Mentiras de urbanitas

Ester Fernández García//

Nunca me gustó Azofra. Nunca hice amigos allí. El plan de mis padres de subir a comer los domingos y festivos cuando el arroz ya se estaba pasando y volver a casa con el café en la garganta no me ayudó. Pero es que no había niños. Recuerdo que la escuela cerró cuando era muy pequeña y las señoras con las que me cruzaba son las mismas ahora. Falta alguna y tienen más arrugas, pero las mismas, nadie más.

Hace dos domingos mi padre y yo íbamos comentando en el coche una noticia: “En 27 pueblos de La Rioja no hay nacimientos desde hace 14 años”. Uno de ellos, por supuesto, Azofra. Ni un niño entre sus doscientos y pocos habitantes. Qué pena. La misma que cuando me paro a pensar qué pasará con la casa de mi abuela cuando ella falte. Dónde quedará ese ático que tantas veces me hizo soñar con Jumanji o esas alcobas que me decían que lo de Cuéntame no es solo una serie de televisión.

Incongruente, pensarán. Pues sí, llevan toda la razón. Pero déjenme que les cuente un secreto: todos lo somos. Estamos llenos de contradicciones y la lógica es un aburrimiento. Ahora que ya estamos en confianza les cuento otro, pero este que no lo oiga nadie: los pueblos no son el paraíso que les están contando. Periodistas, fotógrafos y escritores se han empeñado en recorrer las carreteras secundarias de La España vacía obnubilados con la paz y la belleza de lo rural. Nos recuerdan lo que nos estamos dejando perder. Nos cuentan las emocionantes historias de sus viajes de ida y vuelta. Buscan culpables de la despoblación desde la ¿asfixiante? ciudad. Han abierto sus ojos urbanitas y han visto el problema. Como si fuera de anteayer.

Mis viajes de vuelta, en cambio, no terminan en la ciudad. Soy de pueblo. Crecí —y crezco— en otro de esos paraísos rurales que de repente ahora son lo más. Todavía nacen algunos niños y es un poco más grande, pero se respira el mismo encanto sobrenatural. Con la misma paz y la tranquilidad que describen esos autores que no han pasado más de un mes en un pueblo. Nadie discute por el fútbol. Tampoco por dinero. Puedo volver a casa sin mirar nerviosa a todos los lados. Sin el número de mi padre marcado en el teléfono. A mi madre un cáncer no le comió la vida en el pueblo ni aquel chaval de 17 años dejó la suya en ese árbol. Eso son cosas de las ciudades. En los pueblos no pasa nada.

La despoblación que sufre, sobre todo, el interior del país es un problema que viene de lejos. Claro que me siento nostálgica muchas veces. Hasta que oigo como alguien me cuenta lo maravilloso que es vivir en un pueblo y se me pasa. Seguramente sea necesario encontrar soluciones. No pienso ser yo quien las busque. Los hábitos de vida nos están llevando ahora a las ciudades. Tan esbeltas ellas, tan coolturetas, tan libres… Tampoco son el paraíso, no me malinterpreten, eso es solo cosa de Adán y Eva. Vivimos en un flujo de población que, en algún momento, cambiará —o lo tendrán que hacer cambiar— de dirección y nos dejará en los pueblos.

Hasta entonces, no se crean el cuento de cuatro urbanitas hechizados con el encanto de lo rural. No se crean que las historias más emocionantes solo las puede contar un señor de cachaba y boina. Ni que todos los señores de cachaba y boina son buenos. No se crean que estos lugares son la panacea, ni la única inspiración del poeta ni siquiera que son el último reducto de la paz mundial.

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