La España soñada

Elisa Navarro//

¿Responden las expectativas de un extranjero con la realidad que vive una vez llega al país? ¿Se parece en algo la España real con la España soñada?

[Esta historia nace del impulso de descubrir de primera mano qué es lo que le lleva a una persona a abandonar su país, su familia y su casa para lanzarse de esa manera al vacío a través de un viaje transoceánico en busca de mejores oportunidades de vida. Y, aunque las razones parecen más que obvias -la necesidad inminente de dinero-, quería conocer de cerca cómo eran los primeros momentos en tierra extranjera, lejos de todo, ignorantes de los nuevos ritmos de un país desconocido en el que suelen sumergirse con altas expectativas. Quería conocer cómo era el después, el día a día, y si estas expectativas que forman parte del equipaje de cualquiera habían sido mínimamente satisfechas].  

Tania salió de Nicaragua pensando que debido a la alta demanda de empleo a este otro lado del mundo “encontraría trabajo al día siguiente”. (Palabras textuales). Tres meses después, continúa buscando una ocupación que, lejos de todo pronóstico, parece resistirse. Una inactividad con la que aflora, de manera constante, el sentimiento de soledad y tristeza y que ralentiza sin piedad el paso de las horas. Tiempos muertos en los que el recuerdo de sus dos hijos de 3 y 6 años de edad, -que quedaron en Nicaragua al cargo de su hermana-, constituye un asalto continuo.      

Llegó a Zaragoza el pasado 5 de diciembre. Un mes bastante duro para abandonar su país, teniendo en cuenta que diciembre es el mes de festividad nicaragïense por excelencia. Todo arranca con la Gritería (fiesta en honor a la Purísima e Inmaculada Concepción de María) y finaliza sin dejar el fervor, la pólvora ni los fuegos de artificio con la festividad de Navidad. El país se detiene -oficinas, escuelas- para dar paso, por todo lo alto, al festejo. Una fiesta cuyos principales pilares siguen siendo familia y religión.   

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Nos citamos en una cafetería colombiana cercana al mercado central; esos típicos lugares que te ayudan a viajar sin salir de Zaragoza. Las vendedoras -colombianas, por supuesto- te atienden con sus apelativos característicos “¿qué quiere, mi niña?”, “mami”, “papi” “mija”… Una tienda muy aparroquiada porque son también numerosos los latinoamericanos que transitan por las calles de la ciudad. Y mientras saborean su pandebono, las almojábanas, los buñuelitos o los típicos pasteles de pollo envueltos en fritura, vuelan, a través de sus sabores -aquellos con los que crecieron-, a sus lugares de origen.   

Son quizá esos sabores y la necesidad también de sentirse un poco en casa, la que los conduce a ese local que conecta con sus recuerdos y que hace más llevadera la vida -o por lo menos los estómagos- de aquellos que, por motivos ajenos a su voluntad, abandonaron su tierra en busca de mejores oportunidades.  

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De sus primeras impresiones destaca un frío penetrante para el que no traía abrigos ni bufanda. Difícil sin duda acostumbrarse a unas temperaturas que nunca registraron sus termómetros. La región de Tania es tan cálida que rara vez desciende de los 22ºC, por eso, quizá diciembre tampoco fuera el mes más indicado para conocer el país.  

Era la primera vez que cruzaba el océano, la primera vez que cogía un avión. La primera vez de tantas otras cosas. Asegura que España es “linda, bella, muy aseada y ordenada”.  En lo que concierne al empleo, “lo pintan muy bonito pero ya viniendo aquí la realidad es otra”. Y más si le sumas que en muchos de los empleos disponibles piden experiencia -normalmente para el cuidado de ancianos sin movilidad-, referencias y papeles. Tres requisitos con la que Tania no cuenta y que le cierran -todavía más si cabe- las posibilidades de acceder a un empleo.

Entró como turista, lo que se traduce en 11 días de legalidad. Un margen temporal que también prometía su billete de regreso. Sin embargo, no es la única condición indispensable para cruzar la aduana. Del mismo modo, se le exige presentar una cuantía de dinero que asciende según lo establecido por ley, a un mínimo de 90 euros por persona y día, que suma un total de 810 euros. Un dinero que asegura una solvencia económica mínima para disfrutar las vacaciones. Solo entonces te das cuenta de lo fácil que es viajar por el mundo siendo europea, procediendo de lo que en la teoría y, desgraciadamente también en la práctica, se hace llamar Primer Mundo.   

El miedo, el precio a pagar para conseguir la legalidad  

Unos papeles que sólo conseguirá si logra aguantar por tres años en España de manera irregular. Por eso, un trámite indispensable nada más llegar al país es empadronarse para poder justificar el paso del tiempo. Tres años en los que vives con el miedo, con esa terrible sensación de inseguridad permanente. “Si me pillan sin papeles, me deportan  o, si no, me ponen una multa de 600 euros que tengo que pagar y ¿de dónde los voy a sacar?”.

Me habla de algunos casos de mujeres que ya han sido deportadas. Por eso, el consejo habitual suele ser siempre el mismo: pasar inadvertida. “A mí me dicen: “cuando veas algún problema en la calle, mejor ni te voltees. Seguí caminando”. Vives con el miedo. Cuando vamos por la calle y vemos pasar un coche de policía siempre nos ponemos nerviosas. Mientras no tengamos papeles siempre caminaremos con miedo”.

Al miedo hay que sumarle la presión. Una presión que suele recaer casi de manera  absoluta sobre la persona que arriesga. Y la presión tiene varios apellidos: económica, por ejemplo -que no deja de ser un subtipo de presión personal-. Tania tiene la responsabilidad de mandar a su familia el dinero suficiente para garantizarles una mejor calidad de vida y para justificar, por otra parte, el propósito del viaje. Además, deberá devolver, cuando consiga un trabajo que aún no tiene, el dinero que le prestaron para pagar el avión. En este caso al padre de sus hijos que, a su vez, también tuvo que pedir un préstamo para conseguirlo.

No menos importante es la presión social y familiar, aquella que nace cuando todos esperan algo de ti. Y me imagino a la familia al completo y expectante al otro lado del teléfono ávida de buenas noticias, a la espera permanente del festejo de un trabajo que no llega. Y Tania que sabe lo que pasa, nunca podrá expresarse abiertamente y contarles lo dura que le resulta la vida en España. Lo sola y triste que se siente. Sus ganas de llorar. “Yo a mi familia le digo que estoy bien, que todo me va muy bien. En lo único que no miento es en lo del trabajo. Y siempre me dicen que no me desanime, que tenga fe y que algo encontraré. Pero decirles que estoy mal y que a veces no sé muy bien qué comer, eso no”. Esa manía de sufrir con los dientes apretados, de enmascarar la tristeza con aparente normalidad.  

Asegura que nunca ha tenido problemas para comer porque por un lado, las monjas de El Pilar le dan donaciones de alimentos una vez cada quince días y también la Iglesia Evangelista. Por su parte, con la habitación le ayuda la cuñada de su tía -también nicaragüense- que la acoge gratuitamente en su piso hasta que consiga trabajo y pueda empezar a contribuir con los gastos. Además de Tania, 5 paisanas más también se hospedan en la casa. Unas compañeras que, por suerte, ya encontraron el trabajo que vinieron a buscar.

Un oasis laboral

“A mí me salieron últimamente unos turnitos para cuidar a una abuela en un hospital pero resulta que hace tres días la abuela falleció. Hoy es el entierro”.

Un par de semanas duró su suerte -la de Tania-. “Yo la empecé a cuidar pero la abuela ya estaba bastante complicada. Tenía 93 años y era quebrada de la cadera y le habían puesto un hierro por dentro que le estaba causando muchas infecciones”.

Con su muerte y, a pesar del dolor de cuello y de espalda por los incómodos sillones del hospital, a Tania se le volvía a cerrar una puerta y, de nuevo, volvían a ser injustificados sus días en España. En cuanto a la señora…no deja de resultar curiosa esa cadena compleja que creamos los humanos para que, sin remordimientos, podamos seguir haciendo lo que hacemos: Ella murió a cargo de una mujer nicaragüense a la que no había visto en su vida a la vez que sus hijos se perdían sus últimos momentos para no dejar de trabajar y Tania, por su parte, cuidaba de una señora desconocida mientras sus pequeños, al otro lado del océano, eran atendidos por su hermana. Y todos hacen el esfuerzo. Y todas las familias se parecen.   

Un futuro incierto

La confianza de que pronto va a encontrar trabajo sigue siendo su principal motor. Y su futuro depende precisamente de eso, del empleo y de la suerte y la rapidez que tenga para encontrarlo. 800 euros al mes son para ella suficientes para “ir al suave, mandando para allá a mis hijos y pagando acá las cuentas”. Sin eso, todo resulta insostenible.    

“Mi hija mayor tiene 6 años y el pequeño cumplirá 3 en abril. Se me partió el alma de dejarlos pero pienso que tal vez no dilate los tres años, según como me vaya acá, yo me regreso. A veces pienso que si me quedara los tres años tal vez podría traérmelos”.

Y ante la pregunta definitiva, Tania se muestra rotunda. “Si ahora me preguntaste un familiar que si se viene para España, yo le digo que mejor no se mueva, que ahí se quedé porque no es igual que como a uno se le platica y aquí está duro”. Una forma resumida de expresar su insatisfacción general y de responder, sin saberlo, a las preguntas planteadas inicialmente.  Aunque también es cierto que no todos los casos son iguales y que hay inmigrantes que han tenido un futuro en el país.

[En cualquier caso, esta historia es un homenaje a los cientos de personas que se arriesgan por sus familias para mejorar el futuro de los suyos. Intentando equilibrar una balanza de riquezas que está -y posiblemente siempre estará- mal calibrada. Un homenaje por vivir el día a día lejos de todo y por sobreponerse a una realidad que no suele parecerse a la soñada].

***Nota: Dos días después de haber redactado la historia de Tania, comimos juntas y me comunicó que había conseguido de nuevo unos turnitos de noche en el hospital además de unos trabajos de limpieza en casa de una señora dos veces por semana. Asegura que todo se mira diferente con trabajo aunque su estabilidad laboral siga pendiendo de un hilo y dependa absolutamente del momento en el que den el alta a la persona ingresada. Sin embargo, no nos adelantemos a los acontecimientos y celebremos hoy las buenas nuevas: Tania vuelve a tener trabajo.

Autora:

Elisa Navarro Foto Paz Perez nombre

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Nunca tuve claro mi futuro, sigo sin tenerlo. Mochilera de espíritu, amante del sol y el chocolate y contraria a la rutina. Sueño con un periodismo comprometido que corrija anomalías y exprese con palabras cómo poder vivir en un lugar mejor. Lo que nos callamos o no proyectamos al exterior no existe y muere en nuestro interior.

Twitter Blanca Uson

 

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