Pisadas

Gloria Serrano//

Crónicas callejeras de una mexicana en Madrid

 

“Pisa suavemente, pues caminas sobre mis sueños”
                                                                          William Yeats

El sábado fui al parque El Retiro, en Madrid. Hacía buena tarde: era luminosa, cálida, apaciguada, de las que invitan. Compramos pan, queso de oveja, jamón serrano, chorizo de Burgos, vino tinto y de postre una nectarina para compartir. Comimos sentados en el pasto. Luego caminamos un buen rato, hasta que oscureció. Cuando pasamos por un sendero de grava muy fina, nos dimos cuenta de que lo único que se escuchaba alrededor eran nuestras pisadas: ese suave y rítmico “cuash, cuash, cuash”. ¿Lo han escuchado?

Estas son el tipo de cosas que me enseña Gabriel. Son el tipo de momentos en los que me aíslo del ajetreo cotidiano y toda yo me sitúo en el instante presente; también los que luego me hacen pensar y más tarde escribir. Pensar, por ejemplo, en las noticias que nos informan a diario: el tobogán de atentados alrededor del mundo, la violencia en México que no cesa, la peculiar demostración de retórica durante la Convención del Partido Demócrata o del Republicano en los Estados Unidos.

A ver, díganme: ¿cuándo subir la selfie en la playa o jugar Pokémon Go fue más importante que enterarse de lo que sucede en la ciudad donde vivimos? ¿Cuándo hicimos de nuestra vida privada la noticia pública más trascendente? ¿Cuándo la medida de nuestra indignación comenzó a fundamentarse en las tendencias de Twitter y no en lo repudiable de un hecho? ¿Cuándo el compromiso ciudadano se transformó en una actividad para los días hábiles y no en la oportunidad permanente de construir juntos la casa que nos cobije a todos?

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Es lamentable ver las imágenes –que no cifras– de los muertos en Kabul, en Niza, en Alemania, en Tokio o en Turquía, pero más todavía, ver lo que la gente publica y comparte en sus muros de Facebook el mismo día en que ocurren estos acontecimientos. La obesidad mórbida de sus egos, ese quedarse estancados en la complacencia como agua de lluvia en un charco, el escaso apetito de justicia que tienen, su imposibilidad para admitir un mínimo de autocrítica. Eso veo.

¿Para qué leer la obra completa de José Luis Sampedro –o de Borges, Neruda, Paz– o las reflexiones del filósofo italiano Franco Berardi “Bifo” sobre la configuración política internacional, si no somos capaces de entender lo que sucede cuando una vida humana se reduce a la nada, si nos negamos a mirar el mundo para comprenderlo y hacerlo más habitable para aquellos que vendrán después? ¿O funciona perfecto? ¿Ya todo está dicho? ¿El mundo es como es y ya está?

Wittgenstein decía que el saludo entre filósofos debería ser: “¡Date tiempo!”. A veces es bueno hacer una pausa, tratar de afinar el oído y escuchar cómo y dónde estamos pisando. Sentir ese “cuash, cuash, cuash”. El de la existencia, quiero decir.

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