Rara vez se llega a tiempo
Es 14 de febrero y, en la pantalla, Bridget Jones’s Diary. Una joven despeinada y en pijama canta All by Myself, cigarrillo en mano y acompañada de varias copas de vino Chardonnay. Un trabajo angustioso, un príncipe azul inexistente, unos hijos que todavía no llegan y una constante sensación de que la vida se le escapa. Y llora por ello. Porque va a cumplir 30 y no ha conseguido alcanzar las expectativas que ella —y la sociedad— ha impuesto.
// Sheila Lafuente (@sheilafuentte )
Quizá no sea ese número de dos cifras, sino la dimensión que le estamos dando. Los treinta arrastran un modelo de vida que, durante décadas, se ha asociado al asentamiento, a la estabilidad; un trabajo fijo, pareja estable y, si tenemos la suerte de que nuestros objetivos anteriores se hayan cumplido, un par de hijos. Porque a Bridget no le asusta el paso del tiempo, sino el salirse del guion establecido. Ve cómo el reloj de arena se aproxima a esa edad temida, una frontera tras la cual ya no volverá a ser aquella joven con “toda la vida por delante”.
Si bien Bridget pertenece a una generación diferente a la Zeta —los nacidos entre 1996 y 2012—, su ansiedad no resulta ajena. En una era que se caracteriza por una anticipación constante, los centennials aprenden a vivir con el temporizador activado. Se ha creado un cronograma de vida y han perdido, como advertía el sociólogo Zygmunt Bauman, “la capacidad de esperar” a cambio de una satisfacción inmediata que les acerque al cumplimiento de sus deseos.
La sociedad actual, aquella que el sociólogo describió como “líquida”, se fundamenta en la inestabilidad perenne y las relaciones caducas. ¿Cómo se le ocurre a la Generación Z exigir solidez en un panorama donde los trabajos no echan raíces, los vínculos son de estación y los proyectos se plantan sobre tierras movedizas? Los centennials siguen esperando a que alguna de las semillas florezca.
La estabilidad, en la cuerda floja
En este contexto, tener una fecha límite para cumplir unos objetivos implica enfrentarse a un guion heredado, a unos valores tradicionales latentes en todas las decisiones. Unos valores que la generación post-millennial —marcada por la hiperdigitalización y nuevas dinámicas en su forma de relacionarse— parece revalorizar. Muchos jóvenes vuelven a anhelar aquello que desde generaciones anteriores se entiende por “estabilidad”.
Veamos este afán con dos situaciones diferentes. María es una estudiante de 25 años que termina el máster y vuelve a casa de sus padres tras haber experimentado la ansiada vida independiente. En su móvil guarda fotos de cocinas luminosas, vestidos de boda y habitaciones infantiles con paredes beige. Siempre pensó que después de terminar sus estudios universitarios empezaría a construir esa vida adulta que siempre había imaginado. Sin embargo, ha tenido que volver a aquella habitación de su adolescencia en la que soñaba despierta con una vida resuelta antes de los 30.
Javier tiene 29 años. Trabaja con contratos temporales mientras intenta emprender. Vive en lo que muchos jóvenes llaman “zulo”: un estudio de 17 metros cuadrados con el techo inclinado. Cuando cumplió la mayoría de edad, imaginaba que antes de los treinta tendría su propio negocio y una casa grande. Hoy apenas cabe una cama en su piso.
Mientras se siguen asociando edades con eventos vitales, el escenario en el que se vive es muy distinto. El último informe del Consejo de la Juventud de España sitúa la tasa de emancipación juvenil en el 15,2%, el dato más bajo registrado en un segundo semestre desde que existen estadísticas comparables. La edad media de emancipación se sitúa en los 30 años, casi cuatro años por encima de la media europea. El dato no pasa desapercibido; coincide con esa frontera que durante décadas marcó el inicio de la adultez estable. Sin embargo, la precariedad a la que se enfrenta la gente joven deja todo eso en un segundo plano; en uno casi inalcanzable a edad temprana.

¿El tiempo se agota o nos agota?
A esta tensión se suma la exposición constante en redes sociales. La Generación Z no solo vive en una sociedad líquida, la contempla a través de una pantalla. La II edición del estudio Uso de la fotografía entre los españoles de Cheerz revela datos que evidencian un modelo estructural entre los jóvenes. Según la directiva, “1 de cada 4 españoles asegura que posturea con las fotos de su relación. Esta cifra se dispara, una vez más, en el caso de los jóvenes de hasta 30 años, donde esta cantidad se duplica… El problema radica cuando comparas tu felicidad en pareja con la de al lado”. Según este estudio, “un 25% de la población no puede evitar verse afectada emocionalmente por lo que ve en redes sociales”.
La vida privada pasa a ser una representación pública, y los logros conseguidos se ven como indicadores de éxito. Esa vida “resuelta” tan expuesta en redes sociales hace que se caiga en una comparación constante, intensificando la sensación de que el tiempo se agota. En un ambiente inmediato en el que cada acontecimiento se publica, se celebra y se valida públicamente, parece que la edad temida llega con más rapidez. El entorno inmediato demuestra que no es el reloj biológico el que agobia, sino la percepción de agotamiento frente al cronograma de vida que se actualiza a diario.
Esta lógica no se manifiesta únicamente en redes sociales, sino también en las narrativas culturales exitosas entre los propios centennials. La saga Culpables, dirigida a un público juvenil y convertida en fenómeno editorial y cinematográfico, culmina con una boda a los veintidós años y la consolidación familiar de sus protagonistas. Más allá del argumento romántico, lo significativo es la narrativa: el desenlace no cuestiona el modelo tradicional, sino que lo reafirma como meta deseable incluso en personajes que apenas han atravesado la mayoría de edad.

Que este modelo reaparezca en historias protagonizadas por jóvenes digitales no es casualidad. Indica que el modelo tradicional no ha sido destruido del imaginario cultural, sino que continúa siendo una meta para el éxito personal. Su permanencia, aunque adaptada a los nuevos tiempos, confirma que la modernidad no ha desplazado el ideal clásico de estabilidad.
Entre la precariedad económica y una inmediatez difícil de sostener, se ha añadido una peculiaridad a la vida de los centennials: la sensación constante de que el tiempo se acaba. Tony Rham, a través de su libro Las meditaciones cotidianas, lanza un mensaje claro: “No es que te falte tiempo, es que te han robado la capacidad de habitarlo”.
Bridget Jones no lloraba por cumplir treinta, sino por no haber llegado a tiempo a un ideal que parecía universal. Tal vez la ansiedad que hoy atraviesa la Generación Z no tenga que ver con el paso inexorable del tiempo, sino con la persistencia de un guion que seguimos intentando alcanzar en un escenario que ya no está diseñado para sostenerlo y al que, rara vez, se llega a tiempo.

