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Gritad, gritad, malditos

Dani Calavera //

Al comenzar este mes de octubre, el tiempo de las brujas y los fantasmas y la llegada del otoño, la plataforma de las plataformas, Netflix, ha estrenado su tercera temporada sobre “monstruos”, enfocada, en esta entrega, en el famoso asesino en serie estadounidense, Ed Gein. No han tardado en darse a conocer las primeras reacciones de crítica y público, calificándola inmediatamente de “fracaso”, “incoherente” e incluso “ridícula”. Tienen todo el derecho a decirlo, aunque no tanto a gritarlo, pues vivimos una época oscura en lo que a libertad de expresión se refiere, porque ahora no tiene razón quien mejor habla, sino quien más grita. Cualquier obra artística es sometida a juicio por la agencia de censura más terrible que jamás haya existido: las redes sociales. De hecho, los argumentos no valen de nada, aunque sean irrefutables. Lo único que cuenta es el número de likes que ha gritado un post, y esto es más aterrador que cualquiera de las perturbadoras escenas de la citada ficción. Ocho capítulos que sirven como radiografía de la violencia y de los que a continuación daré mi opinión, antes de seguir hablando de lo que provoca su onda expansiva. 

Qué bien” pensé al terminar. “Qué bien” al acabar sus dos escenas finales, la penúltima sobre todo, ese magnífico resumen en ese cementerio de todo lo acontecido, ese espectador que somos todos nosotros, verdugos y payasos, huyendo del horror y de los gritos, de la burla al juzgar y condenar al monstruo sin mirarse a sí mismo ni por un segundo. Frivolizar, romantizar e incluso mitificar la escena de un crimen, real o ficticio, adornar con neón y preciosismo el más atroz acto, es algo que Ryan Murphy lleva ofreciendo a su -y al- público desde American Horror Story, pero creo que su producción nunca lo había hecho de una forma tan acertada. Glamour en la muerte, la violencia y colorido y horrible crimen.

¿Y cuál es la onda expansiva? Toda la civilización occidental y casi la totalidad de Europa, todos nosotros, y pese a quien pese, somos hijos de la cultura pop norteamericana y nos alimentamos de ella desde que nacemos, como sus más obesos ciudadanos se atiborran de hamburguesas, cerveza y pizza. Todos nosotros hemos tenido en el subconsciente las figuras a las que este monstruo inspiró, figuras como Norman Bates, Billy el niño y Cara de cuero. El recorrido de la, podríamos llamarla, “cultura de la violencia pop” que han creado Ian Brennan, Ryan Murphy y Max Winkler se recordará en unos años -cuando cesen los gritos de todos aquellos que siempre tienen razón- como una obra respetable y conseguida, realmente notable. El espectador actual es poco exigente, sin embargo, cuando se trata de un gran estreno que requiere sofá y mando a distancia durante ocho horas -como antes exigía butaca y pantalla durante dos- se vuelve tan insaciable como inflexible. Quiere que le den lo que quiere por lo que está pagando, porque si grita, tiene razón. Si la obra que el artista ofrece no le gusta, su crítica jamás será constructiva, no tendrá piedad y gritará hasta quedarse sin caracteres en su publicación. Lo que ha pasado con esta serie no se aleja de lo que le ocurrió el año pasado a Todd Phillips y su secuela de Joker. Folie á deux, el espectador que amó la primera -ese remake encubierto de Taxi Driver apadrinado por el mismo Scorsese que reventó taquillas- odió la segunda, una entrega mucho más devastadora y valiente.

¿A quién se le ocurre hacer un musical tan horriblemente triste? A alguien que quiere dejar claro que la sombra de un icono es tan grande que la masa que la juzgue jamás estará satisfecha, como ocurre con este asesino serial que presenta la ficción de Netflix y la romantización del universo que lo rodea, tan esperpéntico y oscuro como estilístico y atractivo. Pero si ignoramos los gritos, quizá podamos admirar la intención. Resulta tan perturbador como atractivo que cualquiera pueda disfrutar de esta atrocidad romántica y convertirse en lo que la propia serie critica, un enfermo dentro de una sociedad enferma, fría e insensible, que de alguna forma, margina al trastornado para permitir la maldad cotidiana a la que sí estamos todos acostumbrados y que permitimos día a día, como ver un genocidio en nuestro teléfono móvil en directo y no hacer nada al respecto. No me negarán que este objetivo resulta efectivo, tanto como las escenas más conseguidas de esta ficción de ocho horas -y son unas cuantas-. 

“No voy a hacer la película que este país quiere. Voy a hacer la película que merece”, dice la versión de Tobe Hooper que presenta el capítulo centrado en “La matanza de Texas” dentro de este monstruoso universo. Lo mismo podrían decir los tres creadores de lo que han hecho con esta, tan libre como acertada, biografía de Ed Gein para el mundo, dentro de la plataforma más popular de la cultura actual. Como vaticinó Oliver Stone en su alucinada y brillante Asesinos Natos, una sociedad que se cree con derecho a juzgar cada gota de sangre derramada, real o ficticia, siempre disfrutará de la barbarie. Todos nosotros somos esa sociedad y esta serie lo sabe y consigue plasmarlo, en forma y fondo.  

¿No están de acuerdo? No pasa nada. Discutir es maravilloso siempre que uno de los dos no tenga un cuchillo o una motosierra. ¡Recuerden! No hay que gritar publicaciones. Esto es sólo una opinión, la última palabra, es suya.

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