Buera, donde ocurre la magia del aceite

Texto: Adrián Aladrén, Paula Ciria, Lárrede Obis, Claudia Vera y Xiao Xin Zhao//

Fotografías: Adrián Aladrén//

Tenía 5 años cuando mis padres me llevaron por primera vez a la Ermita de Santa María de Dulcis. Allí untaron mi lengua con aquel líquido dorado y de sabor intenso. Era un día de fiesta, todos los del pueblo íbamos juntos allí a celebrarlo y, como manda la tradición, los niños fuimos uno por uno untados con esa sustancia extraña que tenían en una lámpara. Yo que era una niña muy curiosa pregunté: “¿De qué grifo sale esto y por qué me lo ponéis en la lengua?”. Entonces todos comenzaron a reírse y mi abuelo me explicó que se trataba de aceite de oliva y que con ello adquiriría facilidad de palabra. Desde ese primer encuentro, todos los años acudo a esta celebración que nos hace recordar la tradición olivarera que tenemos en Buera.

Este pueblo que pertenece a la Comarca del Somontano de Barbastro, en Aragón, y cuenta con un rico patrimonio vinculado al aceite. El paisaje de olivos que nos acompaña durante todo el camino nos muestra que este cultivo ha sido protagonista de estas tierras desde tiempos pasados. Buera es un pueblo que no tiene más de cien habitantes y que conserva una almazara del siglo XVIII envuelta en un paisaje idílico de olivar pirenaico.

En el Pirineo no podemos encontrar ninguna otra zona cuyos campos tradicionales se dediquen al cultivo de este árbol milenario. Miles de olivos bordean la silueta de las famosas cuestas y crestas que caracterizan geomorfológicamente esta zona. Entre tantos olivares florecen hasta dieciocho variedades de olivo autóctonas de la Comarca del Somontano de Barbastro. Las más extendidas son la verdeña y la alquezarana. Cuando el frío del invierno aún se deja sentir en los huesos del cuerpo y la nieve está fresca en el sustrato terroso, comienza la cosecha de este fruto. Los agricultores salen al campo ataviados con varas y redes que extienden alrededor del árbol, para después varear las ramas lo suficientemente fuerte para que caigan todas las olivas pero lo suficientemente suave como para no dañarlas.

De la cosecha a la botella

Los vecinos de Buera han conseguido despojar a los árboles de sus frutos para poder extraer su néctar. De todo este proceso y de las distintas formas de llevarlo a cabo ha sido testigo el Torno de Buera.  Esta almazara o torno del Siglo XVIII conserva diferentes tipos de maquinaria utilizada para la elaboración del aceite desde sus comienzos, maquinaria que aunque actualmente está en desuso su rehabilitación ha permitido que pueda ponerse en funcionamiento para recrear el proceso de producción.

Este lugar se convirtió en museo gracias al trabajo de una escuela taller de restauración allá por la los 2000, promovido por el gobierno regional. El espacio expositivo está dividido en varios escenarios para entender la historia y el proceso de elaboración del aceite de oliva. La zona de recepción del visitante, en la que mediante paneles se explica el cultivo, su historia y las diferentes especies de olivos autóctonas de la zona del Somontano de Barbastro, da paso a la maquinaria y herramientas que se utilizaban en la transformación del fruto de estos árboles en aceite. En este caso, además de la maquinaria característica del siglo XX, destaca la antigua prensa de viga y quintal del siglo XVIII. Finalmente, en torno a un pequeño hogar se ofrece al visitante la posibilidad de asistir a una degustación de los singulares sabores que ofrecen las distintas variedades autóctonas que se cultivan en la comarca.

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Toda producción de aceite se realiza en tres fases: el triturado o molienda, el prensado y la decantación. En los siglos XVII y XVIII, la molienda se realizaba con un molino de fricción de tipo romano. La oliva se trituraba hasta reducirla a una pasta oleosa. El torno cuenta con un algorín (espacio reservado para almacenar el fruto que aguardaba la molienda) que en esta época eran dos balsas labradas en roca.

El prensado se realizaba por medio de una prensa de viga y quintal cuya envergadura se aproximaba a los 15 metros y que ejercía una presión de unos 3000 kg. Ya bien entrado el siglo XX se pasó a una prensa de tipo hidráulico. La pasta surgida del proceso de la molienda se colocaba en capachos de esparto y se comenzaba a aplicar la presión.

Como consecuencia del prensado, se obtiene una mezcla de aceite y aguas madres (subproducto o deshecho fruto del prensado), que debe ser separada por decantación. En el Torno de Buera se encuentran restos de unas albercas donde se separaban ambos líquidos por sus diferencias de densidad. Las aguas madres eran vertidas a unas cloacas denominadas localmente, los infiernos.

La almazara continuó con su funcionamiento hasta la década de 1980. Hoy en día su uso se reduce al museo que hemos descrito. ¿Quién no querría convertirse en un productor de aceite del siglo XVIII y usar todo este patrimonio industrial?

Una ermita de leyenda y una lámpara bendecida

Este mismo aceite de oliva que sale de la almazara es el que se recoge en la lámpara de aceite milagroso que se encuentra en la Ermita de Santa María de Dulcis. La virgen bendice el aceite que se usa como ungüento místico y que ofrece al degustador el don de la locuacidad propia de los antiguos filósofos griegos.

El Santuario de Nuestra Señora de Dulcis se encuentra a un kilómetro y medio del núcleo urbano de Buera, pero la distancia no supone un impedimento si se tiene en cuenta el bello paisaje que acompaña. Esta ermita está declarada como Bien de Interés Cultural desde el 22 de abril del 2002 en categoría de monumento, máxima categoría de protección que ofrece la legislación en cuanto al patrimonio de la comunidad autónoma de Aragón.

Cuenta la leyenda que el origen de este Santuario se remonta al siglo XII con la aparición de la Virgen en uno de los panales de abejas de la zona. En ese lugar se construyó el primer templo en honor a Nuestra Señora de Dulcis, nombre que tomó en referencia de la miel que producían las abejas. Por lo tanto este Santuario tiene una larga tradición mariana que ha perdurado hasta la actualidad.

Es una ermita de estilo Barroco-aragonés (Siglo XVII) que puede parecer sobria en el exterior pero que sorprende cuando se descubre la decoración interior de la cúpula. Tiene una sola nave y dos capillas laterales. La cúpula cuenta con linterna por la que se introduce la luz que hace centrar la atención en las magníficas yeserías que la decoran y que recrean motivos de tradición serliana. El coro se sitúa elevado a los pies de la nave.

El actual santuario sustituye a una iglesia anterior de estilo románico. A mediados del siglo XVII se plantea su ampliación. Ya en la segunda mitad del siglo XX se decide acometer la consolidación de los edificios anexos a la ermita, pero dado al mal estado en el que se encontraban las dependencias se decidió demoler todo excepto la arquitectura principal de este santuario, el Oratorio, que actualmente se destina a fines religiosos, festivos y turísticos.

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Respecto a la decoración del interior, la cúpula era la zona más deteriorada. Debido a problemas de humedad parte de la yesería estaba en estado casi ruinoso. Sin embargo, tras la restauración del año 2008 se permitió recuperar parte de la decoración de yeso del presbiterio hecho que nos permite poder disfrutar hoy en día de esta magnífica decoración con origen aragonés.

Un lugar en armonía con los olivos

Alrededor la Ermita de Santa María de Dulcis se han llevado a cabo dos actuaciones que tratan de dinamizar el entorno. La primera consistió en la creación de un “Bosque de olivos” con las variedades de olivo autóctonas de la zona, entre los que podemos pasear además de leer una pequeña reseña de las características de cada uno. No parece un simple bosque si atendemos a la presencia de ejemplares centenarios.

Al perdernos por este entramado autóctono y foliar encontraremos una escalinata integrada en el paisaje. Cuando subimos hasta lo más alto disfrutamos de la segunda actuación, un reloj solar de tamaño titánico cuyas horas están representadas, como no puede ser de otra forma, por magníficos ejemplares de olivos. Fue una creación de la asociación cultural Olearium en el año 2012.

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Cómo no vamos a hablar de Buera, cómo podemos olvidar este entorno. Mis abuelos, mis tatarabuelos y quizás más antepasados han vivido aquí,  y desde siempre hemos disfrutado de sus olivos. Hacíamos carreras a ver quién llegaba antes al olivo grande, escalábamos por sus ramas y hacíamos cabañas donde pasábamos las tardes. Cuando mis abuelos eran jóvenes se juntaban a todas horas en la almazara a charlar y comentar lo que pasaba por la zona. Durante la época de cosecha de los olivos, este lugar se convertía en el centro social del pueblo y hasta que no se acababan todas las olivas la almazara no dejaba de producir. Ahora, recuerdo con alegría el segundo sábado de cada mes de mayo, la romería a la Ermita de Santa María de Dulcis y la unión de todos los vecinos de los pueblos de la zona.

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