El cielo sobre Berlín

Marta Peiró Trapero//

Berlín es dispersa e inacabable, de ahí que recorrerla no tenga un orden. Reconstruida tras bombardeos de guerras mundiales y heridas de un muro, parece que Berlín esté condenada a siempre convertirse y nunca llegar a ser.

“Eso sólo fue un preludio. Ahí donde se queman libros se terminan quemando también personas”. Esta es la frase del poeta judío Heinrich Heine que siempre se repite para recordar los acontecimientos del 10 de mayo de 1933, cuando universitarios quemaron en la Bebelplatz de Berlín libros de autores censurados por la ideología nazi. Una frase que está grabada en el suelo del centro de una plaza que comparte espacio con la Ópera Estatal, la Universidad Humboldt y la Catedral de Santa Eduvigis. Un espacio amplio, reconstruido y arrepentido, un preludio, también, de lo que es la ciudad de Berlín.

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Berlín es inabarcable. Inmensa pero nada caótica. No hay excesiva circulación, ni aglomeraciones de turistas, tiendas o restaurantes. A una manzana de la Alexanderplatz, su plaza medular, la luna brilla con más fuerza que la contaminación lumínica. Se puede cruzar la calle sin necesidad de pasos de cebra y coger el metro sin morir en el intento. Una realidad difícil de imaginar en la capital de una superpotencia de la talla de Alemania, en una ciudad reconstruida con retales, que vio arder edificios, libros e, incluso, personas.

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Es tan extensa que da miedo, pero un miedo que se diluye con la paz que a su vez despierta. En otras urbes siempre hay algún momento de intranquilidad; aquel en el que tropiezas con un barrio no tan seguro como la avenida principal. En cambio, en Berlín parece no haber callejuelas oscuras, ni guetos de extrarradio. La ciudad es sospechosamente tranquila estés donde estés. Ya sea entre las losas del Memorial del Holocausto, en los muros de la West Side Gallery, o en el elevado e imponente mirador de la cúpula del Reichstag. Desde ahí, parece que lo único que une, y unía, a todo Berlín es, y era, su cielo.

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Si en el lugar donde fue apaleado Mussolini en Milán ahora hay un McDonalds, en el lugar donde se suicidó Hitler en Berlín ahora hay un parking. Un parking exterior a escasos metros del Memorial del Holocausto, del que se puede pasar totalmente de largo a no ser que leas la minúscula placa que instalaron en uno de sus extremos. En ella se explica mínimamente que a tus pies estuvo el búnker que confinó a Hitler y a sus más allegados durante los últimos meses del hundimiento. Así es como Berlín recuerda a sus verdugos. No les deja un lugar en el que ser repudiados, ni conmemorados. Ni siquiera venerados. El objetivo no es esconder su existencia sino evitar que su tumba se vuelva un lugar de peregrinación para aquellos que todavía siguen negando el Holocausto. Algo que, todo sea dicho, está penado en Alemania.

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A sus víctimas, en cambio, Berlín les recuerda de otra forma. El Memorial del Holocausto Judío es un monumento de 2.711 bloques de hormigón de diferentes alturas levantado al lado de la Puerta de Brandenburgo, emblema de la ciudad. “Feo”, “impresionante”, “desagradable” e, incluso, una “vergüenza” para Björn Höche, uno de los representantes del partido neonazi Alternativa para Alemania (AfD). En cualquier caso, el memorial es imposible de ignorar. Está colocado ahí para que se vea. Un cementerio en el corazón de Alemania que todavía pesa en el recuerdo de su pueblo.

El parking, el memorial y la puerta de Brandenburgo se encuentran en lo que se llamaba la zona de vigilancia durante los años del Muro de Berlín. Unos metros que separaban los dos lados del muro, en los que se situaban los oficiales de la RDA para disparar a todo aquel que intentara huir. Quizás por esto Berlín es tan inmensa, porque se tuvieron que construir dos capitales con los restos de una sola. A la izquierda, conducían trabis y bebían Vita-Cola. A la derecha, consumismo y capitalismo acompañado, esta vez, de Coca-Cola.

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Más que una unificación de este y oeste, lo que ocurrió en la nueva Alemania reunificada fue una absorción. De la vida en la Berlín de la RDA poco queda. Solo los Ampelmann –muñecos cabezones y con sombrero originales de los semáforos de la zona oriental- han conseguido sobrevivir en la Berlín occidental. Cada vez que se estropea un semáforo, no importa en qué punto cardinal de la ciudad, se restaura con un Ampelmann. Se les recuerda con nostalgia, como guardianes del pasado, como símbolo de que no todo lo soviético fue malo.

Pero Berlín es más que su pasado. Berlín es arte urbano, arte antiguo y hasta arte culinario. La West Side Gallery es una metáfora de que el mundo es tan injusto como esperanzador. Pasearla conlleva enfrentarse a dolorosas injusticias allí retratadas, pero también contemplar que siempre habrá gente dispuesta a reivindicar un cambio, aunque sea a base de gritos de espray.

berlin-10El Museo de Pérgamo, a diferencia del resto de Berlín, es muy abarcable. Haciendo gala de su eficiencia, los alemanes han conseguido construir un museo en el que sorprenderse es inevitable. Nada de excesos, ni pasillos que entrelazan con salas laberínticas. Unas dimensiones sensatas y la lógica colocación de unos monumentos que una no espera encontrar en un edificio consiguen hacer cruzar a sus visitantes de las Puertas de Ishtar de Babilonia al mercado de Mileto en Roma.

Aunque para obra de arte, la gastronomía berlinesa. Y no tanto por su calidad, que también, sino por su precio. Berlín es barato. Se puede parar a comer y calentarse en pleno centro sin perder el presupuesto de la mitad del viaje. Algo impensable en capitales como París o Londres. Carne de cerdo y patatas en todas sus versiones, tamaños y formatos, acompañados de una jarra de cerveza de trigo al más puro estilo Oktoberfest, es un placer asequible. Pero, para ser sinceros, a lo que de verdad huele Berlín es a kebab. De entre los tantos que hay por toda la ciudad destaca el que preparan en Mustafa’s Gemuse, el lugar donde se inventó el primer kebab del mundo, al menos, su versión occidental más extendida. Un pequeño kiosko que preludia una fila de cuarenta minutos en un barrio humilde, el de Kreuzberg. No sorprende que en la fila haya turistas dispuestos a pasar frío, pero sí que haya berlineses. Jóvenes y no tan jóvenes, que esperan con parsimonia para consumir la obra maestra de un tal Mustafa, como si estuvieran habituados a hacerlo más veces a la semana de lo que recomendaría la OMS. Ya sea por su precio, su sabor o la espera amenizada por las cervezas del pakistaní de al lado y el olor a currywurst de los puestos de alrededor, el veredicto, respaldado por su éxito, es más que satisfactorio.

berlin-9De la Bebelplatz al Mustafa’s, Berlín es dispersa. La única forma de centrarse y ubicarse en la gran Berlín es situándose en la piel de los dos ángeles del film de Wim Wenders que nos sirve para titular esta crónica. Los ángeles sobrevolaban Berlín, testigos, desde el cielo, de la división de la ciudad. La puerta de Brandenburgo presidiendo no se sabe muy bien qué avenida. Calles en obras que guían hasta la Alexanderplatz. La cúpula dorada de una sinagoga y las turquesas de una catedral sobrepasada por la Torre de la Televisión. Una isla de los museos que de isla solo tiene el nombre. Un ayuntamiento rojo y una estación de cristal. Una plaza símbolo de la intolerancia y un memorial que lo es de todo lo contrario. Restos de muros y restos de grafitis en los muros. Edificios clásicos, modernos, viejos. Y el Reichstag bajo mis píes. Abrigos, muchos abrigos, y el cielo. El único elemento capaz de unir la inmensidad de esta arrepentida ciudad. “El cielo sobre Berlín”.

Un comentario sobre “El cielo sobre Berlín

  • el 17 mayo, 2018 a las 9:42 am
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    Berlín es una de esas ciudades que no es bonita, pero tiene tantos parches, tantas cicatrices y tanta historia que impresiona y te da ganas de querer volver. Pedazo de artículo, Marta. 👏👏

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