Isabel Coixet, sin gafas

Lucía Hernández Heras//

“Me arrepiento de haber sido débil, demasiado pudorosa, demasiado delicada”

Como Woody Allen o Michael Cane, Isabel Coixet no se deja ver en público sin sus gafas. Hace tiempo las llevaba de pasta; ahora, las prefiere de metal. Con doce años, sus padres intentaron ponerle lentillas, pero por poco le da un infarto. Hoy, seis Goyas después, sus lentes se han convertido casi en una etiqueta, en un emblema de intelectualidad del que ella reniega. Porque, si hay algo que no le gusta a Coixet, son las etiquetas: “Llevo deshaciéndome de ellas desde que era niña”.

Esa niña nació en abril de 1960 en el barrio de Gracia –donde todavía vive y donde también nació su padre– de Barcelona, una ciudad que valora más cuando vuelve de viaje, pero de la que desea escapar si lleva mucho tiempo en ella. “A mí me encanta, sin embargo, no soy nacionalista ni amiga de los fanatismos, ni de las banderitas, ni del nosotros somos cojonudos y el resto no lo es, ironiza. “Mi hogar está donde yo esté bien”, sentencia.

Allí, estudió en el colegio Montessori y luego fue al instituto. “A mí me gustaba mucho el colegio; me gustaba aprender, aunque lo peor era el recreo”, reconoce. “Yo prefería estar en clase antes que en el recreo; en el patio te empujaban…era un coñazo”.

-¿Cómo recuerdas esa etapa?

-Me acuerdo de que mi padre se pasaba muchas horas trabajando, incluso los sábados. Era obrero de la FECSA, la empresa de electricidad. Si le decían los domingos que podía trabajar más horas extra, él las hacía. Si los pasaba en casa, miraba la quiniela y enchufaba el transistor.

Además de asociar su niñez a las voces de los locutores deportivos y a las “horribles sintonías que llenaban el patio de vecinos”, Coixet piensa también en el Franquismo: “Soy de esa generación que se crió bajo el mandato de Franco, y tengo muchos recuerdos de lo que era esa sensación de clandestinidad, de no poder decir lo que uno piensa en público, afirma.

-¿Y qué hay de ti?

-Yo era muy responsable y demasiado buena. Mis padres no recuerdan ningún momento en el que me portase mal, solo cuando rompí la vajilla de mi abuela, que fue sin querer. Eso es lo peor que hice de pequeña.

A una infancia razonablemente feliz le siguió una adolescencia jalonada por los libros y por la ilusión de asistir a conciertos: “La primera vez que fui a uno tocaba Frank Zappa”. Después vinieron los de Lou Reed y Peter Gabriel. No obstante, lo que más marcó la pubertad de Coixet fue su tendencia a soñar despierta, “con todo, con el cine…, la vida…”

De esos sueños despertó pronto cuando llegó a la Universidad de Barcelona, donde se matriculó en Historia. No estudié cine porque mi familia no tenía medios para que me pudiera marchar fuera, e Historia por entonces me gustaba, sobre todo la contemporánea”, puntualiza. Lejos de ser la mejor época de su trayectoria, como le sucede a mucha gente, su tiempo en la facultad se divide en dos ciclos: los dos primeros años, que le resultaron “interesantes”, y los últimos, que fueron un “coñazo”. “Aun así, recuerdo las clases de tres magníficos profesores: Josep Fontana, Alessandra Seivisi y Mikel Porter; que te animaban a que te leyeras todo lo que te proponían y a que te interesara lo que estabas estudiando”. Del resto no recuerda ni sus nombres, entre otras cosas, porque le parecían “burócratas de la enseñanza”. A pesar del aburrimiento al que le sometían sus estudios, los terminó por auto imposición: “Acabé porque yo me obligué a ello; veía muy importante proporcionarme una formación humanística”.

Isabel Coixet: Demasiado viejo para morir jovenSin embargo, su profesión no iba estar unida a los logros de personajes históricos del pasado, sino que se iba a centrar en un fenómeno tremendamente actual: la publicidad. Compaginó esta orientación laboral con su colaboración en la revista Fotogramas, para la que realizaba entrevistas. Cuando ahorró suficiente dinero, dio el paso: su ópera prima. Rodada en 1988, Demasiado viejo para morir joven le valió su primera nominación a los Goya como director novel. No obstante, la crítica no la recibió con buenos ojos, igual que los apenas 50 000 espectadores que acudieron a verla. Su autora tampoco quedó satisfecha: “Fue un fracaso”, sentencia.

-¿Cómo te sentiste?

-Fatal, pasaba por delante de un cine y me echaba a llorar. Hacer una película es estar sometido a un sistema en el que interviene mucha gente. Hay que ser fuerte para no dejarse pisar.

Pese al mal sabor de boca que le dejó, Coixet admite que aprendió la lección: “Me di cuenta de que hacer cine no es solo saber contar una historia, sino que también hace falta ser muy cabezota y blindarte respecto a las 20 000 opiniones de la gente, porque las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene una. Es cierto que llegué a pensar en dejarlo. A pesar de ello, ahora lo miro y no lo veo tan mal. Además, a mí al final lo que me importa es el proceso, no los resultados”.

-¿En ese momento llegaste a perder la confianza en ti misma?

-Sí, bueno… yo cíclicamente pierdo la confianza en mí misma.

No sabe por qué, no es por la crítica, ni por el “qué dirán”, sino que se lo achaca, más bien, a su “naturaleza”. “Tampoco me parece que la confianza en uno mismo sea importante, porque, en realidad, son las ganas de arriesgarte lo que te lleva a hacer cosas, y la temeridad y el miedo; no creo que sea la clave del éxito”, advierte.

Según Coixet, el éxito llega cuando “uno hace lo que le da la gana todo el rato, sin que le toquen las narices. Eso es cojonudo”. Los reconocimientos por parte de la Academia y de los expertos avalan el triunfo en su carrera profesional como cineasta, una profesión que, asegura, siempre sabía que llegaría a desempeñar. “De alguna manera ingenua, en mi cabeza sabía que iba a hacer películas”. No ocurrió de repente, ni fue una epifanía, sino que ella siempre se recuerda así, como una persona “que soñaba con hacer cine y que tenía claro que se iba a dedicar a ello”. También sus padres tuvieron algo que ver, pues supieron detectar y potenciar la pasión que sentía por el séptimo arte: por su comunión, en vez de comprarle una bici, le regalaron una cámara Súper 8. Juntos iban al cine Texas, lo que para Coixet era “el mejor momento de la semana”, a ver películas de Ingmar Bergman o de Dreyer: “Recuerdo que mi madre llevaba un bocadillo”, apunta. No fue solo el amor por la gran pantalla lo que los padres de Isabel, un catalán y una salmantina, le trasladaron; también reconoce de ellos otros rasgos: “Ellos me inculcaron la idea de que la educación es algo fundamental y de que el conocimiento te pondrá en el camino de la libertad”. Aunque también registra aspectos negativos, como la desconfianza: “Yo tengo la sensación de que era una niña muy confiada y, de algún modo, el marcaje de mis padres de no confíes, que te tomarán el pelo, rompió con esa confianza, que no fue sustituida por algo mejor sino por algo que cambiaba mi naturaleza”.

Esa desconfianza de la que habla parece ir ligada a una timidez que se hace evidente cuando necesita apartar la mirada durante sus explicaciones, como quien saca la cabeza del agua para tomar aire, para poder respirar. Su acento se aleja de la rapsodia habitual de Cataluña, y su habla fluye con una intensidad intermitente, alternando momentos de silencio y de duda con torrentes de palabras que desfilan en tropel. Su modo de expresarse permite entrever una inteligencia y una normalidad envidiables y la huella de una madurez que, da la sensación, le llegó muy pronto. Sus ojos son luminosos, como su oficina, un bajo diáfano y moderno en el centro de la ciudad condal, lleno de posters de películas y de libros en las estanterías, en las que no hay ni rastro de los seis cabezones que ha ganado.

El primero, en 2003 por Mi vida sin mí en la categoría de Mejor guion adaptado. La historia de una mujer que empieza a disfrutar de la vida cuando se entera de que padece cáncer conquistó a la crítica y al público por su ternura y por el uso de un recurso que Coixet borda y explota hasta la extenuación: el monólogo interior. “Dialogar con uno mismo –reflexiona– es algo que hace todo el mundo, y pobre del que no lo haga. Yo creo que todos tenemos una vida secreta en nuestra cabeza, que podemos definir con o sin palabras, pero que está ahí. Desde que con 5 o 6 años te miras al espejo y descubres a un yo que está separado de los demás. Entonces emerge una voz interior que ya no dejará de crecer”.

Isabel Coixet: Mi vida sin mí
Sarah Polley en un fotografa de Mi vida sin mí

Después llegaron los tres Goyas a Mejor película, Mejor guion original y Mejor director en 2006 por La vida secreta de las palabras y los dos últimos, en la categoría de Mejor documental, por Invisibles en 2007 y Escuchando al juez Garzón en 2012. Tanto premio no se le sube a la cabeza a Coixet, aunque confiesa que hay uno que le haría especial ilusión: “Me encantaría ganar el Planeta para que me dieran un talón con un montón de pasta”.

-¿Y las galas qué tal las llevas?

-Son un coñazo. Pagaría por no ir.

-Parece que todos os lleváis genial

-¡Qué va! Todo el mundo se odia. Quiero creer que hay gente que se alegra por los méritos del resto, ¡ojalá!, pero los hay que disfrutan de los fracasos ajenos. Yo, por ejemplo, me alegré este año por el Goya a Natalia de Molina porque me parece que lo hizo muy bien en Techo y comida, y también me he alegrado por el fracaso de otros que se lo merecían.

Además, muchas de sus obras han recibido reconocimientos en Festivales Internacionales. Sin ir más lejos, en 2015 su película Aprendiendo a conducir se convirtió en la segunda película más valorada por el público en el Festival de Toronto, en el que competía con otras 200 proyecciones. Su filme más ligero y con el que “no te dan ganas de cortarte las venas” trata sobre cómo una mujer pretende aprender a conducir después de pasar por una crisis sentimental, una experiencia que Coixet conoce de sobra. “Yo he pasado por mogollón”, revela. “Por amor sobre todo. Porque un día todo es estupendo y al día siguiente te plantan, o al revés. Lo peor es intentar autoengañarse. Me parecen admirables las parejas que permanecen juntas y enamoradas cincuenta años, pero eso no va conmigo.”

Isabel Coixet: La vida secreta de las palabras
Fotograma de La vida secreta de las palabras

 

Coixet advierte que no tiende a reflejar sus experiencias en sus películas. “Me interesan más los ombligos ajenos que el mío”, añade. “Me cuesta mucho hablar de mí”. Aunque nunca deja de lado algunos temas comunes a todos los seres humanos, como la nostalgia: “A todo el mundo le pesa el pasado, pero lo mejor es intentar cerrar las heridas y lograr una especie de redención consigo mismo”. Otro asunto al que siempre vuelve es la soledad. “Huir de ella provoca que te sientas todavía más solo”, dictamina. “Al final te atrapa, y lo único que puedes hacer es tratar de hacer las paces con ella. Uno nace y muere solo”. Este aislamiento va intrínsecamente ligado a la tristeza, a la que Coixet considera “consustancial” a la propia vida: “Los que están siempre contentos están mal de la cabeza o son unos mentirosos. Si Angelina Jolie fuera más honesta –añade–, diría que en algún momento ha querido matar a Brad Pitt y a los siete niños y que se caga en el día en el que los adoptó. La tristeza, por otro lado, es necesaria, porque te ayuda a valorar los momentos de alegría, aunque esta sea pasajera”, sostiene.

Según Coixet, nuestra existencia está henchida de “absurdeces”, entre las que también hay lugar para el amor, tan presente en su obra. “Es guay”, sonríe. “Yo he hecho muchas locuras por amor, pero quiero creer que ya estoy curada. A mí es que lo que me gusta del enamoramiento, como me pasa con todo, es el subidón: esos meses en los que todo parece fantástico, hasta que la realidad te sorprende”.

-¿Y qué papel cumple el arte en todo esto?

-Es una forma de destilar los mejores momentos de la vida y sus mejores aspectos, aun cuando emerjan los rasgos negativos de la naturaleza humana. El arte logra trascender.

Lo que parece incuestionable es que la cineasta no puede entender el mundo sin la amistad: “Es fundamental tener personas en las que apoyarte y que, sobre todo, sabes que no van a juzgarte”. “Mis amigos son parte de mi familia”, proclama. Parte de esa familia son también sus personajes: “Los que escribo yo son personas que están vivas y con las que hablo; son gente real”. Con los creados por otro autor no mantiene un diálogo tan intenso como con los suyos, reconoce.

En su filmografía no solo convergen varios temas sino también algunos lugares comunes: “Los mensajes son una constante en mis películas: los de voz, las cartas, las cintas… son la promesa de algo nuevo. Los que llegan y los que no. Oír un mensaje ajeno te abre puertas hacia un mundo que no conoces, te permite fantasear. Para mí es importante ese registro: que los hombres plasmen en un papel o en un vídeo algo que le esté pasando en ese momento”.

-¿Y qué hay de esas lavanderías que aparecen en varios de tus filmes?

– La primera vez que fui a Nueva York vi que tenían lavanderías y me pareció una cosa súper exótica. Empecé a ir. Entonces, al ver a la gente charlando, tomando café, que uno le decía al otro que le vigilara la colada, me empecé a imaginar historias. También es verdad que si te quedas hasta que acaba el ciclo de la colada te da mucho tiempo para pensar.

Lo de idear historias es algo que a Coixet le viene desde pequeña. “Siempre me ha gustado inventarme la vida de los seres humanos”, declara. “Cuando voy en el metro o por la calle, me fijo en sus caras, en sus expresiones, en lo que leen, y me pregunto qué les ha pasado”. El problema es que a veces no es tan fácil trasladar esos relatos a un guion. “¡Claro que me bloqueo!, admite. “Escribir es una labor solitaria, en mi caso anárquica y caótica, en la que vomitas todo lo que has ido pensando. Cuando me atasco, salgo, duermo, saco a pasear el perro, tomo café, tomo otro café. Además, todo el rato te entran temores: “¿A dónde conduce esta aventura que estoy escribiendo? ¿Y esto le va a interesar a alguien?”, te preguntas”.

Parece que a Isabel Coixet el cine le estimula más de lo que le desgasta: “A mí es algo que me divierte mucho, que me encanta”. No cree que con sus películas esté haciendo algo bueno en el mundo, aunque le gustaría que hicieran felices a algunos, como varias obras le han proporcionado momentos de felicidad a ella. También lo ha pasado mal: “A veces me he dicho eres gilipollas por meterte en algo así”. Durante el rodaje de Mi otro yo, pensó en dedicarse a plantar olivos o en abrir una fábrica de cerveza porque prácticamente le apartaron del proyecto. En su carrera, además, ha tenido que superar prejuicios de clase, de género, “porque siempre que hay una relación de poder uno tiene que joder al otro”, incluso, ha llegado a pensar “que uno tiene que pedir disculpas por tener más experiencias o saber más, y eso que yo no sé si soy inteligente o no”.

-Has pasado por momentos buenos y malos, pero llegados a este punto ¿te arrepientes de algo?

De haber sido débil alguna vez, de haber sido demasiado pudorosa, demasiado delicada. Me habría gustado ser más firme en algunas ocasiones. Me arrepiento de haber confiado en gente en la que no tenía que haber confiado.

Mi otro yo 

La otra Isabel, la que no está todo el día filmando, hace la compra en Mercadona y se declara fan de su marca blanca: “¡Tiene muy buenos productos!”. Los objetos que mejor la definen no son el diario en el que Ann, de Mi vida sin mí, escribió su lista de tareas antes de morir, ni el teléfono desde el que Don atendía a quienes llamaran al número de la esperanza en Cosas que nunca te dije, sino todos los zapatos que se ha comprado y que no se ha llegado a poner. “Creo que me identifican mucho, porque explican todas esas aspiraciones que tengo yo en la vida, cuando dices “algún día me los pondré” y luego la realidad te golpea, porque resulta que no puedes ni caminar por el pasillo de casa”.

En ese mismo piso, cocina su especialidad: “Unas paellas y unos arroces negros buenísimos”. Y si los acompaña con Champagne y vino, mejor. En los karaokes canta, una de sus grandes pasiones, y otro lugar al que adora ir es a la librería. Sin ningún tipo de vergüenza, confiesa uno de sus secretos mejor guardados: “A veces me pongo el Sálvame deluxe, porque me parece un fascinante espectáculo del horror. Cuando se ponen a gritar apago la tele, pero esta cosa de tomarse en serio los desdenes sentimentales del hijo de la Pantoja me parece muy gracioso”. En su tiempo, ya se enganchó a Mujeres ricas: “Había algo perverso en ese programa que me mantenía pegada a la tele todos los jueves a las 23.35”. Rechaza cualquier posibilidad de concursar en Supervivientes, porque se ve “incapaz de convivir con bestias humanas y, menos, en esas condiciones. Yo aventurera solo soy a la hora de rodar”, concluye.

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