Menos en qué pensar, más por lo que sonreír

Irene Ibañez//

El minimalismo no es solo una corriente artística. Vivir con lo mínimo para alcanzar la felicidad máxima es el objetivo de quienes se deciden por este estilo de vida. Sencillez, austeridad, orden y dejar a un lado un consumismo caprichoso y desmedido son las claves para vivir en paz siguiendo la filosofía minimalista.

Hace ya tiempo que no visito la antigua casa de mis abuelos, pero la recuerdo perfectamente. Recuerdo tapetes blancos de ganchillo sobre cada mueble, grandes armarios de madera oscura y brillante, lámparas de borlas y cristales colgantes, un reloj de pie que hacía retumbar todo el piso a cada hora en punto; recuerdo techos bajos, paredes con gotelé, alguna que otra cruz sobre cabeceros de cama metálicos, extravagantes azulejos en los baños, jarrones y flores de plástico. Creo que no me equivoco demasiado al suponer que más de uno, al leer estas líneas, ha recordado un lugar semejante al pensar en sus abuelos. Eran casas barrocas. Apenas quedaban huecos vacíos en las paredes. Cuadros, fotos, percheros, cerámicas, abarrotaban las estancias.

Llegar a lo esencial

Poco queda ya de ese barroquismo en los hogares occidentales desde que se coló el gigante sueco Ikea con sus muebles blancos, baratos y fáciles de montar. Hemos pasado de la moda de cuanto más mejor, a la de menos es más. Ese es el fundamento del minimalismo. Reducir todo a la mínima expresión, sin elementos sobrantes y alcanzar la desnudez, llegar a lo esencial.

El minimalismo es un concepto que surge entre los años 50 y 60 del siglo XX con el que se designa a «un conjunto de movimientos artísticos y culturales y también un discurso teórico más o menos explícito tras ellos». Así definió este término en 2008 David Díaz Soto en su tesis sobre minimalismo. La individualidad, la originalidad, la forma, el artista y su obra, la expresión fueron aspectos esenciales de la Estética cuestionados por esta corriente. No era algo nuevo, el Dadaísmo ya venía dando la vuelta a los convencionalismos estéticos desde 1916 con, por ejemplo, un urinario firmado y expuesto como obra de arte por Marcel Duchamp. Lo minimalista va más allá, afirma Díaz Soto, se adentra en “indagaciones que se dirían filosóficas”. Conceptos como “límite, repetición, identidad, diferencia” convierten la búsqueda de la sencillez en algo trascendental.

A principios de los 60, el Pop Art irrumpió con gran éxito en el panorama artístico de Estados Unidos. Cielo Gómez Vargas, en Habitar desde la superficie: espacio y gesto decorativo, en 2010, explicaba que «la masividad de los medios de comunicación, las tiras cómicas, la moda y la publicidad estaban presentes en las obras de todos los artistas de la época». La estética consumista se introdujo en el lenguaje artístico. Andy Warhol pintaba la icónica lata de sopa Campbell y la reproducía hasta obtener 32 lienzos. Cuadros en serie, como la producción en cadena de los coches Ford.

Al mismo tiempo, otros autores desarrollaron un punto de vista contrario con respecto a la obra de arte. Pintores como Frank Stella o Ad Reindhart optaban por exponer el lienzo en su carácter material. Según Gómez Vargas, «la reducción de color y formas posibilitó centrar la atención en la superficie real de la tela y en las propiedades físicas de la pintura». Así nacía el arte minimalista. La importancia pasaba a recaer sobre el objeto en sí.  

Esta corriente huye del simbolismo que buscaba la expresión de la idea, los pensamientos y sentimientos a través del color y la forma. Edvard Munch, en su famoso cuadro “El Grito”, empleó el blanco pálido del rostro como el de un cadáver, el negro de la túnica como las vestimentas de la muerte y las formas retorcidas y sinuosas del paisaje para transmitir esa sensación de angustia, inestabilidad e, incluso, miedo.  El minimalismo no busca que los aspectos formales se conviertan en símbolos de algo superior, sino que enfatiza el color, el volumen y el espacio en sí mismos. Destaca la sencillez, la geometría y la austeridad estilística. Centra la atención en el objeto en sí, en el cuerpo expuesto desnudo en la realidad. El historiador de arte Didi-Huberman habla de «objetos reducidos a la sola formalidad de su forma, la sola visibilidad de su configuración visible, ofrecida sin misterio, entre línea y plano, superficie y volumen”. ¿Es el minimalismo el estilo que caracteriza a los diseños de la famosa empresa Ikea? Su visión de «un buen diseño» no incluye este concepto, pero en su web habla de conjugar «forma, funcionalidad, calidad, sostenibilidad y un precio bajo». Apuesta por la utilidad de cada objeto antes que por el carácter ornamental y se aleja del hogar recargado con el ganchillo de la abuela.

Un estilo de vida

El minimalismo cotidiano no consiste en reducir a la mínima expresión nuestro cuarto colocando un mueble recién montado de Ikea en cada esquina y cubriéndolo todo de blanco. No se trata de convertir nuestra casa en una planta de hospital. El minimalismo no es solo un estilo, una moda, es una forma de vida. 

El arquitecto Peter Zumthor dijo: “que lo sencillo impacte es buena prueba del exceso de ruidos visuales que nos invade». Esta es la esencia de ser minimalista, dar importancia a lo que es de verdad importante y vivir con lo justo para escapar del consumismo imperante en el primer mundo. Se trata de reducir las pertenencias personales a lo imprescindible, para concentrarnos en buscar la felicidad y el bienestar.

Esta filosofía de vida tiene sus inicios en la Psicología Positiva planteada por Martin Seligman a finales de los años 90. Seligman se dio cuenta de que la ciencia que estudia la mente se había centrado de forma exclusiva en curar la enfermedad mental, sin tener en cuenta que «la Psicología (…), es también el estudio de la fortaleza y la virtud. El tratamiento no es solo arreglar lo que está roto, es también alimentar lo mejor de nosotros». 

La Psicología Positiva nos ofrece las herramientas necesarias para construir calidad de vida, bienestar y felicidad. Seligman estableció los cuatro pilares que sustentan esta perspectiva positiva de la mente humana. En primer lugar, hablamos de la base de la felicidad, las emociones positivas, experimentar la mayor cantidad de instantes felices a lo largo de nuestra vida. Son «aquellas pequeñas cosas», como cantaba Serrat, que nos hacen sentir satisfacción, ya sea el olor del césped recién cortado, sentarse en el sofá tras un día agotador o saborear tu comida favorita.

El segundo pilar es el placer que obtenemos al comprometernos con una tarea que nos absorbe, de tal manera, que perdemos la conciencia del paso del tiempo. Puede surgir con un libro que te atrapa, con un reto en el trabajo que te apasiona o al tocar un instrumento. La siguiente pieza fundamental de la Psicología Positiva es la búsqueda de significado. No se trata solo de nuestra propia satisfacción, sino de emplear nuestras fortalezas para enriquecer a las personas de nuestro entorno. Por último, la cuarta pata de la mesa es la vida social, saber vivir en sociedad y en relación con el resto del mundo creando vínculos positivos.

La Psicología Positiva y el modelo de vida minimalista van de la mano. Ambos conceptos nos invitan a preocuparnos menos por lo material y más por detalles, momentos, personas y alcanzar la realización personal.

Vida ordenada, mente ordenada

La casa de nuestros abuelos estaba ordenada. No había cosas tiradas por el suelo, ropa fuera de los armarios o cacharros de cocina en el salón. Cada objeto ocupaba su lugar específico en un espacio concreto de la casa. Un hogar abarrotado puede ser también un hogar ordenado. Este concepto, en el universo minimalista, no se limita al espacio que debe ocupar cada objeto en una casa para no vivir en el caos, sino que se refiere también al lugar que ocupan las cosas en nuestras vidas, en nuestras mentes, y saber deshacerse de lo que ya no tiene valor.

«Cuando pones tu casa en orden, también pones en orden tus asuntos y tu pasado». Quizá esta frase os resulte familiar. Forma parte del libro La Magia del Orden, de la famosa empresaria Marie Kondo. La escritora japonesa es conocida en todo el mundo por su método revolucionario para ordenar el hogar. Una de las claves principales de su teoría es desechar lo innecesario y conservar solo aquello que nos hace felices.

La directora técnica del Instituto de Asistencia Psicológica y Psiquiátrica Mensalus, Sònia Algueró, explica en una entrevista para el medio online, Psicología y Mente que «acumulamos objetos sin plantearnos el sentido que tienen para nosotros en el momento actual». Todos hemos conservado durante años algún objeto que mantenía vivo el recuerdo de un pasado feliz. Nuestro peluche favorito de la infancia, la entrada de la primera película que vimos en el cine con amigos o, incluso algún regalo de un ex que ya no está en nuestras vidas. Mantener estas cosas, aunque sea en el rincón más oculto de la casa, nos hace sentir que ese recuerdo sigue presente. La realidad es que el recuerdo continúa existiendo en nuestra mente, y no en el objeto que con el paso del tiempo ya no desempeña la función original. Para Marie Kondo, «desechar nos libera de carga y nos deja energía para el presente». Ordenar nuestra habitación puede llevarnos a ordenar también nuestro pasado y cerrar etapas que ya no afectan al presente.

¿Más es mejor?

Vivimos en una sociedad consumista. El acto de consumir ocupa un lugar central en nuestras vidas ya que no es solo una transacción comercial, es un proceso de relación social y de construcción de la identidad. Así lo explica Susana Rodríguez en la revista Crítica de Ciencias Sociales, Nómadas. Hoy en día, el ocio y el consumo crecen en importancia a la hora de definir al individuo, por lo que el foco de atención ya no está sobre el objeto en sí, sino sobre la imagen de marca, la publicidad y su impacto. Un anuncio de colonia en la televisión no se centra en mostrarnos cómo es su olor, cuál es su precio o cómo es la estética de su recipiente. Tratan de vendernos un estilo de vida basado unas veces en la seducción, otras en la sofisticación o en la exclusividad y la riqueza.

«Menos es más». Es el eslogan que caracteriza al modelo de vida minimalista. Eliminar lo que sobra para centrarnos en lo que nos hace felices. Sin embargo, en la sociedad de consumo en la que vivimos la tendencia es la contraria, «más es mejor». Susana Rodríguez argumenta que como consumidores, nos comparamos con quienes nos rodean para tratar de superarlos. No son solo pautas de comportamiento, incluyen aspectos culturales, formas de vida y valores personales. Se trata de encajar en la sociedad adquiriendo los mismos objetos queposee el resto para no desentonar, para seguir siendo uno más. La industria de los smartphones está en constante movimiento y es un claro ejemplo del consumismo más exagerado. Salen al mercado nuevos modelos cada semana, y siempre queremos esa novedad, tener mejor móvil que nuestros amigos, la mejor marca, el último modelo. Atendemos más a un deseo que a una necesidad. Ninguno de nosotros necesita el Iphone X para seguir viviendo felices. 

Para Rodríguez: «La moda expresa la cohesión del grupo hacia dentro y su diferenciación hacia fuera». Simmel, en su clásico ensayo titulado Filosofía de la moda de 1923, ya aportaba la idea de que imitar al resto, seguir la moda establecida, nos permite encajar en la sociedad y, al mismo tiempo, satisfacer lanecesidad de destacar matices individuales dentro de unos límites preestablecidos. En ambos casos, tratar de destacar o de ser igual que los demás, implica la asociación de comprar y la identidad del comprador.

Susana Rodríguez escribe que «los patrones de consumo constituyen el mecanismo de inclusión y exclusión del grupo, sobre todo entre los jóvenes». Seguir un estilo determinado no consiste en comprarse ropa acorde a las pautas que sigue esa moda. Un hipster no es solo aquel que lleva camisas estampadas, tirantes, pantalones pesqueros y zapatos de señor. Se trata de una subcultura contemporánea que también supone invertir en música indie y alternativa, productos artesanos, ropa de segunda mano, alimentos orgánicos, etc.

Crecimiento negativo

«La teoría del decrecimiento», descrita por Serge Latouche en su libro La apuesta por el decrecimiento: ¿cómo salir del imaginario dominante?, es una corriente política, económica y social cercana a los valores del modelo de vida minimalista. Según este autor, el decrecimiento tiene como meta insistir en “abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento, objetivo cuyo motor no es otro que la búsqueda de beneficio por los poseedores del capital y cuyas consecuencias son desastrosas para el medio ambiente». Es un movimiento que critica el totalitarismo capitalista y busca diseñar una opción política alternativa y reducir la sobreexplotación de los recursos naturales.

El decrecimiento se decanta por una visión “más green” que la que aporta el minimalismo, pero ambos comparten el rechazo por la sociedad consumista y capitalista que apoya el ansia por poseer, cuanto más, mejor. Arundathy Roy escribía en 2001 en la revista francesa L’Écologiste, “solo tenemos una cantidad limitada de bosques, de agua, de tierra. Si los transforman todos en aires acondicionados, en patatas fritas, en coches, llegará el momento en que no tengan nada”. La biosfera y la capacidad de carga de la Tierra no son infinitas. Vivimos en una sociedad de crecimiento que apuesta por una explotacióndescontrolada y masiva de los recursos renovables y no renovables. Nuestro sobrecrecimiento choca contra un planeta finito. 

Sicco Mansholt, fue un político neerlandés que en su Informe Mansholt, destacó los problemas que el desarrollo industrial y agrícola habían ocasionado en el medio ambiente. En su libro, La Crise, de 1974, explica: “Para nosotros, en el mundo industrializado, disminuir el nivel material de nuestra vida es una necesidad. Lo que no significa crecimiento cero, sino un crecimiento negativo”. Alcanzar un desarrollo sostenible y una sociedad ahorrativa son las máximas del decrecimiento. El minimalismo también se decanta por esa crítica del consumo excesivo, pero se centra en la satisfacción del individuo con la búsqueda de la sencillez y la austeridad. 

La casa de mis abuelos no era minimalista. A ellos no les enseñaron que con menos se puede alcanzar la felicidad. Para ellos, poder llenar la casa de todas aquellas cosas era el resultado del esfuerzo, la recompensa del trabajo con la que permitirse un hogar repleto de porcelanas, vidrios y cuadros. No tiraban nada. Todo permanecía en casa, como un museo de recuerdos.

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