No todo vale

Jorge Domec González | @domec_10 (Instagram); @domec__10 (Twitter)

La televisión basura gana cada vez más terreno ante la pasividad del espectador y la complicidad de los periodistas

Despiadado, insensible, frívolo, irrespetuoso, vergonzante, inhumano, cruelmente impasible, antiético, superficial… Muchos son los adjetivos que se me vienen a la mente para describir el tratamiento informativo que Televisión Española –la televisión que pagamos todos los españoles, dicho sea de paso– le dio al caso Álvaro Prieto. ¡Nada más y nada menos que al hallazgo de un cadáver! Y ni un ápice de empatía con sus allegados. Cualquier calificativo se me ocurre; cualquiera menos sorprendente.

Este cordobés de 18 años fue encontrado muerto –por electrocución, según la autopsia– el pasado 16 de octubre en una estación de tren de Sevilla. No por la policía –esto daría para otra columna–, sino por un equipo de Mañaneros, el magazine matutino de La 1. Pero lo más lamentable es el zoom enfocando al cuerpo del joven mientras de fondo se escucha la voz temblorosa y acelerada del reportero, atónito ante lo que está presenciando. Tal es la nitidez de las imágenes que incluso se puede apreciar el color de sus zapatillas. Ni las disculpas de su presentador, Jaime Cantizano, a la mañana siguiente sirvieron para aplacar a las hordas de internautas indignados frente a lo sucedido.

Este episodio se suma al largo historial de patinazos del medio en asuntos de especial delicadeza. El despliegue técnico descomunal de todas las cadenas nacionales para narrar hasta el más mínimo detalle de las labores de rescate del pequeño Julen –de tan sólo dos años–, atrapado en un pozo de Totalán. Las cámaras entrando hasta la cocina, literalmente, de la casa de los padres, desconsolados, de una de las tres niñas brutalmente asesinadas en Alcásser –cortesía de Antena 3–. O el dichoso código QR con la última grabación de voz de una de las víctimas del incendio en una discoteca de Murcia –de nuevo, cortesía de Antena 3–. Todos estos ejemplos ponen de manifiesto la falta de gusto de la televisión.

Hace tiempo que la “caja tonta” dejó de formar, informar y entretener para sólo entretener, sea cual sea el coste a pagar. El interés de los altos ejecutivos por llenar sus bolsillos opaca las virtudes de un invento que podría ser maravilloso para la humanidad. En las manos correctas, eso sí. Sin embargo, esta obsesión enfermiza por las audiencias ha alcanzado cuotas ilimitadas. Los programas del corazón monopolizan las parrillas a la par que la producción cultural de calidad queda relegada a un segundo plano.  

Aunque sin demanda no hay oferta. Y es que la basura conecta con la basura, que diría mi admirado Jesús Quintero. Lo ocurrido semanas atrás es un reflejo de la decadencia que vivimos como colectivo. De una crisis de valores. Hoy en día imperan las ansias de una panda de morbosos insaciables –los mismos que se atreven a juzgar a los demás con un moralismo “intachable”– que sacan a relucir su ignorancia como si de un diploma se tratase. Una mayoría dominante que, por paradojas de la vida, siempre será una mayoría dominada

Los periodistas también tenemos una responsabilidad que asumir; la de honrar nuestros principios deontológicos. Esos que nos enseñan con tanto ahínco durante la licenciatura y que luego parecen desvanecerse de nuestra memoria. Más aún en esta era del “infoentretenimiento”, el clickbait, las fake news y el amarillismo. Ya basta de hacer la vista gorda ante el deterioro de nuestra profesión, tan esencial para la sociedad. Los que se quedan de brazos cruzados son igual de culpables que aquellos que la mancillan con su mala praxis.

Os animo a que seáis ese cambio que el mundo necesita. A hacer el bien. A pensar por vosotros mismos. A seguir vuestros ideales. Porque no todo vale.


Si te has quedado con ganas de más reflexiones, en Zero Grados contamos con una sección Km Zero.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *