observarla de lejos y veía que no paraba de danzar, agarrando a sus hijas para bailotear o hablándole a cualquiera de lo trabajador que es mi padre. Su actitud irradiaba juventud y alegría.

Su estado físico también le acompaña. Una mujer viuda de 89 años que alcanza a tocarse los pies sin doblar las rodillas no se ve todos los días. Yo siempre alucinó cuando le veo coger algo del suelo así, incluso una aguja. A pesar de tener sus achaques como cualquier persona mayor, su salud ha sido siempre su punto fuerte. Luego ves a cualquier adolescente, entre los que me incluyo, quejándose de la espada. 

Sus abrazos son de esos que te dejan sin respiración. Sus brazos se han forjado gracias a llevar calderos repletos de pienso y de comida a sus gallinas, y gracias a rellenar y transportar garrafas de agua de la fuente.  Al final ese abrevadero para el ganado será la fuente de la juventud. Lleva quince años viviendo sola en Argente, un pueblo turolense en pleno altiplano de unos 100 habitantes y la soledad no le ha restado un ápice de viveza. El permanente contacto con su hermana y la buena relación con sus vecinos no dejan que se apague.

No desaprovecha ninguna oportunidad para viajar. Últimamente el trío calavera conformado por mi abuela Rosalina y dos de mis tías son fijas en todos los viajes organizados por el IMSERSO: en Alicante, Benidorm y ahora en Mallorca. Sus hijas no le pueden aguantar el ritmo. Sucede algo similar el día de San Antón. Para celebrar ese santo, en su pueblo hay un baile tradicional en parejas conocido como chapirón. Se queda sin compañero de baile porque deja a todos sus vecinos agotados.

El término juventud debería tener dos definiciones. Una se referiría a la fecha que aparece tu DNI. Otra se referiría al espíritu de cada persona. Mucha gente mayor se mueve más que personas más jóvenes. Yo quiero tener el de Rosalina y salir a bailar en la vida.

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