Siento, luego pienso

Marta Parra López//

La inteligencia emocional es la capacidad que tenemos de gestionar y percibir las emociones, ya sean propias o ajenas. Aunque muchas veces nos digan que tenemos que pensar bien las cosas, hoy en día existe la evidencia científica de que no se puede tomar una decisión inteligente sin que la emoción participe en ella. La película ganadora de un Óscar, Inside Out, puso por primera vez voz y rostro a las emociones humanas. ¿Pero cómo es realmente nuestro ordenador emocional?

Nuestro cerebro es un baúl repleto de tesoros, pero al mismo tiempo un material frágil y peligroso. Si resultáramos ser personajes de un libro escrito por un autor anónimo, todos seríamos caracterizados como complejos: evolucionamos a lo largo de la trama, tenemos un backstory relevante, y disponemos de un amplio abanico de emociones que nos definen como personas. La capacidad de gestionar y percibir estas emociones, ya sean propias o ajenas, es lo que se define como “Inteligencia emocional”.

Este es un término relativamente nuevo. Lo usaron distintos psicólogos e investigadores durante el siglo XX, pero no fue hasta 1995 cuando Daniel Goleman lo popularizó con su libro Inteligencia emocional. A partir de entonces la cultura mediática se interesó en gran medida por el concepto. El mundo empresarial también le ha encontrado mucha utilidad. Hoy tenemos evidencia científica de que no se puede tomar una decisión inteligente sin que la emoción participe en ella. De hecho, el neurocientífico Joseph E. Ledoux ha llegado a enunciar que “la emoción es más potente que la razón”. ¿Es esto cierto? ¿Cómo funciona nuestro ordenador cerebral?

Según el modelo del “cerebro triuno”, propuesto en 1970 por el médico norteamericano y científico Paul McLean, en esencia, el cerebro humano consta de tres formaciones o cerebros independientes. “Cada uno de estos cerebros posee su propia inteligencia, su propia subjetividad individual, su propio sentido del tiempo y del espacio y su propia memoria, además de otras funciones”, explicó en su ensayo académico: “The triune brain in evolution: Role in paleocerebral functions” —El cerebro triuno en la evolución: su rol en las funciones paleocerebrales—. Estos cerebros son: el reptiliano, el límbico y el neocórtex. Los tres están interconectados a nivel neuronal y en cada uno se encuentra la “sede empresarial” que controla diferentes funciones de nuestro cuerpo, afectando directamente a nuestro carácter y nuestro comportamiento.

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El “cerebro reptil”, también llamado reptiliano o rinencéfalo, es la parte más primitiva de nuestro cerebro. Maneja los instintos básicos de supervivencia y ayuda a mantener a raya nuestras necesidades más primarias. Es donde se genera el deseo puramente sexual o las respuestas impulsivas como “corre” o “grita”. En los reptiles estas respuestas eran automáticas y programadas; en los humanos se rigen por la dinámica reflejo-respuesta, acción-reacción. Por tanto, no es racional ni emocional. No piensa ni siente emociones, solo actúa cuando a nuestro cuerpo no le queda otra que pedirlo: cuando está al borde de la hipotermia o de una insolación, si lleva tiempo sin alimentarse o saciar su sed, para respirar… Su funcionamiento recuerda a “Los Sims”, una serie de videojuegos de simulación social, diseñados por Will Wright, en la que uno de los objetivos principales es mantener equilibradas las necesidades del personaje. Puedes dejar que vaya a su aire y comerá cuando tenga hambre o irá al baño cuando lo necesite; pero también puedes desactivar el libre albedrío y controlar todos sus movimientos. En este último caso, el jugador sería el director del cerebro reptiliano de su personaje, que si lo piensas detenidamente es toda una responsabilidad.

Pero tanto en los Sims como en la vida real, los personajes no solo se preocupan por mantenerse con vida; hay mucho más. Por encima del reptiliano, evolutivamente hablando, tenemos el sistema límbico o cerebro medio, el almacén de nuestras emociones y recuerdos. Dentro de su sede, el cerebro límbico congrega “empresas” tan importantes como el hipotálamo —encargado de regular aspectos del organismo como el hambre, el sueño o la temperatura—, el hipocampo —relacionado con la memoria a corto y largo plazo y el aprendizaje—, o la amígdala cerebral. Si continuamos con esta analogía, la amígdala sería el presidente, el centro de procesamiento de las emociones.

El cerebro más evolucionado es el neocórtex o cerebro racional, que maneja capacidades cognitivas como la memorización, la resolución de problemas, o la concentración. Su desarrollo aportó la capacidad de pensar de forma abstracta más allá de la inmediatez y la espontaneidad. La corteza cerebral es la parte consciente de la persona, y la más humana. De ahí proviene nuestra habilidad para resolver ecuaciones complejas o para aprender un idioma, pero también la creatividad o la imaginación.

Secuestro emocional

Como decíamos al principio, está demostrado que la emoción y la razón están estrechamente relacionadas e implicadas en la toma de decisiones. El sistema límbico está en constante interacción con la corteza cerebral. La información circula siempre del reptiliano al límbico y del límbico al neocórtex. LeDoux llama “emociones precognitivas” a las posibles intuiciones basadas en sentir más que en el pensar: la amígdala no busca confirmar nada, sino que dispara una respuesta apresurada ante un determinado estímulo. Habría que dejar tiempo al cerebro cognitivo para que elaborase una respuesta más adecuada. Esta relación instantánea y automática entre el rinencéfalo —cerebro reptiliano— y la amígdala —en el límbico— es lo que origina un llamado “secuestro emocional”.

Ser víctima de esto es algo a lo que todo el mundo teme: dejarse llevar por las emociones y actuar irracionalmente puede ser peligroso. Pero sin embargo es peor cuando se corta el contacto entre ambas sedes. Un ejemplo de esto lo presentó el doctor Antonio Damasio, neurólogo en la Facultad de Medicina de Iowa, Minnesotta. Damasio contó que tenía un paciente, un abogado, al que tuvieron que hacerle una intervención quirúrgica para extirparle un tumor cerebral. La operación en sí fue un éxito, pero el cirujano seccionó de forma inadecuada el nervio que conecta el lóbulo con la amígdala. En otras palabras, hizo volar el puente que conectaba las emociones y el pensamiento. Al poco tiempo, Elliot —como fue nombrado el paciente para contar su caso en los estudios) sufrió un cambio radical en su personalidad. En pocos meses su vida se desplomó: fue despedido de su trabajo, arruinó su matrimonio, perdió su casa… Sin embargo, los tests que realizaba mostraron que sus capacidades intelectuales se mantenían intactas. No había deficiencia cognitiva pero no tenía sentimientos, era incapaz de tomar decisiones. Damasio concluyó que los sentimientos juegan un papel fundamental tanto en la capacidad que tenemos para elegir, como en el resto de acciones de nuestra vida diaria.

El neuropsicólogo Jorge López, del centro de psicología Crespo Rospir en Zaragoza, coincide en que cuando alguna lesión o trastorno afecta a la corteza frontal, la persona corre el riesgo de no ser la misma. Cuenta la historia de una monja que tuvo un accidente de coche y recibió un golpe en el lóbulo frontal, “como resultado de esa afectación se anularon los filtros conductuales y se volvió muy desinhibida, hasta el punto de empezar a tomar drogas”. El famoso neurólogo Oliver Sacks, que falleció el pasado agosto, ha escrito sobre los trastornos más curiosos: desde el caso  del hombre que confundió a su mujer con un sombrero, o el paciente que despertó en el hospital y afirmó entre alaridos que alguien le había robado su pierna izquierda.

Controlar las emociones

El cerebro es un complicado mecanismo en el que es preferible no oxidar o perjudicar de ninguna forma los engranajes. Sin embargo, es posible controlar en qué dirección giran, o cómo son las manecillas que ven los demás. Hay una cita de Ramón y Cajal esculpida en el hospital madrileño: “Todo hombre, si se lo propone, puede ser escultor de su propio cerebro”. Tenemos un cóctel de emociones, instintos y racionalidad dispersos en tres cerebros. Imagínese no ser capaz de manejarlos y que estos hicieran lo que quisieran con nosotros, como si fueran los jugadores y nosotros sus sims particulares. Sería una auténtica locura, pero por suerte no es así. McLean explicó que “una transmisión de señales de alta velocidad permite que el sistema límbico y el neocórtex trabajen juntos”. Esto demuestra que podemos tener control sobre nuestras emociones. Solo hay que saber cómo, y esa es la auténtica inteligencia emocional.

José Mª Acosta, autor del libro PNL (Programación Neurolingüística) e Inteligencia emocional, explica que el cuerpo y la mente están totalmente intercomunicados: “Forman lo que llamamos un sistema cibernético. Los pensamientos influyen de inmediato en la fisiología y viceversa, y un estado marca nuestro cuerpo”. Esto quiere decir que un determinado estado de ánimo se manifiesta a través de nuestros gestos, la postura, el ritmo respiratorio, nuestra fisiología… Y gracias a todo esto se puede conocer un estado emocional. Es lo que se conoce como “lenguaje no verbal”.

Para los expertos en el tema, o aquellos que acostumbran a fijarse en los pequeños detalles, descifrar emociones a través de los gestos y movimientos de una persona se convierte en un juego. Es habitual, por ejemplo, analizar el lenguaje no verbal de los políticos durante los debates y mítines. Por esta razón, nada se deja al azar, ni siquiera el vestuario. Para el “Debate Decisivo” que tuvo lugar el 7 de diciembre, los expertos se pusieron las botas con la miscelánea de gestos y muletillas expresivas que emplearon los candidatos: Pablo Iglesias aferrado a su bolígrafo, Albert Rivera siempre en movimiento, Soraya Sáenz de Santamaría a pie quieto como si recitara una lección, y Pedro Sánchez abusando de las medias sonrisas, son algunos de los ejemplos que señalaron.

Emodiscovery es un juego online que pretende mejorar la inteligencia emocional. Ha sido desarrollado por tres investigadoras de la Universidad de Plymouth, Reino Unido: Belén López-Pérez, investigadora en el campo de la Psicología Social y Evolutiva; Daniela Pacella, estudiante de doctorado en Inteligencia Artificial; y Laura Howells, estudiante de Psicología. Según informaron a Europa Press, el juego reta a los niños a superar seis niveles de dificultad en los cuales el personaje elegido por el jugador se enfrenta a distintas situaciones y sentimientos —felicidad, tristeza, ansiedad y miedo—, con distintas posibilidades de actuación. El proyecto, que se implantará en primer lugar en España, está orientado sobre todo a evaluar la inteligencia emocional de niños y niñas, para detectar posibles problemas derivados. Las autoras inciden de hecho en la posibilidad de utilizar el juego para comparar las respuestas de la mayoría de los niños con aquellos con autismo, síndrome de Asperger o trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDHA).

Ponerse en la piel de los demás

La empatía es otro de los rasgos característicos de aquellos que son inteligentes emocionalmente hablando. Goleman definió la empatía como la capacidad de percibir la experiencia subjetiva de otra persona, es decir, en qué medida alguien puede sentir el dolor ajeno, la euforia, el miedo, o cualquier otra emoción. Las neuronas espejo parecen estar relacionadas con este comportamiento. Son un grupo de células nerviosas, descubiertas por el equipo del neurobiólogo Giacomo Rizzolatti en 1996, cuya misión es reflejar la actividad que estamos observando, no necesariamente a través de un gesto físico, sino generando una representación mental de la acción en el cerebro. Son las responsables, por ejemplo, de hacernos bostezar cuando vemos a otra persona hacerlo. En el plano emocional, las neuronas espejo actuarían como motor de la empatía, permitiéndonos ser capaces de ponernos en los zapatos de la otra persona, sentir lo que el otro siente.

Así, la empatía crea armonía, hace que estemos sintonizados con otras personas y que actuemos de distinta forma a como lo haríamos si fuéramos insensibles a ellas. Goleman también dijo que “por desgracia, las personas que cometen los delitos más miserables carecen de toda empatía”, porque no son capaces de interiorizar el dolor que van a causar, las emociones ajenas. Un caso desconcertante es el de la psicopatía. Los psicópatas son víctimas de una deficiencia emocional que les vuelve incapaces de experimentar empatía, cualquier tipo de compasión, o remordimientos de conciencia, lo que les lleva a cometer los actos más crueles y despiadados. El libro cuenta un tratamiento de rehabilitación que se llevó a cabo con delincuentes que padecían este tipo de deficiencias. Los agresores debían hacer cosas como escribir acerca del delito o representar la escena, pero esta vez poniéndose en el lugar de la víctima. Goleman cuenta que “la proporción de agresores que, después de pasar por este programa en prisión, reincidían, era la mitad de la de quienes no se sometieron al programa”. El foco de muchos comportamientos, por tanto, está en lo empáticos que somos.

Rizzolatti explicó en una entrevista en El País, que “el mensaje más importante de las neuronas espejo es que demuestran que verdaderamente somos seres sociales”. Ser una persona empática es una de las cuatro habilidades identificadas por Thomas Hatch y Howard Gardner en su trabajo Inteligencias múltiples como los elementos que componen la inteligencia emocional. Las otras tres son: la capacidad para coordinar un grupo y negociar soluciones a través de la mediación; poder realizar un análisis de la sociedad; y ser capaz de detectar e intuir los sentimientos, los motivos y los intereses de las personas. El conjunto de todas estas habilidades constituye la materia prima de la inteligencia interpersonal. Goleman señaló que “las personas socialmente inteligentes pueden conectar fácilmente con los demás, son diestros en leer sus reacciones y sus sentimientos y también pueden conducir, organizar y resolver los conflictos que aparecen en cualquier interacción humana”. Así pues, aprender a manejar tus emociones y a interpretar las de los demás puede proporcionarte una destreza social muy beneficiosa, no solo de cara a tus relaciones personales, sino también de cara a ti mismo.

Educación emocional

Este verano se estrenó en las salas de cine Inside Out (Del revés), la nueva película animada de Disney Pixar que puso voz y rostro a las emociones humanas. En ella conocemos a Riley, una niña de 11 años. Pero los auténticos protagonistas son las emociones que viven en su cabeza: Alegría, Tristeza, Miedo, Asco e Ira. La película nos guía por un episodio crítico de la vida de Riley: durante una discusión Tristeza y Alegría son arrastradas por un extractor de recuerdos y enviadas lejos de la central. A partir de aquí vivimos dos historias: la primera, cómo las emociones restantes —Miedo, Asco e Ira— intentan hacer frente al desastre guiando a Riley como pueden, teniendo en cuenta su naturaleza; la segunda sigue las aventuras de Alegría y Tristeza mientras intentan regresar a la central.

zgrados_inteligenciaemocional_insideoutLa película, ganadora del Óscar a “Mejor película animada”, fue un gran éxito. Pero sobre todo ha sido considerada por los críticos y neurocientíficos una innovación en cuanto al ámbito de la educación emocional. La central del cerebro de Riley no es el único elemento que muestran en la película. Salen también otros escenarios inventados que pretenden recrear zonas de nuestra mente: las islas de la personalidad, que marcan aspectos de la personalidad de Riley; el tren del pensamiento, que suministra ideas y otras mercancías a la central; el laberinto de recuerdos a largo plazo; el vertedero de recuerdos; los estudios cinematográficos del sueño; el subconsciente; etc. Además, hace guiños a situaciones de las que todas las personas hemos sido víctimas: los encargados del laberinto borran los números de teléfono de la memoria a largo plazo porque piensan que no los va a necesitar, o envían una pegadiza canción de anuncio cuando les apetece y Riley empieza a tararearla.

Los niños son el público objetivo de las películas de Disney, sin embargo, Inside Out ha encandilado a toda la familia. Los profesores consideran que es una forma original de educar emocionalmente a los niños, mostrarles que hay algo ahí arriba y hacer que se empiecen a plantearse cómo funciona su cerebro. Ha conseguido que se hicieran preguntas, que es el primer paso para aprender a pensar por sí mismos.

Neuromarketing: emociones y consumo

La importancia de prestar más atención a las emociones está llegando a todos los sectores. El Neuromarketing es una disciplina relativamente reciente que se dedica a investigar los procesos cerebrales que intervienen en la toma de decisiones de las personas. Aplica técnicas de investigación de las neurociencias a la investigación del marketing tradicional. El proceso es complejo, pero una explicación básica de lo que quieren conseguir con sus estudios es la siguiente. Seleccionan una muestra de personas, y le enseñan determinadas imágenes que provocarán un estímulo u otro en su cerebro. Así los investigadores pueden extraer las reacciones directamente de su actividad cerebral. Las respuestas no pueden ser más sinceras porque si el objeto de la investigación es un tema sensible los sujetos pueden dar respuestas falsas. El neuromarketing lee las respuestas antes de que atraviesen ningún filtro. Sus técnicas permiten obtener información sobre procesos mentales de los que no somos conscientes.

Sin embargo, esta disciplina —por avanzada que pueda parecer— es toda una recién nacida. Tiene que hacer frente a diversos problemas, como el elevado coste de sus tecnologías o las consideraciones éticas. Y es que a nadie le gusta que manipulen su mente. Es como una película de superhéroes, en la que crean un arma que pretende garantizar la paz mundial, pero que si cae en malas manos puede significar la destrucción del planeta. A mucha menor escala, el neuromarketing es una herramienta innovadora y muy potencial, pero aún está en pleno crecimiento.

A este paso llegará el día en que, cuando no tengamos claros nuestros sentimientos, podamos ir a una empresa y con una máquina, ellos sepan más de nosotros que nosotros mismos. El futuro, al menos parece, prometedor; veremos cómo el presente encuentra su camino hasta él.

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