La vida intramuros en el Ruedo

Texto y Fotografías: Gloria Serrano//

Escribió Paul Bowles: “Casi cada aspecto de España debe su carácter a una contradicción. El elemento más importante del paisaje es que en medio de la aridez da la impresión de fertilidad, la arquitectura es al mismo tiempo un acuerdo y un choque entre conceptos occidentales y orientales de proporción y de formas, la gente acostumbra a ser o bien muy rica o bien muy pobre”.

Desde el exterior, aridez y fertilidad disimulan sus fronteras, pasan desapercibidas. Este punto de la capital española es un “descuido” enorme en la “ciudad de los cuidados” que promueve el Ayuntamiento. Es la arquitectura como un acuerdo de crear algo que aseguran no es un gueto, pero lo parece. Una cajita redonda de cemento para contener la pobreza y ocultar el choque de la desigualdad en una sociedad de primer mundo con habitantes de distintas categorías. En cualquier caso, una contradicción.

La aridez representada en maleza rampante, basura acumulada en las esquinas, carritos del supermercado abandonados, latas y botellines de cerveza entre matorrales, muros deteriorados, barrotes oxidados, muebles en desuso, cualquier clase de cacharrería, juegos infantiles decolorados por el sol y un silencio abrumador como el que se escucha al caminar por el Cementerio de la Almudena.

Mientras, la fertilidad se revela en algunas macetas con flores vistosas, dos señoras charlando, la niña de vestido rosa y sonrisa transparente que juega con su muñeca, el par de adolescentes que escuchan música sentadas en una banca de madera, el chico de cabello largo rizado que se pasea en bicicleta y aquellos desperdigados por la cancha de fútbol con las palabras igualdad y solidaridad pintadas sobre la barda de ladrillo que la rodea.

El Ruedo 2 Foto Gloria Serrano
Vista exterior de El Ruedo, Distrito de Moratalaz, Madrid

Nada imaginable si no se mira el interior, de diseño antipático que solo exhibe un muro separatista con ventanas diminutas y figuras geométricas, una suerte de caracol de cemento que ni los repartidores de comida se animan a penetrar, dicen. Así es El Ruedo, un lugar de mala fama al que todavía no llegan los turistas con sus maletas ni los inversores inmobiliarios con su mecanismo gentrificador.

Las dos mujeres me observan con recelo y atentas a mis pasos; la pequeña sin temor me dirige un gesto amable. Las adolescentes me ignoran y el chico de la bicicleta no rehuye mi acercamiento para conversar. Le pregunto si puedo hacer una foto del grafiti y responde medio desconfiado que sí, que haga lo que quiera siempre y cuando no lo fotografíe a él porque no tengo su autorización. Sus dos amigas se aproximan de inmediato, en parte por curiosidad, en parte —supongo— a modo de defensa.

Se dice tanto y tan poco de este edificio en el distrito de Moratalaz, construido en los años noventa y pensado para reubicar e integrar a más de trescientas familias del Pozo del Huevo en Villa de Vallecas: que abunda el trapicheo de droga y la delincuencia, que es territorio comanche, que eso hace años que pasó, que las ventanitas son para silenciar el tráfico constante de vehículos por la M-30, que la entrada no es tan mala; en fin, que comparado con una chabola, es mejor.

Sabemos —por reportajes en distintos medios— el nivel de desocupación en la zona, los sitios de dónde provienen, el grado de escolaridad y la edad de “Los que llegaron”. También la opinión de los vecinos acerca del reordenamiento urbano. Tenemos datos, cantidades, estadísticas, testimoniales vagos, pero apenas alcanzamos a sopesar los sentires, las necesidades inmateriales y las vivencias cotidianas de esta población etiquetada y hasta el momento ilegible para el resto, desvanecida del paisaje madrileño.

 

El Ruedo 3 Foto Gloria Serrano
Uno de los accesos a las viviendas que conforman El Ruedo, Distrito de Moratalaz, Madrid

Lo cierto es que alrededor no hay ánimo de barrio —bares de tapas, tiendas de alimentación—. Lo cierto es que luce sucio y descuidado como los triciclos que abandonamos en la infancia. Lo cierto es que esta tarde nublada de domingo, 10 de junio, mi presencia incomoda por inusual, por advenediza, porque todo el entorno ahuyenta la convivencia humana y sugiere el retraimiento. Porque, de esta forma, el encuentro se convierte en lo abstracto y la soledad en lo concreto.

Asociación vecinal San Pascual Foto Gloria Serrano
Asociación Vecinal de San Pascual, Barrio Blanco y La Alegría en el Distrito de Ciudad Lineal, Madrid

No es el único sector en estas condiciones, hay otros en otras partes. En el barrio de San Pascual, distrito de Ciudad Lineal, existen bloques de viviendas que tampoco invitan a la existencia en común ni a reconocerse las fisonomías. Sin embargo, en contra de este ambiente y como lo canta Nacho Vegas, nada es intocable. En medio del estiaje se levantan “pequeños gigantes”, personas que proponen “nuevas formas de respirar”, colectivos municipales que procuran “sombra a los de abajo”. Entre ellos la Asociación Vecinal de San Pascual, Barrio Blanco y la Alegría, La Rueca y el Teatro Comunitario Mosaicos que aquí realiza un taller con jóvenes inmigrantes de República Dominicana.

Taller de teatro San Pascual Foto Gloria Serrano
Taller de teatro comunitario, “Mosaicos”, en San Pascual, Distrito de Ciudad Lineal, Madrid

Pero dejemos el localismo para revisar otros contextos; por ejemplo, la experiencia en el suburbio multicultural de Longsight, en Mánchester, Inglaterra, donde la fotógrafa Roxana Allison se decantó por transformar dos callejones, alleyways, convertidos en tiradero de desperdicios —ropa, paraguas, colchones, jeringuillas usadas— y con la ayuda de un par de amigas pasó, en palabras propias, “de la pasividad a la acción vecinal” con el fin de limpiar ese rincón que antes era una incomodidad, un padecimiento:

Callejón Longsight Mánchester Foto Roxana Allison
Callejón en el suburbio de Longsight, Mánchester, Inglaterra. Fotografía: Roxana Allison (2016)

“Cuando menos lo pensamos, ya teníamos el apoyo de las autoridades, la escuela local y la cooperativa de vivienda; habíamos planeado un taller de reciclaje para niños y tocábamos puertas invitando a los vecinos a sumarse a la primera limpia de la manzana. Aún estábamos escépticas, pero emocionadas”, apunta Roxana en un texto que escribió para documentar y compartir más allá del ámbito inmediato las actividades que llevaron a cabo, este proceso que continúa.

“Los dos callejones problemáticos empezaron a verse totalmente distintos. Las plantas les dieron otra cara y por fin daban ganas de caminar o jugar en ellos, aunque lo más significativo de la mejora fue nuestro cambio de mentalidad, estar dispuestos a asumir responsabilidades y promover el empoderamiento vecinal. (…) Si bien la mayor parte de los residentes se ha dado cuenta de que la labor ha sido fructífera, estamos conscientes de que aún falta mucho por hacer”.

Vecinos Longsight Mánchester Foto Roxana Allison
Participación de los vecinos en el suburbio de Longsight, Mánchester, Inglaterra. Fotografía: Roxana Allison (2018)

Lo mismo podría suceder en El Ruedo con un ápice de voluntad, con un esfuerzo mínimo que altere la dinámica actual y provoque cierto cambio, ese comienzo del que habla Roxana: afanes sencillos, intentos como botellas echadas al mar para que alguien las tome y, quizás, descubra el mensaje que llevan dentro. Sería lo deseable, pero el periodista Martín Caparrós nos recuerda en Palabras al viento, texto recién publicado en El País Semanal, que en ocasiones “es más fácil pensar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. O el fin de un no-lugar. O el fin de ciudades para unos cuantos. Desde otra perspectiva, en su novela El caballero inexistente Ítalo Calvino explica que el oficio de escribir —y valdría añadir el de leer— consiste en extraer aprendizajes más grandes de situaciones con pinta de insignificantes y, al terminar la página, darse cuenta de que lo que se sabe es insuficiente. Tan reducido como nuestro conocimiento de otras realidades o la simple idea de que es posible transformarlas. Tan limitado como creer que El Ruedo no tiene un después y, sencillamente, está condenado a ser eterno. ¿Lo está?

Autora:

Gloria Serrano foto Gloria Serranolinea decorativa

Periodista mexicana en Madrid, siempre buscando la grieta en el muro. Máster en Gestión de Políticas y Proyectos Culturales (Universidad de Zaragoza). “Saber mirar y saber decir” son los principales retos del periodismo que aspira a no quedarse en el olvido, que intenta contar algo más que una simple historia. Para mí, cultura se escribe en plural, es la fiesta de lo colectivo.

Twitter Blanca Uson

 

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