Berta Cáceres, la mujer infinita

Ana Baquerizo//

Cuenta Laura Zúñiga Cáceres que subestimaron a su madre en vida al intentar sobornarla con fajos de billetes y que subestimaron su muerte al no medir la repercusión de asesinarla a sangre fría, dos días antes de celebrar su 45 cumpleaños. Berta Cáceres molestaba por ser una mujer líder, indígena y de origen humilde, por unir al pueblo Lenca en la defensa de sus ríos, por enfrentarse a los proyectos hidroeléctricos de multinacionales todopoderosas que, finalmente, no lo pudieron todo.

“Deben aprender a nadar y a bailar porque esas dos cosas pueden salvarles la vida”, repetía Berta Cáceres a sus hijas e hijo. Recuerdan que ella misma se ocupó de enseñarles esas destrezas y que siempre los trató como compañeros de lucha. Hoy Berta son sus hijas. A Laura Zúñiga Cáceres (La Esperanza, 1992) se le escapa un gesto tierno cuando recuerda esos momentos junto a su «compañera mami».

La mirada y la voz de la tercera hija de Berta Cáceres se proyectan a la vez, firmes, procedentes de un cuerpecillo menudo que se coloca erguido sobre una silla blanca: “Yo, a parte de ser su hija, soy su compañera y hablo y pienso en ella como una referente política”, asegura. Sus manos enfatizan las palabras que emergen, melosas y cálidas, de unos labios finos adornados con dos lunares. Laura es, como su madre, una mujer indígena que habla alto y claro de capitalismo, patriarcado y racismo. De todas y contra todas las opresiones al mismo tiempo. Con documentación, con datos y, sobre todo, con una convicción innegable.

Esta es la lucha iniciada por el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH) hace 25 años, cuando ella era un bebé de pocos meses. Entonces, una joven de 22 años llamada Berta, a cargo de tres hijas, cofundó esa organización para reivindicar y exigir el reconocimiento de los derechos de las comunidades indígenas Lenca y de Honduras. Primer cometido: defender los bosques del suroeste hondureño, donde se sitúa el municipio de La Esperanza. Esta tierra cercana a El Salvador, que se encuentra a más de 1.700 metros de altura, es el hogar de buena parte de la población indígena Lenca. También de la familia Cáceres.

El recién nacido COPINH no buscaba solamente proteger el hábitat y la espiritualidad de los Lencas, que se encuentra ligada a los elementos de la naturaleza. La primera batalla fue contra la lengua, presentándose como sujetos políticos con opiniones válidas, organizados y dispuestos a defender sus intereses, en una sociedad que utiliza la palabra «indígena» como un insulto similar a «tonto» o «ignorante». “Logramos disputar los significados y mi mami es una persona excepcional que logró unirnos, romper los moldes de la individualidad y hacer esa lucha colectiva. Era lideresa, por eso se volvió un símbolo que quisieron silenciar… Pero no midieron la repercusión mundial de su asesinato”, revela su hija Laura con orgullo.

Viñeta: Kiko J. Sánchez
La herencia: una vida de entrega

Dicen quienes la conocieron que Berta tenía los zapatos gastados, manchados de barro muchas veces; pero impolutos si la ocasión lo requería, como cuando salió a recibir el premio Goldman 2015 y, durante tres minutos, hizo discurrir un torrente de palabras para ratificar su compromiso con la defensa de los ríos. Gustavo Castro, activista medioambiental mexicano y único testigo de su asesinato, destaca esa faceta: “Bertita era una chica tan inteligente, tan íntegra y tan coherente que de igual manera podía estar hablando con académicos, con embajadores, con banqueros… y al día siguiente estar con su comunidad luchando en la calle”. Reconozco algo parecido en su hija. Laura Zúñiga se presta a debatir los temas con la misma naturalidad ante un auditorio grande, pequeño o frente a frente en un bar con una cerveza.

Ahora se acicala el pelo que, lacio y fino, cae un palmo más abajo del hombro izquierdo y, de lado, queda apoyado sobre un jersey apropiado para esta tarde de invierno europeo. Los recuerdos de esta joven son las marchas y las huelgas de hambre del pueblo Lenca en los años 90, cuando reclamaban carreteras, hospitales y escuelas; los moratones que descubría en los brazos de su madre al llegar a casa, golpeada por la policía; la imagen de Berta saliendo a toda prisa de casa tras recibir una llamada que le informaba del golpe de Estado de 2009; las continuas amenazas de muerte —33 durante su último año de vida— por su negativa a que el proyecto hidroeléctrico Agua Zarca secara el río sagrado y la pasividad de las autoridades hondureñas que no evitaron que esas amenazas se cumplieran el 2 de marzo de 2016.

La alegría de ver ese proyecto hidroeléctrico paralizado fue cara. Tuvo que morir la «compañera mami» y despertarse la indignación internacional. También se destaparon vergüenzas y alguna conciencia se desveló al hacerse público que el Banco Holandés y el Fondo Finlandés para la Cooperación Industrial seguían financiando este proyecto —obviando las vulneraciones reiteradas de los derechos humanos que estaba provocando la empresa DESA— hasta que, en julio de 2016, retiraron ese apoyo económico de consecuencias tristemente impagables.

Berta vive, la lucha sigue

Acaban de detener al presunto autor intelectual del asesinato de Berta Cáceres: Roberto Castillo, presidente ejecutivo de la empresa interesada en construir el embalse en el río Gualcarque, al que se opone el pueblo Lenca. Tras un trabajo de investigación de dos años —que Laura define como “mentiroso y lleno de irregularidades”— este es el noveno detenido, pero el primero relacionado con la autoría intelectual. “Contratan a jóvenes de zonas pobres y vulnerables como sicarios, pero para cambiar las cosas deben llegar a las estructuras de poder que los usan”, apuntaba hace solo unos días.

A Gustavo Castro, quien se encontraba alojado en la casa de Berta aquella noche, también le dispararon. Lo dieron por muerto. Fallaron. Gustavo es un conocido activista medioambiental mexicano cuyos trabajos ponen en evidencia a empresas como Monsanto o Coca-Cola. “En el momento en que la oí gritar, supe que habían entrado sicarios, que estábamos los dos muertos”, confiesa. Había viajado hasta Honduras para participar en un taller sobre energías alternativas en el marco de la lucha contra la empresa DESA y se convirtió en el único testigo del crimen contra una de las defensoras de los derechos humanos con más repercusión mediática.

Y no es este un caso aisaldo: el inventario de víctimas es cada año más numeroso. Según datos de Amnistía Internacional, en 2016 fueron asesinados 281 activistas, sobre todo en Latinoamérica, donde tienen lugar más del 75% de esas muertes. Y solo dos semanas después el río volvió a teñirse de sangre con el asesinato del compañero Nelson García, también Lenca. Y Berta Zúñiga Cáceres, la hija mayor, ya ha denunciado varios ataques desde que fue elegida para liderar el COPINH tras la muerte de Berta Cáceres.

“Vamos a seguir apostándole a la vida frente a aquellos que están del lado de la muerte. Nos tienen miedo porque no les tenemos miedo”, declara Laura con una firmeza dulce e intachable. Para el pueblo Lenca, la líder del COPINH no murió, “porque no hay asesino que la pueda matar, fue sembrada y multiplicada”.

Autora:

 

Ana Baquerizo foto Ana Baquerizo nombrelinea decorativa

Ciudadana del mundo, rebelde con -y por- muchas causas, fan de las historias de la gente corriente. Hace quince años, de mayor quería ser periodista. Ahora, además, soy activista por los derechos humanos y apasionada por los países del sur.

Twitter Blanca Uson


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