Del desastre al arte

Marta Peiró//

 

Tiene 87 años y demencia senil. Vive en una residencia de Borja, donde la cuidan. A ella, y a su hijo de 58 años. No sabe si volverá a andar. Se lamenta porque se le olvidan las cosas. Pero te explica, con una voz de anciana de Disney, lo feliz que ha sido en su vida.  
La vida de esta octogenaria podría ser tan corriente como la de cualquiera de sus compañeros de residencia, de no ser porque un día decidió restaurar el Ecce Homo.

Hay momentos en los que el rumbo de una vida puede cambiar en un instante, puntos de inflexión en los que no queda más remedio que afrontar lo que viene y decirse: “ya no lloro más, de verdad”. En el caso de Cecilia Giménez parece estar claro: el día que decidió “restaurar” el Ecce Homo. Sin embargo, este escatológico suceso tan solo fue la última pincelada de una vida más que accidentada. Con apenas 20 años, su hijo menor murió de distrofia muscular degenerativa. Tiempo después, le siguió su marido, y entonces, se quedó ella sola al cuidado de su hijo mayor, discapacitado desde que nació.

“He tenido suerte de tener unos hijos que han sido míos. Siempre he podido estar con ellos. Los demás se irían por ahí, o se casarían, pero los míos han sido míos”, relata una madre que llegó a arrendar el bar que tenía con su marido para dedicarse enteramente a cuidar de sus “hijicos”. Se recicló y volvió a sacarse el carné de conducir para llevar a su hijo mayor, José Antonio, allá donde lo necesitara, conduciendo incluso con 80 años. Y hace un año, su única condición para entrar en la residencia, era hacerlo con él de la mano.

¿Cómo fue su experiencia como madre?

Delicada, pero he tenido suerte, aunque tuviera los hijos enfermos. Tenía un hijo, que se me murió con 20 años, además era superdotado. Tenía miedo a morir, y me preguntaba: “mamá, ¿me moriré?’ y yo le decía: “no, ¡que te vas a morir… nos moriremos todos!” Aquella noche, estuvo toda la noche: “mamá, me llevas a tu cama”, y yo me decía, esto no es normal, lo que le pasa a mi chico.

Con sus hijos ha compartido toda su vida, hasta sus aficiones. “El pequeño sabía dibujar, ganaba siempre los primeros premios. Y yo siempre le preguntaba: ‘¿Jesusín, mira a ver qué te parece este cuadro que he pintado?’. Se lo quedaba mirando y me decía: ‘mamá, tienes que darle más perspectiva, más lejanía’, y yo ya me iba tan contenta, mi hijo ya me había dicho lo que no le gustaba de mi cuadro”.

Con la ayuda de su sobrina Marisa, presente en la entrevista, Cecilia rememora sus inicios en la pintura: “Hemos ido, mis hermanas y yo, al Colegio de las Hermanas de Santa Ana de Borja, y allí, yo aprendí a dibujar, con la hermana María Cerrada, y del dibujo pasé a la pintura”. Viajaba por los pueblos pintando con algunos amigos, aprendió de Cecilio Almenara Marqués, e incluso vendió algunos cuadros, pero la realidad es que, la profesión de Cecilia no era la de pintora. Siempre ha sido ama de casa. Sin embargo, siente que le fascina la pintura, que le ha acompañado toda su vida, y que, incluso -aunque de respeto decirlo-, entiende de lo que habla.

 

¿Había restaurado obras antes del Ecce Homo?

Yo hacía muchísimos años que arreglaba el Ecce Homo. La gente se pensaba que era un fresco, pero eso no estaba preparado para ser un fresco, la pintura no era la correcta, por eso estaba destrozado. Siempre le retocaba el manto pero entonces aquel día lo intenté con la cabeza. Yo me decía que no lo iba a poder arreglar, porque se me caía, así que dije, voy a mancharlo para que se seque. Pero entonces nos fuimos de viaje.

Su sobrina Marisa vio la noticia en un grupo de Facebook de Borja pero decidieron no contarle nada a su tía. El día siguiente de volver de vacaciones tenía a la prensa aporreando la puerta de su casa. Los primeros meses fueron “una revolución, de verdad”. Confiesa que tuvo miedo, que apenas salía de la cama y que incluso sus familiares le asustaron con que podía ir a la cárcel.

“Yo sé que Borja me quiere, y como me quiere Borja, con eso me quedo”

Tanto Cecilia como su familia se sintieron muy dolidos con la historia que vendía la prensa. “Vieja loca destroza un fresco de hace mil años… esa historia se vendió. Por eso lloré tanto, porque yo no lo hice con ninguna maldad”, se apena Cecilia. Pero, un día, decidió dejar de pasarlo mal: “Para San Bartolomé, suben para bailar el paloteado al Santuario. Yo me quedé en mi casa, no quería que me viera nadie. Y de repente oigo, entre aplausos: ‘Cecilia, que te queremos, que te queremos, Cecilia’. Yo en ese momento hasta me encogí, y, de pronto, veo a todo niñicas con ramos de flores. Entonces, me dije [coge aire]: ya no lloro más, de verdad. Me disgustaré, pero ya no lloro más, yo sé que Borja me quiere, y, como me quiere Borja, con eso me quedo”.

Con el paso de tiempo, y a medida que la gente la iba conociendo, empezaron a llegarle apoyos de todos lados. Cuentan orgullosas cómo Ana Rosa Quintana confesó a su familia que el secreto de esta noticia era Cecilia: al conocerla te enamoras y gracias a eso hoy en día la gente sigue acordándose de ella. La palabra Borja salió en los telediarios de todo el mundo. Ninguna otra obra de arte ha causado tanto furor en los últimos años.

 

¿Qué ha hecho con el dinero que ha ganado?

No he cobrado ni cinco céntimos. No quise cobrar de las entrevistas, para que no se pensaran que yo he hecho esto para sacar dinero.

Tal y como explica su sobrina, su tía renunció a la parte que le tocaba del precio de la entrada para ver al Ecce Homo -que son dos euros- y la donó al Hospital Sancti Spiritus de Borja, donde reside. “Pero otra cosa es el merchandising, eso se reparte entre la Fundación del Ecce Homo y ella, y se emplea para pagar la estancia en el Hospital, la suya y la de José Antonio”, reconoce Marisa, y concluye: “La obsesión de mi tía ha sido saber qué le pasaría a su hijo si ella no estaba, y con esto ya supo que el cuidado de su hijo estaba asegurado para siempre”.

Consiguió un seguro de vida sin buscarlo. Miles de empresas de marketing dejándose los sesos para hacer virales sus productos, y Cecilia, que ni siquiera sabía lo que significaba ‘viral’, se convirtió en un verdadero fenómeno manchando una pintura. La protagonista reconoce que ha “tenido mucha suerte” y relata, sorprendida, como “hasta los niños pequeños cuando la veían por la calle le decían: ‘¡hola, Cecilia!’. ¿Cómo no la van a conocer?; una Opera en EEUU, caramelos con la cara del Ecce Homo en Japón, documentales en canales británicos, más de 45.000 visitantes a Borja el mismo mes que estalló la noticia, un museo dedicado a su nombre, obras de teatro y canciones, cartas de gente que hasta le invitaba a su casa, ofertas millonarias para que pintara otro busto, periodistas que iban a entrevistarla con pasteles de parte de sus madres, incluso llegó a dar las campanadas en Neox. Del hazmerreír de España, pasó a ser la salvadora de un pueblo un tanto olvidado.

La visitaron medios de comunicación de todo el mundo y se paseó por un montón de programas de televisión cual celebrity, y como tal, tiene anécdotas de estrella. Miles de famosos se han interesado en ella, desde “la Campos” o Mario Vaquerizo a Risto Mejide, o incluso Amenábar, que se presentó en su casa para ver si podía sacar adelante una película de su vida . “La familia estaba en casa en el momento, bajaron al salón y no se dieron cuenta de que era Amenábar, pero claro, ves a alguien famoso en tu casa y no lo reconoces, ¿cómo va a estar Amenábar en mi casa?”, relata su sobrina. La misma que también explica que la película no salió adelante porque había que “rascar mucho” para llevarla a cabo. Como tampoco salió adelante el anuncio que iba a hacer para una empresa de alimentación, del que Cecilia se acuerda con cariño: “Iban a hacer una cosa muy bonita y se quemó la fábrica. Un anuncio con Risto, Chiquito.. ¡me salía muy bien! Tenía que decir trending topic y hasta que lo conseguí… [ríe]”.

Algunas veces voy y me quedo mirándolo y me digo, Ecce Homo, hijo mío, ¡pues no eres tan feo!”

No existe certeza absoluta, pero se cree que el profesor español Elías García Martínez pintó el Ecce Homo original del Santuario de la Misericordia durante la primera década del siglo XX en uno de sus viajes a Borja. “Yo nunca quise ofender a la nieta del artista, al revés”, se lamenta Cecilia. El Ecce Homo ha despertado todo tipo de comentarios, de atentado artístico a delirio de una anciana inconsciente, pero la realidad es que el busto de Cristo, de aire sagrado, apenas atraía visitantes hasta que pasó por las manos de Cecilia. El arte de este siglo, como el de ARCO por ejemplo, se basa en innovar, en buscar espacios diferentes a lo que ha existido hasta ahora, en negar el pasado y crear sin caer en la imitación. Con o sin desatino e imprudencia, el Ecce Homo de Borja es puro arte contemporáneo. Al fin y al cabo, así es la cultura contemporánea, global, efímera, sin fronteras ni géneros definidos.

Lo curioso es que justamente ella, una persona tan devota y amante del Ecce Homo original, al que cuidaba cada año, acabó transformándolo en un icono, completamente alejado del testimonio que representaba. De hecho, “llegó un punto en el que le dio la vuelta a la noticia”, recalca su sobrina. “Como ha sido tan católica a lo largo de su vida, y ha sufrido tanto, pensó que se lo mandaba Dios como premio”, relata Marisa, y añade Cecilia: “tanto he hecho por él, que tenía que tener alguna recompensica”.

Hoy, 5 años después de ese Agosto del 2012, atrás han quedado los días en los que Cecilia se encerraba en casa y se sentía culpable de aquel horror. Al contrario, su autora está muy agradecida: “Tanto me han hecho, que no creo yo que me lo merezca. Te vas a reír [sonríe], pero algunas veces voy y me quedo mirándolo y me digo, ¡hijo mío, pues no eres tan feo!”.

 

¿Y en qué emplea ahora su tiempo?

Ahora no hago nada [responde sin pensarlo]. Me dicen que me traiga pinturas pero, ¿a dónde?… ¡con lo que huelen! Eso aquí, en la residencia, va a molestar a los demás.

Esto es lo más sorprendente de Cecilia, su inocencia. Apenas quiere importunar. Quiere pasar desapercibida pero no lo consigue, se nota que la llevan entre agoldones. Están acostumbrados en la Residencia Sancti Spiritus a que entren preguntado por Cecilia, y lo mejor, es que es difícil distinguir a quién le gustan más estas visitas, si a ella o a los cuidadores.

Si le hablas de la prensa, que tanto le acosó en un primer momento, ella, sin dudar, explica que la trataron muy bien. “No sé si es que me veían cara de tonta…o de buena, pero estoy muy contenta con las cámaras”, comenta riéndose. Con todo lo vivido, esta mujer enferma y en silla de ruedas podría dejar de conceder entrevistas, o simplemente dejar de sonreír mientras le hablan. Sin embargo, Cecilia no pierde el brillo de sus ojos. Quizá tenía un buen día cuando ofreció la entrevista, o quizá simplemente es que Ana Rosa tenía razón y al conocerla te enamoras de ella. Pero no puede ser casualidad que haya acabado la entrevista diciendo, otra vez, con vocecilla de abuela, ideal para el doblaje de cualquier película: “Soy Cecilia, nada más, la que pintó el Ecce Homo, pero nada más”.

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