Uzbekistán es un tren

Ana Baquerizo//

Hay tantas formas de ver Uzbekistán como de recorrerlo, como de vivirlo, como de sacar conclusiones que te sirven solo para un rato. Antes de contar parte de mi recorrido, de mi vivencia y de esas conclusiones que solo me sirvieron para un rato, quiero dejar claro que sigo sin saber definir Uzbekistán. Ni siquiera después de habérmelo pateado. Se ha quedado en mí como uno de esos conocidos con quien has estado lo suficiente para cogerle cariño, pero si te preguntan sobre él dirías que no te mojas, que no lo conoces tanto.

Al caminar por este país de Asia Central, mis piernas acompañaban a mis ojos ligeros que apreciaban casi cada detalle como pura novedad. La magia se hizo cuando una parte de mí se alimentaba con cada descubrimiento. No quiero decir que todo me pareciera sublime, sino que Uzbekistán me regaló la posibilidad de sorprenderme con lo cotidiano, con su cotidiano. Esos destellos de lo diferente me provocaban alegría o ternura a veces; otras, rabia o incomprensión. Lo más importante es que me hacía sentir constantemente.

Ahora que quiero escribir una crónica, me pesan los dedos. Ni todo es bueno, ni todo es malo. Y muchas de las etiquetas que tengo –que tienes– no sirven para Uzbekistán. La herencia soviética se mezcla con el imperio del islam. No todos los profesan, pero todos tienen claro que este es un país musulmán y que ciertas cosas no están dentro de su normalidad. Por ejemplo, que yo esté aquí sola. Para ellos soy una viajera, un ser con un halo de exotismo al que muchos se sienten atraídos y del que otros desconfían. Soy un bicho raro –aunque no el primero que ven– porque, ante todo, esta treintañera que carga una mochila en vez de un bebé.

Me preguntan constantemente dónde están mis hijos, si los he dejado en España, si los tengo, si estoy casada. Estas preguntas se repiten tantas veces –en el hostal, por la calle, en el taxi, en el tren– que entiendo a lo que se refieren incluso si se dirigen a mí en ruso o en uzbeko. Aquí todos son, como mínimo, bilingües.

El tren del Uzbekistán moderno 

Soy la única chica joven del vagón que viaja sin bebé en los brazos. A mi alrededor hay, por lo menos, cinco. Pero no hay jaleo. Sentados sobre las piernas de sus madres, miran alrededor con sus ojitos minúsculos ligeramente rasgados. Justo delante de mí, una mujer mira por atentamente por la ventana. Voy en un Talgo –sí, un tren español– comodísimo. Los asientos son anchos, tenemos los periódicos a mano. Un joven pasa repartiendo té gratis en un vasito con los colores patrios: azul, blanco, verde. Hay varias pantallas que dan lo que parece un programa de televisión que parece ser muy gracioso porque varios invitados hablan y ríen, hablan y ríen.

Tren moderno de Uzbekistán
Tren moderno de Uzbekistán

Me sumo a mirar por la ventana y quedo maravillada por un paisaje de montaña bellísimo y salvaje. De vez en cuando, dejamos atrás un conjunto de casas de campo con sus huertos y animales. Se ven algunos vecinos, pero pocos. Su sencillez es tan digna. La imagen de esas zonas tiene el encanto propio de un belén. Me atrae mucho más después de varios días en una capital de cemento y avenidas anchas.

El tren se dirige a una zona poco turística del valle de Fergana. Allí pretendo no ser una turista, aunque en el fondo sé que lo soy. Una familia de la zona de Kokand me da la oportunidad de convivir en su casa y voy a su encuentro. Me ha gustado conocer Tashkent, el espectáculo que son sus estaciones de metro, los museos, el bazar, el ambiente de los bares por la noche… He visto cómo la Policía paraba a vehículos y transeúntes para dejar pasar a la comitiva del dictador.

He conocido a un portugués, una estadounidense de origen chino, a una moldava y a varios uzbekos que se decían “mediomusulmanes” porque, en resumen, lo eran pero confesaban no llevar a la práctica ni una de las normas del islam. Pero tengo ganas de bajarme de este tren moderno que me está acercando a la parte tradicional del país que busco con ganas.

Hogar lejos de lo turístico 

Era una casa muy parecida a las que había visto por la ventana durante el camino. Un montón de niños y niñas corren por el patio central. Alrededor, hay diferentes construcciones: en cada una, vive un miembro de la familia con su esposa y sus hijos. Es la vivienda de U. Es un hombre de 35 años, el único que habla inglés y con quien he podido ponerme de acuerdo para ir. Tiene tres hijos y una mujer de mi edad, 31. Pero en esa casa hay tanta gente que me va a costar unos días enterarme quién es pareja de quién y quién ha parido a quién.

Los niños juegan juntos y se ríen en alto. Son tan felices que me lo contagian. Es día de trabajo, pero no lectivo. Por eso ahora solo están en casa las mujeres y los niños. El ambiente entre ellas parece distendido, todas se mueven y hablan como si fuera una coreografía. Entran y salen de la cocina, que es una separada del resto, otra edificación en torno al patio. Hay mucho que hacer y se organizan bien. Me sonríen y hacen el gesto de que debo quedarme sentada. Soy la invitada y matan una oveja en mi honor.

El calorcito y el olor de lo que cocinan hace más agradable estar en la cocina. Google translator hace posibles algunas conversaciones. Las primeras preguntas son las mismas que todos en ese país me hacían siempre. Pero con el tiempo se hacen un poco más profundas. Yo también pregunto, me intereso por cómo ven las cosas. Pasan los días y la palabra que más repito es “mazali”, que significa “delicioso”, porque cocinan sin descanso unos platos muy elaborados.

Poco a poco, colaboro en las tareas: voy a por yogur a casa de la vecina que tiene una vaca, mojo las hojas de coliflor para luego meter carne picada y enrollarlas, vamos a dar paseos y comprar perashka, al mercado, a visitar a sus familiares en pueblos donde las mujeres hacen todavía más comida. En esas casas también hay un montón de niños. Las mujeres sostienen esos hogares de una forma tan discreta como meritoria. Trabajan sin parar. Y todavía se ofrecen a darme una vuelta por su aldea con un entusiasmo que enamora por lo modesto: en este río me bañaba de pequeña, estas son las vías del tren, esta es mi mejor vecina.

Fuego y tandor 

Hay uno de los rituales diarios con el que mis ojos de extranjera se quedan prendados sin remedio. Es invierno y, cuando el día empieza a apagarse, salen al patio a hacer pan. El horno, redondeado y hecho de barro, tiene una gran boca en la que D. mete el brazo por completo. Lleva una especie de guante que cubre casi toda la manga. Moja la masa y la pega dentro de las paredes de ese horno que se acaba convirtiendo en el único punto iluminado. El vaivén hipnótico de las llamas va haciendo en nan –pan– y la samsa –empanadillas–. Los mete uno a uno, en total más de cincuenta piezas entre grandes y pequeñas, con rapidez.

Hago fotos y le digo que me encanta el tandor. “¿En España no hacéis pan?”, pregunta a su manera. Me da la risa y contraataco con otra cuestión: quién le ha enseñado. Su madre y su suegra, dice. Su suegra está justo al lado, la observa y sonríe. Es una mujer cálida y fuerte como el fuego que hace ahora el alimento. Se quedó viuda muy joven, con cuatro hijos, el mayor –que es U., ahora considerado el cabeza de familia– tenía 15 años y la menor, solo unos meses. Por eso ella sí trabajó y sigue trabajando fuera de casa.

Tandor de Uzbekistán
Tandor de Uzbekistán

D. es la más joven de las madres que viven en esa casa. Se casó hace un año y vino a vivir a esta casa. Su traidición es patrilocal. O sea, las mujeres van a vivir a la casa familiar de sus maridos. D. coge una pala para sacar el alimento. Me fijo en su rostro naif de 20 años recién cumplidos, que ahora está alumbrado, y sus ojos azules más redondeados de la cuenta. Tiene un hijo y una expresión siempre delicada que contrasta con sus manos ásperas. Su juventud se hace patente en cada movimiento. Sus padres llegaron a un acuerdo con su suegra para arreglar el matrimonio, como ha ocurrido con todas las mujeres de las dos familias. Aquí no existe eso de salirse del guión o de, como decían en la capital, ser “mediomusulmán”. Y mucho menos para ellas.

Tengo la sensación de que mi presencia rompe la monotonía del día a día que consiste en estar en casa, cocinar, dar de comer a los animales, cuidar a los niños y a los maridos. D. tiene un cuaderno con frases en inglés y su traducción al ruso. Se esfuerza por leerlas con su vocecilla aguda mientras la vida sigue en la cocina. Los hombres y los niños entran y salen; ellas permanecen.

En un momento, D. saca su álbum de boda. En las fotos, ella, de blanco total y manga larga, luce unas tiras de brillantes sobre un hiyab también inmaculado y una piedra se apoya sobre su frente. Sujeta un ramo de rosas rojas. Es mucho más menuda que el novio, de traje. Se llevan siete años. Pregunto si siempre el hombre es mayor y su suegra responde que sí. No habla inglés; pero, como todas, se hace entender perfectamente: si son de la misma edad, hay peleas; si el hombre es mayor, hay paz, argumenta entre risas.

La familia es lo que importa 

La familia te elige hasta el marido, pero también te da todo. U. se encarga de que todos tengan casa, trabajo, de que sus hermanos tengan las necesidades cubiertas. Él tiene tres hermanos y solo una hermana, la más pequeña, que tiene 21 años. Le buscarán un marido al año que viene, explica, y se irá a vivir con él. Cambiará su apellido y los hijos que ella para tendrán en su documentación solo el nombre del padre. No es algo exclusivo de Uzbekistán, pasa en más países de la zona como Irán o Afganistán. Les pregunto por qué, si son sus hijos, y la mujer de U. se encoge de hombros. Imagino que nunca se lo habían planteado y me piden que les enseñe mi DNI, donde señalo mis dos apellidos y los nombres de mi padre y mi madre. Hay novedad, curiosidad y respeto.

La niña más mayor, de 10 años, hace los deberes de árabe. Todas destacan de ella su inteligencia y ella se sonríe entre vergonzosa y orgullosa. Me uno al halago y ella coge mi mano y me abraza en todos los idiomas. Va a un colegio privado y están apostando por su educación. Su madre comenta que tiene dos hijas y un hijo todavía pequeño y que quiere tener un varón más: “Dos chicas y dos chicos está bien”.

Aquí la familia es lo más importante y las aspiraciones se entienden de forma comunitaria. Todos luchan contra la incertidumbre, siguen el camino que han trazado otros mientras aportan algo nuevo a lo antiguo. “Es así nuestra tradición”, escribe en Google translator la hermana de U. –y cuñada de D.– cuando le pregunto de forma indirecta si le hace ilusión casarse dentro de un año. Pero, a la vez, me pregunta cómo es ser una viajera –en Uzbekistán es exactamente eso lo único que soy para la gente– y puntualiza que a ella nunca le dejarían viajar sola sin un mahram. Sus ojos, oscuros y grandes, parecen más oscuros y más grandes con el velo y la ropa que lleva hoy. No acabo de entender si quiere decir algo más e intercambiamos sonrisas cómplices, como siempre. U. se ríe amablemente y recuerda que ella “no pueden ser viajera como tú”.

El tren del Uzbekistán antiguo

Para irme de Kokand en dirección oeste, cojo un tren nocturno. El coche va al completo para despedirme con un cariño que no me cuesta nada identificar. Voy ahora de la tradición de vuelta a la modernidad y, paradójicamente, este ferrocarril es muy diferente: antiguo, ruidoso, genuino. Me asusto porque los enchufes no funcionan, son nueve horas de viaje y al llegar, de madrugada, necesitaré aferrarme a nuestro señor Google maps. Para mí, Uzbekistán está siendo un tren que me hace estar cómoda, incómoda, que me asusta, me ilusiona y me lleva a sitios sorprendentes. Trenes muy distintos.

En este, me han asignado un compartimento que tiene cuatro lugares. Yo ocupo uno. Algunas paradas más tarde, entra un señor mayor y una pareja con una bebé. Hablan entre ellos y despliegan una mesita sobre la que van colocando pan, frutos secos, una tetera de porcelana… Me invitan a coger lo que quiera y bajo de mi litera para poner sobre la mesa una botella de kompot y pan. Las preguntas de siempre en los idiomas de siempre. No saben inglés y es difícil porque la cobertura viene y va, pero sobre todo va. Tratan con delicadeza al señor mayor, que lleva el típico gorro de pelo, y pienso que son familia. Pero no. La pareja es más joven que yo y su hija tendrá poco más de un año. Tiene el rostro blanquito y muy vivo. Mueve sus pendientes con gracia.

Tren antiguo de Uzbekistán
Tren antiguo de Uzbekistán

Todo el mundo se vuelca con la gente mayor. Los uzbekos los valoran mucho. Lo veo ahora y lo he visto en otros momentos también. La pareja escucha al señor con atención. Ponen interés en rellenarle el vaso de té. Le ayudan con el teléfono móvil cuando quiere mostrarme con satisfacción las fotos de sus familiares. Después de comer, rezamos los cuatro juntos. Yo participo porque, a estas alturas, ya he aprendido cómo se hace: ambas manos con las palmas hacia arriba, ojos cerrados, dicen unas palabras en uzbeko –creo que para que para pedir que lleguemos bien a nuestro destino– y al final decimos ‘Allahu akbar’ pasando las palmas de la mano por la cama. Dormimos.

Al despertar estaré en un lugar completamente diferente, hecho para el turista. No podría jugar a ser otra cosa. Solo unas horas después estaría en una ciudad Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Me faltaba poco para admirarla a cada paso. Pero yo sabía que en ese vagón ya me estaba despidiendo un poco de Uzbekistán. Aunque intentaría que no, tenía claro que no dependía de mí. El tiempo que me quedaba allí lo pasaría esquivando guías turísticos, mirando en dónde está el cartel que indica un precio para locales y otro para forasteros. Quería ver la grandiosa Samarcanda de Amir Timur… aunque sabía que el tren uzbeko, antes y ahora, me había transportado mucho más lejos que la distancia que marcaba el mapa.


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