No quiero más melodramas en mi tele

Marta Peiró Trapero//

Análisis del discurso mediático del caso de Gabriel.

Se abre el telón. Un pueblo de la España meridional. Falta agua, trabajo, pero sobra naturaleza. Situado en el pulmón de un parque protegido, la veintena de habitantes que viven en él se conocen, se ayudan y comparten sus vidas. Pero un frío día de invierno, un terrible suceso cambiará para siempre la existencia de todos sus vecinos. A la luz de la primera hora de la tarde, uno de los niños que solía jugar entre sus calles desaparece.

Una madre rota de dolor aterrada por un acosador que se salta la orden de alejamiento. Un padre que se consuela en su actual pareja a la que el niño detesta. Una abuela con sentimiento de culpa. Todo un pueblo consternado. El autor de la desaparición tuvo que ser del entorno del pequeño y la policía no parará hasta dar con él.

A estas alturas a todos nos suena esta historia. Podría ser el esbozo del  guion perfecto de una película de sobremesa de sábado o la trama con la que empieza la última telenovela de Televisa. Una desaparición sobrecogedora, sospechosos cercanos a la víctima, la policía ansiosa por resolver el caso y un paraje natural de fondo. Todos los ingredientes de un melodrama rural, una tragedia del pueblo propia de nuestra España Negra.

Conmover fácilmente la sensibilidad del público mediante la exageración de los aspectos sentimentales, tristes y dolorosos son los mimbres sobre los que trabaja el melodrama. Un género que responde a sus propios códigos pero que se ha ido instalando en la sociedad como si solo desde ese lugar pudiéramos sentir, percibir y demostrar. Nos invade en películas, obras de teatro y novelas, pero de un tiempo a esta parte también lo hace en debates televisivos, crónicas de sucesos e informativos.

El único problema es que el desparecido, Gabriel, no es ningún personaje de Los Santos Inocentes, ni su historia una novela de Delibes. Es un tragedia que se nos viene contando durante los últimos meses como un melodrama con todo tipo de detalles escabrosos, íntimos y falaces.

¿Un género periodístico más?

Los medios de comunicación con su cobertura mediática se han colado en el terreno de las telenovelas. Y lo hacen con su forma de narrar y su empeño por buscar el lado más mórbido de toda información. Sensiblería a gusto del consumidor. Tal y como busca el género melodramático.

El melodrama como género mediático tiene su propio estilo narrativo. Apropiarse del dolor, la pobreza y la angustia para exhibirla sin pudor. Generar estereotipos que difunden prejuicios para acabar capitalizando la tristeza y la marginalidad. Una viuda del barrio de las 3000 viviendas a punto de ser desahuciada porque con sus 600 euros de pensión apenas le da para alimentar a su hijo en paro y a sus tres nietos. Crónicas en directo del momento del desahucio, los gritos de la anciana, los sollozos de los nietos, las cargas policiales y la penuria y delincuencia del barrio sevillano de atrezo. Como este mil ejemplos de cómo hacer de la información un espectáculo, ya sea un circo, un thriller de suspense o una novela erótica.

Este fenómeno irrumpe en el periodismo sin atender ni a medios ni a formatos. Podemos encontrar miles de ejemplos en Ana Rosa, Sálvame y demás programas televisivos, pero también en periódicos impresos, medios digitales e informativos –ya sean cadenas privadas o públicas–. De igual forma que hay una sección deportiva o económica, parece que los telediarios tienen su mercado de lágrimas.

¿Cuántos minutos de telediario se necesitan para hablar de un asesinato?

El informativo de las 21h de la 1 de TVE, la cadena pública, dedicó el pasado lunes 12 de marzo, sus primeros 31 minutos a tratar el caso de Gabriel. “Una noticia que ha conmocionado a todo el mundo”, adelantaba la presentadora. Se habló del velatorio, de los detalles de la autopsia, de la vida y desventuras de la homicida, de las manifestaciones ciudadanas y también de las “muestras de solidaridad” en los twitters de personajes públicos. Hasta se dedicó un espacio a indagar, de la mano de psicólogos, cómo debían sentirse los padres tras la pérdida. ¿De verdad los padres tienen que escuchar lo que deben sentir? ¿De verdad es de interés público el tweet de David Bisbal? ¿De verdad interesa lo que piensa la vecina del quinto sobre la detenida? ¿De verdad necesito saber los detalles de cómo fue estrangulado? ¿De verdad se necesitan tantos minutos de telediario para hablar de un asesinato?

La infancia arrebatada y la venganza terrible como motores de una historia en la que cada uno tiene su papel. La detenida, Ana Julia, el más malvado de todos. Representa el mal porque lo trae de fuera. Una puertorriqueña que abandona su “violento país” para corromper otro con la ayuda de su físico –el mayor mérito femenino– que embelesa a los hombres. Desvalidos hombres. Siempre hechizados por mujeres, cuerpos del deseo, del pecado y del mal. Xenofobia y machismo. Las excusas son perfectas para construir el estereotipo de la perversa inmigrante busca hombres en torno a su figura. El caso de Gabriel se nos presenta como una excepción, como si sucesos como este solo tuvieran lugar porque el mal ha llegado desde fuera. El mal viene de Puerto Rico, de la valla de Melilla o de la depresión que sufre el desdichado hombre que pega a su mujer. Como si en España no hubiera maldad. Es el exterior el que pervierte nuestra sociedad y no ella misma la que se autolesiona.

Todos los personajes sobresalientes de esta historia son indispensables para edificar la imagen del suceso en la mente del pueblo. El melodrama es un relato profundamente conservador, promueve la resignación e impone el orden natural de las cosas tras un diluvio lacrimógeno auxiliador. Qué le vamos a hacer si de vez en cuando ocurren estas tragedias. Hay gente mala, aceptémoslo y lloremos un rato para liberarnos del desasosiego hasta la próxima desgracia. Esto es lo que consiguen los medios con su tratamiento.

Durante estos días hemos visto como delante de los focos parece que ninguna víctima tiene derechos y ya no digamos su verdugo. Ana Julia, ya está condenada para la opinión pública pero no olvidemos que el juicio contra ella todavía no se ha celebrado. Los medios de comunicación se han hecho eco de cómo Lucía Etxebarría responsabilizaba al padre de la muerte de Gabriel “por haber dejado a su hijo al cuidado de una desconocida”. De igual forma que se ha escarbado en las desgraciadas vidas de los padres del pequeño y en el perfil psicopático de la detenida. Hemos visto galerías de fotos del patio interior del edificio donde murió la primera hija de Ana Julia y a periodistas aprovechándose del dolor de otros para tener su minuto de gloria. Tal es el caso de Manuel Vilaseró, periodista de El Periódico de Cataluña, convertido en cronista del dolor de la familia, apropiándose de una experiencia personal con un grado de manipulación desorbitado. Todo bajo la excusa de que era “amigo de Gabriel” porque ambos veraneaban en Las Hortichuelas. El mismo periodista, que en una sobredosis de egocentrismo decidió filtrar su última conversación con la homicida el mismo día de su detención. Y al que la madre de Gabriel tuvo que llamar en pleno programa de Ana Rosa para recriminar el flaco favor que hizo a la investigación del que era “su amigo”.

Se han llegado a leer titulares tan desafortunados como: “El pequeño Gabriel: víctima de las políticas progresistas que propugnan la destrucción de las familias, la impunidad de las mujeres y la inmigración descontrolada”. El progresismo como corruptor de la sociedad que permite la emancipación de las mujeres y la inclusión de inmigrantes que nos roban el trabajo, traen la delincuencia y, de paso, matan a nuestros hijos. En España contamos con un sistema mediático basado en la pluralidad de enfoques. Cada medio tiene su línea editorial y de la mezcla de todas ellas, se supone que al final emerge una estructura en la que todas las ideas se ven representadas. La teoría es tan idílica como engañosa. Nadie debería publicar despropósitos como éste bajo la apariencia de un medio informativo. Bajo el techo del derecho a la libertad de expresión no se puede faltar a la realidad y alentar el odio entre la ciudadanía.

Sin embargo, lo que ha ocurrido con el caso de Las Hortichuelas no es nuevo. Uno de los melodramas con más audiencia de los últimos meses ha sido la violación de La Manada. Esa banda de depravados –los únicos depravados que existen en España– que violaron a la pobre chica que corrió el riesgo de salir de casa en la oscuridad e impunidad de la noche. Fiesta, alcohol y libertinaje no es lugar para una joven. De desmantelar estos estereotipos y la victimización secundaria realizada en los medios durante este caso se ha ocupado María Angulo Egea en “Anatomía de una violación social”, en el suplemento de marzo de 2018 de eldiario.es. 

Si nos remontamos todavía más atrás, encontramos un sinfín de coberturas mediáticas que nos recuerdan a esta última. La estirpe melodramática es muy amplia. Desde la novela de aventuras al culebrón, parece que el caso de Gabriel podría, incluso, pertenecer a un subgénero dentro del melodrama mediático: los dramas de menores desaparecidos. Diana Quer, los hijos de José Bretón, Asunta Basterra, el niño de Somosierra, Anabel Segura, Marta del Castillo, las niñas de Alacasser… todos reconocemos estos nombres porque sus tragedias nos fueron contadas durante meses. Avivar la tensión mediática, exagerar hechos y quitar interés a otros con una frivolidad sorprendente. Esto es lo que están haciendo los medios y lo hacen por puro oportunismo, para conseguir el mayor share posible y, de paso, que el ciudadano también esté lo más entretenido posible.

¿Dónde queda la autocrítica?

En 2012 el Consejo audiovisual de Andalucía realizó un informe sobre el seguimiento del tratamiento informativo de la noticia del asesinato de una menor en El Salobral. El objetivo de dicho informe era analizar “el tratamiento informativo de la violencia de género, el derecho a la información y sus límites”. Se analizaron más de 67 horas de programación tanto de ámbito nacional (La 1, Antena 3, Telecinco, Cuatro) como autonómico (Canal Sur TV) de las que se extrajeron, entre otras, las siguientes conclusiones:

Las televisiones “ofrecieron datos de la vida privada de la víctima” que no eran “relevantes para la noticia, con valoraciones y juicios negativos sobre sus circunstancias personales y familiares que podrían vulnerar la memoria de la menor fallecida”. Se desviaron así “las interpretaciones respecto a un caso claro de violencia de género, culpabilizando indirectamente a la menor y a su familia de lo sucedido”. Se dio más voz a la familia del asesino confeso y a sus “interpretaciones sobre lo sucedido” que el otorgado a la familia de la víctima (un 33.97% y un 20.16% del tiempo, respectivamente). Al final del informe, se incide especialmente en que “el tratamiento de la noticia alcanzó en ocasiones un alto grado de espectacularización de la información” al propiciar el “enfrentamiento entre las familias respectivas de la víctima y del asesino”.

Informes como este corroboran que el periodismo, en ocasiones, sobrepasa los límites de la ética. Así fue en todos estos casos en los que, a la vista de los acontecimientos, se realizó la misma autocrítica: ninguna.

Aprovecharse de historias con víctimas reales para sacar beneficio económico debería plantear de por sí un problema moral para el periodista. Pero más allá de la deontología periodística, se plantea otro gran dilema para la profesión. Los medios que durante estos días se han rendido al morbo han olvidado la máxima del periodismo: el servicio público. Ayudar a los agentes en su investigación, evitar la difusión de rumores, no avivar los bajos impulsos de los espectadores. Todo esto ha brillado por su ausencia.

Los padres de Gabriel comparecieron para afirmar que en ocasiones el tratamiento informativo del caso “ha alargado la agonía”. “Se ha entorpecido la búsqueda y es algo que no se debería permitir. No se puede dañar una investigación por dar una noticia”, declaraba el padre del menor. Pero más allá del lamento de los padres, el pasado 13 de marzo la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), apeló a la ética con un comunicado oficial: “Algunos medios de comunicación y periodistas, que han confundido la profesión con la búsqueda constante de audiencia a cualquier precio en su cobertura del Caso Gabriel, han usado el sensacionalismo, el morbo o la difusión de imágenes que nada aportan a la información y pueden ocasionar pérdida de credibilidad, que constituye el valor que aporta el periodismo a la sociedad”.

¿Para qué sirve el periodismo?

El profesional es consciente del reprochable tratamiento informativo que se genera. Llegó Gabriel y nos olvidamos de las marchas feministas de hace una semana, de igual forma que el 1-O consiguió sepultar todo recuerdo del ataque terrorista en Barcelona. El exceso de información consigue que nos perdamos entre temas de auténtica importancia tratados con desmesurada frivolidad. De sobreinformación pasamos a desinformación de la opinión pública. El periodismo alimenta la amnesia colectiva. Algo que todavía cobra más relevancia en tiempos de posverdad.

Con la crisis de paradigmas y la entrada en el siglo XXI, las normas y valores que antes ni se debatían ahora se revisan. Parece que, como ciudadanos formados entre tantas voces, no sepamos discernir.  Parece que nos es más cómodo escuchar a una sola “voz de autoridad”. Para Gianni Vattimo, filósofo posmodernista y creador del concepto del “pensamiento débil”, este tumulto de ideas abre el camino a la tolerancia y a la diversidad puesto que otorga libertad para interpretar sin ataduras de la lógica. Todo cabe en esta sociedad actual y así lo demuestran los medios que, para el autor, están directamente relacionados con la creación de un nuevo sistema. Queda por preguntarse qué sistema queremos.

Es una irresponsabilidad pensar que aquello que muestran los medios no tiene repercusiones en el comportamiento de los ciudadanos. Muchas de las personas que se reunieron en la Comandancia de la Guardia Civil de Almería para insultar durante horas a Ana Julia ni siquiera conocían a Gabriel. Igual que aquellas que intentaron atacarla mientras era trasladada por las fuerzas del Estado. Parece que la muerte de un inocente les ha dado la oportunidad de mostrar su agresividad sin avergonzarse, reclamando una justicia en la que poco creen considerando su violenta reacción. Pero estas personas no se levantaron del sofá para salir a gritar por un impulso repentino. Alentar los instintos más bajos de la población nunca debe ser la función de los medios, sino todo lo contrario: ayudar a entender por qué suceden estos casos para que el ciudadano encuentre la calma entre la barbarie.

Los medios participan de un juego peligroso. Se encargan de que nos aterren las fake news que espías rusos cuelan en nuestro idílico sistema democrático, pero poco se miran cuando difunden información trastocada, malean la realidad y fomentan el odio agrietando, todavía más, las heridas del país. ¿O acaso habría tanto rencor entre independentistas y nacionalistas si no fuera por la continua cobertura de las miserias dichas por unos y otros? La sobreinformación de unas noticias supone el ocultamiento de otras tantas. Se dedican horas a contar cómo las familias de víctimas claman en manifestaciones la no derogación de la prisión permanente revisable en vez de preguntarse por qué Ciudadanos ha desbloqueado justo ahora su debate parlamentario. Este es un irresponsable ejercicio de la profesión, injusto para la verdad y para la formación de la opinión pública.

Los medios se sienten más cómodos con melodramas que ocultan su falta de profesionalidad. Menos fact-dramatization y más fact-checking. Menos farándula y más reflexión. Menos alarma y más calma. Menos hipocresía y más responsabilidad. Menos melodrama y más periodismo.

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