Delitos y cine: Shoah

Pablo Gracia//

En nuestro presente convulso y crítico —aunque, ¿qué tiempo histórico no ha sido así? — volvemos a escuchar el uso de una terminología que, a pesar de que pueda parecer sencilla y correcta, no siempre resulta la más adecuada. Desde Ucrania llegan voces que hablan de genocidio e imágenes a las que se quiere equiparar con las limpiezas étnicas que asolaron la antigua Yugoslavia a finales del siglo pasado. Pero, ¿hasta qué punto es acertado atenerse a este vocabulario? Aquí no queremos ni pretendemos presentar un complejo análisis geopolítico, pero sí recordar el profundo significado y contenido que yace detrás de términos como “exterminio” o “genocidio”. Y para eso recurrimos a nuestro campo, el cine, y en concreto a una película que supuso una nueva forma de mirar y tratar una de las mayores tragedias humanas de nuestra historia.

Y es que el próximo 30 de abril se cumplirán treinta y siete años del estreno de un documental que cambió la forma de concebir el Holocausto no sólo desde el punto de vista cinematográfico, sino también desde una cierta perspectiva moral. La película dirigida por el francés Claude Lanzmann —de origen judío, militante de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial e intelectual amigo de Sartre y amante de Simone de Beauvoir— fue el resultado de un trabajo que se alargó durante más de dos lustros en los que el director viajó por Alemania, Polonia, Estados Unidos, Grecia o Israel en busca de testigos de los horrores del exterminio judío. El resultado fue Shoah, usando como título una palabra hebrea que significa “catástrofe”, y causó tal impactó que este término es usado hoy día como sinónimo de Holocausto.

Shoah es el horror y la palabra, o la palabra como vehículo para el horror. Desde el principio del film hacemos un pacto del que seguramente nos arrepintamos, pero del que ya no hay marcha atrás, del que ya no se puede volver. Víctimas, verdugos y testigos se mezclan para describir el infierno, la mayor atrocidad que ha cometido el hombre, “el segundo pecado original de la humanidad” como pronuncia Jan Karski, uno de los entrevistados, que fue de los primeros en informar al mundo sobre la maquinaria de muerte nazi. “Ahora vuelvo atrás 35 años —comienza diciendo— no, no vuelvo atrás en mis recuerdos”. Un instante después se derrumba y entre lágrimas abandona la habitación. Pero Claude Lanzmann permanece inmóvil hasta que regresa, adoptando una postura que puede llegar a resultar impertinente. Karski prosigue, ha entendido el objetivo último de Shoah. Como nosotros ha hecho un pacto imposible de borrar y se dispone a contar todo lo que vio. Aunque no puede evitar que de vez en cuando las lágrimas vuelvan a escapar. Como la mayoría de entrevistados, Karski es una figura dramática. Aunque no vivió el Holocausto en primera persona sus informes sobre las atrocidades del Gueto de Varsovia y el campo de exterminio de Bełżec le llevaron a poder hablar con el presidente de los Estado Unidos Franklin D. Roosevelt —Churchill jamás quiso reunirse con él—, aunque no consiguió que se llevara a cabo ninguna acción real para evitar la matanza. El mundo miró hacia otro lado mientras Karski siguió cargando con el peso de la culpa durante treinta y cinco años, hasta que Shoah lo liberó, fijando por fin su testimonio.

shoah imagen 2 (1)Durante las más de nueve horas de documental no se escuchará ninguna partitura musical ni se podrá apreciar ninguna imagen de archivo. Incluso el propio Lanzmann dijo que de haberse encontrado con un rollo de película que mostrara el proceso del funcionamiento de las cámaras de gas lo habría destruido de inmediato. Esta decisión, formal y a la vez moral, es también el segundo pilar de la película. Al contemplar únicamente imágenes contemporáneas de los campos de exterminio el espectador se ve obligado a imaginar, a intuir, a recrear mentalmente lo ocurrido en esas fábricas de muerte. Lanzmann nos obliga a llenar de personas los vagones de trenes vacíos, a reconstruir las ruinas de los crematorios de Birkenau, a talar un bosque para encontrar Sobibor. Somos a la vez espectador y víctima. Con una sutileza que roza la simplicidad la cámara nos lleva a estar dentro y fuera al mismo tiempo. Se trata de una imaginación desnuda, propia, nunca directa. Es una imaginación atroz y a la vez necesaria. Es una imaginación silenciosa. No hay artificio. Porque dentro de esa simpleza se esconde la destrucción y la catástrofe, el final de seis millones de vidas que pesarán para siempre sobre la conciencia de Occidente. 

Contemplar las ruinas de lo que fue una de las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau acaba por resultar igual de doloroso que las palabras de Filip Müller, un miembro de los sonderkommando —también conocidos como “portadores del secreto”— que trabajó durante tres años en las cámaras de gas. Su función era la de acompañar a las víctimas a estas construcciones sin que cundiera el pánico, haciéndoles creer que iban a tomar una ducha para desinfectarse. Después del que gas hubiera hecho sus efectos debían recoger los cadáveres, cremarlos o enterrarlos, recoger sus pertenencias y limpiar todo para que estuviera impoluto cuando llegara el próximo tren. En el verano de 1944, en el auge del exterminio de los judíos húngaros, los sonderkommando de Birkenau apenas podían descansar debido a la incesante llegada de nuevos cargamentos, dándose situaciones en las que mientras se estaba gaseando a un grupo ya había otro esperando fuera de la cámara al mismo tiempo que un nuevo tren cargado de víctimas entraba por la infame puerta del campo.

A pesar de que el trabajo tenía su “ventajas” en cuanto al trato recibido la vida media de estos sonderkommando era de tres meses, ya que los nazis no podían permitir que nadie más supiera lo que realmente pasaba en esas duchas. Y Lanzmann, que durante todo el metraje se muestra preguntón —a veces rozando la banalidad y otras raspando lo macabro— no duda en azuzar a Müller cuando este se derrumba ante el peso de la memoria. Con lágrimas en los ojos suplica al director que pare la grabación, aunque solo obtiene una negativa muda. El silencio forma otra parte importante de Shoah, su aparición suele ser anticipo o conclusión del horror generado por la palabra —una vez más— y termina por provocar heridas en el espectador igual de profundas que las dejadas por la verbalización del pasado.

Aunque pueda resultar impertinente, el objetivo último de Lanzmann es fijar para siempre lo que ocurrió. Forzando a los entrevistados a hablar, a rememorar lo sucedido, consigue convertir al espectador también en un portador del secreto, en alguien que recordará para siempre lo que significaba la bandera con una cruz roja en Treblinka o las enormes fosas crematorias que se esconden bajo la hierba de Chełmno. Y así se obtiene la última victoria sobre el nazismo, sobre la barbarie, sobre el odio. Porque a pesar de sus esfuerzos por ocultar el exterminio, por borrar sus huellas, el mundo entero consiguió saber lo que ocurrió en media Europa, puso nombres y caras a los culpables y situó geográficamente el paisaje del horror.

Por eso también cuando Lanzmann entrevista a los verdugos rotula sus nombres y los graba con cámara oculta, a pesar de haberles prometido que si aceptaban a hablar sólo se grabaría su testimonio. Es un acto de revancha que puede parecer ruin pero que no deja de constituirse como una prueba más de que el Holocausto ocurrió y fue perpetrado por personas de carne y hueso. Es curioso cómo detrás de un rostro afable y educado, dedicado ahora a escribir libros sobre alpinismo, se encuentra uno de los administradores del Gueto de Varsovia.  Franz Grassler, además, aceptó ser filmado y sin un atisbo de vergüenza justifica la creación del gueto alegando que era para proteger a los judíos de las enfermedades y del hambre. Allí murieron 400.000 personas en menos de tres años.

Mientras se visualiza Shoah uno llega a la conclusión de que en realidad no sabe nada sobre el Holocausto. La violencia desquiciada del nazismo no podía sino producir situaciones igual de irreales, como si se tratara de una pesadilla, pero con todo el mundo despierto. De esta forma se descubre que los ferroviarios que conducían los trenes repletos de judíos en dirección a los campos de exterminio tenían un sobresueldo en alcohol para poder soportar los gritos. O que algunos judíos occidentales llegaban a Treblinka vestidos con sus mejores galas mientras comían en el vagón restaurante. O que los barberos destinados a las cámaras de gas cortaban el pelo a sus parientes sin poder decirles que al otro lado de la puerta no había una ducha, sino la muerte. O que había labradores cuyas tierras colindaban directamente con las alambradas de los campos.

Esta sucesión de situaciones que oscilan entre lo delirante y lo macabro impactaron de igual forma a la misma Simone de Beauvoir, que tras ver la película dijo: “A pesar de todos nuestros conocimientos, la experiencia, con todo su espanto, permanecía a considerable distancia de nosotros. Por primera vez, podemos vivirla dentro de nuestra cabeza, en nuestro corazón, en nuestra carne. Se convierte en algo nuestro. Ni mera ficción, ni estricto documento, Shoah logra esta recreación del pasado con una impresionante economía de medios: lugares, voces, rostros. El gran arte de Claude Lanzmann consiste en hacer hablar a los lugares, resucitarlos a través de las voces y, más allá de las palabras, expresar lo indecible mediante los rostros”.

shoah posterCerrar una obra inabarcable tampoco es sencillo, como demuestra el hecho de que durante el resto de su carrera el director francés siguiera estrenando material descartado para Shoah, bien porque no encajaba con el tono emocional del film o bien porque necesitaba recopilar más información. Así fueron viendo la luz obras como Alguien vivo pasa, en el que entrevista a un trabajador de la cruz Roja que visitó Auschwitz para comprobar el trato dado a los prisioneros y sorprendentemente envió un informe positivo, o Sobibor, 14 de octubre 1943, 16h donde a través de la figura de Yehuda Lerner se relata la exitosa fuga de este campo de exterminio llevada a cabo por todos los prisioneros del campo. Incluso en 2017, un año antes de su fallecimiento, estrenó Las cuatro hermanas, con testimonios de distintas mujeres de Europa y sus experiencias durante el Holocausto.

Muchos de estos pasajes, como el de Lerner, no se incluyeron en Shoah porque Lanzmann no quería en ningún momento hablar de triunfo. Por eso, aunque hable con distintos supervivientes de los campos de exterminio o de los guetos jamás se muestra cómo pudieron soportarlo, cómo aguantaron hasta el final, qué sintieron el día de la liberación. Porque la Solución Final —como se llamó al plan aprobado por el III Reich para el exterminio del pueblo judío— fue realmente final ya que los conversos podían practicar su religión en secreto, los expulsados podían regresar algún día, pero los muertos no volverán jamás. Estas palabra pronunciadas por el historiador Raul Hilberg, única persona entrevistada en la película que no vivió el Holocausto, sirven también para recoger en unas pocas líneas por qué una película como Shoah no sólo tiene sino que debe existir.

Y es que no se puede olvidar, no se puede dejar de lado a aquellos que descargando cuerpos se encontraban con los cadáveres de su familia, a aquellos que buscaban escapar para salvar otras vidas, a aquellos que describen el infierno con la sonrisa del ganador. Tampoco a los que miraron sin decir nada, a los que se quedaron con las casas y las pertenencias de los obligados a marcharse, a los que se pasaban el dedo por la garganta cuando los vagones de ganado repletos de seres humanos se dirigían a su último destino. Y por supuesto siempre habrá que recordar a los perpetradores, a los que acataron órdenes sin rechistar, a aquellos que podían participar en un sistema que permitía matar a miles de personas al día para luego acudir de permiso a la tranquilidad de su hogar.

No olvidar, recordar, transmitir, contar. No sería muy descabellado reconocer que esa es la finalidad última de Shoah: traer al presente la más detestable de las acciones porque en realidad nunca terminó. Los campos se desmantelaron, los cadáveres desaparecieron por las chimeneas, pero los supervivientes permanecieron. El exterminio sigue viviendo en ellos y cuando éstos falten pervivirá en la memoria del mundo porque, gracias a la película de Claude Lanzmann, siguen vivos.


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