Los otros refugiados

Ana Baquerizo//

El Refugio lleva cuatro siglos atendiendo a las personas con necesidades de Zaragoza. Donación de comida y ropa, reintegración de transeúntes, guardería o servicio pediátrico forman parte de su programa de ayudas.

Se erige en pleno centro de la ciudad, donde es reconocido como uno de los centros asistenciales de referencia. El edificio, dueño de casi toda la manzana, es grande como el corazón de los donantes, voluntarios y socios que completan la labor de los trabajadores y hacen posible que funcione la casa de la Hermandad del Refugio.

De puertas para dentro, un laberinto de pasillos y compartimentos. Los mismos que hace poco se llenaron de mesas y platos para celebrar una Nochebuena de puertas abiertas. Ese día nadie se queda sin su cena de celebración: si alguien viene cuando ya no queda sitio–hay unas 200 plazas–, se le reparten tuppers con el mismo menú: consomé, entremeses y redondo de ternera.

Estos pasillos y salas, testigos de muchas historias, saben bien del destierro que aquí sufren los términos como “pobre” o “indigente”, que contienen connotaciones peyorativas, para favorecer que se hable de “personas con necesidades” o “transeúntes”.

Se acerca la hora de comer y el cocinero, con aire dicharachero, ultima los preparativos. Me invita a pasar y destapa las cazuelas para mostrar lo que ha preparado. Huele bien.

Foto refugiados: La cocina del Refugio
La cocina del Refugio

Y, en una salita contigua, hacen fila los comensales, una decena de varones que han perdido su casa; ahora este es su hogar provisional. Entre ellos Santi Ortega, que pasó de carpintero a transeúnte tras perder su trabajo en 2011 y que lleva cuatro años queriéndose sacar el clavo de una crisis que parece interminable: “llevo en la calle ya dos años, antes estaba de autónomo y por eso no tengo derecho a paro ni nada”. A sus 34 años, sin padres y con una hermana que vive de la ayuda de 426 euros, con dos niños, explica su situación resignado. Antes de todo esto, trabajaba en una fábrica de muebles de cocina y baño, se ganaba la vida bien. Cuando le pregunto si quiere que le mantenga en el anonimato contesta que no, que publique su nombre y, si quiero, también su apellido. Que a él ya le da igual. Dentro de unos días, se separará setecientos y pico kilómetros de su hermana y de su tierra. “Soy de Zaragoza, pero estoy empadronado en Galicia porque allí las pagas las facilitan mucho más rápido que en otras comunidades. Por ejemplo, cuando llevas un año, ya tienes derecho a paga.Y aquí, en Aragón, son dos años y te ponen muchos más problemas”, confiesa con ritmo tranquilo y voz suave.

Santi sabe que la gente relaciona a las personas que acuden al Refugio con problemas de adicciones, pero no está de acuerdo. “Cada día conozco a más gente en mi situación, personas que, simplemente, se quedan sin trabajo. De hecho, hay un hombre que viene a desayunar que trabajaba en esta calle, aquí al lado, y ahora viene porque se ha quedado sin trabajo. Te das cuenta de que puede pasarle a cualquiera”, reflexiona.

Aquí, el paro es el enemigo público. En el despacho de Ernesto Millán, el gerente, hay una caja con alimentos.“Hoy ha venido una familia, me han dicho que se han quedado en paro. Y hasta que no solucionen todos los papeles no van a tener ningún ingreso. Les hemos preparado una cesta para que por lo menos no les falte nada de comer, ni a ellos ni a sus hijos”. Estos niños, que acuden a la guardería del Refugio, tendrán ese servicio gratis hasta que mejore su situación económica. Normalmente la cuota son 60€, pero se puede ajustar dependiendo de cada familia. “Como les pedimos la declaración de la renta, vemos cuánto pueden pagar. No es gratis para todo el mundo para que lo valoren”, afirma Ernesto.

Foto refugiados: Niños de la guardería del Refugio
Niños de la guardería del Refugio

A los pasillos cercanos a las clases no les falta detalle: pinturas, fotos, manualidades, adornos navideños… Han sido decorados por los 53 niños –de 19 nacionalidades distintas– y sus maestras. Una de las clases sale al pasillo y todos se sientan apoyados en la pared. Les llama la atención la cámara “Aprovecha ahora que están quietos –y añade Ernesto entre risas– , ¿has visto? los tenemos de todos los colores”. Aquí a los extranjeros no se les piden los papeles, tienen los mismos derechos. Ernesto recalca que “estos niños pequeños no tienen ningún problema, lo comparten todo… el racismo viene luego, por la educación que se recibe”.

Nos paseamos por otra clase donde, obedientes y dispuestos, los de tres años recogen los cuentos porque es hora de la siesta. Hace unos días, estos niños y niñas recibieron un regalo nuevo de parte de Sus Majestades de Oriente –también para sus hermanos pequeños– en una ceremonia donde, con ayuda de los bomberos y su grúa, recibieron con todos los honores a los pajes.

Momentos felices para unos niños con historias muy duras. Pero este refugio consigue solapar alegrías y tristezas, aventuras y desventuras, y quizá eso sea el principal aliciente de quienes lo sacan adelante. Ernesto cuenta la anécdota del transeúnte al que le tocó la lotería: “al día siguiente, lo primero que hizo, fue traernos un donativo importante. También hay gente que se ha podido reintegrar a la vida normalizada y se hacen voluntarios para colaborar en la ropería, en la entrega de alimentos. Es decir, como han vivido esa situación, quieren participar y colaborar”.

Los voluntarios preparan las bolsas con los alimentos que, diariamente, entregan a 50 familias, 12 kg para cada una, según los datos oficiales de la Hermandad. Al 30 de noviembre, han entregado 144.983 kilos para un total de 989 familias.Y dicen que sí, que desde que empezó la crisis el perfil de la persona que demanda comida es distinto. “Hemos notado que vienen más españoles y personas mayores ahora, con la pensión de uno o de dos ahora tienen que sobrevivir cinco o seis y no llegan”, advierte el gerente. También, a sus otros servicios como la gota de leche, donde han atendido a más de 400 bebés y donado cereales y leche en polvo para su correcta nutrición.

La sensación es que nadie está a salvo y, muchas veces, es cuestión de mala suerte. Que Santi Ortega podrías ser tú. O tu hermano. O tu vecina de rellano. Que puedes tener un hijo y quedarte sin empleo y, ¿entonces qué? La sensación es que se agradece que existan sitios así porque todos somos potenciales refugiados.

Autora:

Ana Baquerizo foto Ana Baquerizo nombre

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Ciudadana del mundo, rebelde con -y por- muchas causas, fan de las historias de la gente corriente. Hace quince años, de mayor quería ser periodista. Ahora, además, soy activista por los derechos humanos y apasionada por los países del sur, aunque vivo en Londres.


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