La última fuga de Rafael Bueno Latorre (I)

Kiko J. Sánchez//

A menudo los policías les dan por muertos, es la mejor manera de seguir trabajando sin la rabia de pensar que un solo hombre es capaz de burlar todo el aparato represivo de un estado y hacerse humo. Rafael Bueno Latorre (Utrera, 26-5-1954) se hizo humo un Viernes Santo de 1984. Aún hoy, encabeza la lista de los criminales peligrosos más buscados de España. Su historial delictivo se compone de decenas de atracos a mano armada, cuatro muertes y una colección de fugas de película. Esta es la historia de Bueno Latorre, alias Carromeras.

Sin duda daban el pego. Cuando Retuerto sacó el paquete de debajo del jergón, lo desanudó y las vieron, a Latorre y Villena les nació en los ojos un escalofrío que aterrizó en el suelo de hormigón armado. Hacía semanas que no pensaban en otra cosa, y, aunque no iba a ser la primera vez, no pudieron evitar esa sensación de emoción eufórica. Unas horas después, en otro punto de Madrid, a Carlos Plaza se le atragantó el ayuno que se había saltado, y entendió que su día libre acababa de terminar.

Aquel Viernes Santo de 1984 había sido un día sin sobresaltos tras los muros de la cárcel de máxima seguridad de Alcalá-Meco. Todo controlado, todo en calma. A las 21:30, en el último recuento de retreta, sonaron todas las alarmas. Faltaban tres internos: Antonio Álvarez Gallego, Antonio Retuerto González y Rafael Bueno Latorre.

Esa fue la última noche que Bueno Latorre –aún hoy el criminal más buscado de España– pasó entre rejas.

Matrícula de honor en la escuela de la calle

Una de las primeras certezas en la vida de Rafael Bueno Latorre la tuvo a los dieciséis años. Una tarde, dos agentes de policía golpearon la puerta de su casa y le trasladaron detenido al Reformatorio Wad Ras. Era 1970 y la institución volvía a estar en las páginas de opinión de los diarios barceloneses por el trato despiadado que recibían los menores. Bueno Latorre fue uno más de esos ciento cincuenta chavales que probaban a diario el hierro de la justicia franquista. Allí se convenció de que, si ese era el precio, merecía la pena jugársela; apuntar más alto. A los pocos días escapó y comenzó esta historia.

***

En aquellas calles al oeste de Barcelona se hablaba con el acento de la España pobre. Santa Coloma de Gramanet era uno de esos municipios que crecían para nutrir de mano de obra al plan de reindustrialización de la dictadura. La familia Bueno Latorre había llegado allí desde Utrera a finales de los años cincuenta. Y, como tantos otros andaluces, extremeños y aragoneses, arrastraban una prole numerosa y la esperanza de encontrarles un futuro decente. Rafael era el más pequeño, y pronto les hizo ver que su destino sería otro.

Ficha policial de Bueno Latorre
Imágenes de la ficha policial de Bueno Latorre.

 

Por entonces, el régimen ya era un animal herido que seguía dando zarpazos violentos. Y al clima de opresión y miedo se le iba sumando con virulencia el derrumbe de la economía. La crisis mundial del petróleo era todavía un cuento de agoreros, pero el paro, el hambre y el cierre de negocios ya eran una realidad cotidiana en la España franquista. Un monstruo empezaba a alimentarse bajo el yugo y las flechas de las fachadas del plan de Vivienda social. Por aquellas manzanas uniformes y aburridas, de edificios bajos y cuadrados, ladrillos rojos y pintura amarilla, empezaban a circular la heroína y las hazañas de los quinquis. Chavales aún imberbes irrumpían al volante de coches robados, o surgían de las sombras navaja en mano, en las zonas más acomodadas de las ciudades. Tenían a su favor una gran ventaja: no conocían el miedo a la muerte porque no tenían nada que perder.

Bueno Latorre era uno de ellos. Empezó de abajo y, sin pausa, logró hacer familiar en las comisarías su expediente, y su alias, el Carromeras, respetado en las calles. A simple vista engañaba: su cara redondeada, sus ojos pequeños y verdes y sus desaliñadas greñas rubias le daban un aire inocente; casi infantil a pesar de las entradas que ya comenzaban a invadirle. Tampoco era muy alto y era más bien desgarbado. Sin embargo, cuando se ponía frente a ti con su navaja en alto era mejor bajar la cerviz y darle todo, –¡Schhh! Sin chistar…–.

Sus primeros palos fueron los típicos: un tirón, y la cadena de oro que termina en el bolsillo; el bolso que sale por las malas de un hombro rumbo a ningún lugar; la cartera que cambia de pantalón en el metro… Tras su paso por el Wad Ras, sin embargo, ya nunca actuaría sin un arma. Primero fue la navaja, con la que vaciaba las máquinas registradoras de comercios de barrio y, en los cajeros, las cartillas de los peatones distraídos. Después llegarían las pistolas y los bancos.

Su radio de acción y su influencia iban creciendo aceleradamente. Santa Coloma de Gramanet y el barrio del Carmel de Barcelona ya eran terreno grillado, así que empezó a dar golpes por todas las poblaciones cercanas a Barcelona. Tras unos meses de desenfreno cayó, con el humo aún sobrevolando las velas de su dieciocho cumpleaños, y pasó un año internado en la cárcel Modelo de Barcelona, bajo la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social –conocida popularmente como Ley de Vagos y Maleantes–.

Antes de cumplir la mayoría de edad, Latorre ya era el cabecilla de su propia banda y uno de los objetivos prioritarios de la policía española. Sus atracos a punta de pistola en sucursales bancarias –el primero en 1974, lo que para la policía le convierte en uno de los pioneros– ya eran una epidemia en las poblaciones costeras de Cataluña y Valencia, y ponerle el lazo se convirtió en asunto prioritario. Cuatro meses después de ser interceptado en la Costa Brava –con un arsenal compuesto por dos metralletas Sten, varias granadas y armas cortas– se escapó de la cárcel de Carabanchel. Era 1978 y a sus veinticuatro años Bueno Latorre se había doctorado; acababa de trepar otro peldaño en la cadena trófica del hampa.

Dos policías muertos tras de sí, la libertad con el motor en marcha

En la puerta del Hospital Provincial de Burgos, un Renault 18 gris metalizado espera con el motor al ralentí. Dos hombres, vestidos de enfermero, con pelucas y gafas de sol, atraviesan el pasillo de la planta calle del hospital, con muy malas maneras –según los testigos–. Abren la puerta de una habitación y vacían los cargadores de sus tres pistolas. En cuestión de minutos, Rafael Bueno Latorre huye en el asiento de atrás del Renault 18.

***

Si algo bueno se puede sacar de la cárcel son los contactos. Tras sus muros, alambradas y torres de control, el mundo se hace demasiado pequeño; se comprime hasta quedar enjaulado en sus estancias. Es cierto que no es el mejor de los mundos y que el porcentaje de riesgos aumenta infinitamente, pero los lazos que allí se trenzan son más sólidos y los códigos de amistad más intensos. Las lealtades, si uno se convierte en alguien temido en el ecosistema carcelario, se respetan hasta las últimas consecuencias.

Bueno Latorre no perdió su tiempo en Carabanchel, se dedicó a ampliar su leyenda y a invertir en futuro. El mono, a las puertas de la década de los ochenta, marcaba el camino de la servidumbre; el control de la droga, en cambio, decidía los puestos de poder. Latorre encontró en el tráfico una fuente de dinero, y en el poder, la manera más rápida y efectiva de cultivar lealtades.

Noticia de ABC
Noticia publicada en ABC

Es 1983 y la peligrosidad y el riesgo de fuga han llevado a Bueno Latorre a una gira carcelaria por toda la península tras su última detención en 1979. Ahora está en la prisión de Burgos –una de las más duras del país– en la sala de vis a vis, junto a su madre, dos hombres y una joven que finge ser su hermana. Ella es Carmen Berenguer Martín; le acompañan José Antonio Pérez Poyatos y Miguel Pintor Jimeno, con su recién estrenada libertad. Un tercer hombre espera a pocos metros de la cárcel, se llama Antonio Villena Vicario y está en busca y captura desde que se fugó hace unos meses de la cárcel de Tarragona. La comitiva trae un regalo para Latorre: su plan de huida.  

Miguel Pintor, Antonio Villena y Bueno Latorre se hicieron amigos en el patio de Carabanchel. Allí fueron ideando sociedades futuras. Pintor, de veintiséis años, y Villena de veintitrés tenían en común con Latorre el pasado; el futuro querían ejecutarlo entre los tres. Ahora, con Pintor con la provisional y Villena libre por sus medios, tenían la oportunidad perfecta para comenzar. Pero debían liberar a su líder.

La libertad se fue forjando entre la prisión y la calle. Las cartas llegaban con nuevos miembros de la banda, futuros objetivos y toda una logística preparada para la fuga. Mientras tanto, Bueno Latorre debía asumir un perfil bajo que lograra que la vigilancia y las sospechas aminoraran. Nadie desconfiaba de la repentina buena actitud del preso y así logró el beneficio penitenciario para poder trabajar en el taller de vestuario. El plan estaba en marcha, ya solo faltaba la fecha.

Aquella mañana de vis a vis, Bueno Latorre supo que tenía tres días para empezar a ser libre. Seguramente temió al ver los dos filos, pasó su dedo por las puntas y fue consciente de que la distancia entre la libertad y la muerte era cosa de un centímetro. Miró a ambos lados y esperó a que sus compañeros de taller estuvieran distraídos. Entonces, agarró la tijera de cortar cuero y se clavó sus veinte centímetros de acero debajo del ombligo. “¿Quién podría pensar que alguien se clave hasta la cruz una tijera industrial, así, fríamente y de forma precipitada?”, dijo a El País días después un policía. Martiniano Martín, director del penal, por su parte, lamentaba en ABC su error al subestimar a Latorre: “no se creyó que fuera un interno peligroso, porque se consideraba que no tenía tanto poder afuera como para ser ayudado a pergeñar semejante plan”. Aquel 9 de octubre de 1983 una ambulancia cruzó a toda prisa las puertas de la cárcel de Burgos con destino al Hospital Provincial de la ciudad, en su interior viajaba Bueno Latorre con los intestinos a la vista.

Nada quedaba al azar. El día elegido fue el 12 de octubre, día de la Hispanidad y la patrona de la Guardia Civil, las carreteras estarían libres de vigilancia y el número de efectivos disponibles dificultaría la puesta en marcha de un plan rápido de acción. Con eso contaban Bueno Latorre, que se recuperaba esposado a un catre de hospital, y su banda que ahora se deseaba suerte y se dirigía hacia allí. Tenían tres coches, siete miembros y una serie de pisos francos con todo lo necesario para esperar que capeara el temporal.

Dentro de aquella habitación de hospital situada en el pabellón principal, a pie de calle –algo que luego lamentarían los cuerpos policiales– había tres hombres. Bueno Latorre, esposado a su cama, con gotero, varios puntos y vendas en su bajo vientre, y dos policías. Jesús Postigo Pérez, leones de 44 años, y Raúl Santamaría Alonso, de 33 años y natural de Burgos, eran los encargados del segundo turno de vigilancia; sus doce horas de jornada no anunciaban aquella mañana nada más allá del tedio. Con las agujas del reloj empatando en el doce, Miguel Pintor y Antonio Villena cruzaron la entrada del Divino Vallés. Varios sanitarios y tres monjas que les cruzaron por los pasillos desconfiaron de esos tipos que combinaban su uniforme de enfermero con gafas de sol y peluca. No les dio tiempo de avisar a nadie, todo sucedió tan rápido como un disparo.

Recorte de prensa de la época
Recorte de prensa de la época.

Apenas golpearon con los nudillos un par de veces la puerta. Cuando los dos policías escucharon el ruido y se fueron a incorporar, una lluvia de balas inundó el espacio. Los proyectiles del calibre 7,76 impidieron cualquier reacción. Miguel Pintor disparaba a ambas manos y Antonio Villena se acercaba a Latorre sin dejar de disparar. Fue cuestión de segundos. Jesús Postigo recibió una ráfaga de doce disparos y quedó desangrándose en el suelo. Villena liberó las esposas de Latorre de un tiro y le ayudó a ponerse en pie. Raúl Santamaría cayó en el acto tras recibir dos impactos fatales. Un tercer policía, Sabino Quintana, que vigilaba el pasillo, logró acceder al lugar pero, entre el silbido de las balas, solo pudo salvar su vida, parapetado y malherido tras una columna. A la carrera y en calzoncillos, bueno Latorre huía ayudado por Villena. Antes de seguir a sus compinches, Pintor remató a Postigo de un disparo en la garganta y le arrebató la reglamentaria. Treinta muescas se encontraron en aquella habitación entre las paredes, el suelo y los dos cadáveres.

Bocas cerradas bajo la tierra de un descampado

La mejilla de Bueno Latorre golpeó el cristal de una ventana en la comisaría hasta hacerla añicos. Mientras el ministro de interior, José Barrionuevo, los mandos policiales y los burgaleses celebraban la captura de la banda que había invadido sus pesadillas desde hacía semanas, Latorre seguía empeñado en escapar. Su fuga, que había sido seguida con atención por los medios nacionales, sumaba dos nuevas víctimas: el Guau y el Andresín, dos delincuentes de poca monta que habían pagado el precio de estar en el lugar y el momento equivocados.

***

Le llamaban el Técnico. En 1983 y 1984 España, con Barcelona como capital del crimen, lideraba el ranking mundial de atracos por habitante. El comisario Francisco Álvarez, que tenía fama de eficaz tras liberar a Quini –delantero del FC Barcelona secuestrado en Zaragoza– y que más tarde sería el jefe del Mula (Mando Unificado de Lucha Contra ETA), recibió la misión de terminar con tan dudoso honor. Los intestinos del Cuerpo seguían sangrando la muerte de dos de los suyos. En los funerales de Jesús Postigo y Raúl Santamaría, el ministro de Interior José Barrionuevo se había comprometido a dar caza a Bueno Latorre y su banda, a los que calificó como el enemigo público número uno. La orden llegó al recién estrenado despacho del Técnico.

(Continuará…)

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Me encantaría que en mi DNI pusiera que nací en Utopía. Pero caí en el continente equivocado y además ese país aún no existe. Quizá por eso me interesan las pequeñas victorias de los que siempre pierden y las historias más curiosas que suceden en el planeta. Aquí trataré de contarlas, para que otros las conozcan y por el hecho egoísta de descubrirlas. A veces también dibujo personajes deformes y tristes que pretenden ser graciosos.

Twitter Blanca Uson


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4 comentarios sobre “La última fuga de Rafael Bueno Latorre (I)

  • el 15 agosto, 2016 a las 3:25 am
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    ¡Enhorabuena por vuestro trabajo!

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    • el 30 agosto, 2016 a las 8:51 am
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      ¡Muchas gracias por seguirlo y valorarlo!

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  • el 19 enero, 2017 a las 4:39 pm
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    Una pena qué el autor no ha hecho el esfuerzo de terminar y publicar el segundo parte.

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    • el 28 enero, 2017 a las 9:19 pm
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      Hola, Bentham!

      Lamentamos que hayamos podido confundirte. En realidad sí hay una segunda parte de esta historia, aunque, por una decisión editorial, decidimos titular la segunda parte de otro modo. Discúlpanos por dejarte a medias y por la confusión generada; aquí tienes la conclusión de la historia de Latorre: http://www.zgrados.com/dos-pastillas-jabon-adios-al-meco/

      Esperamos que disfrutes su lectura y nos lo comentes.
      Un saludo!

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