Dos pastillas de jabón y adiós al Meco (II)

Kiko J. Sánchez//

A menudo los policías les dan por muertos, es la mejor manera de seguir trabajando sin la rabia de pensar que un solo hombre es capaz de burlar todo el aparato represivo de un estado y hacerse humo. Rafael Bueno Latorre (Utrera, 26-5-1954) se hizo humo un Viernes Santo de 1984. Aún hoy, encabeza la lista de los criminales peligrosos más buscados de España. Su historial delictivo se compone de decenas de atracos a mano armada, cuatro muertes y una colección de fugas de película. Esta es la segunda entrega de la historia de Bueno Latorre, alias Carromeras.

El último oficio conocido de Antonio Retuerto González fue el de pastelero. Aunque, a sus veintiséis años, aquello formaba parte de un pasado muy lejano. Hoy por hoy, la precisión, el detalle y el esmero con el que daba forma a pasteles y dulces estaban al servicio de su última fuga de prisión. Dos años después, en El País, se lamentaría: “Si cuando me detuvieron a los dieciocho años no me hubieran condenado, por robar un coche, a ocho años de cárcel, todo esto no habría pasado”.

Durante días había estado restándole horas al sueño. Cuando cerraban las celdas, Retuerto se quedaba despierto, esperando a que sus compañeros durmieran, para seguir trabajando. Con ayuda de un pincho artesanal y la leve luz de un mechero, iba sacándole fragmentos a las dos pastillas de jabón que habían sustraído de la lavandería. Después empujaba los restos debajo de su catre y dormía. El modelo que tenía en la cabeza era la Star 28 Pk. Una pistola de formas sencillas y contundentes; con un cañón corto y rectangular y una empuñadura ancha y ligeramente inclinada. Un arma fabricada en Eibar que la policía había comenzado a usar con el inicio de la década y que pronto sería sustituida por el modelo 30. Retuerto había coronado su simulacro con unos tubos de acero y acababa de terminar de darles color con tinta china. Sin duda daban el pego.

La idea no era nueva para Retuerto y su amigo Antonio Álvarez Gallego. Una sociedad perfecta. No solo compartían nombre, edad y Madrid como ciudad de nacimiento, su currículum criminal lo estaban ampliando en común. Ahora paraban en Alcalá Meco tras participar en enero de 1981 en un atraco a una sucursal del Banco del Norte en Leganés, en la que Jesús Álvarez –hermano de Antonio– había asesinado de un disparo de pánico al sargento Manuel Martín Elizo. Juntos habían recorrido la capital y sus periferias sembrando el caos y juntos se habían escapado dos veces de prisión: en 1980 de Alcalá de Henares y el 17 de julio de 1983, con una pistola de yeso pintada de negro, de Carabanchel. La idea, que ahora pretendían repetir, la habían copiado de “Toma el dinero y corre“, ópera prima de un joven y desgarbado director neoyorquino llamado Woody Allen, que habían visto en Carabanchel. Ahora, la banda acababa de incorporar a un nuevo e imponente miembro: Rafael Bueno Latorre.

Rafael Bueno Latorre

No era mal argumento para una película de acción –las más celebradas en las proyecciones en la cárcel, sobre todo cuando incluyen una fuga–: tres presos jóvenes y experimentados, de los llamados fuguistas natos o irreductibles, estrenando una cárcel anunciada como infranqueable. Sin duda era un reto excitante para Latorre, Álvarez y Retuerto.

1984 estaba siendo un año duro en aquella España tramposa que pretendía seducir a Europa con una imagen de modernidad y libertad para exportar. Las portadas de los diarios se llenaban de crímenes y datos de miseria y el país lideraba el ranking mundial de atracos por habitante. Latorre, Álvarez y Retuerto eran hijos de la España que se ocultaba tras las melodías, sintetizadores y estilismos horteras de La Movida. La prisión de Alcalá-Meco formaba parte de la otra España, la que se hacía para afuera.

Rafael Bueno Latorre
“El atraco del día”, sección de ABC en 1984.

 

1300 millones de pesetas de la época había costado ese gigante de hormigón armado llamado Madrid-2. Situada entre las localidades de Alcalá de Henares y Meco, estaba inspirada en el modelo suizo y fue anunciada por el gobierno de Felipe González como la más segura y con el diseño más avanzado de Europa. Allí cumplirían condena los presos más peligrosos del país junto a miembros de ETA y el GRAPO. Además de suelos dobles de hormigón– para evitar la realización de túneles–, el Meco tenía un circuito de cámaras de seguridad y detectores infrarrojos de movimiento. Aquel 20 de abril, sin embargo, la empresa contratada para repararlos aún no había iniciado su trabajo. Carlos Parada, director del centro, tampoco acudió a la cárcel aquel Viernes santo que sería su último día en el puesto.

Como cada noche, los funcionarios de prisiones recorrían el penal identificando a los reos para cerrar sus celdas. A las 21:30, en el último recuento de retreta, saltaron todas las alarmas. Al llegar al cuarto módulo descubrieron que la celda 47 estaba vacía. Dentro encontraron un agujero y un retrete arrojado junto a las literas. Bueno Latorre y sus compinches ya se habían disuelto entre la oscuridad y la maleza.

En otra celda de otro módulo, minutos antes, había ocurrido un incidente. Nadie sospechó nada, pero era parte de un plan. Dos internos, compinchados con Latorre, Álvarez y Retuerto, habían destrozado el lavabo de su pieza. Cuando llegaron los funcionarios, toda la planta se estaba inundando. Los tres presos de la celda 47, entretanto, ya habían arrancado el urinario y estaban explorando las tripas del Meco a través de las tuberías. Dos funcionarios recibieron la orden de cortar las llaves de paso del agua y se dirigían a los sótanos. Tras arrancar una reja de la galería de servicio y descender unos metros, los reos llegaron a su encuentro. Los funcionarios apenas tuvieron tiempo de reaccionar. Al girarse, tras finalizar las labores de mantenimiento, tres sombras se abalanzaron empuñando dos pistolas Star 28 Pk de jabón y un pincho. En torno a las 22 horas les encontraron, desnudos, amordazados y atados entre sí. Bueno Latorre, Antonio Retreta y Antonio Álvarez habían cruzado el edificio de cocina –dos de ellos vestidos de uniforme y otro con un mono azul de obrero–-, abierto con las llaves la puerta del office y escapado tranquilamente.

Dos meses después de la huida, Antonio Retuerto disfrutaba de los primeros rayos del sol de junio en una piscina del barrio de la Concepción de Madrid cuando la policía le dio caza. En traje de baño y desarmado no ofreció resistencia. Antonio Álvarez, que se había distanciado de su amigo tras recorrer juntos Alicante, Fuenlabrada y Biarritz, cayó semanas después. Nunca más se vió a Rafael Bueno Latorre.

Bocas cerradas bajo la tierra de un descampado

El 26 de noviembre de 1983 Miguel Pintor se derrumbó ante la policía. El sol de invierno empezaba a asomar y con él el descampado aledaño a la finca Cant Argentina en Órrius, cerca de Barcelona, iba mostrando su nada. A la vista solo había metros de tierra seca, hierba muerta y restos de vehículos olvidados. Pintor estaba al frente de un grupo de búsqueda formado por otros miembros de la banda de Bueno Latorre y varios mandos policiales. Al llegar al lugar, marcado por una piedra de treinta kilos, estiró su brazo tembloroso, y dijo: “Ahí: ahí está el Andresín”.

La tarde anterior los sentimientos ya habían traicionado a Pintor. Acababa de parar el motor de su Seat 128 blanco cerca del piso que la banda tenía en el número 1139 de la Gran Vía de Barcelona. Cuarenta y seis días después de la liberación de Bueno Latorre era el único miembro del grupo que seguía libre. Había que extremar las precauciones, pero contaba con que sus colegas no hablarían y el lugar seguía siendo seguro. Sin embargo, notó algo raro; quizá sintió que unos ojos extraños le observaban, y volvió a poner en marcha el 128. Dos policías se aproximaron al vehículo pero aceleró y no tuvieron tiempo de volver al coche patrulla. En una esquina de la calle Maresme, apenas doscientos metros más adelante, Pintor descendió del vehículo y apuntó a los agentes. En el intercambio de balas fue él quien salió peor parado. Con una herida en el muslo trató de huir pero fue interceptado en un soportal. El reguero de sangre iba señalando su destino. Al verse alcanzado, según la policía, Pintor gritó “matadme, matadme” y, entre lágrimas, dijo estar arrepentido por lo que había hecho.

Rafael Bueno Latorre
Exhumación del cadáver de Manuel Andrés Sánchez Manzano, el Andresín.

Los problemas llegaron el mismo día de la fuga. La euforia y los nervios se hicieron fuertes en uno de los tres vehículos que dejaban atrás el hospital de Burgos. Al abandonar la Nacional-1, por la carretera de Soria, el Opel Corsa gris de Miguel Pintor y su novia Magdalena Marcus Perera terminó estrellado contra unos árboles. Bueno Latorre, Pilar Santín Sánchez y Antonio Villena pararon el Renault 17 pero al ver que no estaban heridos continuaron rumbo a Barcelona. Pintor, Magdalena y su Opel Corsa llegaron en grúa al punto de encuentro en el piso de Gran Vía 1139.

Las semanas siguientes, con la presión como una mochila de plomo, el camino de huida se llenó de traspiés. La Brigada Antiatracos de Barcelona contaba con todos los medios y nadie cuestionaba su eficacia. Las portadas de la prensa daban a diario cuenta de sus éxitos. Latorre y los suyos comenzaron a cometer errores. El técnico, que era un tipo meticuloso, eficaz y ajeno a la resignación, a los pocos días se cobró las primeras presas. José Antonio Pérez Poyatos, compañero de fuga de la cárcel de Tarragona de Antonio Villena Vicario, y su novia, Carmen Berenguer Martín, que conducía uno de los coches en la huida de Burgos. Alguien se estaba yendo de la lengua, la Antiatracos parecía ir siempre un paso por delante.

Enterradlo bocabajo por si todavía está vivo. Así, si escarba, que sea para abajo”. El que habla es Rafael Bueno Latorre, que acaba de cerrar por siempre, con la Astra calibre 38 de uno de los policías muertos en Burgos, la boca de Manuel Andrés Sánchez Manzano. Jorge Álvarez de León y Antonio Villena que le acompañan hacen un hoyo de unos treinta centímetros de profundidad y echan tierra sobre el cadáver. Cuando la científica desenterró el cuerpo su rostro estaba irreconocible, dos disparos le habían destrozado la boca y la oreja derecha: “Por soplón y por chivato”.

Dos días antes, el 16 de noviembre, el Andresín miraba la calle desde un taburete en la barra del bar Sótano de Barcelona. A sus 31 años acumulaba un amplio expediente policial cargado de delitos de poca monta. Por eso no le debió extrañar la escena que inició su final. Tres policías cruzaron la puerta del bar blandiendo sus placas y se lo llevaron esposado. Nadie se extrañó, pero ya en el coche, de camino a Mius, donde le dieron muerte, Andresín descubrió que bajó las gafas de sol, los bigotes postizos y las pelucas no había policías sino delincuentes conocidos. La tarde del 18 de noviembre, con el cadáver de Andresín aún caliente, la banda de Latorre repitió la operación. Pintor, Álvarez, Villena y Latorre se dirigieron en dos coches a Badalona con sus disfraces de policía. Pararon en la puerta de un bar-granja donde sabían que podrían encontrar a su objetivo: Eduardo Aldama de la Red, el Guau. Jorge Álvarez y Bueno Latorre se quedaron en el coche para evitar que les reconociera; Villena y Pintor entraron y lo arrastraron esposado. El simulacro continúo en los vehículos. A través de dos radiotransmisores iniciaron un interrogatorio; cuando el Guau cantó y reconoció que conocía y había ayudado a Bueno Latorre y los suyos, los vehículos tomaron un desvío. En un descampado de Fost de Capcentelles, próximo a la carretera comarcal Barcelona-La Roca, Antonio Villena le arrancó la vida de un disparo certero en la frente.

Rafael Bueno Latorre
Portada de El País con fotografía del desentierro del Guau.

En el despacho del Técnico había un mapa plagado de puntos señalados en rojo. Desde hacía semanas la Brigada Antiatracos vigilaba a familiares y amigos de Latorre y su banda. Santa Coloma de Gramanet y Barcelona eran casi una mancha roja que se iba diseminando por las poblaciones cercanas. Cuando la tarde del 19 de noviembre sonó el teléfono, todo se aceleró. En la comisaría de Badalona se habían registrado dos denuncias sospechosas. El 17 de noviembre el padre de Manuel Andrés Sánchez se presentó reclamando a su hijo, detenido por tres agentes. Nadie tenía constancia de su detención y, observando su historial, no se investigó su paradero. Cuando dos días después el cuñado del Guau llegó con una historia parecida, marcaron el teléfono de la Antiatracos. Andresín y el Guau habían colaborado con la banda de Latorre en algunos asuntos menores. Eran un par de rateros sin delitos destacables que les servían de apoyo; como tantos otros, hacían labores de vigilancia o les facilitaban armas y objetivos. El Técnico, tras revisar sus expedientes y hacer unas llamadas, centró el plan de búsqueda: los fugados se escondían en Barcelona.

Los coches de policía, con los retratos de la banda en la guantera, recorrían la ciudad día y noche. Pero ellos, tras haber terminado con los supuestos soplones, creían que la grieta ya se había cerrado y empezaron a bajar la guardia. Cuando Jorge Hinojosa Serrat y Abel Ros Doménech, dos miembros de la banda sin antecedentes policiales, cayeron en el piso de la calle Bailén, entendieron que la amenaza era más real que nunca. En apenas cuatro días todos se vieron frente a frente con el Técnico. Antes de la detención y confesión de Miguel Pintor, el telex de la Brigada Antiatracos frustró la huida a la casa familiar en Málaga de Villena, y con él interceptaron a Pilar Santín y a Magdalena Marcus.

Cuando no recibió la llamada pactada, Villena entendió que había que poner tierra de por medio. Que todo estaba perdido. A las diez de la noche del 25 de noviembre Jorge Álvarez y Bueno Latorre debían cambiar de piso franco. Durante semanas habían estado moviéndose contínuamente en los mismos lugares. La banda iba cambiando de escondite y todos debían saber el paradero de los demás. Aquella noche, un coche policía con las luces apagadas y el motor en marcha hacía guardia a escasos metros. Vieron salir a Jorge Álvarez, pero tenían orden de no proceder si no veían a Bueno Latorre. Al segundo cruzó la puerta un hombre extraño. Ninguno de los sospechosos tenía rasgos parecidos, pero algo les llamó la atención. Tras esa melena abundante de pelo negro rizado había algo familiar. Uno de los policías creyó que era Latorre. Cuando corrieron a su encuentro, los dos hombres intentaron sacar sus pistolas. Los agentes se abalanzaron sobre ellos y, en medio del jaleo de brazos y golpes, la peluca cayó al suelo. Era Rafael Bueno Latorre. El mismo que horas después trataría de escapar rompiendo con la cara una ventana en el edificio de la Jefatura de Policía. Esa herida en su mejilla quedaría para siempre unida a Bueno Latorre. En la fotografía que esa madrugada le tomaron para su ficha policial se ve su rostro desafiante y crudo, también esa huella de debilidad humana.

Y el Carromeras se hizo humo

La última pista sobre Bueno Latorre fue tan breve como directa: “Ese hombre murió hace muchos años, aquí en México”. El comentario anónimo a una noticia publicada por El País podría poner fin a una de las hipótesis que maneja la policía. En todas ellas su currículum criminal le granjeó el amparo de las mafias del narcotráfico: Latinoamérica o Europa; México o Colombia, Bélgica o Marsella. Según la policía sus destrezas fueron bien recibidas para introducir hachís en Europa o cocaína en EEUU. En los años posteriores a su huida, no obstante, fueron varios los atracos que parecían tener su huella a lo largo del Mediterráneo.

Rafael Bueno Latorre
Vista aérea del centro penitenciario Alcalá-Meco.

Las únicas certezas, sin embargo, están escritas en una ficha policial de 1983. Se busca a un hombre de 61 años, 1,70 metros de altura y complexión atlética. Por sus incipientes entradas se supone que, de seguir vivo, su cabeza no estaría especialmente poblada. Tres elementos facilitarían su reconocimiento: la gran cicatriz transversal que quedó en su vientre tras la autolesión que inició la huida de la prisión de Burgos y dos tatuajes –un hombre en el brazo derecho y una gran pantera negra en su espalda–. Bueno Latorre, según el perfil psiquiátrico que se le realizó en Alcalá-Meco, posee una inteligencia normal, carácter inestable, dificultades afectivas y tendencia a la depresión.

Escasos datos para una incógnita que descansa en unos folios que amarillean acumulando polvo en el Juzgado de instrucción número 5 de la Audiencia Nacional. Todo lo demás son suposiciones. Humo.

*Fuentes: hemeroteca de ABC, El Mundo, Diario Sur, El País y El Periódico de Cataluña.

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Me encantaría que en mi DNI pusiera que nací en Utopía. Pero caí en el continente equivocado y además ese país aún no existe. Quizá por eso me interesan las pequeñas victorias de los que siempre pierden y las historias más curiosas que suceden en el planeta. Aquí trataré de contarlas, para que otros las conozcan y por el hecho egoísta de descubrirlas. A veces también dibujo personajes deformes y tristes que pretenden ser graciosos.

Twitter Blanca Uson


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