Takashi Murakami: la provocación, la fantasía y el sueño hechos arte

Mikel Forcadell//

Al cabo de unas horas en Tokio es fácil perderse en la inexactitud de un tiempo que prosigue al margen del resto del mundo. Los japoneses crecen, se educan y viven entre el pasado y el presente. Un proverbio japonés reza que “estudiando lo pasado, se aprende lo nuevo”. Cuando se entiende esta noción de la idiosincrasia nipona, se puede empezar a descubrir los entresijos del arte de Takashi Murakami (54 años), uno de los artistas con más proyección internacional del país del Sol Naciente. De camino al cielo, en la planta cincuenta y tres de la Torre Mori, uno de los edificios más emblemáticos de la capital, se esconde el Mori Art Museum. Y en él, la última exposición de este singular artista contemporáneo japonés titulada “Takashi Murakami: The 500 Arhats”.

Hay siempre una belleza que se desliza sinuosa por los rincones de Japón, que se introduce en la elegancia de una arquitectura perteneciente a otra época. Vive en la mente de sus artistas, en la sensibilidad imperecedera de un arte que jamás será capaz de abandonar su pasado. El arte japonés honra siempre sus orígenes y en Murakami se contempla con suma facilidad. Esta singular exposición es la primera que el artista japonés decide realizar en Tokio después de catorce años. “Yo no quería exhibir mis obras en una muestra aquí, porque no creo que la cultura del arte contemporáneo se ajuste al público nipón”, explicaba en una entrevista concedida a EFE. Pero lo cierto es que el detonante que impulsó a Takashi Murakami a realizar este conjunto de obras fue precisamente un suceso que sacudió la tierra de Japón: el gran terremoto de 2011. “Pensé que este era un momento en el que la religión se convierte en algo necesario para la gente”, asegura. Sin duda, la concepción de la exposición iba a la par de este objetivo de “curación”, de apoyo espiritual.

Hay una fortaleza y valentía innata en cada uno de los japoneses que los hace ser similares a los juncos. El viento puede soplar y agitar de un lado para otro a esta planta, pero siempre luchará por volver a erguirse firme y orgullosa. Murakami creyó que esa experiencia de desesperación e impotencia que vivieron los nipones necesitaba una narrativa que recuperase esa esperanza. Una muleta para recordar ese carácter firme frente a cualquier adversidad tan inscrito en el pensamiento del país del Sol Naciente. Así, como cuenta el artista japonés, la historia de los 500 Arhats es una leyenda que narra la curación de medio millar de formas de sufrimiento humano.

Si cada artista es un mundo y sumamente singular, hay una característica que puede englobar al conjunto de profesionales nipones: la transparencia que emana de sus obras como reflejo de personalidad individual y colectiva. La solidaridad y el agradecimiento son dos de los puntos de apoyo de la muestra. La exposición no solo se concibió como método de restaurar esa esperanza perdida del pueblo japonés, sino también para agradecer la rápida ayuda recibida por Qatar cuando tuvo lugar el terremoto. Este enorme proyecto, que le llevó alrededor de dos años, contó con la ayuda de al menos doscientos estudiantes de arte del país nipón. Pero volviendo a la muestra en sí, el arte psicodélico de Murakami, marcado por una fuerte influencia de la estética anime japonesa, discurre en esa fina frontera entre lo natural y lo fantástico. De ahí que en el Mori Museum hubiera un punto que difuminase la línea entre el sueño y la realidad.

Foto de la obra “Blue dragon and White tiger” de Takashi Murakami
La obra Blue dragon and White tiger de tres metros de alto por cien de ancho. Mikel Forcadell

¿Puede una serie de obras recrear un universo alternativo donde el tiempo y el espacio reales ya no existan? No hay una respuesta universal, pero Murakami parece perseguir este objetivo. Lo utópico y la fantasía llevada al límite hacen de este conjunto de salas un lugar que ya no pertenece a Tokio, sino que parece sacado de lo más profundo de la mente y que invita a sumergirse en los cientos de colores que conviven en sus pinturas. La aparente falta de coherencia de sus obras responde a una intención muy meditada. Para el tokiota lo más importante del arte es algo que no se puede expresar en palabras. El arte carece de sentido y, en cambio, está repleto de sentidos e interpretaciones subjetivas.

Una vez más, y como es frecuente en Japón, la identidad se encuentra a galope entre el pasado, el presente y una premonición de lo que está por venir. Se aloja en diferentes retales de culturas de distintos tiempos y lugares. Murakami aúna la tradición budista de décadas y siglos pasados, de relatos legendarios que proporcionan la base de esta exposición, con la tendencia más actual y psicodélica nipona. Es un arte profundamente determinado por la narrativa de posguerra —cuando precisamente crece la cultura del manga y anime—, y esto significa una identidad moderna, alejada de la imagen típica de samuráis, de geishas y demás motivos tradicionales. La carrera de Takashi Murakami, relativamente joven —25 años, desde 1991—, ha transitado desde esa sátira social hacia un arte que hace hincapié en esa mezcla entre Oriente y Occidente, entre Japón y Estados Unidos, así como entre pasado y presente. Si bien su arte neopop más reciente se ha centrado en la contraposición del arte tradicional japonés y elementos totalmente contemporáneos de la cultura y arte nipones.

Este pintor también tiene numerosas obras en el campo de la escultura. Pero si por algo se puede caracterizar también el arte de Takashi Murakami es por ser sumamente controvertido y provocador. Ya en 2002, una de sus obras, una escultura a tamaño real de un carácter de anime con pechos gigantescos lactando, fue vendida por 427.500 dólares. Esta controversia que caracteriza a sus esculturas no disminuyó, sino que fue a más. Seis años después de aquella obra, la representación de un chico que se masturba —escultura también de influencia animada— fue adquirida por 13,5 millones de dólares. Este es un concepto plenamente insertado en el arte contemporáneo actual, donde las obras tienen un carácter marcadamente provocador —en muchos sentidos— y despiertan en el público todo tipo de reacciones.

Murakami, más allá de los 500 arhats

El artista tokiota es sin duda un prototipo de profesional poco convencional. No son demasiados los que pueden ser reconocidos como fundadores de un movimiento artístico. Murakami desarrolló el Superflat, un movimiento que propone una interpretación exterior a la cultura popular japonesa de la posguerra a través de la subcultura otaku —por lo general, este término hace referencia a los aficionados al manga y al anime, aunque en Japón se suele utilizar de manera peyorativa—. Como cualquier movimiento en el mundo del arte, necesita reposar en la nevera una serie de años. Atravesar procesos de crítica, de reflexión sobre el mismo y atravesar una continua reinvención que lo establezca como una técnica con unas características sólidas. Por ahora, el Superflat centra su mirada en la occidentalización que sufrió Japón tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial y la posterior ocupación por parte de Estados Unidos durante seis años. Un estilo caracterizado por la falta de perspectiva, así como la ausencia de profundidad en los lienzos. Cuadros y obras agobiados de motivos rellenos de colores brillantes y bañados en tintas planas. Esta manera de elaborar sus trabajos, carente de toda jerarquía, permite más de un recorrido en su lectura, tal y como se puede hacer en el manga.

Foto de una obra de Takashi Murakami
Los colores y la oposición y, al mismo tiempo armonía, dominan el arte de Takashi Murakami. Mikel Forcadell

El propio Takashi Murakami comenzó sus estudios en la Tokyo University of the Arts, donde se especializó en Nihonga o estilo tradicional de pintura japonesa que incorpora convenciones niponas artísticas. Así, descontento con el estado del arte contemporáneo japonés de posguerra y su progresiva occidentalización, su concepción artística viró hacia la crítica y la sátira social. Más allá de ser solo pintor, Murakami también se dedica al mundo del cine de animación. En 2013, el también director japonés estrenó la película Jellyfish Eyes. Aunque este filme no era animado, sí introdujo elementos totalmente fantásticos. La historia tiene mucho que ver con la exposición The 500 arhats y la realizó también como consecuencia del desastre del terremoto y tsunami que asoló el este de Japón. Una película que recoge también elementos psicodélicos propios del mundo Murakami.

El polifacético artista nipón tenía entre sus propósitos desarrollar un mercado de arte japonés. Desilusionado por la falta de un mundo artístico confiable en su país de origen, Murakami obtuvo una beca para irse a Nueva York. Durante esta estancia de un año fue influenciado por artistas occidentales y, en ciertos aspectos, algunas de sus obras recuerdan a ciertas composiciones de Andy Warhol. Pero la estrategia del tokiota consistía en establecerse en el mundo del arte occidental para regresar después a Japón, construyendo en este proceso un nuevo mercado artístico. Con los años, Murakami ha realizado exposiciones por todo el mundo, en lugares tan emblemáticos como el Palacio de Versalles en Francia, al Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles o al Museo Guggenheim de Bilbao, entre otros muchos. Lo llamativo de su arte y su iniciativa que mezcla lo artístico con lo comercial ha atraído la atención de numerosos famosos como los cantantes Pharrel Williams o Kanye West. Murakami también se embarcó en el mundo de la moda, llegando a colaborar con ilustres diseñadores como Louis Vuitton mediante material gráfico para bolsos.

Los viajeros y amantes del arte, en su sentido más psicodélico y provocador, podrán contemplar la exposición de Takashi Murakami hasta el próximo 31 de marzo en el Mori Art Museum en la ciudad de Tokio.

Mikel Forcadell foto Mikel Forcadell nombrelinea decorativa

Vivo a medio camino entre Asia y Occidente. Soy periodista, viajero incansable y proyecto de experto en relaciones interculturales con Japón. He caminado entre los interminables rascacielos de Tokio, he bebido en pequeños bares atenienses, me he fascinado por el arte en Roma y he perdido la noción del tiempo en casas de té japonesas. Soy la curiosidad y el afán de saber hecho persona.

Twitter Blanca Uson

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