Bosnia no existe

Tres perros custodian Mostar (Bosnia). Uno joven, casi kamikaze, sin miedo y sin un objetivo claro. Uno adulto, que no se separa de tu lado porque sabe que es lo más seguro. Y uno mayor, en sus últimos años, que se queda rezagado y sigue a los jóvenes y a nosotros casi por inercia. Los tres son un fiel reflejo de lo que es Bosnia: una generación de jóvenes con ganas pero sin posibilidades y, en la retaguardia, otras dos a las que la guerra que acabó hace 20 años sigue haciéndoles agachar la cabeza.

Atrás queda el turístico brillo de Dubrovnik. El olor a sudor de los guías que recorren las murallas y ruinas inunda la ciudad croata, que tan pronto es el primer objetivo de las bombas en la llamada guerra de los Balcanes, como se convierte en reclamo de viajeros por su aparición en Juego de Tronos. Su cercanía al mar y sus paisajes de portada le permiten resurgir, pero también consiguen que los miles de turistas que la abarrotan borren su pasado, que lo tiene. Ellos lo saben, porque a la entrada de las murallas un mapa les indica los lugares que los morteros destrozaron. Pero la escenografía que rodea al mapa del asedio de Dubrovnik, que dejó tras de sí 16.000 refugiados, lo convierte en un detalle más del decorado de la serie de George RR Martin.

Dubrovnik no es sólo playa, como Kotor no son solo cruceros. Pero, ¿quién si no viajaría a Montenegro? Kotor es una pequeña ciudad, casi pueblo, donde el mar escapa de la tela de araña de las montañas y crea una especie de lago de aguas tranquilas y cálidas que sube el precio del alojamiento. Para llegar a Kotor desde Dubrovnik tienes que atravesar curvas y contar apartamentos similares a los que se ven en Salou y Cambrils. De nuevo, el turismo.

Hasta aquí el espejismo. La región balcánica no es esto, aunque también lo es. Es la cara del post-conflicto; la cruz la vemos en todas las que rinden homenaje a muertos y desaparecidos, que según parece fueron muchos en el interior y nadie en la costa. Simplemente, porque en la costa se esconden de las miradas de extranjeros y en el interior se exponen. Continuamente.

Mostar
Puerta tiroteada en Mostar

Mostar queda a medio camino, entre Dubrovnik y Sarajevo y entre el brillo y la depresión. El centro de Mostar, donde se alza el famoso puente sobre el río Neretva, simula una envergadura que su periferia no tiene. El Stari Most (Puente Viejo) no es tan viejo como su nombre dice. Destruido en la guerra, fue reconstruido por españoles… y se nota. Estéticamente, la piedra brillante y lisa cumple su cometido, pero evita que el puente sirva para lo que sirve un puente. Cruzar hacia el otro lado de la ciudad se hace difícil por los resbalones, casi tanto como mirar hacia abajo una vez estás en el centro. Esta altura llamó la atención de los publicistas de Red Bull, que decidieron que uno de sus desafíos extremos consistiría en que varios profesionales imitaran lo que los habitantes de Mostar hacen varias veces al día: tirarse desde arriba tras recaudar dinero de los turistas ávidos del riesgo de otros.

El puente separaba en dos la ciudad y aún hoy lo hace. A un lado, los bosniacos bosnios con cultura musulmana; al otro, los croatas católicos. Distintos hospitales, distintos colegios, distintos equipos de fútbol, distintos cementerios y, evidentemente, distintos lugares de rezo. Son dos ciudades distintas, conectadas por un puente y separadas por la historia.

Mostar
Edificio derruido por bombardeo en Mostar

Igual que los tres perros de Mostar son reflejo de la sociedad de los Balcanes, sus fronteras son el reflejo del reparto de Bosnia que se hizo en Dayton, cuando los acuerdos pusieron punto y final a una guerra que sólo acabó sobre el papel. En Mostar, al lado del puente, un cartel en piedra lo recuerda: “Don´t forget”, no por venganza, sino por justicia.

Viajar no es leer

Hay libros que te hacen querer viajar, libros con los que parece que viajas.  Pero nunca se viaja sólo leyendo un libro. Bosnia, por mucho que lo intenten Gervasio Sánchez con sus fotografías, Alfonso Armada con su diario Sarajevo. Diarios de la guerra de Bosnia (Malpaso, 2015) o W. L. Tochman en su crudo regreso al país Como si masticaras piedras (Libros del KO, 2015), no se puede comprender con lecturas.

Parece que sí, al principio. Falso. La mayor parte de lo que leas es mentira, consciente o no, y sobre todo si esa información llega de “fuentes oficiales”. Hay verdades: que murieron más bosníacos que croatas o serbios; que aún hoy siguen apareciendo cadáveres, que algunos nunca aparecerán; que nadie ha reconstruido el país, que no hay vías de tren ni trenes, que la guerra parece a punto de estallar en cualquier momento; que si no estalla, es porque no tienen fuerzas. Antes de llegar a Bosnia, pensaba que sabía lo que era. Un amigo, compañero de viaje, me avisó unos días antes: “Bosnia no existe”. No suelo hacer caso a lo que me dice, pero esta vez tenía razón: no existe.

Llegar a Mostar es más fácil que salir de allí. Los autobuses, como ocurre con el sur de Croacia, son casi el único medio para cruzar el país. La otra opción, la más libre, es alquilar un coche, y eso fue lo que hicimos. La dirección era Sarajevo, aunque no el destino. Paramos a dejar a unos autoestopistas polacos que sólo hacían noche en la capital “porque allí no había nada que ver”.

No hay muchas carreteras transitables en Bosnia que no deriven en interminables horas de conducción.  Una única carretera te permite cruzar el país en diagonal y no es un camino directo. Para acabar en Srebrenica, lo que era nuestra idea, debíamos tomar una vía que, según Google Maps, era principal, pero que únicamente se diferenciaba de una carretera de montaña en que el asfaltado era decente. La niebla y los bosques frondosos fueron nuestros compañeros de viaje, así como los avisos de “Zona minada” en los laterales de la carretera y las lápidas de metal con fotografías de muertos o desaparecidos en la guerra. Y Google Maps volvió a fallar cuando nos aseguró que desde Mostar nos separaban cuatro horas y media de Srebrenica y nuestro itinerario fue de siete largas horas de curvas y pueblos fantasma.

Mapa carreteras
Las carreteras de Bosnia contrastan con las de Serbia, mucho más numerosas. Fuente: Google Maps

Siete horas de viaje dan para aprender mucho más que la lectura de siete libros sobre el país. A la salida de Sarajevo, nos llegó un mensaje en el que se nos avisaba de que cambiábamos de red, ya que estábamos en la República Srpska, región creada en los Acuerdos de Dayton celebrados en Estados Unidos y no en el territorio que dividieron con escuadra y cartabón, estableciendo fronteras en un país que hasta ese momento mezclaba a serbios, croatas, bosníacos y, por tanto, a ortodoxos, católicos y musulmanes.

Estos acuerdos dividieron el Estado de Bosnia en Federación de Bosnia-Herzegovina con mayoría de bosníacos y la República Srpska con mayoría serbia. Lo que en un principio venden como la región serbia de Bosnia es, en realidad, una región de Serbia más. La capital de facto de esta región es Banja Luka, no Sarajevo, aunque así figure en su Constitución. Un documento que, además, define a la República como independiente en poderes legislativo, ejecutivo y judicial, es decir, en todos. Aunque Bosnia tenga un Gobierno central, las decisiones reales se toman por separado. Nadie cree en Bosnia incluyendo ambas zonas como tal y, en la práctica, no existe.

Y no sólo no existe objetivamente. Recorrer la carretera del país es comprobar que el tiempo se paró en los primeros años de la década de los 90. Todas, absolutamente todas las casas, están o bien destruidas o bien a medio construir. Lo habitual es que la fachada sea de ladrillo puro, lo justo para tener un techo. No hay pintura que maquille el pasado. Las gentes de los pueblos rara vez pasean fuera de sus casas, aunque el ambiente casi hace pensar que no hay nadie que viva en ellas. En el camino a Srebrenica, sin embargo, encontramos a alguien que sí estaba vivo y lo más difícil de encontrar allí tenía ganas de vivir.

Todo puede ir a peor

Djorde Jorge, George o Giorgio, según se nos presentó tiene 21 años. Nació aún con la guerra, pero no la vivió. Vive en Sokolovac, un lugar mínimo que aparece entre la niebla y tras varios intentos de tomar un café en pueblos que ahora dudo de que realmente existieran. Entramos al bar en el que trabajan más personas que mesas hay para servir y al minuto se ofrece a sentarse con nosotros, como si estuviera esperando a que llegáramos. “Nos gusta que vengan extranjeros. Hace cuatro años vino un australiano…”, comienza. No parece muy esperanzador.

Djordje tiene una media sonrisa forzada, irónica; con su cigarro en un lado de la boca me recuerda a James Dean, con ese tupé sin peinar y un jersey tan viejo como él. De hecho, estudia cine y teatro en Sarajevo, pero trabaja en el bar para ganar 12 euros al día. Habla un muy buen inglés, ha trabajado en Francia y su sueño es volver o irse a España, donde la gente “tenga ganas de hacer algo”. Ahí, en su pueblo y su país, la gente se sienta y no quiere avanzar, agachan la cabeza, se lamentan por la guerra. El Gobierno, según dice, tampoco ayuda: el desempleo supera el 45%, los salarios son mínimos, los precios muy altos y la corrupción está enquistada. Antes de irnos, nos agrega a Facebook y, cuando le decimos nuestra próxima parada, nos anima: “Uf, en ese camino todo es más depresivo aún”.  

No le falta razón. Por momentos, el bosque se vuelve más frondoso, la niebla más dura y el camino más largo. A la tarde, llegamos a Srebrenica y se confirma la previsión de Djordje.

Srebrenic souvenirs

Srebrenica está desierto, aunque hay miles de almas bajo tierra. Con nosotros sólo está una pareja que baja en coche, se hace un selfie y al rato se va. También un único vigilante, que recorre los caminos entre las tumbas mientras comienza, definitivamente, a llover. La macabra tienda de souvenirs está cerrada. No podemos comprobar qué tipo de mensajes llevan sus camisetas de recuerdo.

Para saber algo de la matanza de Srebrenica, además de acudir a la hemeroteca de diarios que publicaban crónicas de la guerra de Balcanes, es buena idea leer Como si masticaras piedras. Tochman acompaña, 20 años después, a la forense Ewa Klonowski y a varias familias de desaparecidos en la guerra en su intento de recuperar restos o ropas de sus seres queridos nunca encontrados. Tochman recupera Historia e historias de algunos de los 8.000 musulmanes que fueron sacados de sus casas y asesinados por un grupo paramilitar serbio al mando de Ratko Mladic, el carnicero de Srebrenica.

Srebrenica son tumbas. Los Balcanes en general son tierra de tumbas y cementerios. Pasado un día, son parte del paisaje. Pero Srebrenica es diferente. La lluvia riega las hileras de tumbas musulmanas, columnas blancas que apuntan al cielo. Un monumento a la entrada detalla los nombres de los asesinados, uno tras otro. Los muertos no molestan, no gritan. Pero en la zona en la que todavía queda césped hay unas pequeñas lápidas de madera verde, con un número, recientes. Son los enterrados en julio de 2016, sin nombre 21 años después. La eterna manía de esconder en fosas como si la memoria descansara alguna vez. Lo peor: que, tras más de seis mil tumbas, aún queda césped para más.

Srebrenica
Nuevas tumbas en Srebrenica

El lugar agota y su situación en el mapa es un refuerzo del destierro de la ONU a un lugar que antes de la limpieza étnica consideraron como “seguro” y protegido por 400 cascos azules holandeses. Para salir de allí hay solo dos opciones: desandar lo andado o seguir por una carretera que se interna en Serbia y vuelve a Bosnia. Google Maps dijo que la segunda era la correcta y nos volvió a mentir.

Mapa carreteras
Carretera regional de camino a Sarajevo

El resultado fue un total de once horas en el coche desde nuestra salida de Mostar y una noche en un hostal con un propietario tan hospitalario como inquietante. En el camino, el cruce de cuatro fronteras dos de salida y dos de entrada en las que nos avisaron de que nuestro “coche alquilado” era en realidad un taxi con un GPS. Esto hizo que al día siguiente el dueño de nuestro hostal nos informara a través de Google Translator de que había recibido una llamada en la que se le advertía de que estábamos, más o menos, en busca y captura por no devolver el taxi alquilado. Cosas de bosnios.

Tras una rápida visita a Visegrad, localidad protagonista del libro Un puente sobre el Drina, del Nobel de Literatura serbio Ivo Andric, el objetivo era regresar a Sarajevo a devolver el taxi a tiempo. Cosa que, gracias a otro contacto con la amabilísima policía bosnia que nos libró de una multa y una retirada del carnet de conducir por aparcar maly a la fatídica decisión de tomar una carretera secundaria que era “más corta”, no ocurrió hasta seis horas más tarde.

Entre el 5 de abril de 1992 y el 29 de febrero de 1996, Sarajevo estuvo sitiada. Al contrario que el resto del país, siempre en curva, la capital es una línea recta, un descanso entre las montañas que la rodean. Esa línea recta que dibuja convertía a las fachadas de los edificios a la orilla del río en paredones constantes, a las cuestas de la ciudad en ratoneras a las que las fuerzas de la República Srpska y el Ejército Popular Yugoslavo (proserbio) apuntaban, disparaban y acertaban desde las alturas. Unos 12.000 muertos, unos 50.000 heridos, el 85% civiles.

La guerra en Bosnia, una parte de las Guerras Yugoslavas, es un conflicto tremendamente difícil de explicar, por todos sus bandos, objetivos y movimientos y por suponer el fin del comunismo de la antigua Yugoslavia. Ni se entiende el principio, ni se entiende el final. En el final del comunismo en la zona, la idea fue que los serbios, al tener bastante representación, vivieran en un mismo país o, al menos, tuvieran su propio poder de decisión y mantuvieran el espíritu yugoslavo. La idea de los bosnios fue independizarse por completo de la República Federal Socialista de Yugoslavia en un referéndum, independencia ratificada por la Unión Europea. Ahí comenzó.

Antes del conflicto, el 43% de los habitantes de Bosnia eran bosnios, pero un 31% eran serbios. Para lograr una solución al problema que se presentaba, en vez de encontrar un cambio pacífico en la desaparición de Yugoslavia, los medios fueron los más sanguinarios: la limpieza étnica, la desaparición de los bosníacos a base de matanzas.

Y si su nombre es Guerras Yugoslavas, más bien podría haberse considerado la tercera guerra mundial. Los ejércitos serbios recibieron ayuda por parte de combatientes cristianos procedentes de, entre otros lugares, Rusia, aunque su posesión de armas y su organización militar no precisaba de demasiada ayuda. El ejército bosnio, por su parte, contó con fuerzas de ejércitos islámicos, conocidos como muyahidinesquienes, a su vez, fueron financiados por Estados Unidos. Todos ellos participaron en los crímenes de guerra que dibujaban el día a día del conflicto. Unos 100.000 muertos y un millón de desplazados lo atestiguan.

Sarajevo
Monumento a los muertos en el centro de Sarajevo
Regreso al presente

Ahora, tras la guerra y el asedio, Sarajevo es particular. Es vieja, y el centro comercial del Nuevo Sarajevo chirría en el escenario. Los agujeros de las paredes son aún más palpables, literalmente, que en el resto del país. Salvo la zona centro, el turístico barrio de Bascarsija, el resto da la impresión de seguir en los 90. Viajar a Bosnia es traspasar una puerta del tiempo constante. No hay zona de casas nuevas y lo habitual es encontrar edificios bombardeados en cualquier momento. Todo gris. Y el suelo, ese suelo de la ciudad en línea recta, está constantemente decorado con rosas rojas, que no son sino marcas con pintura en los lugares donde cayeron bombas.

Como despedida, el botellón. Son varios jóvenes, no pude saber si todos bosníacos, pero sí todos con los que hablé. Los habitantes de los Balcanes, por lo general, no son desagradables, pero no te darán más de lo que pides. Los jóvenes, sin embargo, están deseando salir de su rutina, de los recuerdos de la guerra. A veces cuesta preguntarles.

“Vivimos como si todavía estuviéramos en la guerra, hace 20 años. Bosnia no avanza, ni siquiera conocemos nuestra propia historia antes de la guerra”, cuenta una. “Es un país extraño, sois turistas y vosotros podéis verlo, es un país extraño”, añade otro. Y no puedo más que darle la razón. Estamos bebiendo alcohol en un cementerio otomano, que ahora es un memorial a los niños muertos en la guerra. Con, en teoría, musulmanes.

“Si llego a un grupo de gente bosnia y digo que me llamo Mario, pensarán que soy católico y que no puedo ser musulmán. Y no saldrán de ahí, están conectando mi nombre con una religión y ni siquiera soy religioso”. Yo también lo hice, dar por hecho que era religioso, musulmán, por la potencia de la religión en el país. Por las llamadas a rezar constantes, las mezquitas, por la guerra. “La gente sigue diciendo que esta fue una guerra religiosa. No lo es. Mi padre, con sus zapatillas y su camiseta, fue a la guerra. Y no por la religión, sino por salvar nuestra vida. No defendía una tierra, sino nuestra vida”.  

Ahora tienen miedo. Porque la guerra no acabó, el conflicto es el mismo. Porque les consideran la entrada del Estado Islámico a Europa, porque tienen pasado pero no saben si tendrán futuro, si alguien les ayudará a tener uno. Porque, por el momento, Bosnia no existe.

Texto y Fotografías:

Maria Irun foto Maria irun nombre

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24 años, joven multiusos. Estudié periodismo, después aprendí a escribir. Hago fotos y busco historias. Sé menos de lo que me gustaría pero me gusta lo que sé: periodismo narrativo, bandas sonoras, guerra de Bosnia y, sobre todo, fútbol y Atleti.

Twitter Blanca Uson


Un comentario sobre “Bosnia no existe

  • el 22 enero, 2017 a las 8:37 pm
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    Estimada Maria: Tambien estuve en Bosnia en mayo de 2016. Mi hija hizo una entrada a una serie de fotografias: Impresionante y Sobrecogedora.
    Te reconmiendo el libro de Jun Goytisolo: Crónicas de Sarajevo. Hay otro muy interesante: Cordero Negro y Halcon Gris de Monica West (descatalogado) o La Hija del Este.
    No se si viste la Plaza de España de Mostar o el Tunel de la Esperanza de Sarajevo.
    Nos quieren a los españoles. Nuestro ejercito hizo interposición activa. La francesa fue pasiva y complice en el cerco de Sarajevo y de los holandeses , en Sebrenica , ni hablamos.
    El conflicto tiene sus culpables , muy nitidos y no fue el referendum de independencia y el reconocimiento de la ONU. Fue la vocación imperialista serbia y, especialmente, como en todo, la responsabilidad de los partidos políticos a lo que hay que añadir la falta de solidaridad europea. La UE , como hicieron los americanos despues de la matanza de Sebrenica , podia haber acabado la guerra en 1992.
    Denostan la UE y la UNPROFOR y sienten un profundo agradecimiento a USA.

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