Voyerismo a 40 grados: Mi primer día en la Tierra

Sandra Lario//

Hacía 41 grados centígrados en la Tierra esa tarde. 67856 descansaba en un banco frente a lo que le habían dicho que se llamaba Mercado Central, aunque todavía no sabía qué era exactamente un mercado. Su sombrero de paja calado hasta las cejas le protegía del sol.

Tenía frío pero desde la organización habían creído preciso que llevara aquella camisa de algodón fino abotonada en el pecho. Jamás había visto antes un botón. Le habían advertido de que una prenda de más abrigo supondría miradas que no lo convenían, posibles preguntas que no acertaría a responder e incluso reconocimientos médicos terminantemente prohibidos si pretendía mantener su integridad.

Al menos le habían permitido llevar calcetines, porque aquellos pantalones dejaban todo el tobillo al descubierto y eso le hubiera causado más frío aún. Además, sus tatuajes llamarían la atención de cualquiera. Aquí, en la Tierra, las personas con su apariencia –un aspecto, pese a la juventud de 67856, arrugado, vetusto- sólo estaban tatuadas si tenían un pasado no demasiado ejemplar. En las de aspecto más juvenil era cada vez más común, pero 67856 era a ojos terrestres una persona acomodada en la llamada “tercera edad” y no podía salirse de “la norma”.  Tampoco sabía a ciencia cierta lo que era la norma.

Se miró el reloj de la muñeca. Sacó su libreta y su bolígrafo del bolsillo de la camisa y se dispuso a anotar algo. “Disculpe, ¿qué hora lleva?”, preguntó mientras giraba la cabeza el señor del banco de al lado. “Eh…”, titubeó 67856. Estiró el brazo para que la muñeca quedara a una distancia de los ojos del señor en la que éste pudiera interpretar ese artilugio por sí mismo. “¡Gracias!”, exclamó el señor. No podía aprenderlo todo en menos de un día, había muy pocos números en esa esfera acristalada como para que ahí dentro cupiera un día entero. Frunció un momento el ceño, se elevó un poco sobre la nariz las gafas que la mayoría de las personas de su apariencia solían llevar aquí en la Tierra – las suyas con los cristales sin graduar, tenía que observar todo al detalle- y abrió la libreta para añadir algo.

Hace frío. Sin embargo, las personas van con ropa ligera, llevan cosas en la cabeza para esquivar al sol y comen muy a menudo una sustancia extremadamente fría que a veces colocan sobre conos y otras sobre pequeños cubos de cartón.

Hoy había escrito mucho. Le habían avisado de que aquí sólo disponía de 24 horas al día y que las personas solían dormir al menos 7 de esas horas. Tenía poco tiempo. Continuó:

Es mi primer día aquí pero he podido hablar con algunas personas. Por lo visto, cuando tienes mi apariencia –aquí soy considerado “mayor”, aunque no sé muy bien con respecto a qué- puedes hablar con otros individuos que se sientan cerca de ti en las calles y las plazas. Tampoco he querido excederme, he preferido observar. Así, he descubierto varias cosas sumamente curiosas:

Las personas no se denominan así a sí mismas. Al menos, no es lo habitual. Utilizan los pronombres que allí usamos para las cosas. Pero es que las cosas no eligen ser. Pues bien, hay personas clasificadas en dos géneros: mujeres y hombres. He leído en la red –aquí se le llama“Internet”- que ahora intentan que se reconozca que se puede pertenecer a otros. Y hay personas que incluso quieren que no se les clasifique. Debería llevármelas a echar un vistazo al regresar pero me lo tienen prohibido. Lo de los otros géneros y la falta de ellos lo he tenido que buscar porque eso en la calle no me lo han sabido explicar, decían que no era “correcto”. Como si fuera una regla ortográfica o una cuenta matemática: “correcto”. Hay que ver. He dejado de preguntar para no generar sospechas. Por lo visto, las personas “mayores” no deben de estar muy informadas ni interesadas en el tema y mi curiosidad hubiera llamado la atención. Para establecer si son de uno u otro género miran a los bebés desnudos al nacer y lo determinan. Cuanto menos, curioso. Después, su estructura social está construida de tal forma que las personas a las que denominan “hombre” tienen más importancia y pueden hacer más cosas que las otras.

Sigamos. Si hubiera conocido este lugar a través de esas pantallas sin conexión a la red que las personas ponen en la ubicación central de la habitación más espaciosa de sus hogares –las he contemplado un rato a través del cristal de una tienda donde estaban expuestas-, hubiera apuntado que aquí todas las personas son de un color rosa pálido con algunos matices más tostados. Pero he salido a la calle y también las hay de otras gamas de colores como el marrón en diversos tonos. Soy como las de las pantallas. Creo que por eso me eligieron a mí. 43561 hubiera puesto el secreto de nuestra identidad en peligro, aquí nadie tiene la piel violeta. Creo que este aspecto de las personas también es determinante a la hora de tener más o menos importancia en su sociedad. Los “hombres” de color rosa pálido son los más importantes aquí, por lo que he podido comprobar.

¡Los nombres! No sé cómo no he apuntado esto antes. Aquí las personas se gritan palabras raras para llamar la atención de las otras. Siempre la misma para la misma persona. Resulta que es su “nombre” y que necesitan decirlo para relacionarse entre ellas. Pueden elegir el que quieran dentro de unos límites que establece otra persona que no les conoce de nada. Algunas se llaman como flores. Leí en la red –he estado largo tiempo documentándome y estudiando su vida antes de venir aquí- que unas personas habían discutido porque no les dejaban ponerle a otra el nombre de no sé qué animal. Pero hay otras que ya se llaman como animales. Y luego está la gran mayoría, con unos nombres que no sé de dónde rayos vienen. He preguntado y me han hablado de un libro que narra la historia de un dios. No sé lo que es un dios, pero en la red he leído cosas y es algo así como una persona muy poderosa a la que se imaginan las personas. Tendré que leer ese libro, quizá sea divertido. Pero sigo sin saber por qué tienen esos nombres. El señor que está aquí sentado a mi lado se llama Fabio. Lo he buscado y significa “cosechador de habas”. No sé lo que son las habas, he deducido que algo que se come. Qué extraño, quizá se dedique a eso.

Vale, por último: las relaciones entre personas. Sobre esto escribiré más cosas mañana, es larguísimo, pero la idea principal es que las personas clasificadas en el género “mujer” tienen que relacionarse con las clasificadas en el género “hombre” -me refiero al amor o las relaciones físicas, creo que en la amistad eso da igual pero no lo puedo asegurar-. Y sólo una con otra. Distinta mezcla o distinto número no es, como dicen aquí, “correcto”. A ver, lo hacen igualmente pero otras personas les dicen cosas para que cambien su comportamiento o, si no se atreven a decírselas, les miran con cara de desaprobación.

Creo que es tarde, aunque todavía no controlo demasiado bien la hora terrestre. Seguiré mañana.

En resumen. Aquí, en la Tierra, te consideran una persona más “correcta” –usan ese término para referirse a lo que está bien, pero no sólo en las ciencias sino también en sus comportamientos- si al nacer eres clasificada en el género “hombre”, eres de color rosa pálido y te relacionas con una persona del género “mujer”. Seguiremos informando.

 

Autora:
Sandra Lario foto Sandra lario nombre

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Llevo 22 años en el mundo. Desde hace unos cuantos lo capturo a través de fotos y palabras para mostrar el alma y el rostro de nosotros mismos. He estudiado periodismo y fotografía y defiendo la poesía como primer y último recurso.

Twitter Blanca Uson


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