Cultura de la verdad

Texto: Tim Stark. Traducción: Ignacio Pérez//

La voz de un norteamericano en España

Es probable que los ciudadanos occidentales interesados en la epistemología –más concretamente la epistemología centrada en la era de internet– conozcan al sociólogo español, planificador de ciudades y profesor de Comunicación en la Universidad de California del Sur Manuel Castells. Este teórico edita también el International Journal of Communication, de acceso completamente libre. El doctor Castells es un hombre serio que parece buscar la verdad. En su trabajo The Impact of the Internet on Society: A Global Perspective, mantiene que la tecnología –y, por ende, internet–  es una expresión material de la cultura que la alumbró e incluye a la Worl Wide Web en la categoría de “tecnologías de la libertad”, tal y como ya hicieron algunos teóricos futuristas en los años ochenta, como el investigador del MIT Itheil de Sola Pool.

En su tiempo, Pool se hallaba preocupado porque consideraba que la libertad de expresión se encontraba amenazada. Tres décadas más tarde, Castells da por sentada esa libertad y se centra más en analizar las decisiones que tomamos y a través de los cuales hacemos uso de la creciente autonomía que nos brinda internet. Una de sus últimas aportaciones es el análisis que hace del empoderamiento de los movimientos sociales a través de la culture-made technology, es decir, la tecnología construida a base de cultura.

Activista político durante el franquismo, Castells parece dotar con estas ideas de un armazón teórico a la predicción –más bien deseo– de que internet nos proveerá de una revolución democrática a través del flujo de información libre, sin intermediarios, a tiempo real. Parece que Castells está asumiendo ese ideal de consumidor pertrechado de racionalidad y perfecta información que solíamos estudiar en las clases de microeconomía y que ahora no sirve para nada.

En la primera carta a Timoteo 1:13, el futuro santo San Pablo dice: “en el pasado, fui un blasfemo, un perseguidor y un hombre arrogante. Pero fui juzgado con piedad porque actué de forma ignorante guiado por mi incredulidad”. Yo, en cambio, sigo sin tener el favor de la piedad y sigo sin creer que internet y todas las herramientas revolucionarias que le siguen van a resultar positivas para la humanidad. No me fío de los motivos culturales que las han creado ni del desarrollo que están experimentando. Soy consciente de que la resistencia a esta realidad es algo completamente fútil e inútil. Aun así, ahí va la mía.

Ando bastante confuso desde que se ha empezado a utilizar la coletilla “post-verdad” para todo. En la época pre-internet, en los tiempos del acceso público por cable, la verdad estaba constituida únicamente por aquellas historias que casaban con la línea editorial del medio, aquellas informaciones aprobadas por la dirección y expuestas por los presentadores en el telediario de la noche. ¿Estaba esa verdad menos abierta a la manipulación, a la exclusión y a la invención que ahora? Los momentos “incendio Reichstag” se han sucedido a lo largo de toda nuestra historia, mucho antes siquiera que el parlamento alemán quedase reducido a cenizas. La prensa ha sido maniatada de tal forma que solo los más poderosos la controlan y son muy pocas las manos que hay al final de los hilos que la sostienen. Las campañas sucias y racistas ya se ponían en práctica mucho antes de que Nixon y Reagan dieran sus primeros pasos. Y, casualmente, solo ahora nos preocupa el mantenimiento de la verdad. Quizá deberíamos prestar más atención a la nueva forma de pensar solo en memes que está surgiendo y a nuestra proliferación automatizada en las redes sociales.

No, no, no… Decís… Al final tenemos una tecnología que, finalmente, nos permite comprobar y retransmitir directamente la verdad –en streaming y sin impuestos sobre el cable–. ¿Viste a los supervivientes de la matanza del instituto Parkland? ¿Los viste? ¿Los viste? Continuáis. No fueron víctimas silenciadas. Retransmitieron sus sentimientos y mostraron lo que realmente estaba pasando. Les dijeron a los políticos vía Twitter que no querían sus oraciones. Le dijeron a Trump que podían pensar por ellos mismos y que no necesitaban el dinero de George Soros para llegar a la conclusión de que las armas matan. Le dijeron la verdad al poder, afirmáis. Sí, les dieron bien. ¿Recuerdas la revolución de internet? Pues ya está aquí.

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Nota: Tomé esta fotografía en San Diego, momentos antes de ser casi atropellado por un usuario de los patinetes de la compañía Bird. La señal azul, aunque pequeña, establece claramente que está prohibido aparcar en ese espacio y que el hecho de hacerlo constituye un delito federal. Esos patinetes han sido puestos ahí por la compañía, no por clientes descuidados. La compañía no sería rentable si tuviera que pagar por los espacios públicos y privados. Su fundador, Travis Van Der Zandem, lo llama acciones “sin fricciones”; yo lo llamo robar espacio y derechos humanos. Es más, veo e esta situación la cultura de Silicon Valley a la que Castells hace referencia. Pero yo sigo divagando…  

El emperador no tiene ropas… de nuevo. Ahora solo nos queda que los defensores de Trump admitan que se equivocan (¿Lo veis? ¿Lo veis? Estáis viendo la verdad delante de vuestras narices, en mi televisión de 6.54 pulgadas) en lugar de seguir secundando ideas que, naturalmente, podríamos rebatir con las mismas pantallas de antes. Si al final conseguimos eso, viviremos en un paraíso democrático en el cual los conductores de Uber pueden permitirse un estudio de 5.000 dólares al mes para ellos y sus familias en San Francisco y a las personas con discapacidad no les importará que, en esta gran economía compartida y fiesta democrática traída por nuestro salvador –el smartphone de un político vergonzante conectado a internet–, exista una app (Bird) desarrollada por un antiguo ejecutivo de Uber que consigue apropiarse de los espacios federales de aparcamiento reservados para personas con discapacidad y, en ellos, coloca aparcamientos para scooters eléctricas alquiladas por minuto y que, además, ayudan a combatir el cambio climático. Y si una de esas scooters atropella a alguien, bueno, ya sacaremos una foto. Así se arreglan las cosas.

Lamento comunicar que no usaremos la nueva información de forma tan idílica. Nadie quiere ver la verificación de su propia realidad; al final, “uno cree solo en lo que quiere creer”. Nos enfrentamos a una crisis del concepto de realidad y la anterior frase, en mi opinión, requiere que se tome de forma más seria que un mero constructo retórico. En lo más profundo de nuestro ser –y ojalá los móviles pudieran escanear nuestras conciencias y decirnos realmente lo que está pensando la otra persona–, todos sabemos que lo que realmente queremos es una prueba de realidad que refuerce nuestras creencias, que refuerce las certezas que nos hemos ido construyendo en torno a lo que realmente queremos, ya sea un papi fuerte, la muerte de un hermano, la vuelta del hijo de la guerra o una mujer que solo me ame a mí y nada más que a mí.

No queremos saber la verdad. Uno de los capítulos de la siempre realista Black Mirror expone de forma elocuente esta idea: The Entire History of You termina con el protagonista rechazando un sistema de vídeo-verificación de la realidad que lleva implantado detrás de la oreja –todo lo que tiene que hacer es realizar un corte en esa parte del cuerpo y sustraer el chip–. El protagonista termina apostando por los recuerdos, por la interpretación que él mismo guarda de los hechos. No quiere pruebas; la verificación es un simple entretenimiento. Todas las grandes decisiones –¿y qué hay más grande que decidir si algo es real o qué creer?– son personales. Forma parte de nuestra naturaleza humana que nuestra realidad, la que nosotros construimos, venza a lo real. Castells tiene razón: estamos uniendo fuerzas; hemos sido liberados del antiguo yugo de no estar en el mismo lugar, ya no pende sobre nosotros la amenaza de ser silenciados por grandes poderes. Pero, últimamente, parece que los grupos que van surgiendo consiguen mantenerse unidos gracias al poder de la narración y no debido al poder de la información. No deberíamos desconfiar de los hechos, sobre todo si tenemos en cuenta que lo único que parece que sabemos hacer es sustentar nuestros teléfonos móviles. Y, sin embargo, se repite una y otra vez que la post-verdad solo ha surgido en la era de internet… Extraño, ¿no creen?

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Seguimos luchando en una pelea en la que ya no creemos. Decimos que el mundo es justo y, realmente, lo único que hacemos es castigar y avergonzar a los “malvados” –eso sí, con un flujo de información perfecta–. Todos ganamos y lo que realmente sucede es que la democracia participativa sigue sin existir. La cultura de la información cruda, la cultura del tenerlo todo en vídeo y de forma instantánea no traerá esa justicia que tanto ansiamos. Lo que realmente hará será deprimirnos y sustituir los ideales que tengamos por una carrera sin frenos hacia el fondo de la depravación cultural y moral.

No estoy diciendo que las secuencias del ataque de Parkland sean depravadas. Argumento simplemente que las lecciones que podrían habernos dejado se perderán en especulaciones sensacionalistas y no generarán ningún tipo de progreso. Y el verbo “perder” no solo lo empleo en referencia a los medios de comunicación: U-July 22, por ejemplo, es un documental relativamente desfasado que entra dentro de la categoría del docu-horror y que recrea una matanza escolar que tuvo lugar en 2011. Utilizo intencionadamente el término “desfasado” porque, en comparación con los estudiantes de Parkland, que retransmitieron en vivo su pesadilla, U-July 22 no entra dentro del concepto de inmediatez que tenemos actualmente. La sentencia “estrenada poco tiempo después” ya no tiene ningún valor. A este respecto, no bromeo cuando aventuro que, en los Estados Unidos, pronto dispondremos de asesinatos en directo retransmitidos en directo los siete días de la semana, las veinticuatro horas del día. Esa es nuestra cultura.

Frente a esto, nuestra esperanza radica en que este declive pone de manifiesto que la civilización –entendida como idea y como realización por parte de los individuos que la conforman– no es más que la suma de lo mejor de nosotros mismos. Trasciende las peores construcciones materiales y tecnológicas de nuestra cultura y supera la fascinación que sentimos por la violencia hacia al otro, síntoma del falso orgullo impelido por nuestras sociedades. Estoy completamente seguro de que una industria que supuestamente nos hace iguales vendiéndonos una app y la habilidad de observar a alguien cuando está en línea y desaparecer antes de que se dé cuenta no es una buena apuesta. Lo más avanzado y tecnológico que poseo es mi smartphone, y si esa cosa se considera cultura, entonces no confío en ella, aunque esa cultura sea capaz de grabar la injusticia.

Versión original

Truth Culture

Westerners interested in epistemology in the internet era may know of Spanish sociologist, city planner, and University of Southern California Annenberg Communication Professor Manuel Castells, editor of the open-access peer-reviewed International Journal of Communication.  Dr. Castells is a serious man who appears to be seeking the truth, and, in The Impact of the Internet on Society: A Global Perspective  he starts with the idea that technology, such as that behind the internet, is a material expression of the culture that created it, and considers the internet among the “technologies of freedom”  speculated on in the 1980s by futurists such as MIT’s Itheil de Sola Pool.  Pool was concerned that freedom of expression (in his day, via electronic media) was threatened; now decades later Castells takes this freedom as a given and has moved on to the work of describing just how we make choices to develop and use our internet-derived increased autonomy.  His ultimate and most positive example is empowerment of social movements via, as he repeats “this culture-made technology.”  A veteran of political activism in Francoist Spain, he seems to be forwarding an academic version of the prediction, OK, the wish, that the internet will bring us a democratic revolution via free and unedited realtime information. Sounds a lot like he’s assuming the ideal (but average!) consumer armed with rationality and perfect information we used to study in microeconomics class (and now no longer believe in).

Future Saint Paul of Tarsus, in 1 Timothy 1:13 said: “In the past I was a blasphemer, a persecutor, and an arrogant man, But I received mercy because I acted ignorantly in my unbelief.”  Folks, I remain without mercy, as I remain unconvinced that the internet and the revolutionary tools it provides are going to turn out to be good for us.  I hold suspect the motives of our culture’s creation and subsequent development thereof.  I know resistance is futile, but here goes:

Ever since folks have started using the tagline “post-truth” I’ve been confused.  I mean, in times (pre-internet and pre-crazy-ranter-on-local-public-access-cable) when the stories of exactly three corporate-backed, editorial board advised, management strongly advised, men on the nightly television news was essentially what we considered “the truth”, I ask you: was said truth any less open to manipulation or exclusion or creation of facts?  Reichstag Fire moments have been created for political expediency throughout history (since way before the Reichstag); the public press has been influenced to completely controlled by the wealthy and the connected few to their own narrow ends; dirty and racist tricks were invented way before Nixon and Reagan, and only now we are concerned about the care and feeding of the truth?  Maybe we should be more concerned about the consequences of our tendency to think in memes and our automated, mob-like proliferation thereof via social networks.

No, no, no, you say – Finally we have technology that enables us to verify and broadcast the literal truth (in real time and without paying cable fees!).  You know, like some survivors at last week’s Parkland High School shooting did.  Did ya see? Did ya see? – they weren’t silent victims! They broadcast their feelings and showed what happened.  They Twitter-told the pious politicians they didn’t want their prayers.  They tweeted at the president they could think for themselves and no they didn’t need George Soros’ money to know that guns hurt people.  They spoke the truth to power.  Yeah they really stuck it to the man!  Remember that promise of revolution the internet was supposed to bring?  Well, it’s here!

So the emperor has no clothes.  Again.  Now if we can just get the dumb people Trump supporters to admit what’s literally right before their eyes (here it is, see it? see it? right here on my 6.54” screen!) instead of them saying things that we can prove (with said screen) are not true. Now we’ll finally have a democratic paradise wherein Uber drivers will be able to afford $5,000/month studio apartments for their families to live in in San Francisco, where the company is based.  And the disabled will now not mind that this new sharing-economy and gig-democracy brought by our savior, that same internet-connected politician-shaming smart phone, will include a real-time app (Bird) by a former Uber executive that includes appropriating their federally-protected parking spaces for electric scooters that yuppies can rent by the minute to fight global warming while going for Pho.  And if someone gets run over, well, we’ll take a picture.  That’ll set things right.

Well here’s the thing, we won’t use it that way – the new information.  Nobody will want to see verification of their own personal reality, I mean.  I know neither Tom Petty nor I were the first to lament “You believe what you want to believe,”  but we humans are facing a crisis of the concept of reality now that I believe requires that we take this phrase more seriously than just another rhetorical device. Deep down, (and oh my God if only our smartphone cameras could show us what we think), we all know that we want a proof of reality that reinforces what we already know we want, be it a strong daddy, the death of a sibling, the return of the right son from the war, a woman to love me and only me.

We don’t want to know the truth.  This is imagined in an episode of the all too realistic horror series, Black Mirror:  The Entire History of You  ends with the protagonist rejecting video-verifiable reality (it was a simple tech fix for him – all he had to do was cut a chip out from behind his ear with a knife) in favor of the memories he wanted.  He didn’t want proof of the horror of what is – that’s for entertainment!  All big decisions (and what is bigger than deciding what is real, what to believe) are personal.  It is human nature that human-defined reality will resist the real.  Castells is right, people are joining forces, freed from the former bonds of not being in the same place, freed from the threat of being silenced by greater powers. But lately is appears these groups are coalescing around narratives in spite of information, not because of it. We really shouldn’t have to disagree about facts at all, seeing that we can just hold up our phones.  Yet “post-truth” has only come about in the internet age – how odd.

We keep fighting this fight we don’t believe in, we keep saying that the world is just and we simply have to shame the baddies with perfect information and then there will be plenty for us all.  Now we can all be winners!  But the only thing we probably all can be is bad.  This is not participatory democracy.  The new raw information culture of having everything on video and instantaneous will not provide us with justice, it will depress us and replace whatever ideals we may hold with a race to the bottom, to cultural depravity.  I’m not saying the Parkland footage was depraved.  I am saying it’s lessons will be lost in lurid speculation thereabout, not bring us progress.

And I don’t mean lost just by the media: just released is an already outdated docu-horror, U-July 22, that recreates a rather recent mass murder (2011)— outdated because, well, “too soon after the real event” is not even an issue anymore since Parkland students released their event live.  The movie recreates the horror so we can live it again.  I am not at all joking when I predict that we will soon have available 24/7 live broadcast of someone being murdered in the US.  Now that is our culture.

Our hope is that this decline may show us that civilization – the idea and the (quite artificial to humans) carrying out of it – is just that: it is the best of us.  It transcends the worst material, technological constructions of our cultures.  It transcends our fascination with violence against others that is motivated by a false pride in our cultures.  I can’t imagine an app for spotting civilization.  I don’t know how our phones are going to recognize it for us.  I am fairly certain that an industry that has made us all equals by selling us the ability to stand behind someone in line, open an app, and then skip ahead of them, all in the name of disruptive efficiency, is not a wise bet.  The most advanced and expensive technology I own is my smart phone. I don’t trust our culture, if this thing in my hand is it.  Even if someone else can film the injustice.

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