Voces

Dirigida por: Ángel Gómez Hernández
Elenco: Rodolfo Sancho, Ramón Barea, Ana Fernández, Belén Fabra, Lucas de Blas.
Sinopsis: Sara, Daniel y su hijo de 9 años, llegan a la casa en la que pretenden comenzar una nueva vida, sin saber que esa propiedad ha sido conocida desde siempre en los alrededores como “la casa de las voces”. El niño, Eric, es el primero en advertir que esas voces suponen un peligro real en el mundo de los vivos.

Daniel Calavera//

¿Alguna vez os ha costado barbaridad poneros en marcha una noche? Vuestros amigos os insisten en salir, y vosotros, al principio pasáis de todo, os unís a la fiesta sin más pretensión que la de estar ahí, sin hacer ruido y sin participar. Sin embargo, a medida que pasa la noche, una serie de sucesos extraordinarios y variopintos personajes que animan la conversación más típica, se van sucediendo, creando un clima y situación de participación que no esperabais en absoluto. Os unís, participáis, os lo pasáis en grande y encima, os emocionáis. La noche ha pasado de descafeinada y sin ritmo, a ser una futura sonrisa ladeada que se dibuja en vuestro rostro cuando la recordáis. Pues eso, exactamente esa sensación, es esta Voces, debut de un nombre que se ha quedado grabado en nuestra agenda como uno de los imprescindibles a seguir en el cine de género y cine, en general, Ángel Gómez Hernández.

La película empieza sin sobresaltos, y aunque con agradecidos giros, se tornan estos en previsibles, pues el relato huele a ya visto, y a pesar de la esforzada interpretación del elenco, los diálogos son demasiado conocidos, incluso forzados en ocasiones, pues el contexto no acompaña en absoluto a reacción y situación. Sin embargo, es cuando entran en la función los personajes de Ramón Barea y Ana Fernández, padre e hija, suerte de “Warrens heroicos a la española” cuando este híbrido de los films de James Wan, con toques ya clásicos en un entorno de casa maldita a lo Poltergeist salvaje, se dispara y hace que la noche se convierta en una juerga altamente disfrutable. Además, consigue que ese pelín accidentado primer tramo, cobre todo el sentido a través de una inteligentísima jugada de guion, haciéndonos ver que no se trataba de la película que habíamos comenzado a ver, no, no. Se trata de un relato de aventuras terroríficas protagonizado por ese padre y esa hija. Y encima, no sólo consigue que les acompañemos, también realiza la proeza de hacernos sufrir con cada desdicha del hilo conductor, Daniel, personaje a cargo de un genial Rodolfo Sancho, en su, sin duda alguna, mejor interpretación hasta la fecha.

Se esfuerza además director, fotografía y sonido en regalarnos sustos conseguidísimos, inspirados y, aunque beben directamente del cine que les ha formado algunas de estas escenas, funcionan a la perfección, creando tensión de la buena y provocando esa maravillosa sensación durante el metraje de querer taparte los ojos, o apartar la mirada de la pantalla. Y esto, estimado público, es a lo que aspira cualquier film de terror que se precie, aquel que sobrepasa la línea del susto y hace que nuestra piel se erice si esa misma noche se guarda el silencio más absoluto en nuestra habitación al ir a dormir. Bravo, ese es el terror más disfrutable.

Reconocimiento merece también la intención en el argumento, pues encuentra la forma de no dejar cabos sueltos en una solución imaginativa, valiente en sus momentos más arriesgados, que no eran nada fáciles de resolver, y ofreciendo al espectador una historia de monstruos, fantasmas y brujas que llena el cerebro del público de respeto hacia él. Aquí se ha escrito una historia, se ha tomado tiempo en pensar en la platea a través del texto, que es lo primordial, y es de agradecer, porque esto es lo que diferencia un buen acabado de uno malo.

  • Conclusión: Buen cine de terror. Imaginación y respeto. ¡Y valentía! Que estamos en España al fin y al cabo, uno de los países que peor lo tiene en sacar adelante una ficción no social ni documental.
  • A destacar: Su amor por el terreno que explora y el gran festín que consigue con ello.
  • No destaca: ¿Sabéis qué? Me lo pasé tan bien y salí tan agradecido, que no me apetece decir nada en contra.

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