Ecuador se mueve

Ana Baquerizo//

El fuerte terremoto en la costa ha provocado una ola de solidaridad dentro y fuera del país latinoamericano. Todos recordarán qué hacían ese 16 de abril de 2016, el día del sismo más mortífero desde hace 37 años.

José Bautista Lemos es una de las más de un millón de personas afincadas en la provincia de Manabí, en el litoral. Su vida, la de un ciudadano ecuatoriano de clase media con cuatro hijos, casa y trabajo como periodista deportivo en la radio, se ha tambaleado en poco menos de un minuto: el tiempo que ha durado el terremoto que ha situado a Ecuador en el epicentro de la noticia. Su sobrina Gisella, residente en Asturias desde hace 16 años, ha vivido muy angustiada los momentos posteriores. Hace solo unas horas, por fin, su madre recibió la llamada del tío José. Le explicó que encontrar la forma de cargar el móvil es complicado en medio del caos. Ahora, algo más aliviada, reflexiona: “Aunque lo perdió todo, gracias a Dios mi tío cuenta con vida, pero desesperación y lloros es lo que hay en mi Ecuador. Las cosas están muy duras. Necesitan médicos, ayuda, hay muertos en las calles, muchos niños en las calles…”.

José, su esposa y sus hijos de 4, 8, 10 y 15 años consiguieron salir de la zona más castigada, el cantón de Pedernales —donde todo son escombros— y trasladarse 200 kilómetros hacia el sur. “Entre tanta gente se organizaron en coches para salir de allí”, cuenta Gisella. Ahora duermen en un parque de la capital de la provincia, Portoviejo. A pesar de todo, esta familia puede sentirse afortunada. Ha corrido mejor suerte que muchos de sus vecinos: fallecidos o todavía desaparecidos. Además, ya están planeando su viaje a la ciudad de Quevedo, en el interior del país, donde viven algunos parientes y donde Gisella tiene una casa para darles alojamiento hasta que puedan volver a salir adelante.

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Una de las casas afectadas por el terremoto. Fuente: Comunicadores sociales e institucionales

A tan solo 35 kilómetros de la ciudad de José, tenía previsto viajar Ariadna Moreno, una joven española emigrada de la crisis que trabaja desde hace año y medio en gestión cultural en la capital del país. Mi amiga, que ahora tiene la casa destruida, nos invitó a pasar el fin de semana en Cojimíes (Manabí). Iba a ir con Mari, que es otra amiga, pero yo justo tengo full trabajo, estoy con un proyecto superimportante y vino el novio de Mari, por lo que tampoco pudo ir. Pero podríamos haber estado ahí perfectamente”. El temblor le pilló en Quito, en casa. Estaba conversando con una amiga por facebook y, aunque los pequeños sismos no extrañan a nadie en la zona, enseguida se dio cuenta de que este no era uno más: Se movía como barco la habitación y se veía que duraba más de lo normal. Dicen que hay que ponerse debajo del marco de las puertas o debajo de las mesas, pero mi casa está vieja. Se notaba superinseguro”. Salió a la calle con la vecina y, al acabar, volvieron a sus vidas tranquilamente. En los medios ecuatorianos no informaron de nada durante horas y mucha gente se dio cuenta de la magnitud al día siguiente, a través de las redes sociales donde circulaban fotos y condolencias. “Está muy bien que por las redes sociales escribamos todos muy apenados, y seguramente lo estemos, pero la gente más afectada es la gente que no tiene WiFi”, se lamenta Ariadna. Para ella, volver al trabajo ha sido especialmente duro: coordinaba un proyecto para abrir una sala de cine en Manta, una de las zonas afectadas. Estaba todo listo para la inauguración el próximo mes, pero el terremoto la ha destruido.

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Búsqueda de supervivientes en un hotel de la costa ecuatoriana. Fuente: Comunicadores sociales e institucionales

Olga Torres había visitado a unas amigas en Guayaquil y a las 19:58, hora del terremoto, se encontraba en el autobús de regreso a Ricaurte, cinco horas dirección sudeste, donde es trabajadora social en un proyecto de erradicación del trabajo infantil. Se encontró un pueblo a oscuras, con una escuela sin techo y grietas por todas partes. “La gente lo vivió como si fuera el fin del mundo. Me han dicho todos que vieron un destello en el cielo, que vieron la muerte y que todo se movía mucho más que en un sismo normal. No podían ni andar, nunca antes habían pasado tanto miedo”, explica. Sin saberlo, salió de Guayaquil —donde el terremoto derrumbó edificios y puentes y se han cancelado todas las actividades educativas y laborales— en el momento justo. Sus amigas querían que pasara la noche con ellas, pero no se quedó porque tenía que hacerse cargo de su cachorro, que la esperaba en casa. “Se nota que hay mucho miedo a que vuelva a suceder. Tenemos la mochila preparada para salir pitando en cualquier momento porque, por el movimiento de las placas, nos han dicho que se espera que se recoloquen entre esta semana y la siguiente”, afirma Olga. Hasta las 8:40 del lunes 18 de abril, se habían registrado 315 réplicas, según el Instituto Geofísico de Ecuador.

Otro tipo de réplicas, las de solidaridad, son las que siguen sacudiendo las estanterías de los supermercados en todo el país, donde la comida enlatada que se recoge para enviar a las áreas afectadas— comienza a escasear. Para hacer frente a este desastre natural, la Secretaría Nacional de Comunicación de Ecuador está promoviendo la campaña Ecuador listo y solidario, que recoge agua, alimentos, linternas y pilas. No falta la buena voluntad de mucha gente, dificultada por unas infraestructuras muy dañadas y empañada por el pillaje de unos pocos: dos de los camiones con ayuda para las víctimas han sido secuestrados camino de Guayaquil. “Aunque se necesitan voluntarios, las autoridades piden que sean profesionales porque hay muchos muertos ya en estado de descomposición y es una situación muy dura tanto psicológicamente como físicamente por los olores y la escasez para la que no está preparado todo el mundo”, informa una de las periodistas.

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Foto ayuda Fuente: Comunicadores sociales e institucionales

El número de muertos permanece en constante movimiento. El sábado por la noche los datos oficiales del Gobierno apuntaban 77 fallecidos. El miércoles, según los datos ofrecidos por el ministro de defensa, ya son 499 muertos, más de cuatro mil heridos e in crescendo. El Presidente Rafael Correa, que se encontraba en Italia en el momento del terremoto, volvió al país y, a través de Twitter —que se ha convertido, junto con facebook y WhatsApp, en el principal canal de información— envió un mensaje de ánimo: Reconstruimos una vez Manabí y lo volveremos a hacer. Grande es la tragedia pero más grande el valor del pueblo ecuatoriano”. Pero la vuelta a la normalidad no va a ser fácil: a las pérdidas humanas, irreparables, hay que sumar el coste económico de tres mil millones de dólares de pérdidas materiales para un país en vías de desarrollo, con una tasa de pobreza del 23,3% en 2015, según el Banco Mundial.

El geólogo del Centro Superior de Investigaciones Científicas (Aula Dei) Iván Lizaga, explica que en Ecuador llevan ocurriendo sismos desde que se tiene memoria, debido a “la cercanía del borde de subducción de las placas de Nazca y Sudamericana. La subducción de la placa de Nazca va generando cierto tipo de tensiones por la fricción, las cuales se pueden ir acumulando y, cuando rompen, producen estos grandes sismos. Y no solo en la zona de subducción sino también terremotos intraplaca asociados a otros tipos de fallas y vulcanismo”, afirma Lizaga. Unos factores que no actúan en solitario: se ven agravados por la precariedad de los edificios y por el hecho de que la mayor densidad de población se concentre en la mitad este del país, es decir, donde se suelen encontrar los epicentros de los terremotos provocados por subducción, como recuerda el geólogo.

Autora:

Ana Baquerizo foto Ana Baquerizo nombre

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Ciudadana del mundo, rebelde con -y por- muchas causas, fan de las historias de la gente corriente. Hace quince años, de mayor quería ser periodista. Ahora, además, soy activista por los derechos humanos y apasionada por los países del sur, aunque vivo en Londres.


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