El Chiquipark de los mayores
Pedro Modrego // @pedromdrgo
Fin de curso. Verano. Tiempo libre. ¿Lo mejor del curso escolar? Cuando termina. 19 años y toda una vida por delante. Playa, piscina, viajes y vacaciones. Pero este año no. Este año toca algo peor que estudiar: trabajar. Pero, claro, hasta que no trabajas por primera vez, nunca piensas en lo cómodo que es ir a clase.
Decido vestirme con una camiseta blanca y holgada, simple y sencilla, que se note que es mi primer día; unos vaqueros anchos y cómodos y unas deportivas que me mantendrían en pie a lo largo de la jornada. Subo en un autobús que me lleva a un nuevo lugar: el chiquipark de los mayores. Mi primer trabajo. Estoy nervioso, pero muy emocionado porque, por fin, haré crecer mi patrimonio. Mientras mi cabeza se transforma en un videojuego nuevo, un abrigo o un arpa, «objetos materiales que alguna vez me gustaría tener”, llego después de media hora y bajo del autobús, delante del Hospital Provincial de Zaragoza.
A lo lejos, veo mi destino. Me acerco y me topo con una terraza, con sus mesas de madera, sillas de plástico y grandes puertas correderas que permiten el acceso al rincón del espresso. No soy capaz de ver la entrada, así que el pensamiento de huir a casa susurra en mi oído. Pero no. «Soy valiente y voy a conseguir entrar al local», pienso. La vidriera está limpia y, al acecho como un felino que busca su presa, percibo a la camarera.
Toc, toc, toc.
Golpeo tres veces el cristal para llamar su atención. La camarera arrastra con sus dos manos la puerta para permitirme el paso.
– Hola, estoy buscando al jefe —digo con timidez.
Ahora sí que no puedo escapar. Ya no hay vuelta atrás. Estoy nervioso. No siento mariposas, sino un ciempiés que corre en sprint por mi estómago. Aún impaciente, noto algo más: mi compañera está hasta el mismísimo y le dan igual mis ganas de empezar.
La antesala del café está decorada con mesas y sillas negras, adornadas con floreros de plástico. Desde la barra y con una sonrisa se acerca el jefazo. El dueño del local. Un señor moreno, con un rostro ovalado, pelo corto y barba que refleja el paso del tiempo. Estatura media, bonachón y que me saluda con el ritual del apretón de manos. Caminamos por una sala vacía y preparada para recibir a los bailarines más mediocres jamás vistos. Así, llegamos a la trastienda. El almacén de todos los vasos, platos, manteles, tableros y donde un ser humano se convierte en trabajador.
En el vestuario me enseña las taquillas donde puedo poner mis cosas, las llaves y la cartera hambrienta de dinero. Después, me obsequia con el tesoro más preciado de todos: el delantal. Negro, con hebillas doradas que ayudan a ajustar un cinturón marrón envejecido del uso. Un manto sagrado que me protegerá y usaré como servilleta cada vez que me manche con los restos de los comensales.
Mientras me ajusto el delantal, escucho mi nombre y salgo del vestuario a encontrarme con la que será mi mentora. Mi maestra, la que me enseñará todos los secretos del arte refinado de la hostelería. Salimos de la trastienda y, sin darme cuenta, ya estoy en la barra. Aquella sala vacía, donde solo se escuchaba el crujido del suelo de madera, está llena de familiares disfrutando de un aperitivo antes de su festín.
– ¿Me pones una Coca-Cola?
– ¡Sí! —respondo entusiasmado.
Miro hacia abajo, arriba y a los lados, pero no veo ninguna. Otra compañera con el pelo rojo trenzado y unos labios carmesí me señala una nevera justo debajo de la barra. Se lo agradezco y saco una. Se la entrego y me mira con suma atención. Quizás se ha quedado embobado por ver a alguien joven trabajando en esta época. “Lógico”, pienso, ya que la imagen que tienen de nosotros es estar de fiesta en plenas vacaciones de verano. Pero nada más lejos de la realidad. Es que no le he puesto ni un vaso, ni he abierto la botella.
Ahora sí.
Después de unos siete minutos… ¡he puesto mi primera bebida! Ya solo falta regar al resto de plantas que esperan con ansias el elixir en sus macetas.
Tras una hora que me ha parecido un minuto, me vuelven a llamar para entrar en faena. Atender en el servicio que toca. Lo anterior solo era el calentamiento, pero yo ya tengo agujetas. Llegamos al salón. No es muy grande. Acogedor y luminoso. Petit comité. Toca una comunión en la sala Vichy. Hay un pequeño calabozo para nosotros y mi mentora me explica lo que haremos. Primero servir bebidas, como la hora anterior, pero en una barra portátil y, luego, el servicio de la comida. Tras tragar el nudo que tengo en la garganta, consigo articular palabra y respondo obediente.
Llegan los protagonistas y empiezan a pedir sus refrescos y, como no, la bebida tan valiosa para Sileno. Tirar el preciado líquido dorado es divertido, hasta que una de las invitadas se nos acerca:
– Perdonad, ¿os importa que me ponga yo misma la cerveza? Es que lo hacéis muy mal.
Sé que es mi primera vez, pero ¿tan difícil es poner una mísera cerveza? No me lo tomo personal. Si me permiten descansar, lo agradezco, pero mis ganancias ni las olerá.

Llegan los entrantes y así comienza nuestro servicio de mesa. En este Chiquipark soy el animador infantil. Es complicado mantener el ritmo. Platos que vienen y van. Correr, mientras mantengo el equilibrio, del salón hasta la cocina. Atender a todos los comensales. Permanecer visible, pero tampoco molestarlos. Ser amable, pero que tampoco me tomen el pelo. Tener una sonrisa en la cara, aunque ellos no sean un trozo de pan. Pero, por fin, llega la hora del postre y el café.
Solo me queda lo último: servir el sorbete con un poco de cognac. Mi último truco. Tenía que preguntar uno a uno. Doy el sorbete y el cognac lo pongo como me da la gana. Echo un poco y, si tengo la suerte de que me orienten, les obedezco y, si no, echo lo que me apetece. Por fin, termino de servir a todos y el mandamás me avisa de que por hoy he terminado.
– Bueno, ¿qué tal? —me dice entusiasmado.
– Bien —digo de forma escueta, aliviado de sentarme después de 5 horas que se me han hecho eternas.
Extraño aquellos veranos donde mi preocupación era qué bañador ponerme para ir a la piscina o qué película ver por la noche. Cuando mi inquietud llegaba a finales de agosto con el inicio del próximo curso escolar. Ahora, echo de menos esos veranos en los que el Chiquipark no era mi lugar de trabajo, sino mi lugar de diversión.

