Jeanmaire, el escritor que corta

Texto: Andrés  Lasso Ruales. Fotos: Karen Alejandra Toro//

El día está lindo.

Un hombre de alpargatas negras prende un cigarrillo a la entrada de un viejo predio blanco.

El edificio se ubica en la calle, Carlos Calvo al 1700, en la profundidad del barrio de Constitución de la ciudad de Buenos Aires. El pelo es grisáceo como la ceniza, su piel está bronceada como si hubiese tomado sol en una playa caribeña. Pantalón blanco, camiseta gris oscura holgada. Es alto, los ojos celestes le brillan como canicas, los labios siempre están extendidos porque tiene la capacidad de sonreír a cada instante; fuma y  fuma.

La cara delicada es infantil a pesar de los 60 años y parece salida de una fábula que está más cerca del comienzo de un cuento (“érase una vez”) que del inicio novelesco (“había una vez”).

“¡Hola! Ustedes son los cronistas de la revista”.

Habla el dueño de casa mientras  sostiene el cigarrillo con la mano derecha.

Ante la afirmación, abre la puerta blanca  del predio y un pasadizo largo como sus piernas y brazos se extiende a la vista de los invitados. Parece un pasaje de un laberinto. Dentro de él existen macetas, plantas de diferentes tamaños, las trepadoras ponen un toque fantástico al predio que parece que en otros tiempos fue conventillo pero tiene  aire de palacio. El hombre con apariencia de personaje de cuento de hadas invita a subir las escaleras, parece que vive dentro de la torre de un castillo como el ensayista francés Michel de Montaigne (1533-1592).

La puerta del apartamento se abre y de inmediato hay que virar a la izquierda donde asoma un  pequeño pasadizo antes de volver a girar, esta vez a la derecha. Lo primero que un visitante puede observar es una amplia habitación, una cama ancha de dos plazas y colchas oscuras.  A lado de la puerta corrediza se ubica una de las cien ranas que colecciona y que trae de sus viajes o que recibe de obsequio. Es de madera y parece estampa  dentro de un cuadro café que se ubica a lado de tres vitrales amarillos y un violeta.

Cuando se deja atrás al anfibio de  tronco, un pequeño corredor conduce a la sala- estudio y a la cocina.  La biblioteca está  conformada por alrededor de  tres mil libros ubicados en veinte estantes.

Una mesa oscura que sostiene un diccionario en francés y libros de enseñanza de ese idioma, un cenicero, un pozuelo de caramelos en forma de vaca y otro donde hay un enchufe y algunos esferográficos.

Los 27 retratos familiares con marcos de diversas formas rectangulares, ovales y circulares colgados  en la pared céntrica brindan una paisaje de museo.

“Ese de ahí es mi abuelo cuando estaba en la escuela; este otro es más que mi tataraabuelo que se llamaba Claude. Esa es mi bisabuela que era bruja y que movía los objetos de un lado hacia el otro. Esta es mi tía Lidia; ese es  mi padre con gorro de policía; y este es el primer pasaporte del apellido Jeanmaire que ingresó al país”.

El escritor argentino Federico Jeanmaire se sienta en el sillón negro de su  apartamento.

Nació en Baradero el 30 de julio de 1957.  El novelista, según sus cuentas, tiene 18 novelas. Pero tiene 19. Tal vez no  coloca a su primera –Un profundo vacío en el pie izquierdo– y un ensayo llamado Una lectura  sobre el Quijote, que lo convierte  en uno de los mejores especialistas de la obra de Miguel de Cervantes y del  Siglo de Oro español (1492-1659).

En toda su carrera se ha consolidado como un prolífico novelista que además de producir desmesuradamente  se preocupa de la forma y la estrategia de relatar que siempre le rompe la cabeza. Su exigencia lo ha llevado a  ganar varios premios como el Premio especial Ricardo Rojas 1997-1999 por Mitre, Premio Emecé 2009 por Vida Interior y Premio Clarín  por Más liviano que el aire.  Y fue finalista del premio Herralde con Miguel, la vida novelada de Cervantes.

-BaraFederico Jeanmaire 2dero fue una ciudad fundada en 1615 en pleno Siglo de Oro ¿qué te parece?

-¡Sí! Baradero nace justo el mismo año de la segunda parte del Quijote.  Es una ciudad pequeña, cuando era chico tenía 20 mil habitantes. Ahora tendrá unos 30 mil. Tampoco creció mucho. Cuando yo era chico era una urbe en la que vos caminabas y había campo, un terreno con mucha  vaca. Sho amo a las vacas.

Se ríe y  sus ojos celestes se encandilan. Jeanmaire tiene descendencia francesa. El padre se llamaba Luis y fue alcalde e intendente en la época de los sesenta y setenta en esa ciudad pampeana.  Y la madre, Inés Guerrico, todavía vive y tiene 83 años.

Baradero, según el escritor, fue la primera colonia agrícola de la Argentina porque en la década de 1850 a 1860, el estado argentino donó para algunos migrantes franceses y suizos pedazos de tierra en ese sector para que criaran ganado.

-¿Cómo te marcó en tu vida tu lugar natal? En algunas entrevistas has dicho que siempre tratabas de llamar la atención de tu padre, ¿es cierto?

-Creo que Baradero me marcó el cinismo.  Mi padre tenía un cargo importante y en un pueblo pequeño no todos lo admiran; la mayoría no lo quiere. Eso marca el carácter, de hecho yo hablo muy bajo  porque mi papá era muy gritón. De alguna manera odiaba los gritos y nunca lo pude cambiar. Fíjate tengo 60 años y no puedo hablar más alto que esto.

El novelista cuenta que aprendió a leer y a escribir a los cuatro años por si mismo,  sólo para conquistar a su padre que leía westerns y policiales.

-¿Y lo conquistaste?

Un día le escribí un papelito y le pasé por debajo del libro que estaba leyendo. Siempre pensé que había una relación entre lo que yo hacía de mi vida y lo que mi padre había hecho con la suya.  No solo políticamente sino en cuánto a los libros. Yo tengo una novela que se llama Papá  y ahí cuento esa historia. La escribí a partir de su muerte, y de hecho muchos amigos míos de Buenos Aires no sabían mi vida.  Para mí fue desnudarme y decir este soy sho. De todas maneras tuve una infancia y adolescencia muy linda.

De joven Jeanmaire afianzó su amor  por la lectura y la escritura en algunas bibliotecas de su ciudad.

-¿Qué libros nutrieron tus primeros años de lector?

-La biblioteca de mi padre no me gustaba, entonces fui a la biblioteca pública de Baradero y también ahí no encontré libros que me interesaban. Pero en la biblioteca del Club Sportivo Baradero ya hallé a Jorge Luis Borges, a Julio Cortázar y a Antonio Di Benedetto. Y en la Municipal lo único que había era la colección completa de Faustino Domingo Sarmiento -Presidente de la República Argentina entre 1868-1874-, que es una selección que se hizo en el centenario del nacimiento de él y fue repartida por toda la nación. Son 52 buenos tomos, el tipo escribió todo el tiempo.

A los 14  y 15 años el novelista comenzó a  salir de su pueblo y fue por su otra pasión: el volley. En esa época jugaba de líbero y llegó a ser seleccionado por la provincia y preseleccionado argentino juvenil. Todos los fines de semana salía a jugar por los alrededores de la provincia de Buenos Aires.

-En esos primeros viajes fuera de su ciudad ¿Qué descubrió?

-Descubrí que cuando me  iba de mi pueblo nadie sabía de mi vida, entonces todo  era más divertido.

Se ríe y  la mirada pícara  siempre acompaña a la sonrisa. A los 17 años se instaló en Buenos Aires para estudiar economía gracias a su abuelo porque, según él, ese era el imperativo de la época: el varón tenía que alcanzar una profesión para formar una familia.

-¿Por qué economía?

-Para mí era bastante fácil la matemática, no tenía problemas con los números. Pero cuando llegué a Buenos Aires me dediqué a leer todo el día. Tampoco leía mucha literatura, en ese período leía más filosofía. En la juventud sho era medio hippie me gustaba bastante el marxismo libertario: Lefebre, Marcuse o, por ejemplo, Yaya Touré, el `gran filósofo´ hippie.

Después de tres años, a los 20, el novelista decide saltar el charco y viajar a Europa. Cuando llegó a Madrid intentó ser actor, se inscribió en todo tipo de talleres o cursos. Casi trabaja en una obra de teatro de un tal Pedro Almodóvar. El papel que tenía que representar era como de Tarzán, porque llevaba el pelo largo y tenía que tirarse con una especie de Liana por todo el escenario, pero justo decidió viajar y no actúo.

-¿En qué obra de Almodóvar y qué pasó con la actuación?

-No recuerdo. Intenté ese camino pero nunca pude dejar de ser sho mismo, desde  los 14 años escribía poesía, obras de teatro y canciones porque me gustaba bastante la música. De hecho, cuando viví en España, tocaba  rock argentino con mi guitarra en el metro. Ahora no toco más.

-¿Tienes composiciones?

-Sí de hecho,  escribí alguna música cuando me enamoré por primera vez a los 21 años de una holandesa. Por ella me fui una temporada a Holanda, pero para sustentarme tenía que volver a España, entonces no la vi dos meses. Ahí compuse algo, pero sobre todo escribía porque la extrañaba un montón, no paraba de llorar todo el día.

Federico Jeanmaire seis

Sonríe y dice: “En serio, no te sorprendas. Soy enamoradizo”. Después continúa: “Y bueno, me salió una novela y cuando la acabé se la llevé a mi tía Lía Jeanmaire, que era licenciada  en Letras, y tengo que decir que de alguna manera ella fue una de las mujeres de mi vida, ella viajó a Europa por causa de la Dictadura Militar.

-¿Y qué  opinión tuvo de tu novela?

-Al otro día me llamó y me dijo que era mala o malísima;  a ella le gustaba mucho como sho leía y me dijo: “hay gente que sirve para escribir y otra para leer y, en tu caso, es obvio que es para leer” -De nuevo sonríe y sus ojos de gato saltan como queriendo salirse de la retina ˗. “Por eso no escribas y seguí leyendo que lo hacés muy bien”. Entonces, cuando me estaba yendo, me dijo: “¿Leíste el Quijote?” y le respondí que lo había intentado dos o tres veces pero me aburría y no podía leerlo. Ella replicó de inmediato: “Cómo se te ocurre escribir en español sin leer al Quijote”, y sho le dije: “Qué sé sho; siempre escribí y pensé que se podía escribir”. Después de mi respuesta, ella me prestó una edición del Quijote.

-¿Cómo repercutió  esa experiencia en tu oficio como escritor?

-Bueno, para mí leer es mi relación con la vida. Respecto a eso, cuando Stanislavsky fue director del Teatro de Moscú al que va toda la gente de Rusia… entonces imagínate: van  tres mil actores a probarse y quedan solamente 120. Entonces, lo que hacía él, además de actuar con ellos, les daba un papel a cada uno donde decía lo que tenían que decir y, de un momento a otro, les solicitaba de nuevo la hoja y cambiaba  todo lo que decía la primera nota y se lo entregaba de nuevo. Ahí cuenta él que se fijaba en cómo se comportaba cada actor; el que no sabía interpretar o se largaba a llorar quedaba descartado y el que improvisaba se quedaba. Entonces, lo que decía Stanislavsky con ese ejemplo, es que la educación es más fuerte que tu bienestar o malestar.  Aquello que es irremediable es tu vocación, es lo que queda. Sho de dónde mi tía no salí llorando ni nada sino salí contento, con el Quijote en la mano y prometiéndome leerlo y que iba a escribir algo para que esa mujer dijera “¡Qué lindo que está todo esto!”.

¿Ese es el momento cuándo decides ser escritor?

-Sí, y ahí también me enamoro de El Quijote. Tenía 22 años. Supongo que si no hubiera querido ser escritor, salía odiando el libro y capaz  me dedicaba a otra cosa pero salí de la casa de mi tía con la cosa muy clara. Bueno…eso creo.

Jeanmaire ya con la decisión  de su vida a sus espaldas fue a vivir otro tiempo corto en Holanda, y a finales de 1983,  ya cuando se restablece la democracia en Argentina, regresa a su país. En ese reencuentro con su patria,  el futuro novelista comienza a revisar cuestiones estéticas en su escritura.

-¿Cómo empezó el estilo Jeanmaire?

-Una de las formas que escogí  fue la lengua argentina coloquial, y todo eso gracias a Sarmiento. En Holanda me di cuenta de  que quería escribir a partir de ese lugar porque me había ido muy temprano de la Argentina. Entonces, para trabajar de forma correcta, volví a pesar de que todavía amaba profundamente a esa mujer. Por eso digo que la vocación es más fuerte.  Cuando regresé estudié letras en la UBA y fue por un diálogo con un amigo en la calle Tres Sargentos o Córdoba, en el microcentro de Buenos Aires, en un bar que se llamaba Barobar o el Sidón, cuando mi amigo soltó: “Vos tenés que estudiar Letras”. Y, bueno,  fue una apuesta. Pero luego me aparté de la academia porque solo quería escribir.

-¿Todo por  El Quijote?

-Sin duda, El Quijote para mi es la primera novela moderna, porque se va transformando. Uno puede observar  que los dos primeros capítulos son como el teatro por la manera de presentar al personaje. Cervantes no puede copiar porque es la primera novela en castellano, entonces, como era la inicial, escribe todo detalle. Por ejemplo: El Quijote se va a dormir  y luego se despierta; entonces, el autor tarda un montón en darse cuenta y lo descubre en el capítulo treinta y pico, y ahí comienza otra historia. En El Quijote existen todas las posibilidades de narración.

-¿Y la segunda parte?

Ya comienza a discutir sobre la novela anterior y  de los críticos de la novela misma, que en algún momento del libro se encuentran con los personajes del primero que salió y  le hacen jurar ante un escribano que es mentira y que la novela real es la de ellos. Entonces el tipo escribió todo el recorrido y lo que se puede hacer en la novela;  no creo que se pueda más. De hecho, creo que cada escritor de lengua castellana lee a Cervantes de una manera y descubre algo y ahí va estar su opción de lo que va a hacer en su obra.

-¿Y en tu caso, cómo fue la búsqueda de esa opción?Federico Jeanmaire cuatro

-Sho cuando escribo busco el ritmo de la historia que estoy narrando. Por ejemplo, en mi novela La Guerra Civil (relato de amor) escribí escuchando al grupo mexicano Maná, porque es una novela trágica, por eso necesitaba escuchar algo dramático. Además, ese relato lo empecé a escribir porque me había enamorado de una chica bióloga y tardó mucho tiempo en darme bolisha.

De nuevo se ríe y parece que siempre se enorgullece de ser enamoradizo.

-¿O sea, escribes sobre cosas que te pasan en lo cotidiano?

-Sí, a  veces, depende. Pero  lo que más me preocupa es la forma. Yo siempre  busco una manera de incomodar al lector. Escribir por la forma.

-¿Por ejemplo, los espacios en blanco en tus novelas son parte de esa indagación?

-En el pasado los escritores parecían que cuidaban el papel. El contenido pasaba a la forma. No se podían dejar blancos y ahí, por ejemplo, Antonio Di Benedetto rompe con eso, es puro espacio en blanco. Y un blanco muy raro. Su novela El silenciero es maravillosa en ese sentido. Él es un escritor que corta las oraciones cuando quiere en un momento en el cual está prohibido de trabajar de esa forma,  lo que es un pecado para cualquier gramático. Por ejemplo puede decir:“El día está lindo. Punto y aparte”. Él es uno que me habilita a mí para seguir escribiendo. Hay muchos más: Julio Cortázar, Leopoldo Marechal, Manuel Puig,  y uno que no es muy conocido, Eduardo Gutiérrez, del siglo XIX, que escribió dos novelas chicas Juan Moreira y Hormiga Negra.

Ese cuidado tuyo por la forma te hace concebir a la literatura como un arte. El escritor, al igual que el artista plástico, trabaja con la belleza para que el lector interprete el libro como a un cuadro. En una entrevista dijiste que te ves como un pintor…¿Puedes explicarnos ese punto de vista?

-Sho concibo a la literatura  como un arte porque me planteo qué es lo que sho estoy queriendo  decir en mi escritura, qué es lo que quieren los personajes y no sho; así es como tienen la relación los pintores con los colores. Mi intención es que los lectores sientan con mis textos como cuando  las personas sienten cuando observan un cuadro, o sea, deben estar desprovistos de cualquier prejuicio. El libro tiene formato. ¿Por qué digo esto? Porque un lector  se acerca a una librería o a un libro y, si la editorial es buena, el relato cautiva al lector. Tal vez, si una persona va por la calle y ve un cuadro de Cándido López – pintor argentino del siglo XIX- no le llama la atención, pero si visita el Palacio de Bellas Artes  y ve el mismo cuadro ahí genera otra impresión. Lo mismo pasa con las librerías. El lector se encuentra en la necesidad de preguntarse por qué ese libro, por qué ese autor, y decide gastar un dinero por el libro y se lo lleva a casa. Ahí surge otra circunstancia con la obra, lo mismo que pasa con un cuadro.

-Entonces, ¿no te gustan los escritores que se enfilan al pensamiento y a la política?

-Si sho leo una novela para decir qué malo es el mundo, no me parece. Para mí la literatura tiene otra función que es la de molestar,  preguntar, cuestionar… a mí me gustan esos libros y eso intento con los míos. Tengo una anécdota de lectura sobre eso: cuando termina la segunda Guerra Mundial  va un crítico de arte norteamericano a la casa de Pablo Picasso, que en ese momento estaba viviendo en el sur de Francia, y cuando la entrevista comienza, el periodista le indica al pintor: “El rojo de Guernica es muy importante para la significación del cuadro”. Y Picasso le respondió: “Era el único color que me quedaba”. Entonces, el crítico se enoja y discuten, y Picasso termina sacándolo a patadas porque el tipo no le creía. No sé si es verdad, si no le quedaba otro color. Los artistas somos muy mentirosos, algunos más que otros, pero básicamente a lo que  Picasso se refiere es al hecho de la significación, y la significación la pone el otro; si no le pone el otro la obra no existe.

-¿Cómo  te organizas con la escritura, eres un narrador disciplinado? ¿cuánto escribes por día?

-Cuando empiezo una novela tengo un truco básico: no escribo más de tres páginas que son unas 600 palabras. Lo tengo calibrado. Cuando llego a las 600 palabras paro, porque me parece que hay algo raro, porque no puede ser que escriba tanto y porque, además, ya aprendí que al otro día sigue mejor y puedo observar detalles que no había pensando. El texto  también te avisa de cómo quiere seguir.

-Además de esos detalles como el espacio en blanco y frases cortas, tus novelas son dialoguistas. Por ejemplo, en tu novela Más Liviano que el aire una anciana  encierra a un joven ladrón en su baño, y comienza a relatar la vida de su familia

-El tema de los diálogos está en el origen de la novela en castellano, o sea, volvemos a  El Quijote que está lleno de ellos. Cuando uno escribe una novela  tiene ideas de un montón de cuestiones y no vale la pena contar a  la gente, pero siempre están. Otra novela mía que también tiene esa forma es Fernández mata a Fernández. En Más Liviano que el aire se me ocurrió que no existiera narrador sino que el personaje contara la historia.  El texto se organiza de acuerdo a la fuerza que tiene o posee el diálogo.

“Usted quería robarme mi dinero, y al final fui yo que le robé su tiempo”

Más liviano que  el aire

-¿Sus novelas son siempre un experimento?

-En mis novelas no me gusta decir lo que  sho pienso del mundo, eso a mí me aburre. La gente  no se da cuenta de lo que digo en mis novelas. Sho tengo un libro que se llama Montevideo, que fue mi primer éxito, y trata sobre la vida del ex presidente Sarmiento, que en realidad era loco,  era paranoico, estuvo internado un par de veces. Y sho en mi novela no podía poner que era paranoico, porque estaba contada en primera persona, entonces lo que hice fue que todos los personajes de la novela le leían la mente. Y nadie se dio cuenta salvo una lectora. La literatura es un gran juego.

Tengo otra novela que se llama Mitre, sobre línea de tren Mitre de Capital Federal y Gran Buenos Aires, que es un viaje en tren de ida y vuelta, y en la que lo que hice fue contar escrupulosamente la realidad, Por ejemplo, la descripción del que vende alfajores es tal como es,  es como una crónica, pero tiene un detalle: todos los personajes de la novela hablan como lo hacían mis abuelos, usando la lengua coloquial argentina (en esa época se trataban de usted y pedían por favor).

 Federico Jeanmaire I

-¿Este año con qué novelas vas a sorprender a tus lectores?

-Acabo de escribir una novela sobre las Islas Galápagos. A mí desde chico siempre me gustó Darwin. La novela es un poco sobre Galápagos, sobre Darwin y sobre mi mismo; se trata de un hombre con la crisis de los sesenta.   La otra es sobre una trans y también es con un diálogo. Se trata de un personaje que no tuvo educación: su marido es cirujano y él es el que le opera. Entonces, después de la cirugía, le dice que tiene que poner género a las palabras, pero a ella se le dificulta hasta que comienza hablar todas las palabras con la A.  La novela se va a llamar La creación de Eva. En este relato trabajé bastante con el Génesis. Sabemos cómo nos metieron el comienzo de todo. Si uno lee el Génesis detenidamente es extraño el momento de la creación, cuando dios supuestamente crea el mundo y se da cuenta  de que Adán está sólo. Antes de crearlo, inventó a todos los animales con una pareja y al hombre no, y entonces se da cuenta de que el hombre necesita de una pareja. Entonces a él no le cuesta nada, pero la saca del cuerpo de él. Y a mi se me ocurre que no es una creación sino una operación. Dios es un cirujano, y ¡ojo! en arameo costilla es la forma vulgar de denominar al miembro masculino.  Por eso dios crea a la mujer del cuerpo de un hombre, entonces es la primera operación transexual. Y hoy en día la que se hace más problema con la transexualidad es la iglesia.

Jeanmaire se separa del sillón  y va en busca de agua a la cocina,  que también está rodeada de vitrales de catedral de varios colores. Comenta que está estudiando francés porque se prepara para  visitar la MEET Maison des Écrivains Étrangers et Traducteurs, la casa famosa que alberga escritores de todo el mundo. De su país  han visitado nombres de la talla de Ricardo Piglia y César Aira.

En esa estadía piensa escribir otra novela. Le interesa  la historia de un hombre en el bar ya que, según él, en ese lugar suelen suceder varias anécdotas y sobre todo diálogos con alto grado de significación.

La charla termina.

No se sabe si el día continúa lindo. El escritor, como buen anfitrión, muestra la salida de su apartamento, o mejor dicho de su pequeño palacio de novela, y aparece de nuevo el pequeño pasaje que conduce a su dormitorio, la rana de madera, los vitrales, y se abre la puerta.

Las escaleras.

Ya en el patio se puede observar los vitrales coloridos de la cocina y las macetas de  plantas trepadoras; poco a poco, cuando la puerta de calle está más cerca, Jeanmaire baja la cabeza para sacar la llave como un hombre mortal que habla bajito, pero cuando  alza los ojos celestes de gato y sonríe, vuelve la fábula y el érase una vez.

Se despide.

El día continúa lindo.

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