Bodegas Larre: El precio de un sueño
Periodista: Julia Til // @its.lia_tl
Geógrafo: Jaime Martes // @jaime_martes
“Estoy en estas bodegas porque le prometí al fundador que lucharía por el Tío Goyo si no lo hacía su familia”, rememora Ana Cristina Larre. Creó las Bodegas Larre para mantener vivas las antiguas Bodegas Palafox, en 2013, en Villanueva de Gállego. Todo nace de aquella promesa que Ana le hizo a Don Carmelo Martínez, el fundador de Bodegas Palafox.
Ana comenzó a trabajar en Bodegas Palafox en 1991, con 16 años. Empezó dando clases a los hijos de los fundadores mientras ayudaba en la preparación del cava. Don Carmelo fue quien le enseñó la pasión por el vino. A partir de los años 70, Bodegas Palafox se instaló en Villanueva de Gállego porque el pueblo había sido un gran productor de vino por la cantidad de viñedos que había. Sin embargo, en 2013, las bodegas ya no funcionaban bien y la familia —menos su fundador— quería liquidar las bodegas. Ahí fue cuando Ana, enamorada de las bodegas, le prometió a Don Carmelo que, si su familia no lo hacía, ella lucharía para que no muriera el Tío Goyo, ese vino de garnacha famoso y apreciado de las bodegas.
“La pasión no se puede comprar”
En la crisis de 2008, Ana se atrevió a crear una nueva empresa que llevase su apellido: Bodegas Larre. Heredó el saber, las instalaciones y la marca original de las antiguas Bodegas Palafox. Inició su propia bodega con tan solo 10 cajas de vino y 75 litros de a granel. Ana estaba sola. Solo contaba con la ayuda de su madre.
El 1 de enero de 2015 esta joven empresaria pidió ayuda para hacer prosperar las bodegas, aunque no dudó en su estrategia. Juan Carlos entró en la empresa para ayudarla. Era un inversor. Los locales de alrededor le daban 6 meses de vida al negocio. Sin embargo, Ana logró salvar una inspección. Un poco más adelante, en 2019, también pasaron unas noches muy malas haciendo cuentas debido a que no encajaban los números: no coincidía el dinero invertido con los beneficios obtenidos. Situación que arreglaron gracias a la experiencia y estudios de Ana en contabilidad.
En 2020, Ana tuvo que lidiar con una denuncia por parte de los hijos de los fundadores que reclamaban la empresa. Se rodeó de buenos profesionales y consiguió salir indemne del conflicto. Fueron tiempos difíciles para Ana. Pero, muy a su pesar, las malas noticias nunca vienen solas. Ese mismo año llegó la pandemia del coronavirus. Durante el confinamiento, Ana fue repartiendo el vino a domicilio en Zaragoza y Villanueva, pero era algo muy trabajoso. El sector del vino no da beneficios en un tiempo récord. No se puede embotellar y vender de manera automática. Además, en 2018, se había quedado sin enólogo, quien dejó de trabajar en la bodega por motivos personales.
Ana dice que la bodega nunca ha sido plato de buen gusto para los locales contiguos al suyo. Así lo demostraron los dueños del ya desaparecido Restaurante Moss Garden, ubicado pared con pared con la bodega. Querían echarla para poder construir el restaurante en un terreno más grande. Le dieron un año de plazo para irse. Al final consiguió evadir a los dueños del Moss al hacerse arrendataria de su propio terreno, con 500 metros de bodega. Ganó esa batalla y pudo seguir con su sueño.
Ana aprendió muchas cosas durante el tiempo que Juan Carlos la acompañó. Aprendió a gestionar el tiempo y a generar buenas respuestas. Ahora ya sabe qué es lo que no hay que hacer cuando empiezas un negocio. Se volvió más asertiva y aprendió a decir que no. Hoy en día practica las 3 haches: honradez, honestidad y humildad. La última es la única forma de sobrevivir.
Tras la ida de Juan Carlos, en 2021, llegó a las bodegas Blas para ayudarla, que sigue trabajando con ella en la actualidad. La bodega ha prosperado con la ayuda de su familia y de Blas. En unos meses terminará de pagar el último préstamo que pidió para sacar adelante su sueño. Cerrará así su pasado y le dará una nueva y larga vida a las bodegas. Ana nos comentó con tristeza que sin dinero no eres nadie.
Todas las lecciones aprendidas le han servido a Ana para sacar una empresa adelante y obtener varios premios que ganó a pulso a pesar de que muchos la subestimaban. Destaca la medalla de oro que ganó en un Concurso de Vinos de Aragón con su Vermouth Larre Rojo. El vermouth es su punto fuerte; es considerado el mejor de Aragón gracias a la cantidad de galardones que posee.
Una bodega tradicional y sostenible
Bodegas Larre no solo tiene una gran historia de superación personal, sino que también cuenta con valores y posicionamiento. La humildad y la honestidad, además de un excelente trato y cercanía con el cliente destacan en su estrategia empresarial. La sostenibilidad y la penetración en su mercado han propiciado a la imagen de marca que es hoy en día. En el proceso de producción, hay una selección de parcelas. Los viñedos de estas son de las Bodegas San Valero. El propósito es que no se desperdicie nada, incluso las cajas en las que se transportan son recicladas.
La directora general, Ana Larre, caracteriza al vino como ser vivo, ya que nace cuando se descorcha y evoluciona como tal. La pertinencia de esta bodega se sustenta en un constante I+D (investigación y desarrollo): el Tío Goyo conserva su original etiqueta de terciopelo. Se respetan los orígenes de las antiguas Palafox mientras se innova. Ana produce sus vinos con la mentalidad de un consumidor y no solo con la de un proveedor. Es la única bodega que toca todos los palos del vino. Producen tanto varios tipos de vermouth como vinos de garnacha y otros tipos de uva. También ganaron el mejor moscatel de Aragón durante 2 años. Se apuesta por la tradición: se trae el producto base a las bodegas, que se conocen como bodegas de garaje, pero se envasa de manera artesanal.
Las bodegas cuentan con garnachas muy diferentes, como el amado Tío Goyo. No hay Tío Goyo en otro lugar porque Ana no lo concibe fuera de Villanueva. Esta garnacha y el buen trato hacia el cliente ha conseguido que los jóvenes se interesen un poco más por el vino y sea conocida por el sector vitivinícola.
Las bodegas presentan varios vinos con diferentes técnicas. El Tío Goyo es un vino noble que representa a un baturro. Las garnachas son muy golosas y se mezclan con moras, fresas y frambuesas. El María de Brianda es un 50% cabernet. Se mezclan variedades de uva, aunque la uva favorita de Ana es la syrah. Sueña con poder sacar un monovarietal de syrah en unos 4 meses, pues es una variedad que “está tan loca como ella”.
En palabras de Ana: todo vino debe tener un alma. Para ella, su familia y la bodega, todos los premios significan el reconocimiento a un inmenso esfuerzo. Ese esfuerzo es el precio que tuvo que pagar para cumplir su sueño. Ella misma reconoce que, aunque es triste, si no hay premios, no hay ventas.
Son los detalles lo que hace que las Bodegas Larre sean lo que son. En una ocasión, unos visitantes japoneses fueron a comprar a las bodegas y Ana le regaló a uno de ellos una flor hecha de cachirulo. Ese detalle de la flor dejó al hombre encantado con el lugar y el servicio. Gracias a ello, Ana estuvo a punto de exportar a Japón, si no hubiera sido por unos problemas monetarios que surgieron después. A muchos villanovenses les llama la atención que en las bodegas siempre haya gatitos a los que dan de comer. Son esos detalles los que consiguen posicionar el emprendimiento.
Bodegas Larre es una empresa que nació por una promesa. La bodega de garaje construyó su filosofía intentando cumplir las expectativas del consumidor y las 3 haches que tanto hacen valorar al negocio. Su historia es una toma de decisiones constante. Un trabajo que mejora el PIB del pueblo y que ayuda a crecer el sector vinícola. La experiencia en este negocio le ha enseñado a su fundadora muchas lecciones, pero también le ha dado alegrías. Ana sueña con que llegue el día en que su madre esté orgullosa y vea que todo el esfuerzo ha servido de algo. Don Carmelo estaría satisfecho de ver cumplida la promesa del Tío Goyo.
Este reportaje forma parte del Proyecto de Innovación Docente de la Universidad de Zaragoza (PIIDUZ_2 Consolidados), Comunicar buenas prácticas de desarrollo territorial en la Unión Europea en relación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (Cuarta edición) con “Ellas son campo”.







