‘Viejo’ no es sinónimo de vintage

Leyre Ferrando //

Decenas de ciudades se rinden poco a poco a la moda vintage. Cada vez son más los adeptos a esta tendencia pero también más los que desatan un odio visceral hacia ella.  

Ropa diferente, barata y única. Qué bonito suena -y qué utópico es-. Son las ocho de la tarde, el sol se oculta en Zaragoza y la Noche de los Tenderos Creativos comienza. Los comercios del barrio de la Magdalena abren al público hasta altas horas y, aunque fuera llueve a cántaros, al vintage no le importa. La ropa second hand tiene tanta fuerza que sus adeptos pasarán por encima de cualquier cosa para llegar a las tiendas de ese barrio alternativo. En la calle Cadena, entre paraguas, música indie y pelos mojados, un conjunto de chicas desfilan hacia el probador de una de las tiendas. Montones de vaqueros y camisas second hand descansan en sus manos. No todos defienden el vintage como ellas. Esta tendencia también tiene sus fallos -y sus detractores-.

Como si se tratase de una plaga, hay una serie de mitos sobre la ropa second hand que se han ido extendiendo por la sociedad. El más común: “El vintage es ropa vieja”. Una simplificación que he oído una y mil veces salir de bocas inexpertas que ni siquiera se han molestado en preguntarle a Don Google. El vintage es ropa antigua, sí; pero son pocos -o ninguno- los que lo conciben en este sentido. Se refieren a prendas pasadas de moda, desgastadas, rotas…Y se equivocan.

Imaginemos una señora detrás de un puesto de mercadillo. Vende las camisetas de Zara más cutres de la temporada pasada; camisetas que además incluyen rotos mal cosidos, cremalleras que ni suben ni bajan y la desaparición de un par de botones. ¿Quién querría comprar estas prendas? Seguro que se las quitan de las manos.

Esa camiseta que podíamos encontrar en una tienda normal y corriente hace seis meses… ¡No es vintage! Está pasada de moda, a secas. Las prendas de las grandes multinacionales tampoco suelen serlo. Y digo “suelen” porque hay excepciones como la ropa de alta gama -firmas de la talla de Lacoste, Versace, Chanel o Moschino-. Ante los ojos expertos es la crème de la crème: bueno, bonito y barato. Encontrar un montón de prendas de este tipo es una señal divina. Aquellos que sueñan cada noche con poder comprar un bolso de Chanel o unos Louboutin lo entenderán.

En el otro extremo: jóvenes con prendas llamativas acompañadas de dilataciones, piercings, tatuajes y peinados de lo más estrafalario. Los grandes fanáticos del second hand, las personas más underground se atreven también con las marcas de deporte como Adidas, Nike o Fila. Resulta sorprendente, pero… ¡son vintage! Me cuesta entender cómo lo consiguen, pero llevan ropa de marca y, sin embargo, no son “uno más” del montón. Raritos, según algunos; elegantes y estilosos según otros. Esa forma de vestir con la que mi madre jamás me dejaría salir de casa pero que admiro a rabiar.

Aunque, ¡cuidado! Hay que saber qué estás comprando y dónde. Si eres un novato en esto del vintage debes andarte con ojo. Un cinturón de Gucci por 60 euros es una ganga. ¡Ni se te ocurra soltarlo! No vas a volver a encontrar ese precio -ni mucho menos ese cinturón-. Pero, si por ese mismo precio quieren venderte unos Levi’s, sal de la tienda y no vuelvas nunca más. Están a punto de atracarte.

A pesar de todo, no quiero desprestigiar al vintage. Yo misma lo venero porque es un verdadero milagro. Y si no lo crees, te reto a salir a la calle y contar el número de personas que pasan con la famosa chaqueta amarilla de Zara. 20, 30 personas… ¡Qué originales son! Hoy en día todos vestimos igual: mismos colores, misma ropa, mismas tiendas… Somos copias idénticas. ¿Acaso queda alguien que se atreva a nadar a contracorriente? ¿Alguien que se atreva a vestir diferente?

En el pequeño comercio de la calle Cadena una chica que ronda la veintena se prueba una camisa rosa con un estampado floral. Nunca antes había visto una prenda así. Nunca veré otra igual. ¡Es vintage! Unas calles más allá, una gran multinacional de la industria de la moda cierra -hasta el día siguiente-. Las últimas clientas salen cargadas de bolsas. Todas llevan las mismas prendas. Cambia la talla y, a veces, el color, pero son las mismas. El estilo propio está muriendo y la imagen de la chica de rosa da un halo de esperanza. La industria de la moda tiene salvación y se llama vintage.

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