La feliz indiferencia

Laureano Debat // @laureanodebat

Que el edificio de Etopia quede frente a la estación Delicias está bien porque hay que descentralizar las cosas que merecen la pena. Aunque a veces pienso que resulta paradigmático que el mejor sitio de Zaragoza quede al lado de su estación de trenes, como si quisiera escaparse de lo prescindible que resulta todo lo demás. Como si Etopia, en su localización, también ratifica que la ciudad es más importante por su ubicación geográfica que por sí misma. Ya se sabe: todos los trenes que van y vienen de Barcelona y Madrid tienen que pasar y parar por Zaragoza. No les queda otra. Y para quienes bajen del tren en la estación Delicias, Etopia ofrece, al menos, la alternativa de entrar en su edificio y prescindir del resto.

Un primer párrafo así solo puede provenir de un mal habitante. No digo un mal vecino, odio la palabra vecino. Además, me llevo de manera estupenda con las viudas jubiladas de mi edificio. Digo habitante porque me gusta habitar la ciudad, volverla hábito. Pero todavía no sé cómo hacerlo, todavía no hago demasiado para que mi hábito de Zaragoza no transcurra siempre bajo una pronunciada indiferencia. Para que mis paseos no sean netamente mentales, con mi cabeza siempre en cualquier otro lado que se encuentre lejos de las calles que piso, el viento que siento. Hasta he descubierto aquí la bicicleta como deporte durante la pandemia y, muchas veces, cruzo la ciudad así, en ese medio de transporte ideal para desdeñarla. 

No estoy orgulloso de todo esto y tampoco me da vergüenza admitirlo. Es, más o menos, la verdad. Pero falta la otra parte: paradójicamente, es probable que nunca haya sido tan feliz como en estos años que llevo viviendo en Zaragoza. A veces, no hay que darle todo el mérito a las ciudades; en este caso, tal vez ninguno. Lo que sucedió es que me enamoré de una mujer con la que suele ir casi todo tan bien y casi todo el tiempo, aún en las dificultades y en las peleas. Con la que iniciamos un proyecto de vida y de escritura y de viajes. Una mujer que cada día que transcurre, me presta su rostro para que mi cabeza dibuje, recree y tatúe un mapa muy particular de Zaragoza. El resto de la cartografía la completan: amigas y amigos talentosos, fieles, adorables, divertidos, imprescindibles; dos librerías geniales; quizás algunos bares y restaurantes; tal vez una tímida curiosidad por el equipo de fútbol local; a veces, algunos paseos a pie bordeando el río; otras, algunas escritoras y escritores que leo, admiro y me da placer cruzar y compartir un cercano código postal; casi todo lo que sucede en Etopia.

Tampoco quisiera achacarle a una ciudad de tantos siglos de historia mi incapacidad de verla. Tal vez el problema sea mi ojo, mi posición, mi otredad, mis prejuicios. He tratado hasta con el consumo irónico, porque hay material de sobras: ese festival llamado Zaragoza Florece, esa Semana Goyesca, ese empeño en invitar todos los años a Leticia Sabater para los conciertos de la Fiesta del Pilar. Pero ni siquiera así. Y tal vez, Zaragoza es para mí, para siempre, un fondo neutro en el que mi mirada intenta, a veces, algún montaje distraído. Ante el estímulo de la nada, la imaginación de lo que se me va ocurriendo. Como Silvina Ocampo, que veía montañas en las nubes de la llanura pampeana, pero con bastante menos esfuerzo. Casi siempre abstraído, haciendo el montaje sin el estímulo exterior. Paseos confinados en mi cabeza. Llegué a Zaragoza en la ciudad pandémica y no varió demasiado en la pospandemia. Tal vez por eso encuentro el refugio estimulante cerca de su estación de trenes, perderme en las diferentes virtualidades que acogen las toneladas de cemento y vidrio que conforman Etopia. 

Hay veces que abandono la apatía y cada vez que vuelvo a mi casa sueño con hacer una serie sobre el barrio de Las Fuentes. Algo barato, como para Youtube, filmado con móvil, tipo falso documental. No es nada muy original y lo más probable es que nunca la haga, pero no puedo evitar la tentación de imaginar cómo se vería la realidad cotidiana del barrio dentro de un vídeo, cómo sería enfrentar las imágenes mentales con las filmadas. Me pregunto cómo se verán en la pantalla algunos personajes que me cruzo a menudo, si serán así frente a una cámara o si acabarán perdiendo el encanto que sospecho que tienen. Cada capítulo acabaría en la plaza donde vivo, tan ruidosa de niños y de cumbias, tan su acústica perfecta y cerrada, un cuadrado de cemento que, visto desde el balcón de mi cuarto piso, también se prestaría para performances con música tecno, grúas y acróbatas bajando por las fachadas.

La Plaza de Nuestra Señora del Portal se llama mi plaza. Ningún taxista la conoce. Cada tarde, cuando no hay cole ni trabajo, familias senegalesas, rumanas, marroquíes, españolas y ecuatorianas la ocupan con sus niñas y sus niños. Es fácil adivinar y acercarse a las procedencias de cada familia porque las mamás y los papás se dividen quirúrgicamente por género y religión: los turbantes, las chilabas, los vestidos de colores, las camisetas baratas de Primark: cada prenda en su respectivo banco. Con sus criaturas es más difícil porque están todas mezcladas, corriendo y saltando juntas, comprometidas en una intensa comunión que no les deja tiempo para pensar en las diferencias de clase, dioses o colores de piel. Es pronto. Ya tendrán tiempo de crecer y repetir el patrón gueto de sus progenitores.

No deja de ser una picardía y una decisión no muy acertada escribir un artículo en este tono para un medio de comunicación que lleva diez años haciendo un trabajo lo suficientemente sólido como para hacerme cambiar de opinión o, al menos, considerar la posibilidad. Esto tiene que ver con otra cosa. Leo a menudo las crónicas de Zero Grados, me encantan sus detalles, la implicación de sus cronistas, la implicación de cada firma en este laboratorio único en España. Conozco el esfuerzo de todas las generaciones de periodistas que han pasado por aquí, las diferentes maneras que han tenido para meterse en grietas inexploradas y en territorios incómodos. Y espero sepan entender que estas líneas tratan de ir un poco por ahí, probar si podía decir algo, yo también, sobre esta ciudad en la que vivo desde mediados de 2020. Aunque se trate de un texto algo extravagante sobre la indiferencia desde la sordidez y el amor. Ensayar. Intentarlo.

Hacerlo así porque tampoco me gusta el sentido unívoco que se le suele dar a ese concepto polisémico de la calidad de vida para adjetivar Zaragoza. Lo que se suele repetir como un mantra, tal vez como el gran imperativo del conformismo: Zaragoza tiene calidad de vida. Donde la calidad de vida sería que no te maten con los precios en los restaurantes, que puedas asumir más o menos la ciudad a pie, que tengas todos los últimos servicios de la sociedad de consumo en un entorno de estrés moderado y árboles abundantes. Donde la calidad de vida no admite otros significados ni caminos. Y como nunca me gustó que me marcaran el terreno, prefiero armarme mi propia calidad de vida en Zaragoza, con mis criterios, mis filias y mis fobias. Y una sola certeza: la de ser feliz habitando una ciudad desde la indiferencia.    

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