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Entre madres e hijas

Cristina García Gómez//

@crisgarciagmez

Entre madres e hijas se forma un vínculo con claroscuros. Ya lo contaba Freud con su concepto de complejo de Edipo negativo. Explica que el niño siente amor hacia el progenitor del mismo sexo y rechazo hacia el otro. Sin embargo, a las niñas no les sucede esto: como no son el único objeto de amor de la madre, ya que este también lo recibe el padre, se sienten excluidas. Por eso, dice la periodista Blanca Lacasa, la relación entre madres e hijas está “programada para acabarse”.

Pero los vínculos no son matemáticos. Por ello, muchas veces, ese final no llega. Las mujeres se atan a sus niñas porque sienten el deber de cuidarlas, ya que es la función que socialmente se les ha asignado. Y viceversa. Las niñas, protegidas en sus brazos, no quieren dejar de ser hijas. Crean un lazo que se convierte en eterno y, además, complicado. Los celos de la niña llevan a la aparición de los miedos y los silencios, aquellos que generan distancia entre ambas. Parece que deben buscar a la culpable del distanciamiento: o la madre o la hija.

Este entresijo de sentimientos muestra una verdad: ejercer la maternidad no siempre es tan idílico como se cuenta. Hay mujeres que no quieren tener hijos porque no les apetece, o porque no quieren reducir su vida a ello, o por mil motivos más; la no maternidad también es una opción. Habla sobre ello la actriz María Vázquez: “Al final te enseñan casi a tener hijos para no estar sola, pues pobres hijos. Quiero decir, qué responsabilidad para un hijo. Es que tenemos que aprender todos a vivir solos y la soledad no tiene por qué ser algo negativo (…)”. 

El reflejo de la perfección

La maternidad presiona a las mujeres y a muchas las obliga a ser perfectas, insuperables en su función de cuidadoras, de responsables del hogar y de la familia. El origen de esta imposición está en el patriarcado que, como comenta Lacasa, pone toda su fuerza en mantener la institución familiar. Por eso, las madres deben educar a sus hijas de manera ejemplar, para que estas, al cabo de los años, sean madres ejemplares. 

El origen de esta exigencia mutua reside en la infancia. Se dice que el vínculo entre mujer y niña se crea ya en el embarazo, momento en el que el timbre de la voz de la progenitora, entre otros rasgos, establece esa conexión íntima. A lo largo de la infancia, la hija ve en la madre aquellos valores a los que aspirar, mientras que la madre refleja en la hija todos los sueños que ha dejado atrás para ejercer la maternidad. Es una doble exigencia que lleva a un doble fracaso: no se cumplen las expectativas de ninguna de las dos. Lacasa explica que se trata de un continuo juego de espejos: “Igual que las madres están más llamadas a la autoexigencia y a la perfección por la estructura patriarcal, pasa lo mismo con las hijas”. 

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Mujer embarazada y su hija | Fuente: TawnyNina

 

Estas imposiciones que madre e hija proyectan una sobre la otra las pueden llevar a una relación de amor-odio. La psicóloga Eugenia Valdés explica que, en numerosas ocasiones, la hija encara a la madre para demostrar que es más joven, más guapa, más ágil, y está más ‘viva’. A partir de esta rebelión, decide con qué rasgos de su progenitora se identifica y con cuáles no, como si de un proceso de selección se tratase. Todas aquellas características que descarta hacen que aumente la distancia entre ambas.

Las madres son el otro lado de la cuestión, la parte rechazada. Durante muchos años, las mujeres se han visto reducidas a cumplir una única función: la maternidad. Por eso, los fracasos de las hijas recaen sobre las madres. Si realizan mal su labor como progenitoras, fallan en su papel de cuidadoras y, en consecuencia, en su papel social.

Pero esto no es todo. También las que optan por la no maternidad tienen que ejercer de cuidadoras. Hay una creencia común que explica Lacasa al decir que, como madre, “si no estás cuidando a alguien engendrado por ti misma, tendrás que cuidar a la que te engendró”. Es la idea de que deben completar el ciclo de la evolución porque, aunque haya otros familiares que puedan atender mejor a las progenitoras, son las mujeres las que deben velar por ellas.

Sobre el lazo eterno entre unas y otras trata la serie Pequeños amores, aunque lo hace desde una perspectiva diferente. En ella se cuenta la historia de Teresa, una hija que cambia sus vacaciones para cuidar a su madre que ha sufrido un accidente. María Vázquez, una de sus actrices, expresa cuál es su visión respecto a este tema: “Hay una cosa muy importante en la peli que me gusta mucho y es que parece que esta vuelta hacia las madres viene cuando tú eres madre, y no es verdad. (…) Teresa, mi personaje, no es madre e igualmente hay un reencuentro con su madre. Está esa cosa idealizada de que cuando eres madre ya entras en otra dimensión, y yo soy madre y te digo que no, que me queda mucho camino para iluminarme (…)».

Una cuestión de género

Laura Freixas observa que hay una diferencia en cómo niños y niñas perciben a sus madres.  Los chicos las clasifican en buenas y malas. En el primer grupo están las abnegadas, las que viven por y para sus hijos. En el segundo se encuentran las fuertes, las poderosas, las ‘Bernardas Albas’. Las chicas, por su parte, las quieren o no, las desprecian o las cuidan, las admiran o las envidian, pero siempre las tratan “como seres humanos de carne y hueso”.

El vínculo de amor-odio solo se produce entre mujeres porque, como dice Lacasa, al estar “llamadas a la autoexigencia y a la perfección”, también lo están sus hijas. Los niños no están sometidos a ese lazo interminable, lo que les permite glorificar la figura de la madre. Es lo que la periodista Lacasa determina “dictadura materna”: “Ellos pueden decir que su madre es la mejor e incluso hacerse esos tatuajes de Amor de madre que se hacían antes, porque pueden zafarse de esa presencia tan asfixiante e incluso de esas exigencias sociales que se aplican a las madres pero no a los padres”.

Esta ventaja en la infancia los beneficia también a la hora de ejercer su paternidad. Si cambian los pañales, si ayudan en casa o si cocinan, son ‘padres modernos’. Lacasa cuenta que basta “con hacer cuatro cosas y sacar a los niños el sábado a dar una vuelta” para que se les considere enrollados. La consecuencia de ello es una mayor presión sobre madres e hijas.

Padre e hijo en el mar | Fuente: Taniadimas

 

De madre a amiga

La serie americana Gilmore Girls se basa en la historia de una madre, Lorelai Gilmore, y su hija Rory Gilmore. La diferencia de edad entre ambas es escasa, lo que las lleva a crear un lazo que va más allá de lo familiar. Son amigas y confidentes, y muestran la vitalidad que suele caracterizar a las amistades femeninas. Al principio del programa, no hay barreras entre ellas. Todo se lo cuentan y todo lo comparten. Sin embargo, avanza la serie y Rory se hace mayor, lo que la lleva, en un momento determinado, a romper el vínculo con Lorelai: necesita escapar de ella y tomar sus decisiones sola.

Después de esta rebelión, Rory vuelve a acudir a Lorelai para hablar. A partir de entonces, cambia el lazo que las une. Mientras que la hija aprende a liberarse de las cargas de su madre sin culpabilidad, la madre aprende a ver a su niña como una adulta independiente. Es un desapego familiar que las une más de lo que las separa. Lo cuenta, de nuevo, Lacasa: “Cuando la hija ya no necesita ayuda, se tiene que establecer otro tipo de relación que será la que las personas implicadas decidan, bajo los parámetros que consideren y que ya no será como la que tuvieron en la infancia”.

Si madres e hijas rompen los silencios, su conexión pasa a otro plano. Se olvida que se es madre y se olvida que se es hija y, desde la independencia, se convierten en cómplices. A los claroscuros de la relación les entra cada vez más luz. Y ya no es entre madres e hijas, sino entre amigas.

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