Un pueblo perfecto

Albert Alexandre//

Uno de los muchos enclaves que pueden encontrarse en la Costa Brava, Sant Antoni de Calonge, es el ejemplo perfecto de municipio que las instituciones reivindican, el ejemplo de la sociedad de consumo occidental. ¿Cuál es la realidad de la denominación Destinación Turística Familiar?
Sant Antonio o Calonge

No es un pueblo famoso y cuando se nombra, para que el interlocutor lo ubique, es mejor hacer referencia a las localidades que lo rodean: Palamós y Platja d’Aro de Aro. Tampoco es un pueblo, al menos no todo el año.

Integrado por Calonge, la villa medieval situada tierra adentro, y Sant Antoni, el pueblo moderno delante del mar, Calonge-Sant Antoni es el típico enclave turístico de costa del Baix Empordà. En invierno hay 10.000 residentes, mientras que en verano se alcanzan los 100.000 habitantes.

El mayor capital con el que cuenta este municipio mediterráneo es el turismo. “Turismo de calidad, turismo familiar. Sant Antoni es un pueblo con sello DTF; Destinación Turística Familiar”, comenta una trabajadora de la oficina de información. “En su mayoría se trata segundas residencias de gente de Barcelona o Girona, y de turistas franceses, belgas y holandeses”, afirma Jaume Figueras, quien es responsable de comunicación del ayuntamiento del pueblo.

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En 1991 se creó el SAI (Sant Antoni Independent). Los representantes de esta formación política luchaban para que la zona de costa se separara de la de montaña. Unos años más tarde nació otra formación, la Cocadete (Coordinadora calanongina per la defensa del terme), que se anteponía al proyecto del SAI con un programa en defensa del unionismo. Ambos grupos, que llegaron a obtener representación en el consistorio de la localidad y a ser claves para la formación de gobiernos, nacieron en los tiempos del boom inmobiliario español. Sus ideas políticas, entonces, estaban mediatizadas por lo económico: la zona que crecía a un ritmo enfebrecido durante las décadas del ladrillo reclamaba escindirse de la localidad campesina donde está el ayuntamiento. En 2007, la Cocadete no obtuvo ningún regidor y se dio de baja como partido, y en 2015 el SAI no se presentó a los comicios electorales. Parece que la crisis ha hecho mella en las aspiraciones de independentistas y unionistas de los vecinos de mar y montaña.

“Sant Antoni se sentía maltratado”, comenta Jaume Figueras. A principios de 2018 el alcalde del pueblo, Jordi Soler, de Convergencia i Unió, consiguió que el municipio en su totalidad cambiase de nombre. La localidad ahora se llama Calonge-Sant Antoni, y de este modo se demuestra que a veces un guion, el nombre que damos a las cosas, puede transformar la realidad.   

En Sant Antoni, todavía hoy se recuerda con nostalgia esa época de “enfrentamientos” que coincidió con el mal llamado milagro aznarista. Dos trabajadoras de la oficina de turismo ubicada en Sant Antoni sonríen cuando se les pregunta sobre la supuesta rivalidad entre ambas localidades. “Calonge es mejor”, dice en tono burlón una de ellas que es funcionaria y por lo tanto trabajadora fija. La otra chica, una becaria que pasará las vacaciones atendiendo a los visitantes en busca de información, se ríe sin atreverse a rebatir.

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No son las únicas que hablan con nostalgia del pasado. “Aunque estamos saliendo de la crisis, esto ya no volverá a ser como antes”, reflexiona apesadumbrado el dueño del restaurante Sant Antoni a primera línea de mar. Es fin de semana y el Paseo de Josep Mundet, epicentro del pueblo, está a abarrotado. “La gente ya no gasta como antes. Yo vine hace más de 30 años a aquí desde Andalucía y he trabajado en el mundo de la noche durante mucho tiempo, sobre todo en afterhours de Playa de Aro. Antes la gente se gastaba 10.000 pelas en un botellín de agua”. Es mucho dinero: 60 euros. “¿Cómo no iban a gastarse eso por agua si se dejaban el sueldo en coca?”, concluye lapidario el dueño del establecimiento.

Por su parte, el responsable de comunicación del ayuntamiento relata que, durante los años duros de la crisis, los turistas nunca han dejado de venir al pueblo. “Lo que bajó fue la capacidad de consumo de los visitantes… Aquí dependemos de todo lo relacionado con el turismo; los servicios, la jardinería, la construcción… por suerte, parece que estamos remontando”.

Las playas llenas, los bares llenos o algunos locales que demandan empleados quieren ser síntomas de la bonanza. Quizás otro síntoma: en el pueblo existen dos comercios que predominan sobre el resto, los bares y las inmobiliarias.

Todo parece ir sobre ruedas, sobre las mismas ruedas que conducían a la crisis.

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Turismofilia

Hace un tiempo que resuena ese concepto: turismofobia. Según el barómetro municipal de Barcelona, el turismo se ha convertido en el principal problema para la ciudadanía de la capital catalana. Además de la reconversión del espacio público en zonas como la Sagrada Familia, el Parc Güell o Las Ramblas, este fenómeno de masas lleva adherido otras problemáticas que hoy día, más que nunca, se han hecho evidentes. La conflictividad entre quienes viven en la ciudad y quienes están de paso, el impacto medioambiental del turismo, la expulsión de las gentes de la ciudad a barrios periféricos por el encarecimiento del parque inmobiliario y el descenso de la calidad de vida tras el aumento de los precios y la congelación de los salarios son algunos de los elementos provocados por el turismo de masas.

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Sant Antoni es, teóricamente, el modelo contrario a ese turismo zombie fácil de criticar: algo así como un pueblo que produce turismofilia. Hay cierto orgullo en la funcionaria de la oficina de información turística cuando afirma que el suyo es un pueblo DTF como lo son Rosas, Malgrat, Castelldefels o Calella, nada que ver con Magaluf. “El ayuntamiento ha creado a Sam, un personaje de dibujos que vive toda clase de aventuras en nuestro pueblo”, explica mientras muestra un librito hecho para niños y niñas que puede colorearse. “Además tenemos esta pantalla táctil”, mientras enseña un gran panel hecho de varios monitores en la pared, “y los padres y madres pueden consultar de forma rápida toda la información sobre Sant Antoni y las actividades que se organizan… se plantea como un “quiz” para que sea más dinámico”.

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Cerca de la oficina de turismo se encuentran el vivero de empresas y el coworking del pueblo. Así como las grandes fábricas fueron el emblema de la revolución industrial y los edificios de oficinas la arquitectura por excelencia del siglo XX, los espacios de autoempleo subvencionados por instituciones públicas son la piedra angular de una economía salvaje en la que cada jefe será su propio trabajador y viceversa. Más allá de estos dislates, resulta curioso que un municipio que por poco supera los 10.000 habitantes haya habilitado un espacio, cuyo nombre -muy acorde con la nomenclatura de nuestros tiempos- es “Alta Mar Business Platform”.

Para una pareja mayor que regenta una tienda de comida casera en el centro del pueblo, el complejo de innovación no es otra cosa que un ejemplo más de la megalomanía del consistorio. “¡Nos tienen fritos a impuestos!”, se indigna el marido. “Mientras tanto, todo el mundo sabe que Sant Antoni y Calonge tienen una deuda de más de 7 millones de euros… ¡claro! ¿Cómo no van a tener deuda si son más de 500 funcionarios?”, concluye retador el hombre que parece hacer esfuerzos por erigirse como un representante de la clase media europea indignada; como uno de esos votantes de Trump o Le Pen. Jaume Figueras, por su parte, desmiente al vecino diciendo que solo son 200 funcionarios.

Detrás de un DTF parece haber contradicciones. La pregunta pertinente en un pueblo que multiplica por 10 su demografía en verano resulta obvia: ¿Qué hace del turismo de aquí, algo distinto del de Barcelona o del de Santorini o del de Pisa o del de Salou? “Para saber cuánta gente hay en verano, comparamos la cifra de residuos durante esta época con la registrada en otras épocas del año”, apunta Jaume Figueras sin llegar a intuir que está respondiendo a tantas preguntas.

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El impacto de los turistas de Sant Antoni no es muy distinto al de los “guiris” en la Ciudad Condal, todos cagan del mismo modo, su paso se mide en toneladas de mierda.

La precariedad laboral en el pueblo de la Costa Brava es la misma que en Barcelona: los socorristas comentan que su sueldo es de 800 euros mensuales, mientras que un ayudante de camarero venido de Sevilla, señala: “no es mal sueldo, puedo llegar a cobrar 1.400 euros. Claro está, en julio y agosto no tengo un solo día de vacaciones”. Ante la incredulidad del dato, él reafirma: “Ni un solo día, desde la mañana a la noche siete días a la semana”.

Es frecuente ver a gente venida de fuera de Catalunya llamada por las ofertas laborales en hostelería: la mayoría son jóvenes que ya no responden al esquema “ganar un dinero en verano para poder estudiar”. Ahora éste es su modo de vida, un modo precario que recuerda al de los temporeros del campo. Tres meses que sumados al paro deben servir para todo el año.

El impacto del turismo es igualmente insostenible en el medio, el medio ambiente. Cruzar Sant Antoni a pie, de la costa hacia el interior, donde aparecen los primeros campos y bosques, ocupa entre 5 y 10 minutos. Recorrer de punta a punta el pueblo siguiendo el paseo marítimo emplea más de 40. Tampoco parece algo extraño cuando Greenpeace denuncia que en Catalunya se han destruido casi la mitad de los primeros 500 metros de costa.

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Contaba el difunto periodista Joan Barril que hace un siglo los segundones, hijos no herederos, se quedaban con las casas que daban a primera línea de mar. Eran las menos valiosas porque no tenían tierras de cultivo cercanas y si las tenían, eran de muy mala calidad por culpa del salitre. En muchas casas antiguas de costa, decía el periodista famoso por su trabajo en radio y televisión, la entrada  a la vivienda se encuentra en la parte opuesta al mar. Los segundos hicieron fortuna a partir de los años 60. Sant Antoni no fue una excepción. A primera línea de mar se elevan grandes construcciones algunas de las cuales sobrepasan las 10 plantas.

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Dicho todo esto vuelve a resonar,ahora con interrogantes, la frase de la informadora turística: “¿Turismo de calidad, turismo familiar? Sant Antoni es un pueblo con sello DTF; Destinación Turística Familiar”.

La mayor diferencia entre un ciudadano inglés que viaja a Barcelona para emborracharse y un individuo holandés que se compra una casa a primera línea de Sant Antoni para pasar los veranos con su familia es que el primero pertenece a las clases bajas inglesas que viajan gracias al fenómeno lowcost y el segundo es miembro de la clase media o de la clase alta. La turismofobia en su versión moderna tiene por lo tanto algo de odio de clases, de todas las clases contra las clases de abajo.

La cuestión trascendente que de momento nadie se plantea, nadie se atreve a plantear es: ¿en cualquiera que sea su forma, es legítimo el turismo? En 2016, la Organización Mundial del Turismo cifró en 1.184 los millones de turistas internacionales en todo el mundo. Es decir, un 16% de la población que tomó 3.782 millones de vuelos en un año. Si asumimos que todos los habitantes del planeta tienen derecho a ser turistas, buenos turistas, topamos de frente con un tema de sostenibilidad: el turismo es un devorador de recursos. Otra pregunta incomoda: ¿qué derecho tienen unos muchos, que en realidad son pocos porque no son ni de lejos mayoría, a hacer turismo?

El paraíso donde no hay pobres

“Se ha perdido una niña de tres años con una camiseta verde”, dice el policía cuando llega a la caseta que la local ha montado enfrente del mar. Recorre los 3 kilómetros de paseo en un segway con ruedas de moto de montaña. Montado en el vehículo medirá unos dos metros y algo, y recuerda a esos tiempos en los que la policía imponía respeto a lomos de un caballo. “Se llama Marie, tiene 4 años. Dilo por megafonía”, concluye el policía hablando con la chica que hace guardia en la caseta.

No es la única función para la que se utiliza el sistema de altavoces que el ayuntamiento ha instalado por todo el paseo. A las 19.00 horas, con un volumen ensordecedor, megafonía anuncia que a partir de entonces se termina el servicio de socorrismo en toda la playa. Lo dice en catalán, español, inglés, francés y ruso, y la escena recuerda a cuando en las ciudades musulmanas se llama desde los minaretes a la oración. Tiene sentido: en este tiempo y en esta sociedad en la que el ocio es un valor sagrado, religioso, cuando termina el “ocio seguro” los feligreses deben retirarse a casa.

La escena también tiene visos de 1984, pero si por una ficción hubiese que decantarse, Sant Antoni recordaría a Noches de cocaína de J.G. Ballard. En la novela del autor de lengua inglesa la ficción ocurre en la Costa del Sol, en un aparente pueblo perfecto donde se refugian las clases altas europeas. Con el paso de las páginas se descubre que el emplazamientoes en realidad el reino de la droga, el sexo y el crimen. “En Sant Antoni no hay más delitos de los que son comunes. A veces roban en la playa o más raramente hay un tirón de bolso”, comenta la chica de la caseta de la policía. Lo mismo dice Jaume Figueras, y añade que “los delitos por tráfico de drogas son muy pocos”. Quizás hay que escarbar un poco, quizás hay que irse al prostíbulo del pueblo, quizás recorrer las noches de Plaja d’Aro a las que las y los jóvenes de toda la comarca acuden los fines de semana estivales.

Pero en la fachada, Sant Antoni ve en verano familias de clase media y media-alta buscando tranquilidad, descanso, paz. Cenar a la fresca con los vecinos de su comunidad y alcanzar el puntillo de borrachera exacto para poder bajar a la playa al día siguiente o hacer una excursión. Lograr una repetición perfecta del tiempo. Del tiempo sin historia o, como diría el filósofo Byung-Chul Han, del tiempo sin peso. Para conseguirlo Sant Antoni es el lugar perfecto.

Hay algo de impostura en esta forma de vivir. Parece un espejismo de la vida real: los niños corretean solos por las calles sin que sus padres sufran; los adultos se olvidan de que tienen jefes; la gente parece no recordar que el mismo mar en el que se baña es el mar que cruzan los migrantes y mueren; el panorama político se difumina. Cuando en un extremo del paseo, aparece un vagabundo con un tetrabrik de Don Simón en la mano, las miradas de los paseantes se vuelven incrédulas. No esperaban encontrar esta postal tan desentonada, porque claro, aquí no hay o no debería haber pobreza, solo un poco de precariedad; precariedad laboral.

***

“Hay gente que ha hecho mucho dinero con la construcción de pisos”, dice una señora mayor que compró con su marido una casa en el 77 después de que les tocara la lotería. “Había una camarilla, en la que estaba la familia de Sandro Rosell, que se hicieron muy ricos”, confirma él. No hay apenas registros de esos buscadores del nuevo dorado que a partir de la década de los 80 llegaron a la zona costera para hacerse ricos; son como un mito que circula entre la gente que más tiempo lleva a aquí. Solamente alguna nota en las noticias de sociedad que reciben títulos como “¿dónde veranean los famosos?”

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Rosell, Xavi Hernández, Dani Pedrosa y Andreu Mas-Collell también veranean en Sant Antoni. De hecho, toda la Costa Brava está llena de personalidades que huyen de la ciudad y que demuestran una vez más que este no es lugar para humildes.

No son los únicos personajes con dinero que encuentran refugio en esta zona. En la parte sur del pueblo se levanta una colina desde la que se puede ver toda la bahía de Palamós. Como si debieran controlar toda la tierra que hay a sus pies, en esta colina empezaron a construirse, hace algo más de una década, numerosas villas de lujo. Aunque tenga un rezumar tétrico si hablamos del verano, la urbanización donde se encuentran esas casas exclusivas se llama Urbanización Madeleine. Es frecuente ver pasar coches de lujo y desde la calle se consiguen adivinar piscinas de diseño, pistas de tenis privadas o esculturas de arte carísimas en los jardines.

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Un hombre riega las plantas de su chalé en este barrio de pudientes. Si los ricos tienen en el imaginario común una estética (hasta una fisiología), el hombre no se adapta a esa estética; no es rico.

Viste una camiseta ajada y su forma de hablar es parecida a la de un campesino del interior del Empordà. “Todas estas casas que ves… yo he trabajado en la construcción de todas”, afirma orgulloso. Era albañil y mucho dinero tuvo que ganar para comprarse una casa con vistas al mar que actualmente ronda los 700.000 euros. Es poco dinero comparado con el dinero que aparece en las historias que cuenta. “Aquí hay gente muy rica. Un ruso se ha comprado una parcela por 4 millones de euros cerca, y la casa le va a costar 5 millones”. Son cifras que la mayoría no puede entender, cifras para calculadoras en otros idiomas.

“¿Ves ese edificio?” el exalbañil se refiere al complejo Edén Mar, una torre de más de 15 plantas construida hace años delante del mar, en la colina, y que en Sant Antoni ha sido siempre sinónimo de lujo. “La última planta la quería comprar un ruso, pero creo que al final no lo hizo porque el ayuntamiento no le dejaba poner una pista para su helicóptero”. Por norma general, los ricos no quieren tener contacto con los menos ricos, ni esos menos ricos quieren tener contacto con los que son menos ricos que ellos. Y así en una eterna escalera. Y así se construyen pueblos enteros donde no hay un solo pobre. Y así y eso es Sant Antoni.

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