Del arte al negocio

Elías Achón //

C. Tangana saca una nueva canción: logra millones de reproducciones. Da igual cuándo leas esta frase, o si el tema que ha publicado el madrileño es una balada ochentera. Como él mismo afirma en uno de sus temas, todo lo que toca se hace oro.

La música es un negocio y, como tal, debe mantenerse. Apostar por el caballo ganador siempre es rentable. Crear un personaje, una imagen propia, usar a los mejores músicos o productores para sus trabajos y hacer una campaña de marketing brutal. Después solo queda sentarse y ver cómo aumentan los beneficios. No tengo nada en contra de este proceso industrial, que lleva dominando este negocio muchos años. Nada salvo una cuestión: la falta de interés musical que parecen demostrar tantos de estos artistas. Parece contradictorio, pero así es. Recuerdo una charla con uno de mis profesores de música sobre la industria musical actual. Me dijo que, en su opinión, la música se hace con el corazón y con el cerebro. Me explicó que la composición tiene una parte emocional y otra basada en conocimientos y técnica. Terminó su discurso afirmando que la música actual solo se hace con el corazón, transmitiendo así la mitad de su posible potencial.

Es uno de los mejores argumentos que he oído. Es simple, pero riguroso y contundente. No sé si es el caso del autor de “Mala mujer”, pero la cantidad de artistas actuales sin conocimiento musical es preocupante, al menos para su propio gremio. Con esto no quiero decir que en los géneros urbanos se haga mala música, todo lo contrario: es posible hallar auténticas joyas. El problema está en la poca importancia que los artistas de estos géneros le dan al hecho de adquirir una base teórica y técnica porque son capaces de valerse por sí mismos en su trabajo. Observar la industria –una buena parte de ella, al menos– me lleva a pensar en las horas que he pasado en clase tocando o estudiando música, lo que me produce una sensación agridulce en mi interior. La inmensa cantidad de dinero generado por personas que ni siquiera saben en qué se diferencia una escala mayor de una menor hace que a cualquier estudiante de música le den ganas de quemar sus libros y dedicarse al trap.

La producción se ha convertido en la piedra angular en la creación musical. La imagen del productor jamás ha sido tan importante. En gran parte de los trabajos ellos son los encargados de poner los conocimientos teóricos. Los avances en software y hardware musicales con los que están dotados hoy en día les permiten hacer auténticas maravillas en la edición de una canción, citando como ejemplo la herramienta por excelencia: el autotune. El uso excesivo de este recurso se ha convertido en el buque insignia de artistas que van desde Travis Scott a Lil Uzi Vert. El autotune es capaz de enriquecer cualquier melodía o hacerla inaudible. El tratamiento de las voces en los discos no es nada nuevo, siempre se ha buscado el mejor resultado posible. No obstante, escuchando a algunos artistas modernos me asalta la duda de si son personas reales o robots.

La sensación agridulce se acentúa. Por un lado, me consuela ver que hay un sector joven que quiere intentar ganarse la vida con la música, pero, por otro, está la calidad de su producto. Los recursos necesarios para la grabación y la producción jamás han sido tan asequibles. Con algo más de 100 euros, cualquier chaval puede tener un estudio, o algo parecido a él: compra un micro, una interfaz de audio y se descargar de manera pirata el FL Studio. Todo ello, junto con internet, ha abierto la puerta a que cualquier persona pueda compartir sus creaciones musicales, lo cual supone encontrar auténticos talentos sin explotar o la peor canción que puedas escuchar en mucho tiempo.
Ante esto no siento nada más que pena por la banalidad con la que se ha contaminado la creación musical. No quiero que se me malinterprete. Dedico una gran parte de mi vida a escuchar ese popurrí de géneros englobados en lo que se llama “música urbana”. He disfrutado igual un concierto de C.Tangana que en uno de Offspring, pero no puedo evitar sentir algo raro al ver el rumbo que está tomando el mercado de la música.

¿Tengo la misma opinión de los Rolling Stones, los Beatles o Queen? No, no la tengo. Sé que ninguno de estos grupos se componen de licenciados en Berklee, pero conocen el sacrificio y la dificultad: saben lo que es estar sometido a horas de práctica, al deseo de ser mejores en su instrumento, o la ambición de tocar como sus ídolos. Imaginen a un periodista que tiene buenas ideas pero que no sabe ni poner una tilde, a pesar de lo cual gana millones.
La música, como cualquier sector, evoluciona. Desde hace años el problema no está en los cambios o las nuevas fórmulas que se puedan desarrollar; lo que está transformando este arte en una industria es la intención de crear algo que venda, sin importar el producto. No se persiguen nuevos músicos, se busca crear iconos que den beneficios.

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