Solamente Rock

Diego Manzanares//

Nadie quiere borrachos en los bares. Suena contradictorio, pero es así. Quién no se ha sentido algo violento o incómodo con un borracho cerca, tan cerca como para oler su aliento o sentir en la nuca su respiración entrecortada. Más aún si ese borracho habla solo, grita o gesticula frenéticamente, tambaleándose por medio bar hasta alcanzar los baños y echar la merecida y ansiada papilla de las tres.

Más de lo mismo si, en vez de un borracho, se cruza en nuestro camino un loco. Todo miradas perdidas, todo silencio, todo inquietud. Los locos, en cambio, y a diferencia de la mayoría de borrachos, pueden hablar muy alto pero, a la vez, de una forma muy culta, lo que provoca una doble inquietud por desconcertante. Intimida más que te griten a la cara con el aliento apestando a Mallarmé en lugar de a vino.

Si el elemento perturbador posee las dos cualidades a la vez, esto es, la de loco y borracho, seguramente se trate de un escritor, un periodista o un músico. En ese caso, saque su móvil y hágase una foto con él, porque nunca se sabe cuándo se puede cruzar uno con un premio Nobel o algo por el estilo.

“Discúlpenme que les reciba sólo con dos dientes, pero los otros se los presté al Vargas Llosa”. Ojalá se oyera algo así más a menudo en los bares, pero eso ya lo dijo Onetti una vez y no consta que volviera a repetirse.

Aborígenes

Y como a estas alturas resulta complicado escuchar o advertir siquiera la presencia de Onetti en los bares o en su casa o en el Uruguay o en el quinto quilombo, lo mejor que se puede hacer en ellos, aparte de beber cerveza, es escuchar música. En directo, a poder ser. Con algo de humo y espuma. Luz de gas.

Un fin de semana en el que no tienes adónde huir, en el que la casa se hace más pequeña de lo normal o en el que, simplemente, tienes que salir a por tabaco, una buena idea es acudir a una sala de conciertos y sumergirte en las aguas de un grupo que recién empieza y que no conoces, dejarte atrapar por los tentáculos del rock and roll y sentirte como el capitán Nemo en el submarino amarillo de los Beatles.

Lo que pasa es que, a veces, el pulpo gigante que intenta hundir la embarcación adopta la forma de inspector de trabajo, de agente de policía o de vecino con batín y legaña, y el asunto musical se interrumpe sin previo aviso de la misma manera que se interrumpen los asuntos sexuales: con un gatillazo estruendoso o una eyaculación tan precoz como Michael Jackson.

Cómo hubiera sido Zaragoza sin las salas de música. Qué hubiera sido de esta ciudad sin, por ejemplo, el BV 80 de José María Valtueña, un garito sin insonorizar que dio cobijo a una década y a unos grupos que, al igual que la democracia y la libertad, revitalizaron a un país sumergido en la boina con palillo y en los mantones de quita y pon.

De ahí, del BV 80 surgieron nombres como Aborígenes del cemento, un grupo de rock liderado por Paco Cester que llenaba el local de jueves a domingo una vez al mes. El resto de los días, Valtueña les dejaba ensayar en los sótanos a cambio de tocar gratis. Unos sótanos por los que se dejaba caer para ver ensayar al grupo un adolescente al que todo el mundo llamaba Quique, bajista por aquel entonces del grupo Rebel Waltz. La historia dice que junto a Juan Valdivia, Joaquín Cardiel y Pedro Andreu, montaría Héroes del Silencio sobre mediados de los 80.

Aborígenes estaba formado por José Luis López (guitarra), Juan José Lucía (bajo), Javier Campo (teclado, guitarra, armónica y coros), Juan Antonio Espinosa (batería) y Pepe Per (guitarra y voz). Pero Pepe se ahogaba entre canciones y litros de cerveza, y decidió liberarse buscando espacios y horizontes más amplios. El mar le pareció lo suficientemente diáfano, y se enroló como grumete en un barco de pesca. Después de la noche y la oscuridad, necesitaba conquistar el Gran Sol.

Con los aborígenes huérfanos de cantante y con Paco Cester buscando grupo, el amor surgió de forma natural y espontánea entre ellos, casi sin premeditación. Parecían Jack Nicholson y Helen Hunt cruzando de manera enfermiza un paso de cebra cualquiera, pero encajaban perfectamente. Mejor…imposible.

Paco había conseguido en el año 79 su primer contrato profesional como cantautor en el bar Universo, el mismo local que años después, en la calle Heroísmo, llevaría el nombre de la mítica sala de actuaciones La corrala. Era el momento preciso de subirse a un escenario con la sombra y la soledad que da una guitarra española, y cantar lo que no se había podido decir durante cuarenta jodidos años. Había que protestar, había que llamar la atención. Pero también había que follar. Aunque lo de la protesta en Paco Cester es efímero. Paco es rock y es blues, y el encaje perfecto era un grupo como Aborígenes. Además, cuando entró en el grupo lo hizo con una hogaza debajo del brazo, ya que temas míticos como Yonki o la escalofriante Solo de día, solo de noche pasaron automáticamente a formar parte del repertorio de Aborígenes.

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Fotografía de Javier Clos

Sin estas salas, junto con el Barrio Verde —que también estaba en la misma zona—, todo aquello no hubiera sucedido. Aquella explosión artística y cultural se habría ahogado en las calles y en los parques, con más cinturones y más jeringuillas de la cuenta. Nos habríamos quedado, claro, sin ver actuar a Paco Cester encima de un escenario. Nos habríamos quedado sin el sabor atronador que provoca su voz y que es capaz de tambalear los cimientos de cualquier estructura con forma de garito. Nos habríamos quedado sin sentir cómo la música y las canciones van surgiendo de aquellos brazos, de aquella garganta en ebullición, de aquella mente lúcida que juega con el público y lo marionetiza hasta controlar sus impulsos. Igual de hipnotizante que los pasos de baile de Mohamed Alí encima de un ring cualquiera, caen como puños sobre el rostro de George Foreman las canciones que forman parte de la banda sonora del rock y del blues: I feel good, Stand by me o Sweet home Chicago. Euforia y talento en Zaire o en Zaragoza.

Pero lo que sin duda ayudó a impulsar el panorama musical y cultural de la ciudad fue, primero, el concurso de rock que organizó el Ayuntamiento en 1982 y que reunió en el barrio de Santa Isabel a más de veinte grupos locales y a unas dos mil personas. Allí Paco conoció a Mauricio Aznar, de Golden Zippers. Se encontraron acodados en la barra, rodeados de gente y espuma, y mantuvieron una conversación que sólo puede producirse con el sabor del vino y de la cerveza en las palabras:

-¿Tú eres el cantante de Aborígenes?

-Sí. Y tú el de los Golden Zippers, ¿no?

-Exacto. Un rockabilly y un rockero. Si esto fuera Barcelona nos daríamos de hostias pero, como es Zaragoza, te invito a un cubata.

Y así lo hizo.

Una conversación que refleja muy bien cuál era el ambiente que rodeaba a la música y a los músicos de Zaragoza al comienzo de los años 80. El concurso resultó ser un buen impulso para los grupos que empezaban ya a sonar en la ciudad, con una final inolvidable en el desaparecido y maravilloso Rincón de Goya. Duró dos días, actuaron ocho grupos y reunió a más de seis mil personas. Aún resuena el eco de aquel talento amplificado y casi olvidado.

Paco cester bv80

Algunos dirán que la explosión definitiva se produjo con la primera muestra de Pop y Rock que se organizó dos años más tarde en el pabellón francés, situado en la antigua feria de muestras, junto a la Romareda. Y puede que tengan razón. Tres días, cincuenta grupos locales, bandas nacionales de la talla de PVP o Gabinete Caligari, treinta mil personas en total, gran repercusión en los medios. No se recuerda algo parecido en la ciudad, y de aquello hace ya más de treinta años.

En estos momentos, las salas que continúan luchando y ofreciendo música en directo como alternativa cultural a miles de personas durante todos estos años están en peligro por las exigencias, entre otros motivos, de Inspección de Trabajo; pretenden regularizar un sector cuyo comportamiento se asemeja mucho más al de una actividad cultural que al de un simple negocio. Y no sólo están en peligro ellas, sino también los músicos jóvenes que recién empiezan y que no tienen cabida fuera del regazo de estos locales.

Ahora les piden papeles y dinero cuando deberían pedir otra de Chuck Berry, esa que tan bien le sale a Paco siempre.

 

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