El sustento de la guerra

Verónica Ethel Rocha Martínez//

Aproximar nuestra mirada al origen de la guerra es la intención de este breve artículo. La guerra puede entenderse como un estado asociado a la condición humana; no obstante, los períodos de aparente paz en las organizaciones sociales han generado el florecimiento cultural. 

Precisamente en el origen de la palabra cultura se aprecian aproximaciones importantes al tema de estudio, por principio, ella deriva de la palabra latina colere cuyo significado es cultivar, habitar, veneración, protección, según refiere Terry Eagleton; pero también se mueve entre dos polos, el primero surge del significado de “habitar” que en su devenir generará la palabra latina colonus y posteriormente dará origen al “colonialismo”, la otra vertiente proviene del latín cultus que significa “culto” (Eagleton, 2000).

De este modo, la cultura es al mismo tiempo el estado del ser humano enaltecido, cultivado y también el sustento del colonialismo como una imposición en dónde la guerra somete e implanta nuevos valores, ideologías y formas de vida. Cabe destacar que dicho sometimiento se percibe desde la cultura impuesta como un acto en el que se cultiva al ser humano, al menos esta fue la postura de los conquistadores ante los señoríos originarios en América.

Cierto es que del cultivo de las capacidades más enaltecedoras del ser humano se sustenta un estado de armonía que mina los conflictos y los dirime de manera pacífica y dialógica. Sin embargo, en este momento histórico de gran complejidad, surgen nuevamente discursos nacionalistas a partir de mostrar por lo general la faceta de un estado conciliador, y en el afán de pacificar las discordancias se sostiene un discurso cuya interpretación cultural es parcial y a modo, este en todo caso, representa una imagen vaga e ilusoria capaz de escindir las contradicciones y conflictos en sociedades cada vez más polarizadas.

Desde la radicalidad de un mundo en donde el conocimiento se genera a un ritmo vertiginoso, al ser humano le resulta imposible comprender cuál será el desenlace en las aplicaciones comerciales. Por tanto, las reflexiones morales y éticas requeridas para prevenir consecuencias graves en el rumbo de la humanidad y del planeta no deben postergarse. 

Esto es así, desde el nacimiento de una economía cuyos pilares son la innovación y el consumo. Hace ya mucho tiempo que el colonialismo parecía erradicado; sin embargo, podemos apreciar el cambio de sentido: ya no se trata de imponer ideologías en territorios, sino a cada individuo en el planeta. Se vende la idea del libre mercado a partir de la cual se configura la aldea global, se cree en la capacidad de crecimiento económico de las naciones a partir de la inversión, el capital humano y, por supuesto, el espíritu emprendedor. 

Ante una paz aparente y simulada, y en un breve período de tiempo, la fragilidad económica expuesta por la pandemia mostró la inconformidad y la pobreza.

Y la guerra que parecía distante, simplemente no surgió de la nada, fue el resultado de múltiples omisiones y de constatar como en la cabeza de quienes gobiernan y deciden, en las comunidades, en las familias, en las personas se muestra como una tendencia latente.

El conflicto, por otro lado, expresa un desacuerdo. Puede ser algo simple como pensar que el otro tiene una condición de privilegio que desde la postura opuesta no merece. Las diferentes teorías nos aproximan al conflicto desde una mirada opuesta a los cánones de lo común, se mira ahora como un aliciente para el cambio sólo si se afronta con inteligencia y asertividad.

El conflicto entonces es una constante en las relaciones intra e interpersonales, nos muestra lo opuesto a nosotros, aquello que debe abrirse al diálogo para transitar a un estado en dónde se le acepte como interlocutor válido. Esta postura es necesaria como una prioridad para hablar de la inconformidad y optar por una solución viable entre las diferentes posiciones que el conflicto entraña.

El ser humano es así, un ser en conflicto, y la paz…la tan anhelada paz, solo puede darse en un mundo plano, planificado, sin aristas, romo. Quien se cuestiona, encuentra puntos en discordia, y dado que el pensamiento explora y explica la realidad, quienes muestran nuevas perspectivas y cambios no deberían de ser censurados, ni abatidos por quienes sustentan el poder. Las mentes más profundas, las más complejas, son un torbellino de ideas y estas exponen nuevas posibilidades de ser en el mundo, con la salvedad de aventurarse a incordiar a otros actores.

Se nos educa en sociedades incapaces de enfrentar el conflicto, incluso en las familias los conflictos no se hablan. Este es el motivo por el cual las inconformidades provocan una expresión explosiva manifestándose en actos iracundos.

Por tanto, el origen de la guerra fue en algún punto un conflicto que no logró manifestarse de manera asertiva, e incapaz de transitar por el diálogo pacífico explotó sin mayor preámbulo. También es la cara del abuso, el que tiene más armas, quienes son mayoría, el Estado sometiendo al más débil, los medios de comunicación criminalizando opositores. 

En otra perspectiva, la cara de la guerra es la catástrofe, muestra el ansia de poder y de dominio, el sometimiento, el sufrimiento. Ante el terror de las armas, estas se despliegan sin comprender que abaten a personas y se usan las más letales, las más certeras, las que aniquilan y desaparecen el rastro de una población entera.

Acabar con la guerra es una necesidad para vivir en un estado de paz, este es un argumento lógico. Sin embargo, para lograr transitar ese lugar imaginado, es necesario hacer visible en cada país, en todo municipio, en cada familia, las necesidades, las inconformidades, la pérdida de quienes han sido omitidos por las decisiones políticas. Pero escuchar es apenas la disposición para abordar el conflicto, es urgente atender la injusticia y hacer lo necesario para revertir el daño causado por la impunidad y la corrupción ante escenarios de violencia surgiendo a diario en tantos sitios.

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