Elvira Navarro: “Las ciudades actuales están en un profundo proceso de descomposición”
“La ciudad como metáfora de la infinitud de la vida”. Así entiende Elvira Navarro (1978) el espacio urbano en su literatura, una idea que recorre los relatos de La sangre está cayendo al patio, donde lo cotidiano se vuelve inquietante y el hogar se desdibuja. La escritora presenta su última construcción literaria en la I Jornada de Literatura Actual de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza.
// Sheila Lafuente (@sheilafuentte)
– ¿Cómo surge la antología?
Fue a partir de un cuento: El recogedor de animales. Considero que es central del libro y que durante mucho tiempo me persiguió la idea de un hombre que se dedicará a recoger animales en la carretera, que pudiera hacerlo.
– ¿Cómo que te perseguía?
Me persiguió en el sentido de que muchas veces iba en coche por carreteras que, de hecho, son las carreteras que aparecen en el cuento. Yo siempre iba con pánico a encontrarme un animal muerto. Cuando tenía ese cuento en la cabeza, esa idea… de repente los personajes de los cuentos muchas veces parece que te van acompañando, también pasa con las novelas, entonces tú sientes mucho a la vez, tiene algo como de espíritu que se te presenta y te persigue un poco hasta que lo escribes.
– Y una vez se materializó, ¿qué hiciste?
A partir de ahí empecé a escribir otros relatos que ya se me habían ocurrido en realidad, estaban como apuntadas las ideas, que siempre tenían que ver con personajes solitarios, con cosas que yo observaba en mi entorno. Por ejemplo, hay un cuento que se llama El vigilante que bebe de un edificio que estaban construyendo al lado del mío, en mi barrio, ahí en Alcobendas, y yo en ese edificio que estaban construyendo siempre vi una luz y sabía que era el vigilante que estaba ahí, entonces durante meses yo veía esa luz por la noche.
– ¿Y qué pensabas?
Decía: este hombre aquí de noche, mes tras mes… y se me ocurrió la idea para el cuento.
– Veo que hay mucho de ti en cada cuento, ¿hay algún relato más que incluya algo personal?
Yo conocía una familia que vivía en una casa que estaba a medio construir, que durante años tú veías la casa y no estaba; se veía el ladrillo, un ladrillo feo, y no estaba revocada, le faltaba todo. Esa sensación de que vivían en una casa que no estaba acabada, esa sensación de falta de solidez dio lugar a El Proyecto. Siempre he tenido, siempre me he preguntado qué pasa con tantas casas, que además aquí en España hay mogollón, que se quedan a medio construir…
– ¿Estos cuentos los habías ido publicando previamente o nacen ya como un libro?
Yo no creo en los libros de cuentos donde tú te dedicas a rescatar un cuento de aquí y otro de allá y juntarlos de cualquier manera. Creo que eso no es un libro de cuentos, sino una especie de cajón desastre. Para mí, un libro de cuentos tiene que tener una idea unitaria.
Cuando pienso en mis libros, concretamente en La isla de los conejos, La ciudad en invierno y este, siempre he sabido que estaba escribiendo un libro guiado por determinadas obsesiones. Entonces no son rescates en ningún sentido, son cuentos que tenían que estar en ese libro, escritos para ese libro. Sí que alguno ha aparecido en otros sitios, pero ya pertenecía al proyecto. Si algún medio me pedía algo, daba un cuento que ya estaba escrito, pero no escribo ficción por encargo. Yo escribo para el libro que estoy escribiendo.
– ¿Nunca escribes ficción pensando en una publicación concreta o por encargo?
En general no, porque no me sale. Si un medio me pide un cuento, mientras no se queden con los derechos, puedo dar algo que ya esté hecho, pero no escribo pensando en eso. Siempre estoy escribiendo dentro del libro en el que estoy.
– ¿Y cómo ha sido el proceso de escritura de este libro?
Me lo pasé muy bien escribiéndolo, especialmente con algunos cuentos. Por ejemplo, con El recogedor de animales disfruté mucho, aunque al final lo pasé mal porque el desenlace es duro y me cuesta mucho la crueldad hacia los animales. Pero tenía que ser ese final. Otros cuentos como El proyecto, La lavadora o El ramito de violetas los escribí bastante rápido. No sabía exactamente cómo iban a acabar, pero sí tenía una sensación muy fuerte de estar dentro del relato, de que una cosa me llevaba a la siguiente.
– ¿Cómo era ese momento de escritura, esa relación con los personajes?
Era muy intensa. Por ejemplo, El ramito de violetas lo escribí en dos o tres días, pero fueron días de escritura muy concentrada, hasta la madrugada. Empezaba por la tarde y me quedaba hasta las cinco o seis de la mañana. Sentía mucha ternura por ese personaje. He vivido mucho dentro de esos relatos. Me gustaba esa sensación de estar a solas, metida en esas historias.
– ¿Te resulta fácil escribir cuento?
Sí, creo que sí. Tengo cierta facilidad. A diferencia de otra gente que dice que es dificilísimo, a mí no me lo parece.
– Igual tienes un don, Elvira…
No sé si es un don, pero no me cuesta. Son relatos con una estructura bastante clásica. Quizá cuando rompes esa estructura o planteas algo más experimental, la escritura se vuelve más mental.
– ¿Ha sido un proceso distinto al de tus novelas?
Completamente. Por ejemplo, en Las voces de Adriana tuve que pensar muchísimo: la estructura, cómo construirla… Fue un proceso mucho más complejo. En este libro, en cambio, la sensación ha sido muy corporal. Me dejé llevar.
–¿Y estás encaminando algo nuevo?
Yo nunca hablo de lo que estoy escribiendo. Creo que… ¿Cómo decirlo? Es como que cuando un bebé se gesta en el útero, no abrimos el útero para ver al bebé. El bebé tiene que estar ahí y todavía no tiene que haber contacto con el mundo. Yo creo que cuando un proyecto se está haciendo no tiene que tener contacto porque cualquier opinión de fuera lo puede malograr; la gestación de un proyecto igual que la gestación de un ser humano es sagrada y que eso sagrado tiene que resguardarse.

Elvira Navarro entiende la escritura como un proceso en el que establece una relación casi intuitiva con los lugares de sus relatos. “Yo cojo un espacio, aunque más bien el espacio me escoge a mí”, comenta. Frente a una tradición que parece haber agotado los paisajes urbanos, su mirada se desplaza hacia lo extraño de la periferia, hacia esas situaciones que, como el cine de Almodóvar, sobrepasan lo real y abren grietas de lo cotidiano.
– ¿Y por qué La sangre está cayendo al patio?
Durante mucho tiempo el libro se llamó El recogedor de animales. Pero, aunque sea un cuento muy importante, el título en sí mismo no abarcaba la totalidad del libro. Los cuentos sobre ciudad no tienen nada que ver con la idea de un animal. Incluso no en todos los textos salen animales. Realmente no valía ese título para todo el conjunto.
– ¿Qué hizo que te decantases por este título?
Yo lo hablé mucho con mi editor y también lo hablé con mi pareja. Y mi pareja tiene un don para titular. Cuando no encuentro título y ya me desespero, le digo, “oye, pues cámbialo tú”. Él abrió el libro, que todavía era un manuscrito, abrió una página y vio “La sangre está cayendo al patio”. Y dijo, “este título le iría bien”. Y yo pensé que sí, porque sí que puede abarcar todos los cuentos, porque es una imagen muy precisa, pero al mismo tiempo no sabemos qué está significando.
– Es cierto, todos los cuentos dan esa sensación…
Puede actuar como metáfora de algo malo que está ocurriendo. Y, de hecho, en todos los cuentos hay algo que ocurre y puede incluso considerarse que ese algo que ocurre es un desangrarse, un desangrarse vital, un desangrarse espiritual. Entonces, La sangre está cayendo al patio sí que me parecía que abarcaba el conjunto y que abarcaba el espíritu del texto en general, que tiene un poco de espíritu apocalíptico.
– Me había percatado de que en la sangre aparece en casi todos los cuentos. Creo recordar que solo hay uno en el que no aparece, que es Tela de Araña…
No era consciente de ello. No lo he hecho adrede para nada porque, de hecho, el título vino después de que estaba todo escrito y yo no pensaba en sangre.
– Buscándole un sentido, me imaginaba que fuese el punto de unión entre todos los relatos.
Puede ser perfectamente lo que aúna, porque se desangran de algún modo. Para mí también lo que une a los cuentos es la soledad de los protagonistas, la perdición inconsciente. El caminar hacia aquello que te destruye. Y también la marginalidad, no llegan a ser marginales, pero están al borde del ostracismo social. Entonces eso también para mí sería una característica que está latente en los cuentos.
– Y para ti, ¿qué es la ciudad?
Idealmente, una ciudad es el sitio que permite tener una casa, poder hacer una vida y generar comunidad. Ahora mismo eso, que es lo que antiguamente permitía una ciudad, está en proceso de desaparición. No tiene ningún sentido pensar en la ciudad al margen de pensar en el hogar. Porque una ciudad, en teoría, está hecha para vivir, para tener tu casa; es un espacio donde generar comunidad y habitabilidad. En el momento que eso falla, que es lo que está pasando ahora mismo, las ciudades entran en un proceso de profunda descomposición.
– ¿Cómo has notado esa ‘descomposición’ de la que me hablas?
Eso se empieza a ver en las periferias, donde hay todo un fenómeno de gente que ha sido expulsada de la ciudad. Ahí están surgiendo nuevos barrios en los que todavía no se ha generado un tejido urbano potente, y que son lugares bastante solitarios. Además, ahora se piensan más como pequeñas urbanizaciones en vertical, con este tipo de construcción de manzana cerrada, donde todos los vecinos viven en torno a un patio, muchas veces con piscina. Es un modelo que no genera espacio público, porque la vida no se hace en la calle, sino dentro. A lo que se aspira es a vivir cada vez más aislados.
– Has hablado de hogar. Mientras leía los cuentos, me faltaba eso: el hogar. ¿Tú crees que los personajes pueden tener un hogar dentro de las circunstancias que viven?
Los de este libro no. De hecho, otro de los temas es la imposibilidad de tener un hogar. O sea, ningún “hogar” del libro funciona: La lavadora porque la comunidad de vecinos resulta opresiva y además tienen una lavadora que sangra en un piso; El ramito de Violeta porque tiene que deshacerse de su legado; El proyecto es una casa en construcción; El recogedor de animales tiene que dejar su piso en Guadalajara y se va a una especie de chabola en mitad de la nada, que tampoco acaba de ser nunca un hogar…

Fuera de esa imposibilidad que franquean sus relatos, la autora reconoce que hay lugares que funcionan como refugios emocionales. En el sur de España, hay un lugar que, de alguna manera, la “imanta”: Tarifa. Es en la Playa de los Lances, frente a un paisaje en el que África aparece en el horizonte como un límite difuso entre mundos, donde encuentra un sentimiento de “libertad inmensa”. Es un espacio que actúa como una obsesión donde, según cuenta, experimenta la “sensación de que el mundo es infinito”.
– En tus relatos aparecen lugares muy concretos, ¿han sido escritos en las ciudades que nombras o los has escrito en una misma ciudad?
Están prácticamente todos escritos entre Madrid y Córdoba. Bueno, en concreto entre Alcobendas, que es donde yo vivo, una ciudad dormitorio, y Córdoba, donde vivía mi padre. Yo iba allí todos los meses y para mí era un refugio de escritura.
– ¿Córdoba era entonces un lugar especial para escribir?
Sí. Mientras mi padre estuvo vivo, escribí allí varios cuentos casi en su totalidad. El ramito de violetas, El proyecto y buena parte de El recogedor de animales, por ejemplo, están escritos allí.
– ¿El resto nacen en Madrid?
El resto están escritos en Alcobendas. De hecho, muchos de los paisajes que aparecen, como en La lavadora o El vigilante, son el entorno que tengo alrededor de mi casa. Es lo que veo por la ventana.
– ¿Y qué pasa con los relatos que transcurren en París?
Vienen de que yo estuve de Erasmus allí. Durante mucho tiempo he intentado escribir una novela sobre esa experiencia, pero no me ha salido. Lo que sí me han acabado saliendo son cuentos.
– Dentro de los relatos trabajas mucho con elementos extraños dentro de situaciones cotidianas. ¿Cómo consigues que encajen?
Con naturalidad. Si explicas lo fantástico, deja de funcionar. Pero si lo introduces como algo más dentro del mundo del relato, entonces sí. La verosimilitud viene de tratarlo como parte de la realidad.
– ¿Tiene que ver con no justificar lo extraño?
Claro. Como en Kafka: alguien se despierta convertido en un insecto y no se explica por qué. Si lo explicas, te cargas el texto.
– En el último relato hay una imagen muy potente, la de la gente que escala por los edificios… ¿de dónde surge?
Es una imagen fantástica. Yo juego todo el tiempo en el libro con elementos fantásticos que, salvo en algún caso, nunca sabemos si son realmente sobrenaturales o si son delirios de los protagonistas. Siempre hay algo que irrumpe, que parece venir de otro orden de cosas distinto al que habitamos.
En este caso, la imagen de los señores subiendo nace como el delirio de un anciano que vive en casa de su hijo. En principio es solo eso, un delirio. Pero luego otra anciana cuenta lo mismo, y ahí ya se abre una grieta: cuando dos personajes cuentan lo mismo de algo que parece un delirio, empieza a adquirir la potencialidad de ser real.
No deja de ser una imagen fabulada, pero me interesaba esa ambigüedad. Quería una imagen que diera un poco de miedo, casi como en una película de terror: unos seres que suben y bajan, pero que realmente no sabemos si son paranoias de los protagonistas o si está ocurriendo algo.
– ¿Te interesaba moverte en esa frontera entre lo real y lo fantasmagórico?
Esa idea de que hay algo que está rompiendo, que irrumpe y que viene de otro orden es algo que atraviesa todo el libro. No sabemos si lo que vemos pertenece a la realidad o a la percepción de los personajes, y esa duda es importante. Cuando esa imagen deja de pertenecer a un solo personaje y empieza a repetirse en otros deja de ser simplemente un delirio individual. Cuando pones a dos personajes a contar lo mismo, algo que parecía completamente imaginado empieza a tener la posibilidad de ser real. Se abre esa grieta, esa duda.
– ¿Buscabas generar una sensación casi de terror?
Sí, quería que hubiera algo de inquietud, como en una película de terror. Esa sensación de que hay algo ahí, pero no sabes exactamente qué es ni de dónde viene.
– En el primer relato hay algo muy reconocible: la presión de los vecinos. ¿Crees que eso tiene que ver con la ciudad o con algo más amplio?
Yo no hablaría tanto de ciudades como de comunidades. Da igual que sea una ciudad, un pueblo o cualquier grupo humano. Los seres humanos necesitamos a la comunidad para vivir, nos arropa, nos cuida, pero al mismo tiempo también funciona como un mecanismo de control social.
– ¿Hasta qué punto las comunidades funcionan como mecanismos de control?
Cuando una comunidad se siente amenazada, reacciona muy rápido. Y esa reacción muchas veces pasa por deshumanizar al otro. No hace falta una gran amenaza: basta una diferencia de opinión. Lo vemos en redes sociales constantemente, donde muchas veces no hay diálogo, sino odio. Creo que individualmente el ser humano tiene una potencialidad enorme, pero en cuanto funciona como grupo aparece ese instinto de supervivencia muy mal encauzado. Si alguien está pasando hambre, su prioridad no es la ética. Cuando tú pasas hambre, si tienes que matar por tus hijos, matas. Y gran parte del mundo vive en condiciones muy duras, lo que genera mucha violencia.
– Hay otro momento que me interesa: pasas de una escena muy íntima a algo tan cotidiano como cocer una patata. ¿Cómo construyes eso?
Cocer una patata para mí es algo muy íntimo también. La vida es eso. Tú puedes estar en un momento súper trascendental, con la persona de la que estás enamorada a tope, como en una nube, y de repente te da un apretón y tienes que cagar. No está reñido. Eso es la vida: lo más excelso y lo más matérico.
– En el penúltimo relato, Los amores idiotas, hablas de John Lennon y Yoko Ono. Te quería preguntar, Elvira, ¿has encontrado una ciudad que sea para ti como Yoko Ono para John Lennon?
Yo suelo enamorarme mucho de las ciudades, de muchas ciudades, en realidad. Yo le sería infiel a Yoko Ono…
– O sea, que eres más bien de tener varias “Yokos”…
Para mí son muy importantes todos los lugares donde yo he vivido. La nostalgia que siento por los lugares y por las ciudades en las que yo he habitado es muy fuerte.
– ¿Hay alguna ciudad con la que sientas que no puedes dejarla nunca?
Muchas veces, en la escritura me voy a Valencia. Estuve allí desde los 5 hasta los 18. A veces no la nombro, pero yo sé que es Valencia. En mi cabeza estoy ahí, sencillamente porque me gusta volver. También tengo cierta fijación con Cádiz, por ejemplo. Pero igual mañana me voy a vivir a Cádiz y acabo aborreciéndola. Quiero decir, la relación con las ciudades tiene mucho de proyección, de idealización. Es verdad que hay sitios donde tú te sientes bien, que no sabes por qué, y sitios como que te expulsan.
– ¿Y Madrid qué lugar ocupa para ti, después de vivir tanto tiempo ahí?
Quizás ya llevo tanto tiempo en Madrid que es el sitio donde más he estado. La relación con Madrid es muy realista, porque la piso, ¿no? No sé de qué va Madrid, no sé qué pasaría si dejara Madrid si de repente se convierte en una especie de paraíso perdido, o no.
– ¿Te ha pasado que una ciudad que imaginabas de una forma luego fuera completamente distinta al vivirla?
Yo, por ejemplo, vivía en París. Fui muy emocionada porque me había leído Rayuela de Cortázar y tenía como mil pájaros en la cabeza. Luego vivía en un París muy duro. A mí me enamoró, me encanta, pero es una ciudad invivible si no eres millonario. Hay ciudades maravillosas que simplemente sirven para proyectarse, porque la sensación de vivir en ellas o la posibilidad de vivir en ellas es imposible realmente.
– Entonces, ¿sí tienes un modelo de ciudad en el que te gustaría vivir?
Tengo distintos modelos de ciudad para vivir. Me gusta la ciudad moderna, moderna en el sentido de la modernidad europea; ciudades que se pueden caminar, que tienen el negocio… No a ese modelo de ciudad con coche, con centro comercial.
– ¿Crees que ese modelo se está perdiendo?
Ese modelo de ciudad está de capa caída ahora mismo y sobre todo lo encontramos en ciudades pequeñas.
– ¿Y dónde encuentras hoy esa sensación de ciudad?
La recupero cuando voy, por ejemplo, a Oviedo, a Zamora, a Córdoba… Ciudades más o menos pequeñas o medianas, donde todavía la escala sigue siendo humana. Lo que pasa con las megaurbes es que la escala deja de ser humana, la ciudad deja de ser algo abarcable. Yo creo que las megaurbes son un error absoluto. No permite construir un tejido social sólido ni disfrutar la ciudad. Se te va la vida en trayectos, son lugares donde los individuos están muy aislados.
– Entonces, ¿cómo sería hoy para ti una ciudad ideal?
Para mí la ciudad ideal ahora mismo está encarnada en ciudades medianas y pequeñas.
– Elvira, así a modo de conclusión, ¿qué ciudad dirías que eres?
Ya no sé qué lugar soy yo, fíjate. Creo que soy un lugar en mi memoria.
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