Siempre

Sara Millán Bruna//

“Nada de lo que vas a leer aquí es cierto en términos absolutos”. Comienzo igual que el Dào Dé Jīng, con la subjetividad de la filosofía oriental. Todo es relativo, desde los libros más antiguos hasta estas palabras. Mi interpretación de una obra puede resultar totalmente opuesta a la de otra persona delante de las mismas imágenes. En la vida, como en la exposición Siempre de Daniel Canelo, todo se construye en base a estas contradicciones aparentes. Siempre eres tú, siempre soy yo. Y en tanto que somos siempre, somos nunca. Nos adentramos en el terreno inmaterial de las emociones.

Las obras seleccionadas por Daniel Canelo en la muestra Siempre entrañan una cuidadosa meditación. Todo este recorrido visual es una alusión al propio camino, al Tao. No le hace falta mencionar directamente este concepto; el que conoce el Tao no necesita hablar sobre él. Es el que está siempre dispuesto a mentarlo el que no lo comprende. Decía Laozi: “Mis palabras son muy fáciles de conocer y muy fáciles de practicar; pero no hay nadie en el mundo capaz de conocerlas y practicarlas”. La filosofía taoísta concede más importancia a la mirada limpia de la humildad que a la acumulación estéril de sabiduría. “Conocer y, no obstante, pensar que no conocemos es el más alto logro; no conocer y pensar que conocemos es una enfermedad”. El misticismo cristiano de San Juan de la Cruz también apuntaba en esta dirección: “Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes. Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres”. Ya en el siglo XVI Hong Zicheng en el libro Cai Gen Tan comenta este anhelo de conocer desde el sosiego: “Hay cosas que cuanto más ansiosamente son buscadas menos claras resultan al entendimiento. De forma natural se hacen aparentes por sí mismas, de modo que no debemos estar ansiosos de descubrirlas”.

Ya había colaborado anteriormente con otros artistas, y esta es su segunda exposición fotográfica individual. La primera tuvo lugar en Huesca en 2008 bajo el título de Prolepsis. En esta ocasión ha elegido El Arquetipo, un taller de escultura, para mostrar sus obras. Quizás esto no es casual; así como los escultores modelan la materia para crear, el fotógrafo manipula la luz para esculpir. La exposición comienza en una amplia estancia en la que se han dispuesto fotos a color en la izquierda y en blanco y negro en la derecha. Las imágenes en color muestran pequeños fragmentos de naturaleza. Discretos, humildes, encarnan el concepto de ‘shibui’, que significa simple o sutil en japonés. Las cosas más hermosas no necesitan ser explicadas, sino que hablan por sí mismas. La piedra, el agua, la flor, la hoja… existen sin plantearse siquiera que son parte de este mundo. Crecer es enredarse”. Ser implica serlo todo, desde las raíces hasta la corteza.

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Y a la vez, si seguimos la filosofía paradójica oriental, ser también implica ser la nada. Por ello, esta sección en color incluye la traducción de la palabra china ‘wu’: ninguno, sin, vacío, nada… Este leitmotiv reaparece a lo largo de la exposición mediante el símbolo del círculo, que a menudo representa el concepto zen de ‘ensou’, que puede significar el infinito o la nada. Este pensamiento basado en el conflicto entre los opuestos ya era expresado por Heráclito: “Ellos no comprenden que el Uno total, divergente en sí mismo, es idéntico a sí mismo: armonía de tensiones opuestas”. Nos bañamos en el mismo río y, sin embargo, no en el mismo; somos nosotros y no somos nosotros. Uno y lo mismo se manifiesta en las cosas como vivo y muerto, despierto y dormido, joven y viejo.

Así, el Tao que puede ser expresado no es el Tao absoluto. La fuerza que necesita ser forzada no es la fuerza verdadera. Son diferentes formas de expresar lo mismo. Laozi planteaba que la gravedad es la raíz de la liviandad y la quietud la rectora del movimiento. El Tao en su curso regular no hace nada y, por lo tanto, no hay nada que no haga. El tao es el camino, la experiencia vital presente en cada ser vivo. Por eso cuando pregunto al artista qué significan para él algunas imágenes, no me sabe responder. Es algo abstracto, uno no puede nombrar y conceptualizar su propia experiencia. Lo que uno es, lo que crea, no hay forma de separarlo de uno mismo a fin de analizarlo objetivamente. La realidad final, lo Uno fundamental, no puede encerrarse en palabras.

Otro de los grandes maestros taoístas, Zhuangzi, nos conmina a dudar de todo. Debido a la tendencia a analizar la realidad, pasamos la vida etiquetando todo lo que vemos. El pensador, a modo de Sócrates oriental, pretende no dejar en pie ni un ápice de seguridad en la mente. Nos acompaña al desconocimiento, a un estado receptivo en el que uno debe observar lo que está sucediendo en vez de determinarlo. Hay que parar de clasificar para dejar las cosas fluir. Como dice Daniel, intentar comprender demasiados puntos de vista a la vez no te deja ver el tuyo. El texto parece emerger de la foto monocroma que acompaña; las vetas y las estrías de una roca se entrecruzan formando un entramado laberíntico. ¿Dónde acaba mi ser, dónde comienza el otro? Alan Watts, en sus estudios taoístas, seguía esta línea: “El misterio de la vida no es un problema por resolver, sino una realidad que experimentar”.

El fotógrafo capta la imagen de un cuenco humeante y la acompaña de un fragmento de La Historia interminable de Michael Ende. Uyulala, la voz del silencio, plantea un acertijo:

“Sí y no y cara y cruz, según y cómo se mire.
Nunca aparezco a la luz para que nadie se admire.
Mi cuerpo es acento y tono
pero solamente audible,
y esta voz con que razono
es mi único ser posible”.

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La misteriosa voz se plantea la existencia. ¿Deja de ser quien es cuando cesa el sonido? Quizás pasa entonces a ser solo humo, o ni siquiera eso, sino la sombra de una conciencia. Erich Fromm en su Arte de Amar replantea conceptos zen como la importancia de la concentración y de vivir el presente desde la consciencia plena. Vivimos de recuerdos pasados e ilusiones futuras, y se nos olvida centrarnos en lo que queda en medio, el presente. Vivimos como Uyulala, como “un latido siempre a la espera”. Un paisaje de montaña nuboso ilustra la frase “No se puede hablar de Siempre porque Siempre está sucediendo”. El presente son esas nubes que pasan a toda velocidad. Las podemos capturar en una fotografía, pero en la realidad, en palabras de Henri Bergson, “ese puro presente no es sino el fugitivo progreso del pasado royendo el futuro. Toda percepción ya es memoria”.

Siguiendo con las contradicciones, me fijo en la ironía de escribir sobre una exposición tan silenciosa pero que a la vez dice tanto. Watts ya profundizó en esta trampa del lenguaje, paradoja de la autoconciencia humana. La utilidad de las palabras reside en el significado, una vez obtenido nos podemos olvidar de ellas. Con estas imágenes podemos conversar con el autor, alguien que ha olvidado las palabras.

Detrás de una cortina se esconde la zona más íntima de la muestra, un rincón para la meditación. En esta pequeña estancia se combinan varias capas de profundidad protegidas por la penumbra. En el arte japonés es fundamental el yugen, el misterio, los juegos de luces… es la sutilidad de mostrar lo escondido, sugiriendo apenas la esencia de su ser. Otro concepto es el ‘jo-ha-kyu’, por el que la obra artística debe empezar con pausa y acelerar progresivamente para terminar de forma repentina. El corazón de la exposición se encuentra en una pequeña caja, donde el creador ha depositado sus reflexiones al alcance del que se atreva a abrirla. Al final, el artista es tan humano como cualquiera de los espectadores, y el arte es exponerse a sí mismo sin barreras. En esta tenue atmósfera nos hacemos conscientes de sus luces y sus sombras, en las que vemos reflejadas las nuestras propias. Como a él, a todos nos han dicho que no somos conscientes de nuestro potencial, siendo que lo conocemos mejor que nadie. Sin embargo, cada revés va creando un poso de frustración que presiona y hace que cada vez surja menos a la luz. Se va guardando con más llaves en esa pequeña caja. La abro con una mezcla de curiosidad y respeto, y en su interior encuentro el mismo miedo que me paraliza en ocasiones: ser poca cosa, no ser suficiente. Cuenta el fotógrafo que todos dejamos nuestros miedos bien expuestos con cada gesto y que quien crea conocernos por los nuestros posiblemente aún desconozca los suyos. Estos miedos tratamos de domesticarlos, pero quizás solo piden ser aceptados y amados. Eso nos cuenta una foto de raíces en blanco y negro. Entrecruzadas, torcidas y cubiertas de líquenes: son lo que son, ni mejor ni peor que otros seres.

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Daniel Canelo no solo es fotógrafo y pensador; ha incursionado también en la música y la escritura. A nivel musical destacan sus proyectos Nonsense Wind y The Happy Marvin Project. Para profundizar en sus pensamientos, comparte sus textos en el el blog Plural de Bang. También presenta un programa de radio, Los Sueños Lúcidos de Alicia, que junto a muchos otros programas y espacios le valió el premio Ondas 2012 a la innovación radiofónica a TEA FM. En uno de sus programas, dedicado a la filosofía taoísta, afirma que el concepto de eternidad no significa mucho tiempo, significa siempre. Siempre ha estado ahí, está y estará. No tuvo un origen ni un final, porque nunca ha llegado a aparecer. Quizás por eso lo inabarcable del tiempo y el universo produce tanto desconcierto en el humano, incapaz de llegar a comprender algo tan ajeno a la mentalidad de la finitud.

Lo que sí tiene un final es esta reseña, que acaba con la recomendación de pasar a ver Siempre, disponible hasta el 30 de julio. Cada uno podrá describirla con las palabras que quiera pero recordad que ningún nombre que le podamos dar será jamás su verdadero nombre.

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