Siria, Kapuściński y las lecciones que no hemos aprendido

Texto e imágenes: Gloria Serrano//

No hemos entendido nada. Hablamos de la guerra, de quienes huyen de la guerra, de los países que enarbolan la guerra. Hablamos de Siria —antes de Irak, Palestina o Bosnia— con la soberbia de una divinidad que posee el árbol del conocimiento del bien y del mal. Y, sin embargo, no hemos entendido nada. No hemos entendido porque estamos demasiado ocupados —o entretenidos o sobresaltados— con las teclas del móvil, con los bulos y los tuits, con los dislates de los políticos, con sofisticar el hilo negro tradicional: la tecnología.

“El mundo contempla el gran espectáculo de lucha y muerte, cosas que le resultan difíciles de imaginar porque la imagen de la guerra es intransferible. No se puede transmitir ni con la pluma ni con la voz ni con la cámara”.

A veces, los seres humanos somos bastante ingenuos; se nos olvida que:

“La guerra es una realidad solo para aquellos que están apresados en su interior, sangriento, sucio y repugnante”.

Vaya, que nuestra pequeña humanidad es porfiada; a menudo omitimos que:

“Para otros [la guerra] no es sino una página en un libro o unas imágenes en una pantalla; nada más”.

Esto no lo digo yo, lo dijo alguien que narró en tiempo real, sin especular y con testimonios de primera mano la independencia de Angola, en 1975. Un hombre avezado que supo mirar a su alrededor con el mismo detalle que un biólogo a las células en el microscopio. El periodista que pensaba que, para serlo, primero debía ser buena persona. Su metodología era sencilla, pero mucho más eficiente que la propuesta por los laboratorios actuales de innovación periodística: estar, ver, oír, compartir y pensar. Obligar a su mente a ir siempre más lejos, siempre mejor.

Tan fue así, que, desde aquellos tiempos, visionó lo que sucede ahora, en nuestra época:

La gente nacerá y se matará hasta el fin del mundo. Los que ahora están a punto de ver la luz del día, dentro de veinticinco años entrarán en el año dos mil. Celebraciones solemnes para dar la bienvenida al nuevo milenio. Charlas de jóvenes con veteranos del siglo XX. Una entrevista a una anciana garbosa que fue testigo de la Primera Guerra Mundial. Dueña de una memoria prodigiosa y de una coquetería con desparpajo, la abuela recuerda cómo se lo montó con un soldado, durante el paso de la tropa, en un henil, sí señor, no puedo estar equivocada, ya lo creo que me acuerdo, muy bien”.

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Letras liberadas. Propaganda, cultura y artes gráficas en el Madrid de la transición, 1975 – 1982. Imprenta Municipal Artes del libro. Fotografía: G. Serrano

Sí, me dirán que sus elucubraciones con ese toque de sarcasmo no contienen ninguna novedad, pero ¿qué me dicen de lo siguiente? —lean y piensen en WhatsApp o en Twitter, en Berlín o en Londres, en Guatemala o en El Salvador; piensen en el último artículo chino que compraron y en el problema con las pensiones en España y en la subida de los alquileres por la especulación inmobiliaria; piensen, en fin, en ustedes mismos:

“La mitad de la Tierra tendrá ojos rasgados. Una mitad no comprenderá lo que dice la otra mitad. Ha llegado la hora de perfeccionar el sistema de comunicarse por señas, es tiempo de empezar la enseñanza y el aprendizaje del idioma de la mímica. La raza blanca entrará en su fase residual. Apenas un trece por ciento de los habitantes del planeta tendrá la piel blanca. Un dos por ciento apenas tendrá pelo rubio natural”.

¿Qué es mejor: pensar o no pensar en el futuro?, se preguntaba. Entonces escribió esto sobre la precariedad de la vida contemporánea: “Para las sociedades posindustriales, el lujo. Para otros, la preocupación del día a día: conseguir algo para comer”.

No fueron los lugares comunes barnizados de sensacionalismo, sino su observación atenta y meticulosa la que le permitió comprender, estando en Luanda, que nuestra especie con frecuencia extrae poco provecho de los acontecimientos históricos; que tenemos dificultades enormes para transformar el pensamiento individual en acciones colectivas que pongan freno a tantas y continuas injusticias:

“Mientras un hemisferio ronca y se revuelve en la cama cambiando de costado, el otro ya se levanta, pone la leche a hervir, se afeita y se maquilla. Y luego al revés. La gente despierta sin pensar que tal vez ese sea el último día de su vida”.

Con seguridad este cronista no se asombraría, como nosotros, por lo influenciable de la opinión pública con las fake news ni por los dichos de Cristina Cifuentes respecto de su máster fallido ni con el escándalo de Facebook por el hurto de datos a través de Cambridge Analytica. Tampoco confundiría la cantidad de pinchazos con la calidad de los contenidos. Me atrevo a decirlo porque lo que consideramos un rasgo característico del siglo XXI, resultado de la revolución capitalista en su fase digital, ya ocurría en esas fechas y así lo señaló:

“Segundo tras segundo, trabajan cientos, si no miles, de emisoras de radio, mares de palabras surcan el aire. Resulta interesante escuchar cómo el mundo se enzarza en discusiones y disputas, cómo usa la agitación y propaganda, cómo amenaza, se inventa hechos y miente, cómo intenta convencer de que la razón solo asiste a uno (u otro) bando, que se niega a escuchar al bando contrario”.  

Escribiendo esta crónica de guerra —Un día más con vida (1976)— ante el inminente ataque a la ciudad, sin agua y pegado al télex, el polaco Ryszard Kapuściński sentía que el aire se volvía asfixiante, que comenzaba a faltar el aire con que respirar. Una sensación de asfixia, un bochorno insufrible que describió como “de esos que se perciben más bien psíquica que físicamente”. Es triste leer y descubrir el absurdo dentro del autoengaño; darse cuenta de cómo y cuán a menudo las sociedades que habitamos se repiten. Digamos que enterarse del bombardeo de Estados Unidos, Francia y Reino Unido a Siria, para después escribir estas líneas y aproximarse a esa sensación extraña, tan parecida a querer inhalar oxígeno en medio de un ambiente putrefacto. Pero no en Angola a finales de los años setenta, sino en abril de 2018, en esta paradójica e intransferible realidad.

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Autora:

Gloria Serrano foto Gloria Serrano

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Periodista mexicana en Madrid, siempre buscando la grieta en el muro. Máster en Gestión de Políticas y Proyectos Culturales (Universidad de Zaragoza). “Saber mirar y saber decir” son los principales retos del periodismo que aspira a no quedarse en el olvido, que intenta contar algo más que una simple historia. Para mí, cultura se escribe en plural, es la fiesta de lo colectivo.

Twitter Blanca Uson


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